martes, 29 de abril de 2014


Ken Loach: tragedia a lo siglo XXI


                                        


Ayer vi una película que me quedó doliendo en el cuerpo. Que me quedó dando vueltas por la cabeza, raspando, como una resaca de las pegajosas o un alambre de púas. Felices dieciséis (Sweet Sixteen), de Ken Loach. Ya desde el comienzo noté algo que también había notado en La parte de los ángeles, la otra película que había visto de Loach: que no conocía al actor, pero que la cara de ese actor, sus rasgos, la piel toda poceada, con alguna que otra cicatriz o rasguño, no era la cara típica de un actor de cine, no era de cera, de porcelana.

Era una cara real.

Y ya desde los primeros planos de esa cara uno entiende. Apenas uno ve cómo esa cara gesticula y cómo el pibe habla y cómo se viste y hasta cómo tiene el corte de pelo; apenas uno lo ve a todo eso ya sabe para dónde apunta el asunto. Los pibes chorros de acá, con esa cara de orto, con ese saltito eléctrico a la hora de caminar, esa apropiación del espacio, como si vieran previamente en su mente qué es lo que van a hacer con sus extremidades y no los intimidara en ningún momento la idea de que algo en el mundo exterior pudiera truncarles el movimiento, y la inteligencia espontánea y la intuición felina y toda la parafernalia de la pinta, con la gorrita, las zapas, la pilcha deportiva; todos esos rasgos y aderezos que hacen al compadrito del siglo XXI acá en el conurbano bonaerense son los mismos que hacen a los protagonistas de Felices dieciséis, nada más que la historia en este caso está ambientada en Greenock, una ciudad portuaria de Escocia.

Pibes guapos de barrio, iguales acá, en Escocia, en Estados Unidos. ¿Globalización? ¿Californicación? ¿Colonialismo cultural hollywoodense? ¿Roma unificando a través del latín las provincias del imperio?

¿O se tratará, más bien, de un conjunto estable de rasgos, no fisiológicos, sino psicológicos, expresivos, que hacen que un pibe chorro se parezca a otro pibe chorro más allá de la contingencia, más allá de la ropa, del barrio, de la época o de la mochila de eventos personales que sobre los hombros carguen?

En el fondo, supo especular Aristóteles, todas las historias tristes se parecen. Y la de Felices dieciséis lo es bastante, así que se parece a muchas de las historias tristes que pueden escucharse por acá. Es Escocia, sí, pero nada de primer mundo. Aunque cambie la infraestructura, lo que no cambia es la sensación de desamparo que a uno lo empaña cuando se conoce y se identifica -quizás no proyectándose, sino solo compadeciéndose, en el sentido de "sentir con él"- con la historia de Liam en Felices dieciséis o la de Robbie en La parte de los ángeles.

Estas dos son películas hermanas. La certeza, no solamente de que fueron hechas por el mismo tipo, sino también de que la segunda vino después de la primera, legitima la arbitrariedad de esta intuición mía: Robbie es Liam, pero diez años después. Liam la pasa mal, y así termina. Pero tiene quince años. Robbie, por su parte, también la pasa mal: tiene que cargar con un pasado de mierda, turbio, arado por las drogas y la delincuencia. Pero ahora es padre. Ahora tiene casi treinta años. Es otro el espíritu del personaje. Es otro el espíritu del artista. Como si para Loach hubiera sido indispensable cocinar en su interior a Liam para después poder parir a Robbie. Y Robbie termina bien. Y está bien que termine bien. Un final como el de Felices dieciséis en La parte de los ángeles hubiera sido francamente insoportable.

Hay escenas de violencia que duelen en el cuerpo, en las dos películas. Muy naturales, creíbles, al punto de que uno se pregunta cuántos moretones se habrán ligado los tipos mientras las hacían. Pero estas escenas jamás llegan a lucrar gratuitamente con lo morboso, como hace por ejemplo en Irreversible Noé, y tantos otros vanguardistas anacrónicos. Y hay mucha tragedia, también, bajada a la tierra molida de este mundo de las redes sociales. Acaba de ocurrir la desgracia; lo llaman a Liam, él contesta: "Se me está quedando sin batería el celular". Otro efecto de lo real: la zapatilla que Liam, totalmente resacudo, busca sin encontrar por toda la casa después de enterarse adónde fue su madre; esa drogadicta por la que él tanto lucha y lucha, rompiéndose los huesos, a todo lo largo de la película. Entonces uno se pregunta: Qué mente tan genial fue capaz de inocular en la historia el veneno de ese detalle que mientras todo sucede parece irrisorio, pero que sin embargo empapa el asunto de una atmósfera de verosimilitud que te hace sospechar: "Bueno, ¿esto estará pasando de verdad?". Uno se imagina al guionista escribiendo: "Liam acaba de enterarse de la traición de su madre. Da vueltas por el dormitorio enfurecido, mientras discute con su hermana. No encuentra una de sus zapatillas. La busca. No la encuentra". Eso. Buscar una zapatilla. El héroe trágico. Una zapatilla. El detalle en el desastre.

La actuación del pibe que hace de Liam me pareció abrumadora. Más allá de los evidentes méritos de Loach para llevarlo, Martin Compston nunca había actuado antes. Se presentó al casting de casualidad, porque una productora estaba buscando actores nativos de Greenock. Compston tenía 18 años al momento de la filmación (2002); terminaba de dejar el colegio para dedicarse a una carrera de futbolista que nunca terminó de levantar vuelo. Los caminos del arte son misteriosos. Me imagino el arte como una llanura inmensa, desierta, de arena, extendiéndose desde acá hasta el horizonte. De vez en cuando hay cumbres, ondas que se levantan, que bajan, que se vuelven a levantar. Hay gente que labura toda una vida para alcanzar esas cumbres momentáneas. Toda una vida. Y de repente un pibe común y corriente, que nunca había soñado con la posibilidad de ser actor, nos obsequia con esta implosión de humanidad. De doliente humanidad. La cima de una expresión. Un punto alto y visible y sublime en la gigantesca llanura del arte que popes como Dostoievsky y Tchaicovsky y Beckett y otro millar de popes más también alcanzaron, en su momento, en un solo momento, y desde entonces ya para siempre. Para siempre. Arte: ¿Un instante para siempre? Hasta que llega el instante posterior, y ya está. El viento corroe el castillo de arena. Lo deshace. Y después… ¿después qué? Nada. Al mudo olvido de la naturaleza, todo tu laburo, todas tus ansias, Shakespeare. Hacia la máxima extinción. Hasta antes de ayer yo no tenía la más pálida idea de que existía Martin Compston. Y hasta hace dos o tres semanas no tenía tampoco la más pálida idea de que existía Ken Loach. Demasiado amplia la llanura, demasiado, ¿no?; no alcanzarían diez vidas para abarcarla. Quizás ni en once, pasándolas encerrado las veinticuatro horas del día, consumiendo cultura -como se podría, por ejemplo, consumir coca cola-, uno podría abarcarla en su totalidad a la lacrímógena llanura de las fantasías humanas. Día a día se expande, esta llanura, le va ganando metros al vacío, como los holandeses le van ganando terreno al mar. Islas, islas artificiales de doliente humanidad en el inaudito silencio del orbe, de la naturaleza y el misterio. Y uno se para como puede, en esta llanura, tentado por gustos, por historial, por recomendaciones, por azar. Y quizás a otro que haya visto o que en algún momento vea Felices dieciséis no le parezca tan hiperbólica la actuación de Compston, que la sobredimensiono, pensará, y quizás tenga razón; pero también cabe la posibilidad de que no tenga la razón para nada. Y quizás, ahora que lo pienso, quizás nadie nunca pueda tener la razón; quizás solamente se trata del lugar desde el cual uno observa la llanura, simplemente una cuestión de perspectiva. Si estoy acá, veo alta esa cumbre. Quizás desde otro lado no. La experiencia estética es o no es. Si lo es, mejor. Y si no, ojalá pueda serlo la próxima.









