martes, 27 de mayo de 2014

algo para toda la vida





La cama estaba hecha. Andrea lo notó al pasar, mientras buscaba una remera en el ropero. Cuando estaba saliendo de la pieza se quedó quieta de golpe, y volvió a mirarla. Después se acercó y levantó la colcha. Abajo las sábanas también estaban dobladas. Dobladas como con apuro, con algunas arrugas, pero, sí, dobladas.
Se sentó en la cocina. Encendió el televisor. Puso un canal de noticias. En un país del este de Europa habían asesinado a más de treinta rebeldes.
Andrea empezó a llorar.


Mauro ya estaba en el tren cuando le vibró el teléfono. Era un mensaje de su mujer. Lo abrió pero en ese momento lo distrajo la discusión de dos tipos en el andén. Se quedó mirándolos hasta que el tren arrancó de nuevo y entonces bostezó y volvió a levantar su teléfono. Cuando leyó el mensaje el bostezo se interrumpió de golpe. Miró a su alrededor. Se guardó el celular. Enseguida volvió a sacarlo para leer el mensaje otra vez. Una señora le pidió permiso. Mauro no la escuchó. Muchacho, dijo de nuevo la mujer. Mauro la miró a los ojos sin moverse. Después chasqueó los labios. Disculpe, dijo.
Y se corrió.


Llegó a la casa una hora y media hora después. Andrea estaba sentada en la cocina, de cara al televisor apagado. Él se acercó para saludarla. Ella no se movió. Tenía los ojos hinchados. ¿Hace cuánto tiempo la estás viendo? Mauro se sentó enfrente de ella. Soltó su bolso en el piso. Rascó con el índice la superficie de la mesa. Un año.
Andrea se enderezó. La boca le empezó a temblar. Dejame hacerte una sola pregunta. ¿Te acostaste con ella en nuestra cama? Mauro cerró los ojos. Después miró la pantalla de la tele apagada.
Sí.


Habían hecho toda la secundaria juntos. Recién después de terminar el último año Andrea lo invitó a tomar un helado. Salieron tres veces antes de que él se animara a dar el primer paso y besarla. Dos meses después fueron a un hotel. Mauro la miró a los ojos: Yo nunca hice esto. Y ella, desnuda de la cintura para arriba: Yo tampoco.


Se pusieron de novios. Mauro conoció a la familia de Andrea y ella conoció a la familia de él. Salieron seis años. A esas alturas los dos tenían trabajo y los proyectos no tardaron en surgir. Se casaron después de apalabrar el alquiler de un duplex a diez minutos del centro de Quilmes. Por iglesia y por civil. Los dos trabajaban en capital, así que durante la semana solamente se veían un rato a la mañana y un rato a la noche. Los fines de semana, en cambio, si no salían solos, alternaban una visita a sus padres. Sábados los tuyos. Domingos los míos.
Después de nuevo el lunes. El tren que cada uno se tomaba por su lado. Las cenas noche a noche mirando la tele en silencio o conversando con cansancio.


El contrato de alquiler se terminaba en noviembre. Era enero. Andrea llegó una noche y comentó que hacía poco una compañera de trabajo había conseguido sacar un crédito. Si empezamos los trámites ahora, puede llegar a ser. Mauro cruzó los cubiertos encima del plato. Se apoyó una mano en la panza y resopló: Estoy lleno. Andrea siguió mirando la tele y no hizo más comentarios. Pero cuando un rato más tarde estaban en la cama, y él le acarició un pecho, ella lo empujó. ¿Qué te pasa?
Nada. Nada que te interese.
Al otro día Mauro estaba trabajando. De golpe soltó el torno y se limpió la grasa de los dedos en el overol y sacó el celular y escribió: Bueno, gorda, dale. Fijate eso del crédito.


Andrea empezó a hacer los trámites. Cada vez que tenía una entrevista se llevaba en un bolso aparte un vestido y aros y zapatos y maquillaje, y antes de salir del trabajo se cambiaba y se pintaba y perfumaba de cara al espejo en uno de los baños, y después iba y conversaba con la gente del banco, que le hacía todo tipo de preguntas sobre ella y sobre Mauro, y sobre las familias de los dos, y al final cuando volvía en el tren para Quilmes siempre los muchachos que tomaban cerveza en los furgones o en las puertas la miraban y le decían cosas, y ella desviaba la mirada.
Cuando llegaba a su casa ya era de noche. Mauro estaba cocinando. Ella lo empezaba a acariciar. Vení un cachito. Y lo llevaba despacio hasta la cama y se subía el vestido, sin sacarse los zapatos, y de golpe se largaba a reír. Imaginate cuando lo hagamos en nuestra casa, gordo. En una casa que sea nuestra.


Desde hacía meses estaban visitando casas. Como por la zona de Quilmes el precio era imposible, habían empezado a buscar por los alrededores. En un punto que no quedara muy lejos ni del tren ni de donde vivían sus familias.
Recorrieron muchas, más de veinte, todas las que estuvieran dentro de su presupuesto, pero fue la primera de todas las que vieron, en Ezpeleta, la que más le gustó a Andrea. Tenía dos habitaciones, una cocina, un comedor, un patio. Las habitaciones eran chicas y la casa en general no estaba en buen estado, con las paredes despintadas y carcomidas por la humedad, y con puertas que se quedaban trabadas en los marcos o sin picaportes, y las llaves de luz y los enchufes deteriorados, con el cableado a la vista. Mauro cayó en todos estos detalles de entrada, pero Andrea le dijo que con un poco de esfuerzo se podían solucionar.
Pero es la primera que vemos. Está bien, yo no te digo que no veamos más. Pero mi vieja me lo dijo: Cuando se sientan enamorados de una casa, esa es la que tienen que elegir. Va a ser como amor a primera vista, me dijo, gordo.
Mauro caminaba mirando baldosas.
Al final, después de todo el recorrido, terminaron eligiendo esa.


Andrea compró facturas para sus compañeros de trabajo cuando se enteró de que el banco había aceptado darle el crédito. Todos se acercaron a saludarla. Hasta su jefe, un hombre por lo general parco, le puso una mano en el hombro. Vos sos una laburante. Te lo merecés más que nadie.
De ahí en adelante Andrea puso todas sus energías en recomponer su nuevo hogar. Se acostaba dos o tres horas más tarde que de costumbre para quedarse lijando la pintura resquebrajada, o la madera hinchada de las puertas, o poniendo clavos para las repisas y los estantes. Se iba a la cama a las tres de la madrugada y a las cinco se levantaba de nuevo para ir a trabajar. Solamente los fines de semana Mauro trabajaba a la par de su mujer, pintando los sectores que ella ya había lijado durante la semana. Fue Andrea la que eligió los colores, la que eligió qué cuadros colgar, qué jarrones poner. A veces se ahorraba el almuerzo en el trabajo para gastarlo en lo que hiciera falta para la casa.
El resultado fue que a los dos o tres meses la casa parecía otra. Andrea invitó a toda su familia un sábado para darla por inaugurada. Hicieron pizza. Tomaron mucha cerveza. Andrea no paraba de sacarse fotos con sus padres y sus hermanos en todas las habitaciones. Antes de irse, su padre la abrazó en la puerta. Vos siempre fuiste una buena chica. Por eso te están pasando cosas buenas.


