martes, 15 de abril de 2014

lo que un hombre tiene que hacer



El Polaco se enteró un martes, después de leer el celular de su hija, pero durante toda esa semana no movió un pelo. Se acostaba pensando en eso, se despertaba pensando en eso; no había un solo momento en que no le diera vueltas al asunto con el pensamiento. Pero igual no hizo ni le dijo nada a nadie.

Recién el sábado se tomó un vino al mediodía, y otro más mientras hacía la digestión, y a eso de las cuatro salió de su casa y caminó siete cuadras mirando baldosas hasta llegar a la puerta del club.

Entró; ahí estaba Jorge, todo transpirado, jugando al truco con los muchachos. Y a un costado de él, también transpirado, también jugando al truco, y con los botines abajo de los pies, Alberto.

El Polaco se acercó empujando sillas hasta quedar parado enfrente de él. Le dijo: A ver si sos tan hombre como decís.

Después le dio dos trompadas tremendas. La primera en la mandíbula se escuchó desde lejos, como el choque de dos bolas de billar; la otra en el ojo sonó como si alguien tirara con bronca una naranja al piso.

Alberto trastabilló, quedó medio atontado, bamboleándose entre las sillas, y el Polaco le barrió las piernas con una patada y lo hizo caer. Después se le apoyó encima y le apretó el pecho contra el piso con una rodilla y le siguió pegando y pegando en la cara con los puños bien apretados mientras un círculo de tipos se empezaba a formar alrededor.

Al Polaco le faltaban un par de centímetros para tener la altura de una puerta, y era gordo y ancho, cuadrado también como una puerta, y tenía anillos de chapa en punta en varios de sus dedos, y ninguno de lo que estaba ahí se metió, ninguno interrumpió lo que el tipo estaba haciendo.

Fue Piero, el dueño del club, el que al final se terminó acercando. Le puso una mano al Polaco en el hombro: Macho, lo vas a matar. Recién ahí el Polaco pareció volver en sí. Se levantó y vio a su alrededor las sillas tiradas, los vasos rotos, y los ojos de los tipos y pibes que habían dejado de jugar al fútbol nada más para mirarlo. Entonces lo miró a Piero y le dijo: Disculpame el desastre, pá. Piero se acomodó los anteojos. Todo bien. Vos fijate, nada más. Este lugar tendrá sus defectos, pero hay cosas que no pueden pasar.

Y mientras ellos hablaban, Alberto, así, deshuesado, con un hilo largo y aceitoso de sangre cayendo desde la boca hasta el piso, y un párpado que más que un párpado parecía un pedazo de carne de vaca enrollado encima del ojo, aprovechó la distracción para darse vuelta, para irse alejando despacio, metiéndose en el tumulto. Pero el Polaco apenas terminó de disculparse con Piero se dio cuenta de eso, y lo siguió a Alberto en la misma dirección, y mientras el Polaco pasaba la fila de tipos se abrió como un yuyal agrietado por un ventarrón poderoso, y Piero volvió a decir: Macho, Macho, acá no. Pero el Polaco como sin escucharlo siguió apurando el paso hasta agarrarlo al otro a un costado de la puerta del baño, y lo apoyó contra la pared de un manotazo y le dijo acercándole la boca a los ojos: Ya sabés. La próxima cagada que te mandes, que sea asunto tuyo, y no mío. Pero la próxima que te mandés una cagada, si es asunto mío, no te lo voy a perdonar. Mato a tu vieja, a tu abuela, a tu tía y a tu hermana. Y si no tenés perro, te regalo uno para que lo tengas, para que te encariñes, y después también te lo mato. ¿Me escuchaste, sorete?, decía el Polaco, mientras le apretaba la mano al cuello. ¿Me escuchaste?

Sí, dijo Alberto, sí.

Y recién ahí, escupiendo el piso, lo soltó el Polaco.

**

A Alberto en la remisería San Martín le decían Beto. Ya llevaba casi dos años trabajando ahí cuando el dueño contrató a una nueva telefonista porque la anterior terminaba de ser madre y había pedido licencia por un año. Entró una tal Karina, recomendada por un pariente del dueño: vivía en Podestá, a media hora de la remisería, y tenía diecinueve años. Los muchachos de la agencia se quedaron mareados la primera vez que la vieron. Karina llegó a las ocho de la mañana con un pantalón bien ajustado, corto como un estornudo, y una musculosa blanca escotada que le dejaba ver a todo el mundo el tatuaje de un delfín desteñido encima de un pecho.

El dueño esperó a que no hubiera nadie en la agencia para decirle a la chica: Mirá, Karina, acá laburamos con mucha gente de familia. Ya sé, contestó ella, ¿hay algún problema? El dueño de la agencia sonrió. Ninguno, dijo, tocándose los botones de la camisa. Pero vos parecés ser una chica inteligente. Así que calculo que vas a saber a entender.