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Rulfo y Márquez, un solo corazón


"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo".

(Cien años de soledad, Gabriel García Márquez, 1967.)



"El padre Rentería se acordaría muchos años después de la noche en que la dureza de su cama lo tuvo despierto [...]".

(Pedro Páramo, Juan Rulfo, 1955.)





martes, 22 de abril de 2014

bastón






El padre de Pablo pesa casi doscientos kilos y para caminar necesita un bastón. Pero contrariamente a lo que parece, hasta llegar a la mediana edad el peso nunca había sido un problema para él. Cuando Pablo mira fotos en la que su padre es joven, le cuesta emparentar la imagen de ese tipo delgado, casi atlético, con la del hombre que hoy ya no puede caminar. A sus ojos, el muchacho de la foto y su padre son como dos personas distintas, dos personas que nunca se conocieron entre sí.

Pablo tiene veinte años; su padre, Oscar, cumple sesenta y seis en marzo. Los padres de Pablo se conocieron y tuvieron familia a una edad tardía para lo que se acostumbraba en la época. Así es como Pablo siempre se sintió nacido a destiempo. Sus padres tenían la misma edad que los abuelos de sus amigos.

Su infancia estuvo marcada por estas diferencias. Pablo solo conoció la versión desmejorada de su padre, nunca su padre pudo jugar al fútbol con él, por ejemplo. A esas alturas Oscar ya había empezado a pagar el precio de lo que había sido una vida dedicada por completo al trabajo -tenía una modesta fábrica de puertas y ventanas-, y el de su carácter. Más de una vez Pablo, en reuniones y fiestas, le había escuchado decir a su tío: Oscar siempre fue pura ansiedad.

Cuando todavía podía caminar sin la ayuda de nada ni de nadie, Oscar se fumaba alrededor de ochenta cigarrillos por día. Desayunaba fumando, almorzaba fumando, iba al baño o a trabajar fumando, y lo mismo en la merienda y en la cena. El cigarrillo siempre encendido a un costado del plato. A ese ritmo los problemas de salud no tardaron en llegar. Y cuando le fue obligado dejar el cigarrillo, no hubo plato ni botella que le alcanzaran. Se despertaba con los ojos aguados de madrugada y comía. Después de comer, tomaba. Y cuanto más se ensanchaba su estómago, más se ponía a comer y a tomar. Cuando se casó, ni siquiera le sirvió de ayuda la dedicación de su mujer. Su cuerpo se transformó. Pablo todavía no había llegado a la pubertad cuando vio por primera vez a su padre andando por la casa con un bastón.

En cambio Roberto, su tío, el hermano menor de Oscar, era todo lo contrario. Él y Oscar habían crecido bajo el mismo techo en un pueblo entrerriano perdido en medio de la nada. Siempre, según lo que ellos mismos decían, habían tenido una buena relación. Nadaban juntos en el río. Un día la madre se les murió en un accidente en la ruta. Y el padre, tres meses después, se suicidó. Una familia amiga del pueblo adoptó a los hermanos. Pero las cosas nunca anduvieron bien para ellos en esa casa. Un tiempo después, cuando Oscar ya andaba por los veinte, subió a su hermano menor a la camioneta de un compañero de trabajo y viajaron a Buenos Aires para instalarse definitivamente ahí.

En el conurbano sus caminos se separaron. Oscar aprendió carpintería; Roberto, después de pasar épocas turbulentas, conoció a un cura que le cambió la forma de pensar. Los hermanos estuvieron varios años sin verse. Cuando se reencontraron, Oscar ya pesaba los casi doscientos kilos que pesa hoy y no podía caminar sin bastón, mientras que Roberto desde cerca parecía nada más un montón de huesos.

A partir de ese reencuentro, Roberto, casi siempre para las fiestas, viajaba al barrio donde Oscar vivía y se quedaba varias semanas en su casa. Se sentaban uno al lado del otro, y nadie que los hubiera mirado desde el otro lado de la ventana hubiera podido creer que eran hermanos. Eso mismo a veces pensaba Pablo. Su padre y su tío se parecían poco; tan poco como su padre se parecía al tipo joven que veía en las fotos. O tan poco como su padre se parecía a él. A esas alturas fue cuando empezó a sentirse avergonzado de él. De que su padre tuviera que caminar con bastón. De que su padre sentado en la mesa solo pudiera respirar con la boca abierta. Del olor a sudor y del resto de los muchos olores que a veces su padre despedía. Se avergonzaba al punto de que no se animaba a llevar mujeres a la casa. Sus padres no le habían conocido todavía ninguna novia. Cuando le preguntaban, él decía: Más adelante puede ser. Más adelante puede ser.

**

Un verano, cuando Pablo termina de cumplir veinte, su tío se queda algunos días más después de las fiestas. Fue un buen año y la familia planifica ir una semana al mar. Como ni Roberto ni su madre saben manejar, y su padre ya no puede pisar los pedales sin sentir calambres, Pablo es el que maneja. Es la primera vez que lleva a sus padres en un viaje tan largo. Durante el trayecto nota a su padre más inquieto que de costumbre. Lo reta. Más despacio, le dice. O, cuando va muy despacio: Acelerá. En cierto punto Pablo quiere pasar un auto por la derecha. Su padre le dice: ¿Sos boludo, pendejo? ¿Sos boludo, vos? Él vuelve a enderezar el auto. Su padre jamás había sido de insultarlo. Su padre, ni siquiera cuando él hacía berrinches en la infancia, perdía la calma. En el asiento de atrás, cuando mira por el espejo retrovisor, nota los gestos de incomodidad de su madre y de Roberto. Ninguno intercede. Cuando llegan al departamento, ya de noche, Pablo se encierra en el baño y llora en silencio mientras se ducha.