Era verano. Una tarde, mientras estaba en el trabajo, a Andrea la llamaron por teléfono y le dijeron que su tía Teresa había fallecido. Su tía vivía en San Juan. En San Juan también había nacido su padre. Andrea se tomó un micro con él y su madre ese mismo jueves. Mauro la acompañó a la terminal. La abrazó en el andén: Escribime cuando llegues. Andrea lagrimeó en su hombro y apenas estuvo en la ruta le mandó un mensaje. Sé que quizás ya estés durmiendo, pero necesitaba escribirte. Ya salimos de Buenos Aires hace rato. Pienso en la tía Teresa y no puedo dormir. Me siento mal.
Cuando llegó a San Juan le mandó otro. Ya llegué, amor.
Mauro no contestó.


Andrea volvió a Buenos Aires el lunes de madrugada. A las seis el padre la dejó en la casa. Ya había salido el sol. Mauro no estaba. Un rato antes él le había avisado por mensaje que no la iba a poder esperar. En el trabajo las cosas no andaban bien. Convenía ser puntual. No te preocupes, amor, le contestó Andrea. Estoy un poco mejor. Nos vemos a la noche.
Entró con apuro. Aunque ese lunes también se lo había pedido de vacaciones, había llegado más temprano de lo que esperaba y todavía podía ir al trabajo y ahorrarse ese día para otro momento. Dejó el bolso encima de la cama y empezó a revisar el ropero buscando una remera que estuviera limpia. Se la puso. Después, cuando ya estaba saliendo de la pieza, se quedó parada en la puerta. Miró la cama. Estaba hecha.
Se acercó. Levantó la colcha. Las sábanas abajo también dobladas. Con algunas arrugas. Pero dobladas.
Se sentó en el borde de la cama, a un costado de su bolso. Miró el ropero. Las puertas abiertas. La ropa de Mauro hecha un montón. Remeras, pantalones, buzos: todo mezclado en un solo bollo. La ropa de ella, en cambio, apilada en filas bien ordenadas. Pantalones por acá. Remeras por allá. Blusas por este otro lado.
Se quedó un rato ahí sentada, mirando el ropero.


Dejame hacerte una sola pregunta. ¿Te acostaste con ella en nuestra cama? Mauro miró la pantalla de la tele apagada. Sí. ¿Quién es? Una compañera de trabajo. ¿La conozco? No, no la conocés. Andrea tragó saliva. Se acomodó la gomita del pelo. ¿Un año? La conozco desde hace más tiempo. Pero desde hace un año nos empezamos a ver.
Una moto pasando por la calle interrumpió el silencio.
¿Y qué querés hacer?
Mauro cerró los ojos. Andrea apoyó la frente en las manos.
Decime, ¿la querés?
En la casa de al lado empezó a ladrar un perro.
Sí, la quiero.


Se encontraron una semana después en un bar. Él prometió seguir ayudándola con el pago del crédito. Ella en agradecimiento le dio el lavarropas y el microondas. ¿Y la cama?, preguntó Mauro. No, la cama no, dijo Andrea. La cama me la regaló mi viejo y no se va a mover de esa casa. Si querés llevate el televisor. Mauro se rascó el mentón. Dale.
Todavía no había pasado un año desde la separación cuando Andrea dejó de recibir la ayuda de Mauro. Tuvo que apretar sus gastos para poder pagar el crédito de su propio bolsillo. Su madre, sus amigas, sus compañeros de trabajo; todo el mundo le decía que hablara con su ex. Ella negaba con la cabeza. Él sabe lo que tiene que hacer. Si para que me dé la plata tengo que andarle atrás, prefiero pagarla yo sola.


Cuatro años más tarde Andrea y Mauro volvieron a cruzarse. Fue de casualidad. Andrea estaba caminando con una amiga en un shopping de Quilmes. Mauro caminaba en sentido inverso, al lado de una chica, y empujando un carrito para bebés. Andrea desvió los ojos enseguida y apuró el paso. Su amiga le tocó un codo. ¿Qué te pasa? Acabo de verlo. ¿A quién? No mires. ¿A quién viste? A mi ex.
Su amiga se dio vuelta. Andrea también. Pero Mauro y la mujer y el chico habían desaparecido en la multitud.
La película estuvo a la altura de sus expectativas. Las dos amigas no pararon de reírse durante toda la función. Cuando salieron se sentaron en el patio de comidas. Pidieron una cerveza. Eran las seis de la tarde. Después de varios tragos Andrea cruzó los brazos encima de la mesa. Hacía mucho tiempo que no lo veía. Me pareció raro verlo así. Su amiga empezó a despegar la etiqueta de la botella. ¿Así cómo? Andrea tomó otro sorbo. Con familia. Estaba hecho todo un hombre. Su amiga la miró de reojo. No te engañes. Un tipo como ese nunca va a poder estar bien con nadie. Andrea levantó las cejas. Mauro fue la persona que más me decepcionó en la vida. Eso no te lo voy a negar. Pero lo vi feliz, y no me importa.
Andrea acarició el vaso. Sí, la verdad es que ya no me importa.


Volvió a la casa de Ezpeleta unas horas más tarde. Gonzalo había pedido una pizza y estaba sentado en la cocina mirando un partido de fútbol. Cuando ella abrió la puerta de la casa y lo vio así, comiendo pizza, tomando cerveza, mirando un partido de fútbol, pensó en Mauro; en que a Mauro nunca le había gustado el fútbol, ni la pizza, ni la cerveza. Lo saludó, le comentó algo de la película que había visto. Después fue a acostarse.
Gonzalo se acostó con ella un rato después. Andrea estaba medio dormida. Él empezó a acariciarla. Le besó la mejilla, el cuello, la boca.
Andrea sonrió, despabilándose. Le dijo, apretando los ojos: Ya era hora de que vinieras.


Cuando se casaron todo el mundo los había ayudado. Los padres de él les habían comprado la heladera, y los de ella la cama.
Para elegir la cama Mauro y Andrea habían ido al local juntos. Se habían quedado quietos enfrente de una cama que estaba en la vidriera. El padre miró a Andrea: ¿Te gusta? Probala. Ella se acostó. El padre después miró a Mauro. Dale, probala vos también. Él lo hizo.
Entonces Andrea se sentó en el borde. Miró el precio. No, pá. Es mucho. No vale la pena.
El padre le puso una mano en la frente. Por la plata no te preocupes. Vos dame el gusto, nada más.
Se sentó a un lado de ella, mientras Mauro seguía acostado atrás.

