martes, 22 de abril de 2014

bastón






El padre de Pablo pesa casi doscientos kilos y para caminar necesita un bastón. Pero contrariamente a lo que parece, hasta llegar a la mediana edad el peso nunca había sido un problema para él. Cuando Pablo mira fotos en la que su padre es joven, le cuesta emparentar la imagen de ese tipo delgado, casi atlético, con la del hombre que hoy ya no puede caminar. A sus ojos, el muchacho de la foto y su padre son como dos personas distintas, dos personas que nunca se conocieron entre sí.

Pablo tiene veinte años; su padre, Oscar, cumple sesenta y seis en marzo. Los padres de Pablo se conocieron y tuvieron familia a una edad tardía para lo que se acostumbraba en la época. Así es como Pablo siempre se sintió nacido a destiempo. Sus padres tenían la misma edad que los abuelos de sus amigos.

Su infancia estuvo marcada por estas diferencias. Pablo solo conoció la versión desmejorada de su padre, nunca su padre pudo jugar al fútbol con él, por ejemplo. A esas alturas Oscar ya había empezado a pagar el precio de lo que había sido una vida dedicada por completo al trabajo -tenía una modesta fábrica de puertas y ventanas-, y el de su carácter. Más de una vez Pablo, en reuniones y fiestas, le había escuchado decir a su tío: Oscar siempre fue pura ansiedad.

Cuando todavía podía caminar sin la ayuda de nada ni de nadie, Oscar se fumaba alrededor de ochenta cigarrillos por día. Desayunaba fumando, almorzaba fumando, iba al baño o a trabajar fumando, y lo mismo en la merienda y en la cena. El cigarrillo siempre encendido a un costado del plato. A ese ritmo los problemas de salud no tardaron en llegar. Y cuando le fue obligado dejar el cigarrillo, no hubo plato ni botella que le alcanzaran. Se despertaba con los ojos aguados de madrugada y comía. Después de comer, tomaba. Y cuanto más se ensanchaba su estómago, más se ponía a comer y a tomar. Cuando se casó, ni siquiera le sirvió de ayuda la dedicación de su mujer. Su cuerpo se transformó. Pablo todavía no había llegado a la pubertad cuando vio por primera vez a su padre andando por la casa con un bastón.

En cambio Roberto, su tío, el hermano menor de Oscar, era todo lo contrario. Él y Oscar habían crecido bajo el mismo techo en un pueblo entrerriano perdido en medio de la nada. Siempre, según lo que ellos mismos decían, habían tenido una buena relación. Nadaban juntos en el río. Un día la madre se les murió en un accidente en la ruta. Y el padre, tres meses después, se suicidó. Una familia amiga del pueblo adoptó a los hermanos. Pero las cosas nunca anduvieron bien para ellos en esa casa. Un tiempo después, cuando Oscar ya andaba por los veinte, subió a su hermano menor a la camioneta de un compañero de trabajo y viajaron a Buenos Aires para instalarse definitivamente ahí.

En el conurbano sus caminos se separaron. Oscar aprendió carpintería; Roberto, después de pasar épocas turbulentas, conoció a un cura que le cambió la forma de pensar. Los hermanos estuvieron varios años sin verse. Cuando se reencontraron, Oscar ya pesaba los casi doscientos kilos que pesa hoy y no podía caminar sin bastón, mientras que Roberto desde cerca parecía nada más un montón de huesos.

A partir de ese reencuentro, Roberto, casi siempre para las fiestas, viajaba al barrio donde Oscar vivía y se quedaba varias semanas en su casa. Se sentaban uno al lado del otro, y nadie que los hubiera mirado desde el otro lado de la ventana hubiera podido creer que eran hermanos. Eso mismo a veces pensaba Pablo. Su padre y su tío se parecían poco; tan poco como su padre se parecía al tipo joven que veía en las fotos. O tan poco como su padre se parecía a él. A esas alturas fue cuando empezó a sentirse avergonzado de él. De que su padre tuviera que caminar con bastón. De que su padre sentado en la mesa solo pudiera respirar con la boca abierta. Del olor a sudor y del resto de los muchos olores que a veces su padre despedía. Se avergonzaba al punto de que no se animaba a llevar mujeres a la casa. Sus padres no le habían conocido todavía ninguna novia. Cuando le preguntaban, él decía: Más adelante puede ser. Más adelante puede ser.

