martes, 8 de abril de 2014

un beso en la oscuridad

 
A las once de la mañana el administrador lo llamó a Antonio para avisarle que una de las propietarias del quinto había fallecido. Al parecer hacía varios días no salía de su departamento y los vecinos habían hecho la denuncia a la comisaría. Antonio (Tony, le decían los amigos) esperó a los policías en la puerta mientras hacía sus deberes de rutina. Media hora después llegaron dos oficiales y un cerrajero. Uno de los policías parecía tener alrededor de cuarenta años y el otro más de cincuenta. Buenas, dijo el más joven, ¿el encargado? Así es, contestó Antonio. Bueno, acompáñenos un minuto, dijo el más viejo, en un tono mucho más formal que su compañero: Necesitamos dos testigos oculares para el procedimiento. Y después, sin esperar respuesta, entró al edificio.

En el ascensor el policía más joven revisaba su celular. El cerrajero, sosteniendo su caja de herramientas, miraba el contador de pisos. Y el otro policía, el más viejo, le hablaba a Antonio: Llamaron esta mañana, dijo, una vecina asegura que hace dos días no sale nadie de -y el hombre miró una libreta- el 5º C. ¿No sintió nada raro usted? No, oficial, dijo Antonio, la verdad es que ayer limpié el pasillo y todo estaba en orden.

Hacía frío, pero Antonio tenía la frente bañada en sudor. El policía más viejo lo seguía mirando. Yo estoy con mucho trabajo, oficial, dijo Antonio de repente. ¿Cuánto demorará el procedimiento? Entonces el policía más joven levantó un segundo la mirada de su celular y le palmeó el hombro: Tranquilo, padre. Es un minuto, nada más. Vamos, atestiguás lo que encontramos, te tomamos los datos y listo.

Las puertas del ascensor se abrieron. Los policías avanzaron primero, Antonio los siguió, y ya cuando se iban arrimando al 5° C se empezó a sentir un olor repugnante. Antonio tosió; pero el olor se le quedó trabado en el fondo de la garganta con un regusto agrio. ¿Todo bien, pá?, le preguntó el policía más joven. Sí, dijo Antonio, con los ojos llorosos. Pasa que soy impresionable. No me quiero encontrar nada raro. El policía más viejo había sacado un pañuelo de tela y lo estaba moviendo en el aire. Pero, escúcheme, ¿usted vino ayer y no sintió nada raro? Para mí que la vieja hablaba mal de él, dijo el policía más joven. Su compañero se largó a reír. También el cerrajero. Y también, tragando la abundante cantidad de saliva que se le había acumulado en la boca, se rió Antonio.
 
Ayer no se sentía nada, dijo.
 
El cerrajero sacó sus herramientas y empezó a maniobrar sobre la cerradura. Dos minutos después la puerta se pudo abrir. Bueno, dijo el policía más viejo, ustedes observen. Empujó la puerta y en ese momento los cuatro pudieron ver al mismo tiempo un comedor inmenso, con una alfombra de pelo largo bajo una mesa de roble también inmensa, y ahí, en un rincón, tirada sobre la alfombra de costado, completamente desnuda y con un solo ojo abierto, la mujer del 5° C.
 
Debía tener más de setenta años. Por el color medio azulado de la piel, apretada a los huesos, parecía llevar muerta varias semanas. A un costado había una toalla y, un poco más atrás, con las páginas dobladas, un libro bastante grueso abierto boca abajo. Daba la sensación de que a la vieja se le había caído. El policía más joven se puso unos guantes blancos y entró. Se acercó a la vieja, le tocó el cuello; después le cerró la boca y el ruido fue como el de un pedazo de madera crujiendo. Antonio desvió la mirada y se encontró con los ojos del cerrajero, que movía la cabeza para un lado y para el otro.
 
No sé vos, le dijo el muchacho, levantando su caja de herramientas del piso. Pero yo nunca me termino de acostumbrar a los fiambres. 
 
El policía más viejo también entró y miró el panorama del comedor. Era bastante lujoso. Además de la alfombra, había cuadros con marcos dorados y lámparas de bronce y un ventanal inmenso que daba a la avenida y al paisaje de la ciudad. ¿Y, Ocampo?, preguntó el policía más viejo. Ataque, parece, contestó el otro, examinando el cuerpo. Después se levantó y con los mismos guantes con que había palpado a la vieja empezó a revisar los libros que había sobre la mesa, levantándolos, haciendo que corran sus páginas, y a revolver entre los papeles que ahí había también, y en cierto punto Antonio vio que de entre uno de esos papeles caían unos billetes, pero no pudo mirar más porque el policía más viejo les dijo, a él y al cerrajero, bueno, caballeros, vengan, así les tomamos los datos.
 