Al día siguiente el clima es ideal. Mucho calor. Un sol efervescente. Ni una sola nube en el cielo. Alquilan una carpa y almuerzan en la playa. Pablo se mete al mar con Roberto, nadan. Un rato después también se acerca su madre a la orilla; deja que el agua le toque los pies. Vuelven y Oscar sigue abajo de la carpa, tomando mate. Tiene la frente bañada en sudor, pero no se saca la remera.

¿Te acordás del Yaraví, Osqui?, dice Roberto de golpe.

El Yaraví. Pablo escuchó nombrar ese río infinidad de veces. Era el que bordeaba el pueblo donde su padre y su tío habían crecido. Nadaban juntos ahí, cuando eran chicos. Oscar sonríe. El agua está hermosa, dice Roberto. Dale, venite. A mojar los pies, nada más. Oscar lo mira. Dale, vamos, venite que está hermosa el agua. Dale, pá, insiste Pablo también. Hacían muchos años que no iban al mar. Oscar se termina levantando con la ayuda de su hijo y de su hermano, y cruzan la arena hasta llegar a la orilla.

Es la una de la tarde y el sol arde en los hombros. Mientras Pablo se mete en el agua y lucha con las olas, los dos hermanos se quedan callados, cruzados de brazos, con los pies en el agua, mirándolo. Pablo nada y nada; de repente una ola gigante lo envuelve y todo él desaparece en la espuma. Recién unos segundos después, el punto diminuto de su cabeza emerge.

Pablito se parece mucho a vos, dice Roberto. No lo podés sacar del agua. ¿Te acordás, en el Yaraví? Nunca te gustaba salir. Podías estar horas y horas metido. Oscar sonríe. Es cierto que le gusta, dice. ¿Estás cansado?, pregunta Roberto. No, contesta Oscar. Los años pasan, pero puedo. Y después se queda callado otra vez, mirando cómo su hijo juega y juega con las olas en el agua.

Pasa un rato más. Durante todo este tiempo Oscar y Roberto se quedan mirando al chico. Hablan poco. De vez en cuando Pablo les hace señas para que se metan. Ellos dicen que no. Se ríen cuando lo aplasta una ola. Les gusta estar ahí. A un lado del mar el aire está fresco. Casi no se siente el calor. Les gusta sentir cómo el agua pasa por entre los dedos de sus pies, se enrolla en sus tobillos, y después vuelve, retrocediendo sobre sí misma, hacia el mar, y cuando lo hace es como si ellos se estuvieran moviendo, deslizándose sobre la arena, tienen esa sensación, aunque saben que están perfectamente quietos.

Pablo mientras no se cansa de nadar. No le importa el gusto agrio que el agua le deja trabado en el fondo de la garganta. No le importa el entumecimiento blando en los músculos de los brazos y las piernas. De vez en cuando levanta la cabeza por encima del agua y su padre y su tío están ahí, parados en la orilla. Les grita: Vengan. Vénganse. Una ola que no ve venir lo aplasta desde atrás. Ellos se ríen. Él también se termina riendo.

Sale del agua a los pocos minutos. Se acerca. Estás hecho un delfín, le dice Roberto. Pablo le tira agua con el pie a su tío y después también a su padre. Está fría, nene, dice Oscar. Pará. Y le da un coscorrón despacio en la cabeza a su hijo. Después le apoya una mano en el hombro, y los tres salen de la arena mojada, uno al lado del otro, y empiezan a caminar hacia la carpa.

Es entonces cuando pasa. Apenas se empiezan a internar en la arena que el agua del mar no llega a tocar. La arena que el sol estuvo calentando y recalentando, cociendo a fuego lento durante todo este tiempo. Quema. Arde. No pueden apoyar los pies. El contraste con el agua helada acentúa el efecto. Es como caminar sobre brasas.

Primero es Pablo, dando saltitos. Después Roberto que dice: Mierda. Mierda. Y que también empieza a saltar. El único que no dice nada es Oscar. Apenas la arena empieza a quemarle las plantas de los pies se suelta de los hombros de los otros dos, y trastabilla, y ni Roberto ni Pablo lo pueden sostener, y se cae en la arena ardiente. Pá, dice Pablo. Pá, grita. Se agacha para agarrarle los brazos. Lo mismo hace Roberto. Intentan levantarlo. Pero es difícil. En la medida que intentan hacerlo, más les arden los pies hundidos en la arena. Y cuanto más los pies les arden, más pueden comprender lo que Oscar debe estar sufriendo tirado de cuerpo entero sobre esos carbones encendidos.

La gente sabe. El día debe ser el más caluroso en lo que va de toda la temporada. La gente ve y sabe lo que a esos dos, con el señor gordo tirado, retorciéndose en la arena, les está pasando. Dos muchachos se levantan y se acercan corriendo. Traen una toalla. Un matrimonio que está cerca también. Se acercan con zapatillas y ojotas. Les dan las ojotas a Roberto y a Pablo, y los dos muchachos que se acercaron corriendo los ayudan a levantar de la arena a Oscar. Pablo jamás va a olvidar la expresión de su padre ese día. Apretando la boca, gimiendo, con la punta de la lengua afuera. Con la cara roja. Los muchachos le ponen la toalla en el piso para que Oscar pueda pisar. Roberto mientras tanto le saca la arena pegada a la remera y a la piel. No hay ojotas que le entren. Los muchachos y Pablo y Roberto tienen que llevar a Oscar así, moviendo la toalla, paso a paso, hasta que llegan a un lugar con sombra.

Ya abajo de la carpa a Oscar le pasan crema por la espalda. Tiene la piel irritada, con largas manchas rojas como raspones. Cuando su mujer lo ve así se le mojan los ojos. Bicho, dice. Bicho. Oscar mira todo como perdido. Como si no estuviera ahí. Un rato después lo ayudan a levantarse y vuelven al departamento.