Pero Karina al final siguió yendo a trabajar a la agencia vestida de esa manera, y el dueño decidió mirar para otro lado, primero porque al principio le daba vergüenza aclararle a la chica qué era lo que le parecía mal, pero después porque vio que los muchachos iban a trabajar más contentos, y que algunos hasta empezaban a mejorar la higiene, y a ir bañados, peinados y perfumados.

Karina supo cómo manejarse desde el comienzo. Que si querés salir a tomar un helado conmigo, le decía uno, y ella que sí. ¿Cuándo?, le decía el tipo, y ella apretaba las pestañas pintadas: Te aviso cuando tenga calor. Y a los que eran más tímidos los miraba y les decía me gusta cómo te queda esa chomba, o qué lindo que está tu coche esta mañana; era hora de que le pegaras una buena lavada; y era una chica que siempre estaba de buen humor y que se reía de todos los chistes que le hacían.

Pero había uno de los muchachos, Jorge, que era amigo del padre de Karina, y que ya desde el principio había olido que la cosa iba a ser para kilombo. Así le dijo al dueño de la agencia una tarde: Esta piba acá va a ser para kilombo. Pero el dueño ya estaba en su plan de mirar para otro lado, mientras los tipos siguieran laburando bien, así que no le hizo caso a Jorge; no hizo absolutamente nada.

Ni siquiera cuando los muchachos quisieron pasar de la fase del histeriqueo al de los hechos hizo algo el tipo. Primero probó uno, después probó otro; después probó otro más: No. Karina les decía a todo el mundo que sí, salgo esta noche con vos o con vos o con vos, pero después no le contestaba el celular a ninguno. O a última hora les mandaba un mensaje: Esta noche mejor quedate con tu mujer. Así los fue desalentando uno a uno a todos.

Hasta que le tocó el turno a Beto.

Beto tenía cuarenta y tres años y vivía con su mujer y sus hijas. De todos los muchachos de la agencia, era el único que nunca se acercaba a Karina. La saludaba cortante cuando llegaba, y así también se despedía de ella cuando se iba. Karina empezó a provocarlo a propósito. Al principio muriéndose de risa. Sabía cómo el flaco se derretía cuando ella se le agachaba al lado para levantar cualquier cosa. Pero él la seguía ignorando. A veces ella tenía la sensación de que hasta la miraba con asco.

Una tarde de mucho calor Beto se tiró en cuero en el asfalto, enfrente de la remisería, para arreglar una abolladura en el chapón de su coche. Ella salió y lo vio todo. Vio cómo mientras martillaba y martillaba a Beto se le marcaban los músculos en la espalda y en los brazos, vio las canas que el tipo tenía en el pelo rapado, y sus tatuajes de tinta china, tatuajes de los que se hacían antes los tipos con calle.

Así que al otro día, en vez de ir a descansar a la plaza en su horario de almuerzo, Karina esperó a que Beto saliera a fumar su cigarrillo de costumbre para también salir a fumar ella. Se acercó a pocos metros, temerosa como un gato a un extraño, y le preguntó por Boca. Si le gustaba cómo Boca jugaba. Karina sabía que esa era su debilidad. Beto chasqueó los labios, empezó a decir que mal. Muy mal. Y antes de que se pudiera dar cuenta ya le estaba hablando de fútbol a la chica, que lo escuchaba mirándolo a un costado con mucha atención.

Después de ese día para Karina todo fue más fácil. Solamente salía a fumar al mismo tiempo que él y, cuando el tema fútbol se agotaba, ella empezaba a hablarle de su vida. De que todavía le quedaban algunas materias pendientes del secundario; que cuando las rindiera su idea era empezar a estudiar para ser maestra jardinera. Beto por momentos se sentía como si estuviera hablando con su hija. Pero de vez en cuando, mientras hablaban cara a cara, apoyados en la pared, Karina levantaba una mano y se la metía en el escote para acomodarse la musculosa, haciendo temblar sus pechos, o le daba al cigarrillo un beso despacio, bien despacio, y después el humo salía de su boca y cruzaba los rayos de sol que pasaban entre las ramas de los árboles que los escondían a ellos dos de la vista de todos, y entonces no, entonces Beto ya no tenía la sensación de estar hablando con su hija.

Y una de esas tardes, pisando el pucho, él le dijo: ¿Qué es lo que querés acá? Y Karina: Lo que yo quiero es un hombre.

Primero fue un telo por Panamericana. Después, con las semanas, ya ni siquiera les preocupaba que los vieran y empezaron a ir al Burbujas de ruta ocho. Aunque los muchachos de la remisería sospechaban que algo estaba pasando, Beto no dejaba de negarlo. Con la pendeja nada que ver, decía. Tiene la edad de mi hija. No me da el cuero para tanto.

Pero Jorge, el amigo del padre de Karina, podía oler que entre esos dos había algo. Cómo la chica lo miraba a Beto. Cómo empezaba a temblarle la voz o a decir pavadas cada vez que el tipo entraba en la agencia. A veces cuando volvía a su casa Jorge le contaba estas cosas a su mujer y su mujer le decía: La chica debe estar enamorada.

