martes, 1 de abril de 2014

perros




Guillermo se decidió ese mismo domingo, cuando salió bien temprano para ir a comprar el pan y se encontró con que las bolsas llenas de basura que había juntado el día anterior estaban rotas, desgarradas en tarascones, y que las hojas y ramas y botellas se desparramaban por todo el patio.



La cachorra se le acercó ladrando apenas lo vio salir. Guillermo tuvo el impulso de recibirla con una patada, pero no lo hizo. Ni siquiera reaccionó cuando el bicho le apoyó las patas llenas de barro en la remera limpia y nueva que terminaba de ponerse. Se sentía paralizado. Acababa de tomar una decisión. No podía dejar de pensar en eso que estaba a punto de hacer.


Toda su vida el hombre había sido de levantar perros callejeros. Tanto Marisol, su mujer, como él amaban a los perros en general. Cuando se murió Rita, la primera cachorra que habían adoptado juntos -una cruza de pequinés diminuta-, tuvieron un duelo de varios años en los que no se permitieron volver a encariñarse con otra mascota. Recién al momento de tener un hijo adoptaron a Bruno, un cachorro mezcla de labrador y ovejero alemán. A la larga tuvieron tres hijos más. Se mudaron a una casa más grande. Y adoptaron, también, más perros.


Llegaron a tener cinco al mismo tiempo. La mayoría eran perros que Guillermo o Marisol o mismo cualquiera de sus hijos encontraban en la calle. Un cachorro enfermo o un perro viejo y triste de esos que nadie acepta, que solamente merodean las calles viviendo de la caridad de comerciantes o mendigos, les daba lástima, y después de un debate decidían si adoptarlo o no. Esta decisión dependía por lo general de la situación económica. Solamente cuando las condiciones estaban dadas un nuevo integrante se sumaba al clan familiar.


Pasaron los años. Los hijos de Marisol y Guillermo se fueron yendo de la casa. A veces alguno de los perros también se iba con ellos. Un día también se fue Marisol. Guillermo tenía cincuenta años. Marido y mujer se dijeron que iba a ser temporal. Pero Guillermo ahora ya tenía cincuenta y dos y ni él ni su mujer daban señales de querer estar juntos de nuevo.


Fue en julio de ese mismo año cuando Guillermo encontró a la cachorra apoyada contra la reja. Estaba desnutrida, y sucia, y tiritaba de frío. Tenía marcas de golpes de palos o piedras encima del lomo y a un costado del hocico. Caminaba rengueando. Guillermo se acercó a la reja y la levantó con un solo brazo y, cuando lo hizo, tuvo la sensación de estar levantando nomás un montón de huesos.


La alimentó. La bañó. La llevó al veterinario. Poco a poco la fue curando. Hacía tiempo que Guillermo no adoptaba un perro. Le puso de nombre Rita. Cuando Marisol se enteró por medio de sus hijos de que Guillermo había rescatado una cachorra de la calle y le había puesto justo ese nombre, lo interpretó como una señal que su marido le enviaba a la distancia. Pero decidió esperar a que él se comunicara con ella. Que el primer paso de una posible reconciliación viniera de su parte.


Pero los meses pasaban y Guillermo no daba ese primer paso, y los dos seguían sin cruzar palabra entre sí, y mientras tanto Rita crecía.


Rita era a esas alturas la única compañía que tenía Guillermo. Al principio se llevaban bien. Pero cuando empezó el verano la perra ya había desarrollado una osamenta descomunal. No aprendía a controlar sus movimientos. También tenía una energía que Guillermo no había encontrado en ninguno de sus perros anteriores. Cuando una mañana encontró el sillón del comedor destrozado, decidió que Rita iba a dormir afuera, y, a pesar de los aullidos, de los golpes incesantes a la puerta durante la madrugada, no cambió de postura. Ni siquiera cuando el animal le rompió un vidrio.


Guillermo a esas alturas ya iba a trabajar mal dormido. En el trabajo le preguntaban si había algún problema, y a él le daba vergüenza decir que sí, que el problema era Rita, su perra. Se sentía convencido de que sus colegas en el fondo adjudicaban su mal humor a la soledad en la que él vivía; soledad a la que él mismo se había entregado un par de años atrás al hacer todo lo posible para que su mujer lo abandonara. No, echarle la culpa de su situación a Rita le parecía un pretexto ridículo, que antes que disuadir las conjeturas ajenas las iba a terminar confirmando. Así que nada más contestaba: No, no me pasa nada.


Un viernes recibió un llamado inesperado: era Marisol. Hacía más de un año y medio que no hablaba con ella. Su mujer (todavía no se habían divorciado) le avisaba que ese mismo domingo iba a pasar por la casa. Él no le preguntó para qué; fue ella la que se encargó enseguida de aclarar que solamente lo iba a hacer para buscar una caja en el garage, una que tenía “cosas que necesitaba”. Y aunque él siguió en silencio, ella volvió a explicarle: Una caja que ni él ni los chicos iban a poder encontrar, ya que ni ella misma estaba segura de poder encontrarla.