Dale, le dijo el padre, tocando el colchón. Esto es algo que va a quedarte para toda la vida.




martes, 20 de mayo de 2014

las sombras



La anécdota era siempre la misma. Isabel se sentía con mareos y su marido la acompañó al hospital. Le hicieron estudios y un médico con el pelo y los bigotes teñidos, sentado del otro lado del escritorio, les dijo que estaba la posibilidad de que se tratara de un cáncer. Es solamente una de las posibilidades, se cuidó de remarcar.

Pero cuando volvieron a ese mismo consultorio, varios días después, los recibió un médico distinto. Abría y cerraba una carpeta sobre su escritorio. Mil disculpas. Se habían traspapelado los resultados de los análisis. Isabel no tenía cáncer. Estaba embarazada.

Así que Mara, el producto de ese embarazo, creció escuchando la anécdota. Su madre tenía el tic de repetirla en fiestas y cumpleaños. Cuando me embaracé de ella, la señalaba siempre Isabel, pensé que era un cáncer.

**

Dos años después de que Mara naciera, Isabel dio a luz a Fernando. Desde un comienzo el favorito de Isabel fue el varón. Era rubio y de ojos claros como ella, mientras que en la nena empezaban a notarse los rasgos angulosos y poco agraciados del padre. Cuando entraron en la adolescencia las diferencias se volvieron todavía más notorias. Fernando y Mara parecían ser hijos de padres distintos, o, bien mirado, él había heredado lo mejor de los dos, mientras que ella no parecía haber sido bendecida en ningún aspecto.

También de carácter los hermanos eran muy diferentes. Mara creció siendo una chica introspectiva y solitaria. Fernando, en cambio, no podía estar nunca quieto en el mismo lugar. En el colegio eran pocos los que no sabían su nombre. Eran pocas las chicas que no tartamudeaban cuando él se les acercaba a charlar. Tenía también caprichos que Isabel satisfacía enseguida a costa del sacrificio de su marido. Luis, que era el que aportaba el único ingreso de la casa, nunca se sentía en condiciones de negarle algo a su mujer. Desde el momento en que se habían puesto de novios la había venerado, y para cuando se casaron cada uno ya tenía bien delimitado su rol. Isabel era la mujer hermosa con la que Luis siempre había soñado, y Luis era el hombre atento y sumiso con el que siempre había soñado ella. En este sentido, Mara siempre se sintió más identificada con su padre. La voluntad y los deseos de madre e hijo fueron los que siempre se impusieron en la casa. Ella y Luis, por su parte, se dedicaban a agachar la cabeza. Eran como sombras difusas, opacas, en contraste con el carácter y la luminosidad resuelta con la que andaban por la vida los otros dos.

**

A los veintiún años Fernando se fue. Estaba estudiando Derecho y el amigo de un amigo le consiguió un puesto en un estudio bastante prestigioso con el que pudo solventarse el alquiler de un monoambiente en Capital. Nunca más volvería a vivir en provincia. Cuando ya tenía treinta años y era un abogado en plena carrera ascendente se instaló en uno de los barrios más caros del centro y de ahí en adelante sus visitas a la familia empezaron a escasear.

A esas alturas, en la casa solamente quedaban sus padres. Mara también se había ido el año anterior, pero en su caso a Podestá, siguiendo a un hombre que había conocido en un bar y del que prácticamente no sabía nada. Tuvo un hijo con él: Pablo. Al año, año y medio de que Pablo naciera, el hombre desapareció. No dejó una carta. No dejó nada. Se había llevado todas sus cosas de la pensión que alquilaban. Mara ya no estaba en condiciones de mantenerse ni de mantener a su hijo por sus propios medios. Así que a los pocos meses volvió a la casa de sus padres. Es temporal, les dijo apenas llegó con su hijo en brazos.

Pero justo cuando Mara empezaba a acomodarse económicamente, trabajando a doble turno en un jardín de infantes de la zona, su padre murió. En el funeral la gente que lo conocía lloraba o se quedaba mirando el cajón en silencio. Era un pan de dios, este tipo, decían sus compañeros de trabajo. Mara también lloró. Lloró hasta sentir que le ardían los párpados. Un amigo de su padre se acercó a consolarla. Tu viejo no sufrió, querida. Luisito murió durmiendo, como mueren los dioses.

Esa mañana también estuvo su hermano. Hacía varios meses que Fernando no se acercaba al barrio. Fue él el que se hizo cargo de todos los gastos del sepelio. También, antes de irse, aprovechó un momento de distracción de su madre para acercarse a Mara y darle un sobre lleno de fajos de plata. Para todo lo que necesiten vos y mamá. Y enseguida: Y también para todo lo que necesite tu hijo.

Después dejó de existir. Ya no atendió más los llamados de su madre ni los de su hermana. Cuando ellas quisieron ponerse en contacto con el estudio, una mujer primero, y un hombre después, les contestaron que hacía meses que Fernando había dejado de trabajar en ese lugar. No pudieron darles más precisiones.

Una tarde de desesperación, Isabel se tomó un remis hasta el departamento de su hijo y cuando el portero la encontró tocando botones al azar le preguntó a quién estaba buscando. A Fernando, le contestó Isabel. A Fernando Brarda. El portero negó con la cabeza. Nadie con ese nombre vivía ahí.

**

Después de la muerte de su padre, Mara ya no pudo abandonar la casa. Al principio porque su madre caía y recaía en crisis depresivas que podían durar semanas y hasta meses, y ella era su único sostén. Pero después, cuando su madre empezó a mejorar, porque la pensión que su madre recibía no era suficiente para mantener la casa y sus gastos. La plata de Fernando se había acabado hacía tiempo.

Así que Mara terminó criando a su hijo ahí, en la misma casa donde ella había crecido.

Pasaron los años. Durante este tiempo Isabel fue envejeciendo y Mara engordando. Isabel nunca dejaba de señalárselo. Te dejaste estar. Te la pasás comiendo todo el día y ya no te pintás. Así no vas a conocer a nadie. Mara no contestaba. Conocer a alguien, de cualquier manera, ya no estaba en sus planes. Ahora Mara se dedicaba por completo a su hijo. A satisfacer todas sus necesidades y deseos, tal como en su momento su madre lo había hecho con Fernando. Soñaba con que a Pablo le fuera tan bien en la vida como le había ido a su hermano menor. En este plan, cuando Pablo terminó el secundario, Mara consiguió un tercer trabajo de portera en un profesorado para poder pagarle la carrera en una universidad privada. Su hijo iba a ser contador. Y era inteligente y buen mozo y carismático. Mara vivía para él. No me abandones cuando seas millonario, le decía en tono de broma cuando lo abrazaba. 

