lunes, 17 de marzo de 2014

no tengas miedo


Mario ya había tomado la decisión. Esa noche iba a tratar de besar a Silvina después de más de diez años de amistad. Sabía que una vez que diera ese paso ya no iba a haber forma de que las cosas volvieran a ser las mismas entre ellos. Pero Mario estaba pasando una etapa en su vida en la que el futuro le había dejado de importar.

Se despidió de Verónica, su mujer, después de decirle que iba a jugar al poker con sus amigos. La mayoría de las veces de verdad se trataba de eso; otras, en cambio, Mario se tomaba un colectivo a pocas cuadras de su casa y se iba a encontrar con Silvina en el bar de siempre.

La había conocido cursando la carrera de diseño gráfico. Solamente en esa época Mario se había sentido algo atraído por ella. Pero al final nunca se lo hizo saber. Los hombres con los que Silvina andaba eran pintores, escritores, o mismo profesionales que le llevaban diez o hasta veinte años. A esas alturas Mario tenía veinticinco, y, cuando al poco tiempo conoció a Verónica, la atracción que sentía por Silvina se fue aplacando, al punto de que ya no podía imaginársela desnuda o en una actitud sensual sin sentir un fuerte rechazo.

El noviazgo de Mario con Verónica se fue consolidando a medida que pasaba el tiempo. Silvina, por su parte, frecuentó durante todos esos años a distintos hombres de los que siempre le hablaba a Mario. Hombres de los que nunca se llegaba a enamorar o que no se enamoraban de ella. El amor les sonríe a los exitosos, le dijo una noche ella, con algunas copas de más.

Hasta que varios años después, cuando Silvina, a fuerza de contactar gente y trabajar, ya se había vuelto una fotógrafa muy conocida en Buenos Aires (les vendía sus fotos a muchas de las revistas de moda y diseño más importantes de la ciudad), conoció a Fernando, un arquitecto español que tenía un piso para él solo sobre Avenida Libertador. 

Ya para esa época Silvina tenía una agenda colmada de compromisos, pero nunca, al menos una o dos veces por mes, dejaba de escribirle largos o breves mails a Mario (dependiendo su humor) en los que le daba detalles de su vida afectiva y laboral. Y cuando podían, también cada tanto, se veían en el mismo bar de siempre, donde los mozos ya los conocían y los trataban como si fueran marido y mujer. 

Fue en uno de estos encuentros, pasado algún tiempo, cuando Silvina le contó a Mario que las cosas ya no estaban tan bien con Fernando. Que en el día a día empezaba a notar cierta distancia por parte de él. Que le hacía preguntas, buscando aprehender algo de su interioridad, y que el tipo por un segundo se quedaba pensando, pero después cambiaba de tema enseguida. Y que cuando ella le recriminaba ese hermetismo, el tipo le contestaba: Lo sé. Lo asumo. Pero vengo de relaciones muy tormentosas. 

Eso me contesta, le decía Silvina a Mario: Fijate. Estoy conviviendo con un boludo.

Y cuando Mario volvía a su casa, después de escuchar los problemas de Silvina, se encontraba con que su mujer dormía en paz en un lado de la cama. Entonces Mario pensaba que nunca había visto dormir a Silvina como en ese momento miraba dormir a su mujer. Pensaba que había todo un mundo en la vida de su amiga que él no conocía. Cómo ella dormía. Cómo se duchaba. Cómo después entraba a la pieza con gotas de agua en la espalda. Cómo se peinaba de cara al espejo. Ensimismada. El pelo en una mano. El cepillo en la otra. 

Entonces se acostaba, intentando hacer el menor ruido posible, y la abrazaba a Verónica en la oscuridad.

Fue por esa época cuando su decisión empezó a tomar forma, aunque él recién lo asimilara un miércoles. 

Esa tarde él estaba mirando un partido de fútbol. Tenía un vaso de cerveza al alcance de la mano. En un momento sonó su celular. Cuando lo quiso levantar, con el codo se llevó por delante el vaso y el vaso trastabilló un segundo en el borde de la mesa. Él entonces podría haberlo agarrado; pero no lo hizo. Tuvo el tiempo suficiente como para saltar de la silla y evitar que el vaso cayera; pero decidió no hacerlo. Fue una operación consciente: mientras el vaso estaba ahí, vacilando en el borde, se dijo: Si se quiere caer, que se caiga. 

Cuando su mujer volvió del trabajo, una media hora después, él todavía estaba agachado, juntando las astillas empapadas con un trapo de piso.