El policía más joven se sacó los guantes. Abrió el ventanal y corrió dos sillas hasta ese rincón, mientras su compañero inspeccionaba el resto de la casa.
 
Se sentó. ¿Edad? Treinta y tres años. ¿Nombre? Antonio. ¿Apellido? Pereda. ¿Pereda? ¿Sos argentino, vos? Sí. Tenés nombre de viejo, dijo el policía. Antonio sonrió, poniéndose las manos en los bolsillos: Yo lo rejuvenezco, dijo.
 
Después le tomó los datos al cerrajero. Mientras tanto, Antonio miraba la puerta por la que el policía más veterano se había ido hacía rato. El tipo no volvía ni daba señales de estar por hacerlo, pero él seguía mirando la puerta igual, enfocado en no sacar los ojos de ahí. Todavía no había vuelto a mirar el cuerpo de la vieja. Era cierto: esa mujer sí había hablado mal de él. Esa vieja siempre le decía al administrador que Antonio no limpiaba los pasillos. El peruano es un vago, decía en las reuniones de consorcio. A él le había llegado ese rumor. El peruano no quiere trabajar, decía siempre la vieja.
 
Ahora el cuerpo ahí. Una mujer rica. Su alfombra. Sus lámparas. Su olor. Sus libros desparramados.
 
Listo, muchachos, dijo el policía. Se levantó. Su colega todavía no había vuelto. Hizo que Antonio y el cerrajero lo siguieran hasta la puerta y en ese punto los despidió: Ahora dejen que nos encargamos nosotros.
 
Y Antonio ya se había dado vuelta en el pasillo, cuando el policía, parado en la puerta, le dijo: Al final está más limpio acá afuera que adentro.
 
Antonio sonrió. También sonrió el policía. Después cerró la puerta.
 
Estos se van a hacer un festín, dijo el cerrajero, ya bajando en el ascensor con Antonio. Pero está bien. Ganan dos mangos. Se la rebuscan como pueden.
 
Antonio no decía nada. El cerrajero apoyó el peso de su cuerpo en el otro pie. Dijo: ¿Es la primera vez que te pasa esto? Sí. En el otro edificio que laburo se había muerto un viejo, el año pasado, pero se hizo cargo la familia. No tuve que estar. ¿No tuviste que estar? No. Por suerte no.
 
La imagen del cuerpo de la vieja se le había quedado pegada a las retinas. Como el olor. No podía sacarse de la boca el sabor del olor.
 
Qué cosa, ¿no?, que te encuentren así, dijo el cerrajero después. Por eso hay que tener descendencia. Para que te levante tu gente, no estas ratas. Sí, tener descendencia y también portarte bien con tu descendencia, dijo Antonio: Yo ya tengo dos pibes. ¿Dos pibes? Muy bien. ¿Y vos? También. Una nena y un varón, dijo el cerrajero.
 
Antonio no esperó a que bajaran el cuerpo. Cuando terminó su horario, se despidió apurado de su colega y se fue. Se tomó el colectivo. Después el tren. A eso de las once de la noche estaba en San Miguel.
 
Su mujer le había guardado un bife con ensalada de huevo y tomate. Ella sabía lo que Antonio había pasado ese día, y él notó el empeño que su mujer había puesto en prepararle la cena. ¿Cómo estás? Bien, dijo Antonio, ¿los chicos? Durmiendo. ¿Tan temprano? Sí. Hoy fueron a jugar al fútbol. Vinieron cansadísimos.
 
Su mujer también se fue a acostar temprano. Antonio miró un rato la tele. Después dejó los platos en la pileta, y se lavó los dientes, y al final se acercó hasta la pieza de los chicos. Los miró a los dos desde la puerta, y después se sentó en el borde de la cama de su hijo mayor. Tenía once años. Le miró la cara, a la luz del foco que estaba encendido en la cocina, y por un segundo volvió a ver la cara de la vieja del quinto, la cara azulada, medio encogida por la descomposición, en el momento en que el policía abría la puerta. Entonces Antonio se inclinó sin hacer ruido, tapando la luz que sobre su hijo caía, y le besó despacio la frente en la oscuridad.
 
 
 

2 comentarios:

A girl called María dijo...

tiene ribetes de terror eh

Un desvarío por jueves dijo...

jaa, gracias por el aguante mari !!