Pablo se fue de la casa a los veintitrés. Conoció a una chica, se enamoraron y se fueron a vivir juntos. Aunque el departamento quedaba bastante lejos, todos los fines de semana Pablo volvía a la casa a visitar a su madre. Cuando lo hacía, sentía cada vez más rechazo hacia Isabel. Su abuela se estaba poniendo cada vez más vieja y enfermiza. Una tarde las encontró a las dos en un rincón del patio. Cuando se acercó vio que su abuela estaba semidesnuda, tirada a un costado de la escalera, gimiendo de dolor, y que su madre le estaba diciendo algo. ¿Qué pasa? Mara se levantó. Por la forma en que ella escondió la cara, él se dio cuenta de que estaba llorando. Pablo, andá para la casa. Decime qué pasa. Andá para adentro y esperanos ahí, volvió a contestarle su madre. Pablo entonces se agachó para intentar levantar a Isabel, pero apenas le tocó un brazo la mujer empezó a gritar y a retorcerse. Déjenme, gritaba la vieja. Déjenme. Pablo miró a su madre: ¿Qué le pasó? No se quiere levantar, contestó Mara. ¿Pero se lastimó? No, está bien, pero no se quiere levantar. Después Mara se volvió a inclinar sobre Isabel. Andá, hijo. En serio te lo pido. Que estés acá es peor.

Pablo le hizo caso. Entró a la casa, se sirvió un vaso de agua. Media hora después vio cómo su madre entraba con Isabel. Iban muy despacio; Mara mantenía el ritmo de Isabel, sosteniéndola de un brazo. Recién después de acostarla pudo sentarse tranquila a tomar un mate con su hijo. ¿Siempre te hace lo mismo? Mara chupó la bombilla. Es una mujer grande. Pablo la miró: No es la edad. Esta vieja siempre te trató así. Es tu abuela. Por favor no hables así de tu abuela. Pablo cerró los ojos. Soltó una bocanada de aire. Mara, sin mirarlo, ya estaba cebando otro amargo.

Unos pocos meses después Isabel murió. Cuando Mara lo llamó por teléfono a su hijo para darle la noticia, él se derrumbó en la cama. Lagrimeó, con los brazos estirados en cruz.
Respiró.

**

Ahora Mara vivía sola. Por primera vez en su vida, cuando se despertaba a la mañana, y cuando a la noche volvía de trabajar, no tenía a nadie con quien conversar. Nadie a quien hacerle de comer. Nadie que decidiera por ella qué mirar en la tele. Era una sensación extraña vivir sola por primera vez en su vida a esa edad, cuando ya estaba por cumplir los sesenta.

Pablo acababa de ser padre y sus visitas los fines de semana se hicieron más espaciadas. Uno de esos domingos él avisó que no iba a poder pasar. Mara entonces decidió tomarse el tren y pasear por el centro. Fue al museo de Bellas Artes y después recorrió caminando el barrio donde había vivido su hermano. Caminó tanto que cuando volvió a la estación le dolían los pies. El tren andaba con demoras, así que el viaje de vuelta lo tuvo que hacer parada. Al día siguiente amaneció con los pies llenos de callos y llegó media hora tarde a trabajar.

En el cambio de turno Mara se sentó a descansar en el patio. Una compañera de trabajo que durante la mañana la había visto renguear se acercó y le preguntó qué le estaba pasando. Charlaron un rato largo, mientras almorzaban. Mara le contó que a veces se despertaba de madrugada, con la espalda y los dedos de los pies llenos de un sudor frío, con el corazón como saliéndosele de lugar, y que en la oscuridad escuchaba la voz de su madre. De su padre. De su hermano. De su hijo. De todas las personas que en su casa habían vivido. Al final la chica, una maestra que terminaba de recibirse y no debía tener más de treinta años, le recomendó que consultara a un psicólogo.

Mara lo hizo a las dos semanas, después de arreglar los trámites con su obra social. La psicóloga era varios años más joven que ella. Tenía una sonrisa cálida. Mara se sintió cómoda desde el principio. Los ataques de pánico durante la madrugada desaparecieron. En la quinta o sexta sesión la psicóloga le preguntó por el recuerdo más lejano que tuviera de su infancia. Mara miró la pared. Se acordaba de una noche: la luna en el centro del cielo negro, ella despierta, con tres o cuatro años, sentada en la cama, mirándola. Pero después, enseguida, tuvo otro recuerdo más.

Yo tenía cuatro años, dijo Mara. Era verano. Estábamos en una pileta mi hermano y yo. Era una pelopincho chica, con el agua por acá –y Mara se señaló la pierna unos centímetros arriba del tobillo–. Pero en un momento mi hermano, que tenía un año y medio o dos y recién aprendía a caminar, se resbaló. Quedó sumergido. En ese momento justo llegó a casa papá. Entró al patio y cuando vio lo que estaba pasando se puso a gritar. Tiró el portafolio en el pasto y se acercó corriendo y lo sacó a Fernando del agua. Yo de todo esto no me acuerdo. Tengo la imagen de mi hermano vomitando. Pero no sé si lo vi de verdad o si nada más lo soñé. Esa tarde era mamá la que nos estaba cuidando. Ella después contaba que justo había entrado para atender el teléfono.

La psicóloga dejó de mirar a Mara para hacer una anotación.

Esa noche, dijo Mara, y esto sí me lo acuerdo con claridad, mamá y papá no dejaban de mirarme. Tengo esa imagen. Ellos en la cena, mirándome de una forma. No sé. Durante muchos años ellos siguieron hablando de esa anécdota. Papá decía que cuando llegó al patio, Fernando estaba tirado abajo del agua, con los ojos abiertos, y que yo estaba parada a un costado, mirándolo sin hacer nada. Quieta como él. Y que si papá no hubiera llegado en ese momento, decían, no saben lo que hubiera podido pasar.

La psicóloga se apuró en hacer otra anotación. Después, cuando volvió a levantar la mirada, se sorprendió al descubrir que Mara estaba llorando. Hace muchos años que no pensaba en esto. Extraño mucho a mi hermano. Lo extraño mucho de verdad. La psicóloga se removió en su sillón. ¿Pero vos hiciste algo para verlo? Quiero decir, ¿buscaste ponerte en contacto con él? Sí, pero no sé dónde encontrarlo. Hace muchos años que no sé nada de él.

Lo que Mara tampoco sabía, era que en ese preciso momento, pero a muchos kilómetros de ahí, su hermano Fernando empezaba a sentir una punzada en la nuca. Un dolor intenso. Como algo que lo mordía. Soltó los papeles sobre su escritorio. El empleado que lo miraba sentado frente a él dudó unos segundos si levantarse o no. Doctor. Doctor, ¿se siente bien? Fernando tenía las dos manos apoyadas en la nuca. Era como si un perro lo hubiera mordido justo en ese punto, y ahora el dolor se empezaba a expandir, tensándole los músculos en los hombros y en la espalda. Le hizo un gesto con la mano a su empleado: Vaya. Vaya. Termino de mirar estos papeles y lo llamo, dijo, con las últimas gotas de aire.

