martes, 29 de abril de 2014


Ken Loach: tragedia a lo siglo XXI


                                        


Ayer vi una película que me quedó doliendo en el cuerpo. Que me quedó dando vueltas por la cabeza, raspando, como una resaca de las pegajosas o un alambre de púas. Felices dieciséis (Sweet Sixteen), de Ken Loach. Ya desde el comienzo noté algo que también había notado en La parte de los ángeles, la otra película que había visto de Loach: que no conocía al actor, pero que la cara de ese actor, sus rasgos, la piel toda poceada, con alguna que otra cicatriz o rasguño, no era la cara típica de un actor de cine, no era de cera, de porcelana.

Era una cara real.

Y ya desde los primeros planos de esa cara uno entiende. Apenas uno ve cómo esa cara gesticula y cómo el pibe habla y cómo se viste y hasta cómo tiene el corte de pelo; apenas uno lo ve a todo eso ya sabe para dónde apunta el asunto. Los pibes chorros de acá, con esa cara de orto, con ese saltito eléctrico a la hora de caminar, esa apropiación del espacio, como si vieran previamente en su mente qué es lo que van a hacer con sus extremidades y no los intimidara en ningún momento la idea de que algo en el mundo exterior pudiera truncarles el movimiento, y la inteligencia espontánea y la intuición felina y toda la parafernalia de la pinta, con la gorrita, las zapas, la pilcha deportiva; todos esos rasgos y aderezos que hacen al compadrito del siglo XXI acá en el conurbano bonaerense son los mismos que hacen a los protagonistas de Felices dieciséis, nada más que la historia en este caso está ambientada en Greenock, una ciudad portuaria de Escocia.

Pibes guapos de barrio, iguales acá, en Escocia, en Estados Unidos. ¿Globalización? ¿Californicación? ¿Colonialismo cultural hollywoodense? ¿Roma unificando a través del latín las provincias del imperio?

¿O se tratará, más bien, de un conjunto estable de rasgos, no fisiológicos, sino psicológicos, expresivos, que hacen que un pibe chorro se parezca a otro pibe chorro más allá de la contingencia, más allá de la ropa, del barrio, de la época o de la mochila de eventos personales que sobre los hombros carguen?

En el fondo, supo especular Aristóteles, todas las historias tristes se parecen. Y la de Felices dieciséis lo es bastante, así que se parece a muchas de las historias tristes que pueden escucharse por acá. Es Escocia, sí, pero nada de primer mundo. Aunque cambie la infraestructura, lo que no cambia es la sensación de desamparo que a uno lo empaña cuando se conoce y se identifica -quizás no proyectándose, sino solo compadeciéndose, en el sentido de "sentir con él"- con la historia de Liam en Felices dieciséis o la de Robbie en La parte de los ángeles.

Estas dos son películas hermanas. La certeza, no solamente de que fueron hechas por el mismo tipo, sino también de que la segunda vino después de la primera, legitima la arbitrariedad de esta intuición mía: Robbie es Liam, pero diez años después. Liam la pasa mal, y así termina. Pero tiene quince años. Robbie, por su parte, también la pasa mal: tiene que cargar con un pasado de mierda, turbio, arado por las drogas y la delincuencia. Pero ahora es padre. Ahora tiene casi treinta años. Es otro el espíritu del personaje. Es otro el espíritu del artista. Como si para Loach hubiera sido indispensable cocinar en su interior a Liam para después poder parir a Robbie. Y Robbie termina bien. Y está bien que termine bien. Un final como el de Felices dieciséis en La parte de los ángeles hubiera sido francamente insoportable.