El ascensor los rechaza cuando quieren subir los cuatro al mismo tiempo. Suena un timbre de alarma. Roberto mira a su cuñada y le dice: Que primero suban ellos dos. Entonces se bajan y ahora que solamente están Oscar y Pablo en el ascensor el timbre de alarma deja de sonar, y el aparato los sube, uno, dos, tres, cuatro pisos. Recién cuando están por el quinto Oscar lo mira a los ojos a su hijo: Cometí muchos errores, dice. Es la primera vez que lo mira después de caerse en la playa. Cometí muchos errores. Espero que no los cometas vos.

Pablo siente que la mirada de su padre lo quema como si fuera la arena. Pero lo mira igual. Deja que la arena le queme los ojos.


No tendría que haber nadado tanto tiempo. Oscar chasquea los labios, pero Pablo insiste: De verdad, no me di cuenta. No tendría que haber nadado tanto.

Y apenas el ascensor se abre, le saca el bastón a su padre, le agarra un brazo y se lo pasa por encima de los hombros, y después lo ayuda a cruzar despacio el pasillo hasta llegar a la puerta.  






martes, 15 de abril de 2014

lo que un hombre tiene que hacer



El Polaco se enteró un martes, después de leer el celular de su hija, pero durante toda esa semana no movió un pelo. Se acostaba pensando en eso, se despertaba pensando en eso; no había un solo momento en que no le diera vueltas al asunto con el pensamiento. Pero igual no hizo ni le dijo nada a nadie.

Recién el sábado se tomó un vino al mediodía, y otro más mientras hacía la digestión, y a eso de las cuatro salió de su casa y caminó siete cuadras mirando baldosas hasta llegar a la puerta del club.

Entró; ahí estaba Jorge, todo transpirado, jugando al truco con los muchachos. Y a un costado de él, también transpirado, también jugando al truco, y con los botines abajo de los pies, Alberto.

El Polaco se acercó empujando sillas hasta quedar parado enfrente de él. Le dijo: A ver si sos tan hombre como decís.

Después le dio dos trompadas tremendas. La primera en la mandíbula se escuchó desde lejos, como el choque de dos bolas de billar; la otra en el ojo sonó como si alguien tirara con bronca una naranja al piso.

Alberto trastabilló, quedó medio atontado, bamboleándose entre las sillas, y el Polaco le barrió las piernas con una patada y lo hizo caer. Después se le apoyó encima y le apretó el pecho contra el piso con una rodilla y le siguió pegando y pegando en la cara con los puños bien apretados mientras un círculo de tipos se empezaba a formar alrededor.

Al Polaco le faltaban un par de centímetros para tener la altura de una puerta, y era gordo y ancho, cuadrado también como una puerta, y tenía anillos de chapa en punta en varios de sus dedos, y ninguno de lo que estaba ahí se metió, ninguno interrumpió lo que el tipo estaba haciendo.

Fue Piero, el dueño del club, el que al final se terminó acercando. Le puso una mano al Polaco en el hombro: Macho, lo vas a matar. Recién ahí el Polaco pareció volver en sí. Se levantó y vio a su alrededor las sillas tiradas, los vasos rotos, y los ojos de los tipos y pibes que habían dejado de jugar al fútbol nada más para mirarlo. Entonces lo miró a Piero y le dijo: Disculpame el desastre, pá. Piero se acomodó los anteojos. Todo bien. Vos fijate, nada más. Este lugar tendrá sus defectos, pero hay cosas que no pueden pasar.

Y mientras ellos hablaban, Alberto, así, deshuesado, con un hilo largo y aceitoso de sangre cayendo desde la boca hasta el piso, y un párpado que más que un párpado parecía un pedazo de carne de vaca enrollado encima del ojo, aprovechó la distracción para darse vuelta, para irse alejando despacio, metiéndose en el tumulto. Pero el Polaco apenas terminó de disculparse con Piero se dio cuenta de eso, y lo siguió a Alberto en la misma dirección, y mientras el Polaco pasaba la fila de tipos se abrió como un yuyal agrietado por un ventarrón poderoso, y Piero volvió a decir: Macho, Macho, acá no. Pero el Polaco como sin escucharlo siguió apurando el paso hasta agarrarlo al otro a un costado de la puerta del baño, y lo apoyó contra la pared de un manotazo y le dijo acercándole la boca a los ojos: Ya sabés. La próxima cagada que te mandes, que sea asunto tuyo, y no mío. Pero la próxima que te mandés una cagada, si es asunto mío, no te lo voy a perdonar. Mato a tu vieja, a tu abuela, a tu tía y a tu hermana. Y si no tenés perro, te regalo uno para que lo tengas, para que te encariñes, y después también te lo mato. ¿Me escuchaste, sorete?, decía el Polaco, mientras le apretaba la mano al cuello. ¿Me escuchaste?

Sí, dijo Alberto, sí.

Y recién ahí, escupiendo el piso, lo soltó el Polaco.

**

A Alberto en la remisería San Martín le decían Beto. Ya llevaba casi dos años trabajando ahí cuando el dueño contrató a una nueva telefonista porque la anterior terminaba de ser madre y había pedido licencia por un año. Entró una tal Karina, recomendada por un pariente del dueño: vivía en Podestá, a media hora de la remisería, y tenía diecinueve años. Los muchachos de la agencia se quedaron mareados la primera vez que la vieron. Karina llegó a las ocho de la mañana con un pantalón bien ajustado, corto como un estornudo, y una musculosa blanca escotada que le dejaba ver a todo el mundo el tatuaje de un delfín desteñido encima de un pecho.

El dueño esperó a que no hubiera nadie en la agencia para decirle a la chica: Mirá, Karina, acá laburamos con mucha gente de familia. Ya sé, contestó ella, ¿hay algún problema? El dueño de la agencia sonrió. Ninguno, dijo, tocándose los botones de la camisa. Pero vos parecés ser una chica inteligente. Así que calculo que vas a saber a entender.

Pero Karina al final siguió yendo a trabajar a la agencia vestida de esa manera, y el dueño decidió mirar para otro lado, primero porque al principio le daba vergüenza aclararle a la chica qué era lo que le parecía mal, pero después porque vio que los muchachos iban a trabajar más contentos, y que algunos hasta empezaban a mejorar la higiene, y a ir bañados, peinados y perfumados.

Karina supo cómo manejarse desde el comienzo. Que si querés salir a tomar un helado conmigo, le decía uno, y ella que sí. ¿Cuándo?, le decía el tipo, y ella apretaba las pestañas pintadas: Te aviso cuando tenga calor. Y a los que eran más tímidos los miraba y les decía me gusta cómo te queda esa chomba, o qué lindo que está tu coche esta mañana; era hora de que le pegaras una buena lavada; y era una chica que siempre estaba de buen humor y que se reía de todos los chistes que le hacían.