Recién cuando quedó solo en la oficina se sacó la corbata y empezó a gemir sin vergüenza. El dolor era asfixiante. Fue al baño, se mojó la cara y de golpe mientras lo hacía la boca se le llenó de saliva, y se encorvó y vomitó una bilis viscosa que quedó pegada en el borde del inodoro.

Después se miró en el espejo. Tenía los ojos empapados.

Varias horas más tarde, ya de noche, Fernando le terminó confesando a su mujer lo que esa tarde le había pasado en la oficina. Estaban acostados. Su mujer le dijo: No sé qué esperás para ir al médico. Él acomodó la almohada. Dejá de insistir con eso. Los médicos no sirven para una mierda. Su mujer dejó de acariciarlo. Dios. Sos tonto. Sos tonto, Fernando. ¿Hace cuánto tiempo venís así? Fernando chasqueó los labios. Después se dio vuelta en la cama y apagó la lámpara de la mesita de luz. Pero su mujer le siguió hablando en la oscuridad: Decime, ¿qué es lo que tiene que pasar para que te convenzas de que no podés seguir así?

Decime, contestame por favor esta pregunta.

Fernando cerró los ojos. Mientras su mujer hablaba, se acomodó en la mejor posición para quedarse dormido. Y estaba a punto de hacerlo, cuando una imagen lo despabiló. Abrió los ojos en la oscuridad.

Navidad. Su madre con una copa de sidra en la mano, un rato después de brindar: Cuando me embaracé de ella, pensé que era un cáncer.

Mara no debía tener más de doce años.

Fernando tragó saliva.

No importa lo que pienses, le dijo su mujer. Le puso una mano en la frente. Tarde o temprano vas a tener que hacerte ver.




martes, 13 de mayo de 2014

última noche


En el bar había poca gente así que pudieron elegir donde sentarse. Valeria señaló la mesa que estaba enfrente de la barra pero Esteban encaró directo para el lado del ventanal. Qué tomás. Un daikiri de frutilla, dijo ella. Esteban miró la carta. Bueno, yo creo que voy a pedir un Cuba libre. ¿No te conviene seguir con Fernet? Esteban negó con la cabeza. Tengo ganas de tomar algo más dulce. Como quieras, pero acordate de lo que dijo tu viejo: no mezcles más de dos bebidas.

El bar era diminuto, con forma de caja de zapatos. Tenía un ventanal en el frente que daba a una plaza llena de gente que iba y venía. Sonaba música reggae a bajo volumen, el ideal para conversar. Pero Esteban y Valeria tomaban sorbos de sus tragos sin hacer más comentarios que: Hace calor. Sí. Está rico el trago. Más o menos. El mío me parece que está pasado de ron. ¿A qué hora llegarán? Ni idea: Ya tendrían que estar acá.

Y después solamente miraban por el ventanal a la gente que pasaba.

Esteban estaba pidiendo otro Cuba libre cuando Federico y Carolina llegaron. El bar prácticamente ya se había llenado pero ellos les habían guardado las sillas. Buenas, ¿cómo están? Bien, por suerte, ¿tuvieron problemas para venir? Está medio escondido el bolichito. No, la verdad es que llegamos sin problemas. Es muy lindo, dijo Carolina, mirando las fotos en las paredes. Siéntense, les dijo Esteban. ¿Qué quieren tomar? ¿Fede, me seguís con el Cuba libre? Mirá, prefiero cerveza. Sí, estuvo toda la noche tomando cerveza, lo miró Carolina: Mejor que no mezcle. Bueno, te pido una cerveza entonces. ¿Y vos, Caro? Yo tomo cerveza con él, quizás después me pida otra cosa.

La mesera trajo una cerveza. Carolina y Federico la probaron. Riquísima, dijo Carolina. Esteban le puso una mano en el hombro a Federico. Hacía mucho que no nos veíamos, viejo. Nos colgamos, sí. Tendríamos que hacer esto más seguido.

Esteban le dio un sorbo a su segundo Cuba libre. Valeria, a un costado, lo miraba de reojo.

**

A eso de las cuatro de la mañana la mesa estaba llena de botellas y en el cenicero ya no entraban más puchos. Esteban se había pasado a la cerveza y ahora pedían una cada media hora, pero la mesera nunca levantaba las que terminaban de vaciar. Valeria iba por su segundo daikiri. Ella y Carolina se largaban a reír de cualquier cosa y casi gritando, y Federico y Esteban se decían entre ellos: Ya deben estar borrachas. Y después les decían a ellas: Dejen de hacer papelones. Pero las chicas se reían todavía más.

Esteban y Federico se hicieron un gesto y fueron al baño. Mientras meaba Esteban esperó a que se fuera un pibe que se estaba peinando de cara al espejo y después lo miró a Federico: Loco, tengo de eso. Federico levantó las cejas. Tentador, pero tengo que manejar. Son las cuatro recién. Sí, pero ya no tengo la resistencia de antes. Hace un par de meses tomé con Charly y después ya no sabía dónde estaba parado. Me terminé durmiendo como a las doce del otro día. Lo traje para vos, dijo Esteban. La vamos bajando con cerveza. No, paso. En serio. Aparte Carolina se da cuenta enseguida. Mirá vos, ahora que estás de abogadito y demás ya no sos el mismo. Ya no tenemos veinte, padre; se pasó el tren. A vos se te pasó el tren, gordo, dijo Esteban. En la panza se te nota. Panza de resignado tenés.

Carolina y Valeria, mientras sus novios estaban en el baño, habían dejado de reírse para empezar a charlar. Carolina hablaba de su trabajo y Valeria de sus estudios. ¿Cómo está todo con Esteban?, le preguntó Carolina después, ¿mejor? Mejor, por suerte, sí. Carolina encendió un cigarrillo: Se le nota, lo veo mucho más tranquilo. Es que está más tranquilo. Creo que le hizo bien el nuevo trabajo. ¿Dónde está ahora? Está de repartidor en el Zeni de Primero de Mayo. Maneja una camioneta. Fue todo un cambio, ahora por lo menos se lleva bien con los compañeros. En la fábrica se peleaba todo el tiempo. Ah, ¿sí? Sí, con los compañeros y con el jefe. Valeria se acarició la pulsera: Por eso lo echaron. Porque se agarró a trompadas con el jefe. Carolina tomó un sorbo. Pero bueno, siguió Valeria, eso fue hace un par de meses, igual. Ahora por suerte la cosa cambió. Le gusta trabajar en la calle. Así que es una buena noticia. Carolina soltó un hilo largo de humo. Después miró la ventana: ¿Y con el tema del padre? Perdoname que te lo pregunte así, ¿pero sabés algo de eso? Valeria levantó los codos de la mesa. Sí. Bueno, es un tema complicado para él, pero sí, la verdad es que también lo noto mucho mejor en eso. Pasa que... Esperá, después la seguimos. Ahí viene.