Hay escenas de violencia que duelen en el cuerpo, en las dos películas. Muy naturales, creíbles, al punto de que uno se pregunta cuántos moretones se habrán ligado los tipos mientras las hacían. Pero estas escenas jamás llegan a lucrar gratuitamente con lo morboso, como hace por ejemplo en Irreversible Noé, y tantos otros vanguardistas anacrónicos. Y hay mucha tragedia, también, bajada a la tierra molida de este mundo de las redes sociales. Acaba de ocurrir la desgracia; lo llaman a Liam, él contesta: "Se me está quedando sin batería el celular". Otro efecto de lo real: la zapatilla que Liam, totalmente resacudo, busca sin encontrar por toda la casa después de enterarse adónde fue su madre; esa drogadicta por la que él tanto lucha y lucha, rompiéndose los huesos, a todo lo largo de la película. Entonces uno se pregunta: Qué mente tan genial fue capaz de inocular en la historia el veneno de ese detalle que mientras todo sucede parece irrisorio, pero que sin embargo empapa el asunto de una atmósfera de verosimilitud que te hace sospechar: "Bueno, ¿esto estará pasando de verdad?". Uno se imagina al guionista escribiendo: "Liam acaba de enterarse de la traición de su madre. Da vueltas por el dormitorio enfurecido, mientras discute con su hermana. No encuentra una de sus zapatillas. La busca. No la encuentra". Eso. Buscar una zapatilla. El héroe trágico. Una zapatilla. El detalle en el desastre.

La actuación del pibe que hace de Liam me pareció abrumadora. Más allá de los evidentes méritos de Loach para llevarlo, Martin Compston nunca había actuado antes. Se presentó al casting de casualidad, porque una productora estaba buscando actores nativos de Greenock. Compston tenía 18 años al momento de la filmación (2002); terminaba de dejar el colegio para dedicarse a una carrera de futbolista que nunca terminó de levantar vuelo. Los caminos del arte son misteriosos. Me imagino el arte como una llanura inmensa, desierta, de arena, extendiéndose desde acá hasta el horizonte. De vez en cuando hay cumbres, ondas que se levantan, que bajan, que se vuelven a levantar. Hay gente que labura toda una vida para alcanzar esas cumbres momentáneas. Toda una vida. Y de repente un pibe común y corriente, que nunca había soñado con la posibilidad de ser actor, nos obsequia con esta implosión de humanidad. De doliente humanidad. La cima de una expresión. Un punto alto y visible y sublime en la gigantesca llanura del arte que popes como Dostoievsky y Tchaicovsky y Beckett y otro millar de popes más también alcanzaron, en su momento, en un solo momento, y desde entonces ya para siempre. Para siempre. Arte: ¿Un instante para siempre? Hasta que llega el instante posterior, y ya está. El viento corroe el castillo de arena. Lo deshace. Y después… ¿después qué? Nada. Al mudo olvido de la naturaleza, todo tu laburo, todas tus ansias, Shakespeare. Hacia la máxima extinción. Hasta antes de ayer yo no tenía la más pálida idea de que existía Martin Compston. Y hasta hace dos o tres semanas no tenía tampoco la más pálida idea de que existía Ken Loach. Demasiado amplia la llanura, demasiado, ¿no?; no alcanzarían diez vidas para abarcarla. Quizás ni en once, pasándolas encerrado las veinticuatro horas del día, consumiendo cultura -como se podría, por ejemplo, consumir coca cola-, uno podría abarcarla en su totalidad a la lacrímógena llanura de las fantasías humanas. Día a día se expande, esta llanura, le va ganando metros al vacío, como los holandeses le van ganando terreno al mar. Islas, islas artificiales de doliente humanidad en el inaudito silencio del orbe, de la naturaleza y el misterio. Y uno se para como puede, en esta llanura, tentado por gustos, por historial, por recomendaciones, por azar. Y quizás a otro que haya visto o que en algún momento vea Felices dieciséis no le parezca tan hiperbólica la actuación de Compston, que la sobredimensiono, pensará, y quizás tenga razón; pero también cabe la posibilidad de que no tenga la razón para nada. Y quizás, ahora que lo pienso, quizás nadie nunca pueda tener la razón; quizás solamente se trata del lugar desde el cual uno observa la llanura, simplemente una cuestión de perspectiva. Si estoy acá, veo alta esa cumbre. Quizás desde otro lado no. La experiencia estética es o no es. Si lo es, mejor. Y si no, ojalá pueda serlo la próxima.








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