Pero había uno de los muchachos, Jorge, que era amigo del padre de Karina, y que ya desde el principio había olido que la cosa iba a ser para kilombo. Así le dijo al dueño de la agencia una tarde: Esta piba acá va a ser para kilombo. Pero el dueño ya estaba en su plan de mirar para otro lado, mientras los tipos siguieran laburando bien, así que no le hizo caso a Jorge; no hizo absolutamente nada.

Ni siquiera cuando los muchachos quisieron pasar de la fase del histeriqueo al de los hechos hizo algo el tipo. Primero probó uno, después probó otro; después probó otro más: No. Karina les decía a todo el mundo que sí, salgo esta noche con vos o con vos o con vos, pero después no le contestaba el celular a ninguno. O a última hora les mandaba un mensaje: Esta noche mejor quedate con tu mujer. Así los fue desalentando uno a uno a todos.

Hasta que le tocó el turno a Beto.

Beto tenía cuarenta y tres años y vivía con su mujer y sus hijas. De todos los muchachos de la agencia, era el único que nunca se acercaba a Karina. La saludaba cortante cuando llegaba, y así también se despedía de ella cuando se iba. Karina empezó a provocarlo a propósito. Al principio muriéndose de risa. Sabía cómo el flaco se derretía cuando ella se le agachaba al lado para levantar cualquier cosa. Pero él la seguía ignorando. A veces ella tenía la sensación de que hasta la miraba con asco.

Una tarde de mucho calor Beto se tiró en cuero en el asfalto, enfrente de la remisería, para arreglar una abolladura en el chapón de su coche. Ella salió y lo vio todo. Vio cómo mientras martillaba y martillaba a Beto se le marcaban los músculos en la espalda y en los brazos, vio las canas que el tipo tenía en el pelo rapado, y sus tatuajes de tinta china, tatuajes de los que se hacían antes los tipos con calle.

Así que al otro día, en vez de ir a descansar a la plaza en su horario de almuerzo, Karina esperó a que Beto saliera a fumar su cigarrillo de costumbre para también salir a fumar ella. Se acercó a pocos metros, temerosa como un gato a un extraño, y le preguntó por Boca. Si le gustaba cómo Boca jugaba. Karina sabía que esa era su debilidad. Beto chasqueó los labios, empezó a decir que mal. Muy mal. Y antes de que se pudiera dar cuenta ya le estaba hablando de fútbol a la chica, que lo escuchaba mirándolo a un costado con mucha atención.

Después de ese día para Karina todo fue más fácil. Solamente salía a fumar al mismo tiempo que él y, cuando el tema fútbol se agotaba, ella empezaba a hablarle de su vida. De que todavía le quedaban algunas materias pendientes del secundario; que cuando las rindiera su idea era empezar a estudiar para ser maestra jardinera. Beto por momentos se sentía como si estuviera hablando con su hija. Pero de vez en cuando, mientras hablaban cara a cara, apoyados en la pared, Karina levantaba una mano y se la metía en el escote para acomodarse la musculosa, haciendo temblar sus pechos, o le daba al cigarrillo un beso despacio, bien despacio, y después el humo salía de su boca y cruzaba los rayos de sol que pasaban entre las ramas de los árboles que los escondían a ellos dos de la vista de todos, y entonces no, entonces Beto ya no tenía la sensación de estar hablando con su hija.

Y una de esas tardes, pisando el pucho, él le dijo: ¿Qué es lo que querés acá? Y Karina: Lo que yo quiero es un hombre.

Primero fue un telo por Panamericana. Después, con las semanas, ya ni siquiera les preocupaba que los vieran y empezaron a ir al Burbujas de ruta ocho. Aunque los muchachos de la remisería sospechaban que algo estaba pasando, Beto no dejaba de negarlo. Con la pendeja nada que ver, decía. Tiene la edad de mi hija. No me da el cuero para tanto.

Pero Jorge, el amigo del padre de Karina, podía oler que entre esos dos había algo. Cómo la chica lo miraba a Beto. Cómo empezaba a temblarle la voz o a decir pavadas cada vez que el tipo entraba en la agencia. A veces cuando volvía a su casa Jorge le contaba estas cosas a su mujer y su mujer le decía: La chica debe estar enamorada.

Así que una tarde de esas Jorge lo agarró a Beto en la esquina de la agencia y le dijo: Macho, todo bien con vos. Te respeto como laburante y como persona. Por eso dejame que te diga una cosa. Y le puso una mano en el hombro: Yo lo conozco al padre de Karina. Lo conozco y sé que al tipo no le cabe ninguna. Si se entera que alguno anda con la pendeja, el tipo lo manda al hospital. Beto miró una moto que pasaba por la calle. Después volvió a mirarlo a Jorge y estiró los brazos, sacándose con el movimiento la mano de Jorge de encima: Todo bien con tu amigo, pá. ¿Pero por qué me lo venís a decir a mí? Porque me caes bien. Vos fijate. De ahora en adelante esto ya no es asunto mío.

Eso fue la tarde del lunes. Esa misma noche, un rato después de hablar con Jorge, Beto esperó a que Karina saliera de la agencia y la cruzó con el auto a unas pocas cuadras. Subite. Fueron al Burbujas. Él probó distintas poses, moviéndola de un lado para el otro. Estuvo casi una hora. Pero no podía acabar. Al final se tiró boca arriba en la cama. Ella le pasó una mano por la frente. ¿Qué te pasa? Nada. Pero sos muy pendeja. No sabés moverte como me gusta. Karina se dio vuelta. Empezó a temblar. ¿De qué te reís?, le dijo Beto. Pero cuando le agarró el hombro se dio cuenta de que estaba llorando. Pensé que querías un hombre. Karina se levantó y se empezó a cambiar: Como quieras. Ahora levantate y llevame a mi casa.

Cuando al otro día Beto llegó a la agencia y le contaron que Karina estaba de licencia por enfermedad, respiró tranquilo. Llovía. Karina no volvió ni el miércoles ni el jueves ni el viernes. Flotaba el rumor de que se quería hacer echar. A veces Beto se cruzaba con Jorge en la vereda o adentro de la agencia y Jorge le decía qué tal, pá -aunque nunca hasta ese momento le había dicho "pá"-, y después se iba apurado, sin mirarlo a los ojos.