**

Un verano, cuando Pablo termina de cumplir veinte, su tío se queda algunos días más después de las fiestas. Fue un buen año y la familia planifica ir una semana al mar. Como ni Roberto ni su madre saben manejar, y su padre ya no puede pisar los pedales sin sentir calambres, Pablo es el que maneja. Es la primera vez que lleva a sus padres en un viaje tan largo. Durante el trayecto nota a su padre más inquieto que de costumbre. Lo reta. Más despacio, le dice. O, cuando va muy despacio: Acelerá. En cierto punto Pablo quiere pasar un auto por la derecha. Su padre le dice: ¿Sos boludo, pendejo? ¿Sos boludo, vos? Él vuelve a enderezar el auto. Su padre jamás había sido de insultarlo. Su padre, ni siquiera cuando él hacía berrinches en la infancia, perdía la calma. En el asiento de atrás, cuando mira por el espejo retrovisor, nota los gestos de incomodidad de su madre y de Roberto. Ninguno intercede. Cuando llegan al departamento, ya de noche, Pablo se encierra en el baño y llora en silencio mientras se ducha.

Al día siguiente el clima es ideal. Mucho calor. Un sol efervescente. Ni una sola nube en el cielo. Alquilan una carpa y almuerzan en la playa. Pablo se mete al mar con Roberto, nadan. Un rato después también se acerca su madre a la orilla; deja que el agua le toque los pies. Vuelven y Oscar sigue abajo de la carpa, tomando mate. Tiene la frente bañada en sudor, pero no se saca la remera.

¿Te acordás del Yaraví, Osqui?, dice Roberto de golpe.

El Yaraví. Pablo escuchó nombrar ese río infinidad de veces. Era el que bordeaba el pueblo donde su padre y su tío habían crecido. Nadaban juntos ahí, cuando eran chicos. Oscar sonríe. El agua está hermosa, dice Roberto. Dale, venite. A mojar los pies, nada más. Oscar lo mira. Dale, vamos, venite que está hermosa el agua. Dale, pá, insiste Pablo también. Hacían muchos años que no iban al mar. Oscar se termina levantando con la ayuda de su hijo y de su hermano, y cruzan la arena hasta llegar a la orilla.

Es la una de la tarde y el sol arde en los hombros. Mientras Pablo se mete en el agua y lucha con las olas, los dos hermanos se quedan callados, cruzados de brazos, con los pies en el agua, mirándolo. Pablo nada y nada; de repente una ola gigante lo envuelve y todo él desaparece en la espuma. Recién unos segundos después, el punto diminuto de su cabeza emerge.

Pablito se parece mucho a vos, dice Roberto. No lo podés sacar del agua. ¿Te acordás, en el Yaraví? Nunca te gustaba salir. Podías estar horas y horas metido. Oscar sonríe. Es cierto que le gusta, dice. ¿Estás cansado?, pregunta Roberto. No, contesta Oscar. Los años pasan, pero puedo. Y después se queda callado otra vez, mirando cómo su hijo juega y juega con las olas en el agua.

Pasa un rato más. Durante todo este tiempo Oscar y Roberto se quedan mirando al chico. Hablan poco. De vez en cuando Pablo les hace señas para que se metan. Ellos dicen que no. Se ríen cuando lo aplasta una ola. Les gusta estar ahí. A un lado del mar el aire está fresco. Casi no se siente el calor. Les gusta sentir cómo el agua pasa por entre los dedos de sus pies, se enrolla en sus tobillos, y después vuelve, retrocediendo sobre sí misma, hacia el mar, y cuando lo hace es como si ellos se estuvieran moviendo, deslizándose sobre la arena, tienen esa sensación, aunque saben que están perfectamente quietos.

Pablo mientras no se cansa de nadar. No le importa el gusto agrio que el agua le deja trabado en el fondo de la garganta. No le importa el entumecimiento blando en los músculos de los brazos y las piernas. De vez en cuando levanta la cabeza por encima del agua y su padre y su tío están ahí, parados en la orilla. Les grita: Vengan. Vénganse. Una ola que no ve venir lo aplasta desde atrás. Ellos se ríen. Él también se termina riendo.

