jueves, 20 de marzo de 2014

no me gustan tus pies


Yamila abrió los ojos cuando escuchó los aplausos. Vio el techo oscuro, la luz parpadeante del sol en los agujeros de la persiana, y el contorno de su madre durmiendo a un lado de ella.
Má, dijo.
Se inclinó en la cama: Má.
Le empujó el hombro y la espalda: Má. Má.
Pero su madre no dejaba de roncar.
Yamila se puso su remera. Después tanteó el piso con los pies buscando el short. Pero mientras lo hacía empujó una botella y la botella vaciló un segundo y al final cayó haciendo un estruendo, aunque no se llegó a romper. Un olor agrio subíó desde el piso. Yamila se inmovilizó un instante; miró para atrás: su madre seguía durmiendo.
Al final salió al frente de la casa así como estaba.
Eran las dos de la tarde y cuando se paró en el yuyal el sol le dio de lleno en los ojos. Miró hacia la tranquera. Entonces la vio, más allá, del otro lado de la tranquera. Se dio vuelta y se agachó y levantó una piedra pesada y filosa. Después empezó a cruzar el descampado, acercándose a ella.
Se sentía medio dormida todavía. Quizás por eso cuando la tapa de un balde de pintura se le clavó en un pie, el dolor tardó uno o dos segundos en contaminar su cuerpo. Entonces soltó la piedra y dijo ay y levantó su pie derecho con la mano derecha, y se miró el pie lastimado girando la cabeza hacia atrás, mientras al mismo tiempo también levantaba el brazo izquierdo para ejercer contrapeso, y a la mujer que miraba la escena desde el otro lado de la tranquera le pareció una pequeña bailarina, Yamila, un pequeño movimiento de danza que la nena hacía para ella.
Después Yamila volvió a pisar y a levantar los ojos y las dos miradas, la suya y la de la mujer, se encontraron.
Hola, dijo. Sonreía rascando la cartera en sus brazos. Yamila no contestó. Se había quedado quieta a pocos metros de la tranquera. El sol le seguía dando de lleno en los ojos.
¿Te lastimaste? Yamila siguió en silencio. Nada más miraba las piernas de la mujer. Tenía las piernas gordas y pálidas, con las venas hinchadas. Gusanos azules que subían y bajaban. Y tenía los dedos de los pies también gordos, y blancos, con las uñas amarillentas y sucias en las puntas.
La mujer sonrió: ¿Vos sos Yamila, no, bonita? Yamila tosió. Podés contestarme, dijo la mujer. Y sacó un caramelo: ¿Te gustan los caramelos? ¿Sí, te gustan?
Tomá, dijo la mujer, estirando el caramelo en el aire, por encima de la tranquera.
Tomá, bonita, dijo, lo traje para vos.
Yamila entonces inclinó su pie derecho, doblándolo en el piso, y volvió a mirarse la lastimadura. Después se agachó, se mojó los dedos con saliva y se los pasó por encima de la herida del pie. Al final se levantó y, rengueando todavía, se acercó hasta la tranquera y agarró el caramelo.
Se pasó una mano por la cara. El flequillo se le quedó pegado en la frente.
La mujer le preguntó: ¿Te lastimaste mucho? Yamila no contestó. ¿Me dejás que te vea?
Pero Yamila seguía sin abrir la boca.
La mujer sonrió. Imitando a la nena, se secó la transpiración de la frente y después se limpió la mano en el vestido. Una nueva aureola oscura se sumó a las otras aureolas oscuras de sudor que la vieja ya tenía en las partes en que su vestido se apretaba demasiado a la grasa.
Espero que no te hayas lastimado mucho, dijo.
Yamila apretó el caramelo en su mano. Miró un auto que pasaba por la ruta. Después dijo: No me gustan tus pies.
La mujer, abriendo mucho los ojos, se miró las sandalias. Por un segundo los dedos de sus pies se encogieron, retrocediendo dentro de las sandalias como babosas dentro de sus caparazones.
Linda. Linda, ¿por qué me decís eso? Mirame. ¿No te acordás de mí? Bonita, oíme, ¿no sabés quién soy?
Son muy feos tus pies.
Dale. Dale. Mirame.
Mirame un segundo, linda.
¿No te acordás de mí?
Pero Yamila abrió los brazos y bostezó y se dio vuelta sin mirarla. Empezó a caminar hacia la casa. Avanzaba mirando con atención los lugares del descampado que pisaba.
Abrió la puerta. El calor que hacía adentro le hizo apretar los ojos. Vio, antes de cerrar la puerta, los pechos pálidos de su madre, doblados uno encima del otro, iluminados por la luz del sol. Después cerró la puerta y todo volvió a quedar oscuro.
Cruzó despacio la oscuridad. En cierto punto uno de sus pies rozó la botella tirada; se quedó quieta, la corrió a un costado con ese mismo pie, estirando los brazos en el aire para hacer equilibrio.
Después se acercó a la cama y pegó un salto que la dejó a un lado de su madre.
Afuera se seguían escuchando gritos. De vez en cuando aplausos. Yamila se inclinó en la cama, puso la boca en el oído de su madre. Má, dijo. Má.
Má.
Es la abuela.
Má.
Es la abuela.
Pero su madre no contestó. Yamila entonces se volvió a recostar, abrió el caramelo, se lo puso en la boca, lo guardó ahí, abajo de la lengua.
Cerró los ojos.
Hacía unos pocos segundos afuera habían dejado de gritar.






1 comentario:

Jorge Ramiro dijo...

Soy de disfrutar muchos cuentos y por eso esta bueno tener la posibilidad de entrar por internet y poder vivir muchos cuentos en ella. Me gustaría poder disfrutar de volar con lan argentina y de esta manera vivir historias en otros sitios