Recién el fin de semana, cuando fueron a jugar el picado de todos los sábados, Beto y Jorge cruzaron algunas palabras más. Ya habían terminado el partido, y estaban sentados en el bar del club, tomando cerveza, jugando al truco con otros muchachos de la remisería. En un momento, Beto le preguntó a Jorge cómo andaba todo por su casa. Jorge tomó un trago largo de cerveza. La panza enorme, sólida y pálida como un huevo, se le inflaba y desinflaba abajo de la camiseta. En la mía todo bien, padre, ¿en la tuya? Beto soltó su vaso encima de la mesa. En mi casa está todo como quiero. Me alegro, contestó Jorge. Beto se enderezó en su silla. Había estado tomando desde el mediodía y se sentía medio mareado. En mi casa siempre está todo como quiero, volvió a decir.

Pero Jorge ya no lo estaba escuchando.

Jorge ahora estaba mirando la puerta.

Había entrado un tipo de metro ochenta de alto, quizás más, quizás más. Ancho. Anchísimo. Cuando entró al club todos lo miraron. Era una mole de las que seguido no se veían. El tipo se plantó en medio del bar y empezó a mirar para todos lados, con los hombros tensos, los brazos duros y quietos como si encima les hubieran volcado cemento, hasta que en un rincón lo reconoció a Jorge. Y cuando Beto vio que el tipo lo reconocía a Jorge, apenas vio eso, lo supo. Intuyó enseguida quién era ese tipo. Por un segundo vio a Karina desnuda, diciéndole: Más. Se le aflojaron los músculos. Se le ablandaron los huesos. Y cuando el tipo se le acercó, cuando el tipo pateó una silla y se le paró enfrente, él también se levantó y se paró enfrente del tipo, porque desde muy pibe había aprendido que en situaciones así a un hombre no le queda otra cosa que levantarse y ponerle el pecho a lo que sea. Eso es lo que un hombre tiene que hacer siempre. Escuchó que a un costado de él Jorge decía: Tranquilo, Polaco. Tranquilo. Es un laburante.

Pero el tipo ya le estaba diciendo a Beto en la cara: A ver si sos tan hombre como decís.

 




 

martes, 8 de abril de 2014

un beso en la oscuridad

 
A las once de la mañana el administrador lo llamó a Antonio para avisarle que una de las propietarias del quinto había fallecido. Al parecer hacía varios días no salía de su departamento y los vecinos habían hecho la denuncia a la comisaría. Antonio (Tony, le decían los amigos) esperó a los policías en la puerta mientras hacía sus deberes de rutina. Media hora después llegaron dos oficiales y un cerrajero. Uno de los policías parecía tener alrededor de cuarenta años y el otro más de cincuenta. Buenas, dijo el más joven, ¿el encargado? Así es, contestó Antonio. Bueno, acompáñenos un minuto, dijo el más viejo, en un tono mucho más formal que su compañero: Necesitamos dos testigos oculares para el procedimiento. Y después, sin esperar respuesta, entró al edificio.

En el ascensor el policía más joven revisaba su celular. El cerrajero, sosteniendo su caja de herramientas, miraba el contador de pisos. Y el otro policía, el más viejo, le hablaba a Antonio: Llamaron esta mañana, dijo, una vecina asegura que hace dos días no sale nadie de -y el hombre miró una libreta- el 5º C. ¿No sintió nada raro usted? No, oficial, dijo Antonio, la verdad es que ayer limpié el pasillo y todo estaba en orden.

Hacía frío, pero Antonio tenía la frente bañada en sudor. El policía más viejo lo seguía mirando. Yo estoy con mucho trabajo, oficial, dijo Antonio de repente. ¿Cuánto demorará el procedimiento? Entonces el policía más joven levantó un segundo la mirada de su celular y le palmeó el hombro: Tranquilo, padre. Es un minuto, nada más. Vamos, atestiguás lo que encontramos, te tomamos los datos y listo.

Las puertas del ascensor se abrieron. Los policías avanzaron primero, Antonio los siguió, y ya cuando se iban arrimando al 5° C se empezó a sentir un olor repugnante. Antonio tosió; pero el olor se le quedó trabado en el fondo de la garganta con un regusto agrio. ¿Todo bien, pá?, le preguntó el policía más joven. Sí, dijo Antonio, con los ojos llorosos. Pasa que soy impresionable. No me quiero encontrar nada raro. El policía más viejo había sacado un pañuelo de tela y lo estaba moviendo en el aire. Pero, escúcheme, ¿usted vino ayer y no sintió nada raro? Para mí que la vieja hablaba mal de él, dijo el policía más joven. Su compañero se largó a reír. También el cerrajero. Y también, tragando la abundante cantidad de saliva que se le había acumulado en la boca, se rió Antonio.
 
Ayer no se sentía nada, dijo.
 
El cerrajero sacó sus herramientas y empezó a maniobrar sobre la cerradura. Dos minutos después la puerta se pudo abrir. Bueno, dijo el policía más viejo, ustedes observen. Empujó la puerta y en ese momento los cuatro pudieron ver al mismo tiempo un comedor inmenso, con una alfombra de pelo largo bajo una mesa de roble también inmensa, y ahí, en un rincón, tirada sobre la alfombra de costado, completamente desnuda y con un solo ojo abierto, la mujer del 5° C.
 
Debía tener más de setenta años. Por el color medio azulado de la piel, apretada a los huesos, parecía llevar muerta varias semanas. A un costado había una toalla y, un poco más atrás, con las páginas dobladas, un libro bastante grueso abierto boca abajo. Daba la sensación de que a la vieja se le había caído. El policía más joven se puso unos guantes blancos y entró. Se acercó a la vieja, le tocó el cuello; después le cerró la boca y el ruido fue como el de un pedazo de madera crujiendo. Antonio desvió la mirada y se encontró con los ojos del cerrajero, que movía la cabeza para un lado y para el otro.
 
No sé vos, le dijo el muchacho, levantando su caja de herramientas del piso. Pero yo nunca me termino de acostumbrar a los fiambres. 
 
El policía más viejo también entró y miró el panorama del comedor. Era bastante lujoso. Además de la alfombra, había cuadros con marcos dorados y lámparas de bronce y un ventanal inmenso que daba a la avenida y al paisaje de la ciudad. ¿Y, Ocampo?, preguntó el policía más viejo. Ataque, parece, contestó el otro, examinando el cuerpo. Después se levantó y con los mismos guantes con que había palpado a la vieja empezó a revisar los libros que había sobre la mesa, levantándolos, haciendo que corran sus páginas, y a revolver entre los papeles que ahí había también, y en cierto punto Antonio vio que de entre uno de esos papeles caían unos billetes, pero no pudo mirar más porque el policía más viejo les dijo, a él y al cerrajero, bueno, caballeros, vengan, así les tomamos los datos.
 