Hacía dos meses que Mario había decidido renunciar a su trabajo como administrativo en una metalúrgica, convencido de que con tiempo a disposición iba a poder destinar todas sus energías a la tarea de conseguir un trabajo mejor. Muchas discusiones había tenido con Verónica por ese motivo. No voy a ser un cagatintas toda mi vida, le decía él. Necesito un cambio. Y su mujer, finalmente, cedió. Lo terminó apoyando. Iba a sostener la casa hasta que él consiguiera un trabajo donde pudiera explotar todo lo que había estudiado. Algo que estimulara su creatividad, adormecida por todos esos años encadenado a una oficina. Pero las semanas pasaban y pasaban y él todavía seguía sin encontrar un trabajo como el que quería.

En todo eso pensaba Mario mientras esa tarde de miércoles juntaba arrodillado las astillas del vaso. 

Y cuando al otro día se subió al colectivo que lo iba a llevar al bar de siempre, él ya estaba decidido. No importaba sacrificar la amistad. No importaba la diferencia que había entre sus vidas. No importaban las muchas veces en que la llamaban por teléfono a Silvina mientras estaban en el bar juntos y ella contestaba: Estoy con una amiga. 

Mario pensó: Tengo que hacer que me vea como a un hombre. Tengo que hacer que las cosas cambien como sea. 

El colectivo iba casi vacío. Mario se sentó en el fondo. Miró la noche. Los postes de luz. Los semáforos. La gente que pasaba por las veredas. En uno de los asientos de adelante una mujer con el pelo entre negro y canoso dormía abrazada a una bolsa de consorcio. En un momento la mujer se despertó y se encontró con que Mario la estaba mirando. Qué pasa, le dijo la mujer, con prepotencia. Mario desvió la mirada enseguida, revolviéndose en el asiento. Pensó: Loca de mierda. Intentó que el incidente no le tocara el ánimo.

Cuando se bajó en la avenida San Juan y caminó hasta el bar vio por la ventana que Silvina todavía no había llegado. Decidió esperarla afuera, apoyado en la esquina, fumando. Pero apenas dio dos o tres pitadas sintió que el estómago se le empezaba a mover. Tiró el cigarrillo; enfrente había un kiosco; se cruzó y compró un agua. Mario entendió que todavía le duraba la resaca del vino barato que le había fiado al chino la noche anterior.

Volvió a la esquina. Silvina se demoraba; se sentó en el escalón de una puerta. Era una linda noche. El viento suave y fresco lo ayudaba a sentirse mejor. Entonces vio que se acercaba una sombra. Pensó que era ella, se levantó, pero no, era un tipo con una bolsa de casa deportiva en una mano y un par de medias en la otra. Buenas noches, caballero, dijo el tipo. ¿Puedo molestarlo un segundo? Mario le contestó de mala gana que no. No tengo plata, dijo. Un segundo, caballero, nada más. No le vengo a pedir plata. Únicamente quería mostrarle unas medias. Unas medias de primera calidad. Mire, mire. Mire, nada más. No, te agradezco, pero no tengo plata, volvió a contestar Mario.

Pero era un hecho que la tenía. Estaba cambiado, y perfumado, y el tipo a eso lo podía oler. ¿Y una ayudita, caballero? ¿Una monedita? Para comer esta noche. Para que coman mis hijos.

Mario sabía que no tenía monedas en ninguno de sus bolsillos. Acababa de dejar las últimas en el kiosco, y tampoco quería sacar la billetera para buscar un billete de dos o cinco pesos ahí, en la oscuridad, sin nadie a su alrededor, adelante de ese tipo.

Así que volvió a decir: En serio, perdoná, pero no tengo plata. 

Se lo dijo pensando que ya había sido suficiente. Que el tipo se iba a ir. Pero el tipo no se iba: Caballero, disculpe, pero solamente le pido una ayudita. Lo que usted pueda. Una monedita o cinco pesos. Lo que usted pueda me va a venir bien.

Mario escuchó la voz grave y serena del tipo. No parecía estar drogado. No tenía la voz raspada de esos pibes que de vez en cuando le pedían algo en las esquinas del barrio o en las plazas. Parecía la voz de un tipo común. Mario entonces dio medio paso a un costado y el tipo dio medio paso con él, siguiéndolo. Recién ahí lo vio, a la luz de uno de los postes. Tenía puesta una chomba. Era algo gordo, morocho, un poco más bajo que él, pero mucho más fornido. De unos treinta años. Tenía los pómulos bien marcados y la nariz ancha y la piel toda poceada, como por un acné mal curado. 

Dos pesos, nada más, caballero, para comer esta noche.

Mario miró a su alrededor, y vio que en la manzana de enfrente, a unos cincuenta, sesenta metros, había un par de policías charlando. Entonces el tipo giró la mirada y vio lo mismo que Mario había mirado, y después volvió a mirarlo a él. De repente su tono de voz cambió. Se acercó. Mario sintió una bocanada de olor a vino. Tranquilo, amigo. Tranquilo, le dijo el tipo. No tengas miedo. Estoy laburando, nada más, amigo. No tengo nada, dijo Mario. ¿Nada?, dijo el tipo. Tosió. Lo miró de arriba abajo. 