Así que una tarde de esas Jorge lo agarró a Beto en la esquina de la agencia y le dijo: Macho, todo bien con vos. Te respeto como laburante y como persona. Por eso dejame que te diga una cosa. Y le puso una mano en el hombro: Yo lo conozco al padre de Karina. Lo conozco y sé que al tipo no le cabe ninguna. Si se entera que alguno anda con la pendeja, el tipo lo manda al hospital. Beto miró una moto que pasaba por la calle. Después volvió a mirarlo a Jorge y estiró los brazos, sacándose con el movimiento la mano de Jorge de encima: Todo bien con tu amigo, pá. ¿Pero por qué me lo venís a decir a mí? Porque me caes bien. Vos fijate. De ahora en adelante esto ya no es asunto mío.

Eso fue la tarde del lunes. Esa misma noche, un rato después de hablar con Jorge, Beto esperó a que Karina saliera de la agencia y la cruzó con el auto a unas pocas cuadras. Subite. Fueron al Burbujas. Él probó distintas poses, moviéndola de un lado para el otro. Estuvo casi una hora. Pero no podía acabar. Al final se tiró boca arriba en la cama. Ella le pasó una mano por la frente. ¿Qué te pasa? Nada. Pero sos muy pendeja. No sabés moverte como me gusta. Karina se dio vuelta. Empezó a temblar. ¿De qué te reís?, le dijo Beto. Pero cuando le agarró el hombro se dio cuenta de que estaba llorando. Pensé que querías un hombre. Karina se levantó y se empezó a cambiar: Como quieras. Ahora levantate y llevame a mi casa.

Cuando al otro día Beto llegó a la agencia y le contaron que Karina estaba de licencia por enfermedad, respiró tranquilo. Llovía. Karina no volvió ni el miércoles ni el jueves ni el viernes. Flotaba el rumor de que se quería hacer echar. A veces Beto se cruzaba con Jorge en la vereda o adentro de la agencia y Jorge le decía qué tal, pá -aunque nunca hasta ese momento le había dicho "pá"-, y después se iba apurado, sin mirarlo a los ojos.

Recién el fin de semana, cuando fueron a jugar el picado de todos los sábados, Beto y Jorge cruzaron algunas palabras más. Ya habían terminado el partido, y estaban sentados en el bar del club, tomando cerveza, jugando al truco con otros muchachos de la remisería. En un momento, Beto le preguntó a Jorge cómo andaba todo por su casa. Jorge tomó un trago largo de cerveza. La panza enorme, sólida y pálida como un huevo, se le inflaba y desinflaba abajo de la camiseta. En la mía todo bien, padre, ¿en la tuya? Beto soltó su vaso encima de la mesa. En mi casa está todo como quiero. Me alegro, contestó Jorge. Beto se enderezó en su silla. Había estado tomando desde el mediodía y se sentía medio mareado. En mi casa siempre está todo como quiero, volvió a decir.

Pero Jorge ya no lo estaba escuchando.

Jorge ahora estaba mirando la puerta.

Había entrado un tipo de metro ochenta de alto, quizás más, quizás más. Ancho. Anchísimo. Cuando entró al club todos lo miraron. Era una mole de las que seguido no se veían. El tipo se plantó en medio del bar y empezó a mirar para todos lados, con los hombros tensos, los brazos duros y quietos como si encima les hubieran volcado cemento, hasta que en un rincón lo reconoció a Jorge. Y cuando Beto vio que el tipo lo reconocía a Jorge, apenas vio eso, lo supo. Intuyó enseguida quién era ese tipo. Por un segundo vio a Karina desnuda, diciéndole: Más. Se le aflojaron los músculos. Se le ablandaron los huesos. Y cuando el tipo se le acercó, cuando el tipo pateó una silla y se le paró enfrente, él también se levantó y se paró enfrente del tipo, porque desde muy pibe había aprendido que en situaciones así a un hombre no le queda otra cosa que levantarse y ponerle el pecho a lo que sea. Eso es lo que un hombre tiene que hacer siempre. Escuchó que a un costado de él Jorge decía: Tranquilo, Polaco. Tranquilo. Es un laburante.

Pero el tipo ya le estaba diciendo a Beto en la cara: A ver si sos tan hombre como decís.

 




 

6 comentarios:

A girl called María dijo...

uhh muy bueno. Muy bueno.

Un desvarío por jueves dijo...

grazieeee

oh nikita dijo...

aplausos, maestro!
siguiendo la evolución de tus cuentos, están cada vez más intensos, más fluidos, ya te lo he dicho y sin embargo con cada nueva historia todo se vuelve más y más vistoso, buenísimo

Anónimo dijo...

esa idea de que el tipo suburbano no se banca que se cojan a la hija atrasa bastante.
ahora las turras anuncian por facebook que entregan el orto y tragan la leche.

bah, salvo que quieras insinuar un incesto...

Un desvarío por jueves dijo...

jaaa, gracias nikitaaa !!


anónimo, lo mismo, gracias por leer y la sugerencia.

abrazo

Anónimo dijo...

gracias a vos (?)
por no tomar a mal el comentario.