Esteban y Federico se sentaron a un lado de ellas. Federico tomó un trago largo de su vaso. También tomó un trago largo Estaban. La cerveza estaba casi vacía. Che, estaría para salir a dar una vuelta. Hace mucho calor acá. Vamos a la plaza. Compramos un vino acá y brindamos ahí. ¿Te dejarán salir con la botella? Calculo que no va a haber problema. Igual ahora le pregunto a la mesera. Bueno, dale. Dale. Me parece una buena idea.

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En la plaza casi no había gente ya. Carolina y Valeria se sentaron en un banco; Federico y Esteban, parados enfrente de ellas, tomaban el vino espumante del pico. Qué noche más linda, dijo Carolina mirando el cielo. Todo estaba oscuro, pero más para allá, en el horizonte, entre los edificios, se veía que empezaba a aclarar.

Esteban le acercó la botella a Valeria. ¿Querés un poco? Valeria negó con la cabeza. ¿Y vos? Carolina dijo: Un poco sí. Tomó un trago y después le dio la botella a Federico. Esto ya está medio caliente. ¿Querés que vaya a pedir vasos con un par de hielos? No, no importa, ya se termina. Esteban se abrió de brazos: ¿Pero no vamos a tomar ninguno más? Vamos gente, la noche es joven. Federico sonrió mirando para otro lado. ¿Otro te querés tomar? Yo ya estoy. Sí, gordo, dijo Valeria, basta que tenés que manejar. Pero yo me siento intacto. Para mí, y Esteban levantó la botella en el aire, esto a mí no me hace nada.

Federico encendió un cigarrillo y se sentó en el banco a un costado de Carolina. Bostezó. Se quedó mirando el piso. Su novia también miraba para abajo. Un grupo de chicas que salían de bailar pasó por la vereda de la plaza, a pocos metros de ellos, y Esteban las siguió con la mirada. Las chicas se reían, aplaudían, cantaban. No debían tener más de veinte años. Mirá esas burras, Fede. Federico sonrió, también sonrieron Carolina y Valeria. ¿Te acordás, Fede? ¿Te acordás vos lo que éramos? No te vas a tomar otro vino, dijo Valeria. Esteban se largó a reír. Yo me siento intacto, dijo.

Escupió. Revisó su celular. Después, sin decir nada, dejó la botella casi vacía en el piso y cruzó la calle y se metió en el bar. Carolina lo miró a Federico. ¿Y este adónde fue? Federico tiró el cigarrillo. Ni idea. Habrá ido a comprar algo. Valeria, a un costado, no decía nada. Había sacado su celular y lo miraba sacudiendo un pie.

Esteban volvió después de un rato. Tenía una botella de vino nueva. Federico chasqueó los labios. ¿No entendés que nos queremos ir? Andate, dijo Esteban. Federico se quedó unos segundos mirándolo. Esteban en ningún momento desvió los ojos. Federico notó que su amigo tenía los ojos muy quietos. Ya anduviste haciendo cagadas, dijo en voz baja. ¿Qué? ¿Qué? Repetilo que no te escuchamos. ¿Qué tenés para decir? Federico volvió a chasquear los labios, y Esteban se acercó y le puso la botella casi en la cara. Dale, tomate un trago, padre. Haceme la segunda con este vino que pica. No me dejes tomar solo que tengo que manejar.

Federico vio que su novia lo miraba de reojo, pero igual levantó la botella y tomó un par de sorbos, y después dejó la botella en el piso. Valeria había guardado su teléfono y miraba la plaza con los brazos cruzados. Esteban se acercó y se le sentó al lado, empujándola despacio con el hombro. Corransé que con un poco de amor entramos todos. Las dos mujeres quedaron apretadas en el medio, mientras Federico hacía presión de un lado y Esteban del otro. ¿Qué te pasa que estás tan callada? Valeria levantó las cejas. Ni lo miró. Es raro que estés callada, siguió Esteban. Me sorprende que en los últimos minutos hayas participado tan poco de la conversación.

Carolina, acomodándose en el banco, tosió. ¿Y vos, Caro, todo bien? ¿No querés tomar un poco del vino que traje? Probalo, dale. Es riquísimo. No me gusta, gracias. ¿Pero cómo vas a saber que no te gusta si no lo probaste? Primero tenés que probarlo, y después sí podés decir si te gusta o no. Carolina se mordió un labio. Porque a este vino ya lo probé, y cuando lo probé no me gustó. ¿Cuándo lo probaste? Mirá que este vino es nuevo. No es como los anteriores. Carolina miró a Valeria: ¿Siempre es así cuando salen? Esteban se inclinó en el banco para poder mirar directo a Carolina sin que estuviera su novia de por medio. ¿De qué estás hablando, Caro? ¿Te molesta que te invite un trago de vino? Carolina siguió mirando a Valeria: ¿Siempre se pone así de pesado este pibe? Esteban sonrió. ¿Hace falta que le hables a mi novia de mí como si yo no estuviera? ¿Cuál es el problema? ¿Te molesta que te quiera hacer probar algo que nunca probaste? Te estás poniendo pesado, padre, dijo Federico. Quedate con tu vino ahí. Esteban se largó a reír. Epa. ¿Qué te pasa, hermano? Federico estaba callado, como las dos chicas, mirando la plaza. Esteban no se podía parar de reír. Siento que me soltaste la mano, Fede. ¿Tanto lío por querer pasar un buen momento? ¿Tanto lío por un vino? ¿Qué les pasa, gente?

Basta, dijo Valeria. ¿Basta qué? Basta de molestar. Dejá ese vino ahí y vamos. El vino no se tira, dijo Esteban. ¿No te lo enseñaron a eso en tu casa? ¿Que el vino no se tira?

Carolina se levantó. Bueno, perdoname, Vale, pero nosotros nos tenemos que ir. ¿Vamos, gordo? Federico dudó unos segundos. Pero al final también se levantó. ¿Te vas, Fede? ¿Me vas a dejar solo con este vino? Federico se pasó una mano por la cara. Miró para arriba. El cielo empezaba a clarear. Ya es tarde. Tengo un viaje largo de vuelta. ¿Y el vino? ¿Vas a dejar que me lo tome yo solo? Dejalo ahí. La próxima nos tomamos otro.

Esteban levantó los hombros, abrió los brazos, cerró un solo ojo: ¿De verdad? ¿Me estás hablando de verdad?