¿Y un traguito de tu agua, pá? ¿Y un traguito de tu agua? Estuve pateando todo el día, pá.

Mario miró la botella que el tipo le señalaba. Todavía no la había abierto. Entonces apoyó todo el peso de su cuerpo en el otro pie. Dijo: Che. Y parecía que iba a decir algo más, pero ahí se quedó. ¿Qué?, le dijo el tipo. Se acercó otro paso. ¿Qué me decías? ¿Qué pasa, amigo? ¿No me convidás un poquito de tu agua? Un traguito te estoy pidiendo, nada más.

Pero cuando Mario le dio la botella, el tipo señaló la bolsa que sostenía en un brazo: Perdoná, amigo, pero no puedo. ¿No me la destapás vos? ¿No me hacés el favor? Dale, ¿qué onda, amigo?, dijo el tipo, viendo que Mario de repente miraba para donde estaban los policías. ¿Te estoy molestando? Perdoná. Te estoy pidiendo un poquito de agua, nada más. No tengas miedo, que somos hombres, dijo. ¿Somos hombres o no? Sí. Dale, entonces, destapamelá.

Y Mario, sintiendo como si le volcaran cemento en los hombros, se la destapó.

El tipo entonces levantó el agua y se tomó de un solo sorbo tres cuartos de la botella, apretándola mientras lo hacía, al punto de que Mario podía escuchar cómo se retorcía el plástico en la oscuridad. ¿Seguro que no querés un par de medias, amigo?, le dijo el tipo después. No, contestó Mario. El tipo entonces le devolvió la botella y escupió a un costado con fuerza. Un rocío de saliva alcanzó a tocar la mano derecha de Mario. Buenas noches, pá, dijo el tipo, mientras se iba. Que Dios te bendiga.

Cuando el tipo desapareció en la esquina de enfrente, Mario tiró la botella en un tacho de basura. Aunque había acercado bastante la mano al momento de soltarla, la botella rebotó en el borde del tacho y Mario tuvo que agacharse para levantarla de nuevo. Entonces vio que llegaba Silvina. Llegó caminando apurada. ¿Qué pasó?, dijo. Te estaba viendo desde la cuadra de enfrente. ¿Te quisieron robar? Yo ya estaba yendo a buscar a los policías. No, dijo Mario, no pasó nada. Era un negro drogado, nada más. Me quiso vender unas medias. Pero no pasó nada. ¿Seguro? Sí. No me robó. No pasó nada. Mario se puso las manos en los bolsillos. ¿Vamos al bar? Silvina levantó las cejas. Después las bajó. Dijo: Dale.

Mario y Silvina caminaron hasta el bar en silencio. Entraron. Se sentaron en la mesa de siempre. El mozo que por lo general los atendía les sonrió desde la barra. ¿Te pasa algo?, preguntó Mario, mientras esperaban a que trajeran la primera cerveza. Pensé que ibas a estar contenta. Hace mucho que no venimos para acá. Estoy contenta, sí, varón, lo estoy. Solo te quería pedir disculpas. No sé. Esta situación. Te vi, pero no me animé a acercarme. ¿De qué hablás? ¿De lo de este tipo? No fue nada, ya está, olvidate, Silvi. ¿Pero vos estás bien? ¿Seguro? Seguro, dijo Mario, y por el tono con que ella se lo había preguntado intuyó que debía estar todavía algo pálido. 

Recién después de tomar el primer vaso de cerveza Mario sintió que las cosas se volvían a acomodar. Y con el segundo ya se sintió mareado por la misma borrachera de la noche anterior. Pensó por un segundo que al día siguiente no iba a tener nada que hacer. Pensó que todas sus anécdotas, en relación con las que esa mujer que estaba enfrente suyo podía contarle, eran aburridas, rutinarias, demasiado cotidianas. Una mujer como esa, que viajaba todo el tiempo y que conocía a mucha gente como para retener algunos datos de su vida (como el de que había renunciado a su trabajo dos meses atrás), y que siempre tenía novedades extravagantes que contarle.

Y después pensó en Verónica, la simple recepcionista de una empresa que vendía teléfonos, y al mismo tiempo que pensaba en ella la vio durmiendo, tranquila en su lado de la cama, descansando antes del día siguiente tener que ir trabajar. Y después vio el vaso de cerveza en su mano, y pensó en el otro vaso que él había dejado caer en su casa, ese vaso que él había permitido que se astillara en el piso, y pensó también en que Silvina había visto, claramente había visto, cómo él le destapaba la botella de agua al tipo en la esquina.

¿Todo bien?, le preguntó Silvina en cierto punto. Mario miraba la ventana callado. Todo bien, sí, contestó. Y cuando salieron del bar, a la hora, hora y media, el mozo vio cómo los dos se despedían con un beso en la mejilla en la puerta y después se iba cada uno por su lado.





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