Está bien, dijo Guillermo. Y, después de despedirse, colgaron.


Al día siguiente Guillermo almorzó liviano, a diferencia de lo que acostumbraba en ese momento de la semana, y se pasó toda la tarde limpiando el parque, cortando el pasto, juntando hojas, ramas y basura, acumulados en los patios de atrás y de adelante desde finales de otoño. Llenó hasta casi hacerlas estallar cuatro bolsas grandes de consorcio. Empezaba a oscurecer. Miró el resultado de su trabajo con orgullo. El pasto corto y limpio. Ni una sola hoja. Ni un solo papel. Esa noche no alcanzó a mirar la pelea central en la tele. A las once ya dormía cansado y relajado como un bebé.


Así que no esperaba, ya el domingo a la mañana, encontrarse con que el mismo patio que había estado limpiando durante horas y horas la tarde del día anterior iba a estar lleno de papeles, botellas, hojas, bolsas de naylon desparramadas por acá y por allá, como si durante la noche se hubiera inundado la cuadra entera y toda la basura, después de bajar el agua, hubiera ido a parar al frente de su casa.


Rita empezó a saltar de un lado para el otro, eufórica, ladrando, apenas lo vio salir. Le apoyó las patas en la remera. Guillermo le acarició el lomo mirando el desastre en el parque.


Marisol llegó a las doce del mediodía, puntual, tal como le había avisado a su marido. Estacionó el auto en la vereda. Tocó el timbre. Esperó. Nadie atendió. Tocó de nuevo. Nadie atendía todavía. Sus hijos le habían advertido que la tal Rita siempre estaba en el frente de la casa, del otro lado de la reja, ladrándole a la gente que pasaba por la vereda. Pero ninguna perra salió a ladrarle a ella. Parecía una casa abandonada. Con el patio de enfrente descuidado, lleno de basura por todas partes. Volvió a tocar el timbre. Ya había esperado más de media hora. Se fue.


Se fue en su auto pensando en Guillermo. En ese hombre con el que había compartido más de treinta años de su vida. ¿Qué era lo que había pasado? ¿Por qué no la había atendido? Se preocupó. Por un segundo pensó en llamar a su hijo mayor, el mismo que la había convencido de que lo visite. Pero al final, mientras esperaba frente a un semáforo en rojo, Marisol entendió que no valía la pena hacerlo. Había estado más de media hora esperando frente a una casa vacía. Esa era la verdad. Sintió que se le mojaban los ojos. El semáforo se puso en verde. Entonces, mientras avanzaba por la avenida, se prometió a sí misma no volver nunca más a esa casa.


En ese mismo momento, pero a muchos kilómetros de ahí, Guillermo también estaba manejando. Algunas horas antes había sacado su auto del garage, había subido a Rita al auto, y había empezado a manejar. No sabía Guillermo hacia dónde. Simplemente se había subido a su auto y se había alejado por la avenida, después por la ruta, adentrándose por barrios que nunca había conocido, hasta que las casas empezaron a escasear. Manejó y manejó y de vez en cuando miraba el asiento de atrás, y ahí estaba Rita, con su esqueleto inmenso, demasiado grande para ser el de una cachorra, y la lengua colgante y los dientes salidos, como si sonriera.


Hubo un tiempo en que Marisol o sus hijos, cuando vivían todos juntos, se enojaban con alguno de los perros que tenían en la casa. Entonces le pegaban, o lo castigaban sacándolo al patio sin darle de comer. Guillermo era él único que siempre conservaba la calma. De las personas te podés vengar como quieras, les decía. Pero nunca te podés vengar de un animal.


Ahora Guillermo manejaba por una ruta desierta, adentrándose en un campo también desierto. El sol era un círculo anaranjado en la parte baja del cielo. Rita dormía. Entonces Guillermo frenó en la banquina, abrió la puerta de atrás y la despertó. Fuera, le dijo. Fuera.


Fuera, Rita, fuera.


La perra se levantó en el asiento, lo miró dudando unos segundos, pero después se bajó. Se bajó y empezó a saltar por los yuyales, ladrándole a unos pájaros, a unos pájaros que había apoyados en los alambres de una cerca, y él la dejó ir.


2 comentarios:

Belen Belton dijo...

Me puso triste. Me puso triste por que hay mucha gente que lo hace y por que muchas veces yo también, en momentos de rabietas (de mis perras) y dolores de cabeza (míos por ellas), pensé en hacer algo así...
Pero no me da el cuero, por que les tengo mucho amor, a las rebeldes éstas.
Un muy lindo relato, a pesar de los dolores y el tiempo que siempre, siempre pasa. Y nos cambia. O nos muestra.
Un gusto leerte, siempre.
Besos.

Un desvarío por jueves dijo...

Gracias por leer Belén !! Muy copado tu comentario.
Un abrazo y salud por sus perras