Valeria se levantó y se fue caminando atrás de los otros dos. Esteban se quedó unos segundos solo, tomando su vino. Después vio el corcho tirado en el pasto, se levantó, lo agarró, y siguió a Valeria y a los otros caminando rápido hasta alcanzarlos en la esquina. Siento que es la última noche que salimos juntos, dijo. La calle estaba vacía y Federico y Carolina caminaban en el medio, con Valeria a un costado. Esteban los seguía a pocos metros. Gente grande. Gente grande. Siento que los desconozco. De vos Caro no me sorprende nada. Pero de vos, gordo. De vos. Forro, le dijo Carolina. Esteban se largó a reír. Lavate la boca antes de insultarme, mami. Federico se dio vuelta. ¿Qué dijiste? Pero Carolina lo agarró del brazo. Dejalo. Este estúpido no sabe ni lo que dice. Vení con nosotros, Vale, nosotros te llevamos. Este tipo no está en condiciones de manejar. Pero con él qué hacemos, dijo Valeria. ¿Lo quieren dejar así?

Vayan, vayan que yo me voy solo, gritó Esteban, mientras se paraba en la puerta de una casa a mear.

Pilló un rato largo. El chorro rebotaba en la puerta, salpicándole las zapatillas, y después bajaba por la vereda hasta mezclarse con el agua del cordón. Cuando vio que ya estaban lejos, sacó el papel de su bolsillo y aspiró. Cerró los ojos: Última noche. Sí. Última noche.

Cuando volvió a caminar vio que a su novia y a Federico y a Carolina los habían interceptado un grupo de pibes. Él se acercó apurando el paso, con la botella casi vacía en la mano. A pocos metros pudo ver que eran cuatro, y que Federico les daba un cigarrillo, y que ahora le estaban diciendo cosas a Carolina y a Valeria. Las dos mujeres retrocedían, queriendo irse por un costado, pero los pibes les querían cerrar el camino. Federico se había empezado a hablar con uno de cerca.

Cuando Esteban llegó se puso enfrente del que le estaba hablando a Valeria. Andá a dormir, le dijo. El pibe se acomodó la gorra. ¿Es tu hermana? Es mi novia, andá a dormir. El pibe se largó a reír y otro que estaba más atrás le gritó a Valeria: ¿Salís con este gato y te hacés la exquisita? ¿Gato, me dijiste?

Valeria le dijo a Esteban: Gordo. Por favor.

Esteban no la miró. Avanzó dos pasos y desde ahí sin hacer o decir nada que sirviera de aviso le puso una trompada al pibe en el cuello, a la altura de la nuez. El pibe cayó y quedó tirado en el pavimento, retorciéndose con espasmos. Cuando los que estaban mirando se quisieron acercar, Esteban estampó la botella contra el piso y los pedazos de vidrio saltaron por todas partes. Dale, le dijo al que estaba más cerca. Cagón hijo de puta. Dale. El pibe no se movió, pero Esteban le agarró un brazo y se lo dobló, y cuando el pibe quedó agachado le apretó el cuello con una llave y empezó a pegarle en la nariz y en la boca con los nudillos gruesos y salientes, bien blancos de tan apretados, hasta que la sangre empezó a chorrear. Pará, flaco, le gritaban los pibes. Uno tenía las manos en la cabeza. También gritaban Valeria y Carolina. Esteban. Esteban. Esteban por favor pará.

Valeria lloraba.

Cuando Esteban lo soltó tenía la camisa celeste manchada de sangre y el pibe cayó con un golpe seco y se desarmó en el pavimento como una bolsa de frutas. Los miró a los otros pibes. Quién. Dale. Quién.

Uno de los pibes se había acercado al que tenía espasmos. El otro, pálido, encorvado, levantaba las manos: Flaco, ya está. Mis amigos están borrachos. No les hagas caso.

Esteban se le acercó enseguida pero justo antes de que pudiera hacer nada lo agarró Federico y lo fue llevando para atrás. Cagón hijo de puta, gritaba Esteban, intentando sacarse de encima a Federico. A mi novia me la cojo yo nada más. A mi novia me la cojo yo nada más. Y después la señaló a Carolina: Y a ella también me la cojí. A ella también me la cojí.

Siguió forcejeando hasta que Federico lo soltó en la esquina. Los pibes ya se estaban yendo. Al que tenía la cara destrozada lo cargaban de a dos. Esteban les seguía gritando, parado solo en medio de la calle. Recién se quedó callado cuando vio que Valeria lo miraba a un costado.

Un poco más allá, también lo miraban Carolina y Federico.

Qué pasa, les dijo, limpiándose las manos en la camisa. No los puedo dejar dos minutos solos.

Sos un enfermo, dijo Carolina.

Federico empezó a caminar hasta el coche. Carolina lo siguió de atrás. Solamente Valeria se había quedado quieta, enfrente de él, mirándolo: ¿Qué dijiste? ¿Que qué dije? Lo que escuchaste. No puedo dejarlos dos minutos solos.

Valeria se dio vuelta, empezó a caminar para el lado de la plaza.

¿Adónde vas?, le gritó Esteban. Vale. Pendeja. ¿Adónde vas?

Dejó de llamarla cuando vio que una mujer lo miraba desde la ventana de una casa. Andate ya porque voy a llamar a la policía. Una voz de hombre se escuchó desde atrás: Negro de mierda. Está bien, doña, siga tomando mate usted, dijo Esteban, y le escupió la vereda. Ahora si quiere le traigo facturas.

La mujer le dijo algo, pero Esteban ya la había dejado de escuchar.

Esteban ahora miraba para el lugar por donde se había ido Valeria: ya no estaba. Después miró para el otro lado: tampoco estaban Carolina y Federico.

Fue al auto. Dio unas vueltas de manzana buscando a su novia. En una de las esquinas calculó mal y se llevó por delante el espejo de un auto estacionado. Puta. Siguió buscándola, andando más despacio, pero no la encontró.

Después en la ruta aceleró.





martes, 6 de mayo de 2014

bailar


Hilda entró al departamento nuevo de su hermana Mabel sin saber qué esperar. Sabía, sí, que el departamento era chico; Mabel ya se lo había dicho por teléfono. Lo que a Hilda en realidad le preocupaba era el momento en que iba a tener que enfrentarla.

Solamente habían pasado seis meses desde el accidente. El marido de Mabel había salido a manejar a la ruta y se había dado de lleno contra un árbol. En la autopsia salió que estaba pasado de alcohol. Cuando abrieron el departamento al que se había mudado –él y Mabel estaban separados desde hacía un mes– encontraron dos botellas de champagne vacías y una de ron a la mitad. Lo que todo el mundo sospechaba pero no se animaba a decirle a Mabel era que cuando salió a manejar en ese estado el tipo sabía muy bien lo que estaba haciendo.

Mabel entonces quedó viviendo sola en la misma casa que había compartido con su marido durante más de treinta años. Desde el accidente no podía dejar de hacerse preguntas. Se despertaba llorando y también llorando se acostaba. A veces la llamaba en medio de la madrugada a Hilda para decirle que en esa casa ya no podía respirar. Que quería mudarse cuanto antes. Que estaba dispuesta a bajarle el precio a cualquiera que le ofertara. Pero Hilda la decía que la situación no era la ideal. Que tuviera paciencia. Que solamente había que esperar a que pasara el mal momento.