Sale del agua a los pocos minutos. Se acerca. Estás hecho un delfín, le dice Roberto. Pablo le tira agua con el pie a su tío y después también a su padre. Está fría, nene, dice Oscar. Pará. Y le da un coscorrón despacio en la cabeza a su hijo. Después le apoya una mano en el hombro, y los tres salen de la arena mojada, uno al lado del otro, y empiezan a caminar hacia la carpa.

Es entonces cuando pasa. Apenas se empiezan a internar en la arena que el agua del mar no llega a tocar. La arena que el sol estuvo calentando y recalentando, cociendo a fuego lento durante todo este tiempo. Quema. Arde. No pueden apoyar los pies. El contraste con el agua helada acentúa el efecto. Es como caminar sobre brasas.

Primero es Pablo, dando saltitos. Después Roberto que dice: Mierda. Mierda. Y que también empieza a saltar. El único que no dice nada es Oscar. Apenas la arena empieza a quemarle las plantas de los pies se suelta de los hombros de los otros dos, y trastabilla, y ni Roberto ni Pablo lo pueden sostener, y se cae en la arena ardiente. Pá, dice Pablo. Pá, grita. Se agacha para agarrarle los brazos. Lo mismo hace Roberto. Intentan levantarlo. Pero es difícil. En la medida que intentan hacerlo, más les arden los pies hundidos en la arena. Y cuanto más los pies les arden, más pueden comprender lo que Oscar debe estar sufriendo tirado de cuerpo entero sobre esos carbones encendidos.

La gente sabe. El día debe ser el más caluroso en lo que va de toda la temporada. La gente ve y sabe lo que a esos dos, con el señor gordo tirado, retorciéndose en la arena, les está pasando. Dos muchachos se levantan y se acercan corriendo. Traen una toalla. Un matrimonio que está cerca también. Se acercan con zapatillas y ojotas. Les dan las ojotas a Roberto y a Pablo, y los dos muchachos que se acercaron corriendo los ayudan a levantar de la arena a Oscar. Pablo jamás va a olvidar la expresión de su padre ese día. Apretando la boca, gimiendo, con la punta de la lengua afuera. Con la cara roja. Los muchachos le ponen la toalla en el piso para que Oscar pueda pisar. Roberto mientras tanto le saca la arena pegada a la remera y a la piel. No hay ojotas que le entren. Los muchachos y Pablo y Roberto tienen que llevar a Oscar así, moviendo la toalla, paso a paso, hasta que llegan a un lugar con sombra.

Ya abajo de la carpa a Oscar le pasan crema por la espalda. Tiene la piel irritada, con largas manchas rojas como raspones. Cuando su mujer lo ve así se le mojan los ojos. Bicho, dice. Bicho. Oscar mira todo como perdido. Como si no estuviera ahí. Un rato después lo ayudan a levantarse y vuelven al departamento.

El ascensor los rechaza cuando quieren subir los cuatro al mismo tiempo. Suena un timbre de alarma. Roberto mira a su cuñada y le dice: Que primero suban ellos dos. Entonces se bajan y ahora que solamente están Oscar y Pablo en el ascensor el timbre de alarma deja de sonar, y el aparato los sube, uno, dos, tres, cuatro pisos. Recién cuando están por el quinto Oscar lo mira a los ojos a su hijo: Cometí muchos errores, dice. Es la primera vez que lo mira después de caerse en la playa. Cometí muchos errores. Espero que no los cometas vos.

Pablo siente que la mirada de su padre lo quema como si fuera la arena. Pero lo mira igual. Deja que la arena le queme los ojos.


No tendría que haber nadado tanto tiempo. Oscar chasquea los labios, pero Pablo insiste: De verdad, no me di cuenta. No tendría que haber nadado tanto.

Y apenas el ascensor se abre, le saca el bastón a su padre, le agarra un brazo y se lo pasa por encima de los hombros, y después lo ayuda a cruzar despacio el pasillo hasta llegar a la puerta.  






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