El policía más joven se sacó los guantes. Abrió el ventanal y corrió dos sillas hasta ese rincón, mientras su compañero inspeccionaba el resto de la casa.
 
Se sentó. ¿Edad? Treinta y tres años. ¿Nombre? Antonio. ¿Apellido? Pereda. ¿Pereda? ¿Sos argentino, vos? Sí. Tenés nombre de viejo, dijo el policía. Antonio sonrió, poniéndose las manos en los bolsillos: Yo lo rejuvenezco, dijo.
 
Después le tomó los datos al cerrajero. Mientras tanto, Antonio miraba la puerta por la que el policía más veterano se había ido hacía rato. El tipo no volvía ni daba señales de estar por hacerlo, pero él seguía mirando la puerta igual, enfocado en no sacar los ojos de ahí. Todavía no había vuelto a mirar el cuerpo de la vieja. Era cierto: esa mujer sí había hablado mal de él. Esa vieja siempre le decía al administrador que Antonio no limpiaba los pasillos. El peruano es un vago, decía en las reuniones de consorcio. A él le había llegado ese rumor. El peruano no quiere trabajar, decía siempre la vieja.
 
Ahora el cuerpo ahí. Una mujer rica. Su alfombra. Sus lámparas. Su olor. Sus libros desparramados.
 
Listo, muchachos, dijo el policía. Se levantó. Su colega todavía no había vuelto. Hizo que Antonio y el cerrajero lo siguieran hasta la puerta y en ese punto los despidió: Ahora dejen que nos encargamos nosotros.
 
Y Antonio ya se había dado vuelta en el pasillo, cuando el policía, parado en la puerta, le dijo: Al final está más limpio acá afuera que adentro.
 
Antonio sonrió. También sonrió el policía. Después cerró la puerta.
 
Estos se van a hacer un festín, dijo el cerrajero, ya bajando en el ascensor con Antonio. Pero está bien. Ganan dos mangos. Se la rebuscan como pueden.
 
Antonio no decía nada. El cerrajero apoyó el peso de su cuerpo en el otro pie. Dijo: ¿Es la primera vez que te pasa esto? Sí. En el otro edificio que laburo se había muerto un viejo, el año pasado, pero se hizo cargo la familia. No tuve que estar. ¿No tuviste que estar? No. Por suerte no.
 
La imagen del cuerpo de la vieja se le había quedado pegada a las retinas. Como el olor. No podía sacarse de la boca el sabor del olor.
 
Qué cosa, ¿no?, que te encuentren así, dijo el cerrajero después. Por eso hay que tener descendencia. Para que te levante tu gente, no estas ratas. Sí, tener descendencia y también portarte bien con tu descendencia, dijo Antonio: Yo ya tengo dos pibes. ¿Dos pibes? Muy bien. ¿Y vos? También. Una nena y un varón, dijo el cerrajero.
 
Antonio no esperó a que bajaran el cuerpo. Cuando terminó su horario, se despidió apurado de su colega y se fue. Se tomó el colectivo. Después el tren. A eso de las once de la noche estaba en San Miguel.
 
Su mujer le había guardado un bife con ensalada de huevo y tomate. Ella sabía lo que Antonio había pasado ese día, y él notó el empeño que su mujer había puesto en prepararle la cena. ¿Cómo estás? Bien, dijo Antonio, ¿los chicos? Durmiendo. ¿Tan temprano? Sí. Hoy fueron a jugar al fútbol. Vinieron cansadísimos.
 
Su mujer también se fue a acostar temprano. Antonio miró un rato la tele. Después dejó los platos en la pileta, y se lavó los dientes, y al final se acercó hasta la pieza de los chicos. Los miró a los dos desde la puerta, y después se sentó en el borde de la cama de su hijo mayor. Tenía once años. Le miró la cara, a la luz del foco que estaba encendido en la cocina, y por un segundo volvió a ver la cara de la vieja del quinto, la cara azulada, medio encogida por la descomposición, en el momento en que el policía abría la puerta. Entonces Antonio se inclinó sin hacer ruido, tapando la luz que sobre su hijo caía, y le besó despacio la frente en la oscuridad.
 
 
 

martes, 1 de abril de 2014

perros




Guillermo se decidió ese mismo domingo, cuando salió bien temprano para ir a comprar el pan y se encontró con que las bolsas llenas de basura que había juntado el día anterior estaban rotas, desgarradas en tarascones, y que las hojas y ramas y botellas se desparramaban por todo el patio.



La cachorra se le acercó ladrando apenas lo vio salir. Guillermo tuvo el impulso de recibirla con una patada, pero no lo hizo. Ni siquiera reaccionó cuando el bicho le apoyó las patas llenas de barro en la remera limpia y nueva que terminaba de ponerse. Se sentía paralizado. Acababa de tomar una decisión. No podía dejar de pensar en eso que estaba a punto de hacer.


Toda su vida el hombre había sido de levantar perros callejeros. Tanto Marisol, su mujer, como él amaban a los perros en general. Cuando se murió Rita, la primera cachorra que habían adoptado juntos -una cruza de pequinés diminuta-, tuvieron un duelo de varios años en los que no se permitieron volver a encariñarse con otra mascota. Recién al momento de tener un hijo adoptaron a Bruno, un cachorro mezcla de labrador y ovejero alemán. A la larga tuvieron tres hijos más. Se mudaron a una casa más grande. Y adoptaron, también, más perros.


Llegaron a tener cinco al mismo tiempo. La mayoría eran perros que Guillermo o Marisol o mismo cualquiera de sus hijos encontraban en la calle. Un cachorro enfermo o un perro viejo y triste de esos que nadie acepta, que solamente merodean las calles viviendo de la caridad de comerciantes o mendigos, les daba lástima, y después de un debate decidían si adoptarlo o no. Esta decisión dependía por lo general de la situación económica. Solamente cuando las condiciones estaban dadas un nuevo integrante se sumaba al clan familiar.


Pasaron los años. Los hijos de Marisol y Guillermo se fueron yendo de la casa. A veces alguno de los perros también se iba con ellos. Un día también se fue Marisol. Guillermo tenía cincuenta años. Marido y mujer se dijeron que iba a ser temporal. Pero Guillermo ahora ya tenía cincuenta y dos y ni él ni su mujer daban señales de querer estar juntos de nuevo.


Fue en julio de ese mismo año cuando Guillermo encontró a la cachorra apoyada contra la reja. Estaba desnutrida, y sucia, y tiritaba de frío. Tenía marcas de golpes de palos o piedras encima del lomo y a un costado del hocico. Caminaba rengueando. Guillermo se acercó a la reja y la levantó con un solo brazo y, cuando lo hizo, tuvo la sensación de estar levantando nomás un montón de huesos.