Pero Mabel vendió. Y lo hizo mientras su hermana no estaba. Hilda acababa de irse a un viaje de cuatro meses por Europa para el que había estado ahorrando y preparándose durante años. Recién supo lo de la venta cuando volvió. Se indignó primero con su hermana y después con su hijo, que tampoco nunca le había comentado nada. La tía me pidió que no te lo dijera, le dijo él. Y ella: Hubiera preferido saber lo que mi propia hermana hacía. Él levantó las cejas. Después, sin contestar, las bajó.

Así que ahí estaba Hilda, frente a su hermana, subiendo en un ascensor diminuto. Ahí estaba, a punto de conocer el departamento que Mabel había comprado a costa de prácticamente regalar su casa. Cuando Mabel le abrió la puerta, la primera sensación de Hilda fue de asfixia. El departamento, contada toda la extensión que veía, no era más grande que la cocina de la antigua casa de su hermana.

Mabel le mostró la habitación y el baño. Después el ventanal, que daba a un balcón con una vista amplia de la ciudad. Hilda no dejaba de repetir: Hermoso, hermoso. Hasta que ya no les quedó otra opción que sentarse frente a frente en los sillones, con la mesa ratona de por medio.

Mabel destapó una cerveza. Sirvió un vaso para cada una, y después de dar los primeros tragos Hilda dejó de mirar la tele para mirar a los ojos a su hermana: ¿Por qué no me contaste? ¿Contarte qué? Por qué no me contaste que habías vendido la casa. Mabel también tomó unos tragos de su vaso. Después lo dejó en la mesa y miró a la otra con los codos en las rodillas: Oíme, ¿me apoyás en esto? ¿A qué te referís? A lo que te digo. ¿Me apoyás en esto o no? Hilda se acarició el mentón con el índice. Su hermana la miraba muy fijo a los ojos. Por supuesto que te apoyo, dijo al final. Mabel se levantó: Entonces no hace falta que te explique nada.

Caminó hasta la heladera y volvió con otra lata. Después de destaparla y dejarla sobre la mesa se encerró en el baño. Estuvo varios minutos ahí. Hilda se acomodó en el sillón, tomó un trago más. Se puso a mirar la tele. Estaban dando una película.

“¿Me apoyás en esto?” ¿Qué había querido decirle su hermana?

Recordó algunas de las conversaciones que había tenido con ella antes de irse de viaje. Una en particular. Mabel, por teléfono: ¿Vos cómo hiciste? ¿Cómo pudiste superar que un hombre desapareciera de tu vida así, de un día para el otro, después de tanto tiempo?

Hilda recordó que en ese momento había tenido el impulso de contestarle a su hermana que no, que al divorcio todavía no lo había podido superar. Pero no lo hizo. En lugar de eso se acomodó el teléfono en la otra oreja y le contestó: Soy realista, Mabel. Soy realista y vos también tenés que serlo. No podés regalar tu casa. No podés regalar lo único que le vas a poder dejar a tus hijos.

“¿Me apoyás en esto?” Hilda seguía pensando en eso cuando su hermana volvió del baño.

Mabel tomó otro sorbo de cerveza. Preguntó qué película estaban dando y su hermana le dijo que no sabía, pero que parecía ser interesante. Mabel había encendido el horno para hacer unas empanadas y también había cerrado la ventana así que empezaba a hacer calor. Hilda se sacó la blusa y enseguida también se sacó su buzo Mabel y, cuando lo hizo, Hilda notó lo delgada que estaba su hermana. Estás linda. Perdiste mucho peso. Mabel sonrió. Sí. Estoy yendo al gimnasio todos los días. ¿Todos los días? Todos los días. Cuando vuelvo de trabajar. Voy a uno que queda acá enfrente.

Y no terminaba de dejar el buzo en la silla, que los ojos se le encendieron y la cara se la transformó: Justamente ayer empecé una clase que es para morirse. Y se largó a reír. Antes de contarlo, ya se estaba riendo.

Hilda sonrió para acompañarla, pero sintiendo en el fondo que su hermana no estaba bien.

A esta clase me la recomendaron, empezó a contarle Mabel. Yo me anoté sin saber muy bien a qué me anotaba. Resulta que entramos y somos todas mujeres, unas cincuenta. De todas las edades. Pero la mayoría chicas, de veinte o de treinta. Muchas de treinta. El tema es que en un momento, yo no tenía ni idea, se apagan todas las luces y solamente queda brillando una bola de boliche. Y ponen música a todo lo que da. De repente miro –por suerte yo estaba bien al fondo– y todas las chicas que están alrededor mío empiezan a bailar. Empiezan a hacer una coreografía. ¿Una coreografía? Sí, contestó Mabel, conteniendo la risa para poder seguir: La profesora adelante de la clase las guiaba. Pero era como si todas la supieran de memoria. Y se movían como ella, pero con una energía, te juro, que parecían desquiciadas. Para todos lados, dijo Mabel. Yo bailaba intentando seguirlas, pero no podía. Cuando iba para un lado, ellas volvían para el otro. En ese momento me largué a reír como una loca. Imaginate yo, que nunca en mi vida fui a bailar, intentando seguir a esas chicas. Sé que hacía cualquier cosa, pero no me importaba. Era una locura. Mientras bailaba no me podía parar de reír de mí misma, de la locura que estaba haciendo, decía Mabel.

Y mientras lo contaba, se seguía y seguía riendo, como si más que enfrente de Hilda todavía estuviera ahí, en el salón, bailando.

Y su hermana al principio se reía despacio, por seguirle la corriente, pero antes que nada sorprendida. Más que nada sorprendida porque no se acordaba de cuándo había sido la última vez que la había visto a Mabel reírse así.

Pero después, a medida que veía cómo su hermana se seguía sacudiendo sin poder parar encima del sillón, con los ojos rojos, empapados, Hilda también se fue contagiando, también se fue perdiendo, hasta terminar riéndose de verdad.

Hilda con su marido. Mabel también con su marido. Los cuatro en un asado, cuando eran jóvenes, cuando no habían cumplido los treinta años todavía. Mabel se había largado a reír de algo, Hilda no sabía de qué, pero también se reía con ella. Los dos hombres callados, mirándolas desde el otro lado de la mesa. Y la seguridad en Hilda de que se reían solamente porque ellos las estaban mirando. Porque ellos las miraban sin poder entender. 

Ahora el departamento. Los sillones. Las cervezas tibias transpirando sobre la mesa. En el ventanal se veía un sol naranja, cayendo entre los edificios que estaban más lejos. Te juro, decía Mabel, intentando calmarse, nunca me había pasado algo parecido en toda mi vida.