La alimentó. La bañó. La llevó al veterinario. Poco a poco la fue curando. Hacía tiempo que Guillermo no adoptaba un perro. Le puso de nombre Rita. Cuando Marisol se enteró por medio de sus hijos de que Guillermo había rescatado una cachorra de la calle y le había puesto justo ese nombre, lo interpretó como una señal que su marido le enviaba a la distancia. Pero decidió esperar a que él se comunicara con ella. Que el primer paso de una posible reconciliación viniera de su parte.


Pero los meses pasaban y Guillermo no daba ese primer paso, y los dos seguían sin cruzar palabra entre sí, y mientras tanto Rita crecía.


Rita era a esas alturas la única compañía que tenía Guillermo. Al principio se llevaban bien. Pero cuando empezó el verano la perra ya había desarrollado una osamenta descomunal. No aprendía a controlar sus movimientos. También tenía una energía que Guillermo no había encontrado en ninguno de sus perros anteriores. Cuando una mañana encontró el sillón del comedor destrozado, decidió que Rita iba a dormir afuera, y, a pesar de los aullidos, de los golpes incesantes a la puerta durante la madrugada, no cambió de postura. Ni siquiera cuando el animal le rompió un vidrio.


Guillermo a esas alturas ya iba a trabajar mal dormido. En el trabajo le preguntaban si había algún problema, y a él le daba vergüenza decir que sí, que el problema era Rita, su perra. Se sentía convencido de que sus colegas en el fondo adjudicaban su mal humor a la soledad en la que él vivía; soledad a la que él mismo se había entregado un par de años atrás al hacer todo lo posible para que su mujer lo abandonara. No, echarle la culpa de su situación a Rita le parecía un pretexto ridículo, que antes que disuadir las conjeturas ajenas las iba a terminar confirmando. Así que nada más contestaba: No, no me pasa nada.


Un viernes recibió un llamado inesperado: era Marisol. Hacía más de un año y medio que no hablaba con ella. Su mujer (todavía no se habían divorciado) le avisaba que ese mismo domingo iba a pasar por la casa. Él no le preguntó para qué; fue ella la que se encargó enseguida de aclarar que solamente lo iba a hacer para buscar una caja en el garage, una que tenía “cosas que necesitaba”. Y aunque él siguió en silencio, ella volvió a explicarle: Una caja que ni él ni los chicos iban a poder encontrar, ya que ni ella misma estaba segura de poder encontrarla.


Está bien, dijo Guillermo. Y, después de despedirse, colgaron.


Al día siguiente Guillermo almorzó liviano, a diferencia de lo que acostumbraba en ese momento de la semana, y se pasó toda la tarde limpiando el parque, cortando el pasto, juntando hojas, ramas y basura, acumulados en los patios de atrás y de adelante desde finales de otoño. Llenó hasta casi hacerlas estallar cuatro bolsas grandes de consorcio. Empezaba a oscurecer. Miró el resultado de su trabajo con orgullo. El pasto corto y limpio. Ni una sola hoja. Ni un solo papel. Esa noche no alcanzó a mirar la pelea central en la tele. A las once ya dormía cansado y relajado como un bebé.


Así que no esperaba, ya el domingo a la mañana, encontrarse con que el mismo patio que había estado limpiando durante horas y horas la tarde del día anterior iba a estar lleno de papeles, botellas, hojas, bolsas de naylon desparramadas por acá y por allá, como si durante la noche se hubiera inundado la cuadra entera y toda la basura, después de bajar el agua, hubiera ido a parar al frente de su casa.


Rita empezó a saltar de un lado para el otro, eufórica, ladrando, apenas lo vio salir. Le apoyó las patas en la remera. Guillermo le acarició el lomo mirando el desastre en el parque.


Marisol llegó a las doce del mediodía, puntual, tal como le había avisado a su marido. Estacionó el auto en la vereda. Tocó el timbre. Esperó. Nadie atendió. Tocó de nuevo. Nadie atendía todavía. Sus hijos le habían advertido que la tal Rita siempre estaba en el frente de la casa, del otro lado de la reja, ladrándole a la gente que pasaba por la vereda. Pero ninguna perra salió a ladrarle a ella. Parecía una casa abandonada. Con el patio de enfrente descuidado, lleno de basura por todas partes. Volvió a tocar el timbre. Ya había esperado más de media hora. Se fue.


Se fue en su auto pensando en Guillermo. En ese hombre con el que había compartido más de treinta años de su vida. ¿Qué era lo que había pasado? ¿Por qué no la había atendido? Se preocupó. Por un segundo pensó en llamar a su hijo mayor, el mismo que la había convencido de que lo visite. Pero al final, mientras esperaba frente a un semáforo en rojo, Marisol entendió que no valía la pena hacerlo. Había estado más de media hora esperando frente a una casa vacía. Esa era la verdad. Sintió que se le mojaban los ojos. El semáforo se puso en verde. Entonces, mientras avanzaba por la avenida, se prometió a sí misma no volver nunca más a esa casa.


En ese mismo momento, pero a muchos kilómetros de ahí, Guillermo también estaba manejando. Algunas horas antes había sacado su auto del garage, había subido a Rita al auto, y había empezado a manejar. No sabía Guillermo hacia dónde. Simplemente se había subido a su auto y se había alejado por la avenida, después por la ruta, adentrándose por barrios que nunca había conocido, hasta que las casas empezaron a escasear. Manejó y manejó y de vez en cuando miraba el asiento de atrás, y ahí estaba Rita, con su esqueleto inmenso, demasiado grande para ser el de una cachorra, y la lengua colgante y los dientes salidos, como si sonriera.


Hubo un tiempo en que Marisol o sus hijos, cuando vivían todos juntos, se enojaban con alguno de los perros que tenían en la casa. Entonces le pegaban, o lo castigaban sacándolo al patio sin darle de comer. Guillermo era él único que siempre conservaba la calma. De las personas te podés vengar como quieras, les decía. Pero nunca te podés vengar de un animal.


Ahora Guillermo manejaba por una ruta desierta, adentrándose en un campo también desierto. El sol era un círculo anaranjado en la parte baja del cielo. Rita dormía. Entonces Guillermo frenó en la banquina, abrió la puerta de atrás y la despertó. Fuera, le dijo. Fuera.


Fuera, Rita, fuera.


La perra se levantó en el asiento, lo miró dudando unos segundos, pero después se bajó. Se bajó y empezó a saltar por los yuyales, ladrándole a unos pájaros, a unos pájaros que había apoyados en los alambres de una cerca, y él la dejó ir.