martes, 27 de mayo de 2014

algo para toda la vida





La cama estaba hecha. Andrea lo notó al pasar, mientras buscaba una remera en el ropero. Cuando estaba saliendo de la pieza se quedó quieta de golpe, y volvió a mirarla. Después se acercó y levantó la colcha. Abajo las sábanas también estaban dobladas. Dobladas como con apuro, con algunas arrugas, pero, sí, dobladas.
Se sentó en la cocina. Encendió el televisor. Puso un canal de noticias. En un país del este de Europa habían asesinado a más de treinta rebeldes.
Andrea empezó a llorar.


Mauro ya estaba en el tren cuando le vibró el teléfono. Era un mensaje de su mujer. Lo abrió pero en ese momento lo distrajo la discusión de dos tipos en el andén. Se quedó mirándolos hasta que el tren arrancó de nuevo y entonces bostezó y volvió a levantar su teléfono. Cuando leyó el mensaje el bostezo se interrumpió de golpe. Miró a su alrededor. Se guardó el celular. Enseguida volvió a sacarlo para leer el mensaje otra vez. Una señora le pidió permiso. Mauro no la escuchó. Muchacho, dijo de nuevo la mujer. Mauro la miró a los ojos sin moverse. Después chasqueó los labios. Disculpe, dijo.
Y se corrió.


Llegó a la casa una hora y media hora después. Andrea estaba sentada en la cocina, de cara al televisor apagado. Él se acercó para saludarla. Ella no se movió. Tenía los ojos hinchados. ¿Hace cuánto tiempo la estás viendo? Mauro se sentó enfrente de ella. Soltó su bolso en el piso. Rascó con el índice la superficie de la mesa. Un año.
Andrea se enderezó. La boca le empezó a temblar. Dejame hacerte una sola pregunta. ¿Te acostaste con ella en nuestra cama? Mauro cerró los ojos. Después miró la pantalla de la tele apagada.
Sí.


Habían hecho toda la secundaria juntos. Recién después de terminar el último año Andrea lo invitó a tomar un helado. Salieron tres veces antes de que él se animara a dar el primer paso y besarla. Dos meses después fueron a un hotel. Mauro la miró a los ojos: Yo nunca hice esto. Y ella, desnuda de la cintura para arriba: Yo tampoco.


Se pusieron de novios. Mauro conoció a la familia de Andrea y ella conoció a la familia de él. Salieron seis años. A esas alturas los dos tenían trabajo y los proyectos no tardaron en surgir. Se casaron después de apalabrar el alquiler de un duplex a diez minutos del centro de Quilmes. Por iglesia y por civil. Los dos trabajaban en capital, así que durante la semana solamente se veían un rato a la mañana y un rato a la noche. Los fines de semana, en cambio, si no salían solos, alternaban una visita a sus padres. Sábados los tuyos. Domingos los míos.
Después de nuevo el lunes. El tren que cada uno se tomaba por su lado. Las cenas noche a noche mirando la tele en silencio o conversando con cansancio.


El contrato de alquiler se terminaba en noviembre. Era enero. Andrea llegó una noche y comentó que hacía poco una compañera de trabajo había conseguido sacar un crédito. Si empezamos los trámites ahora, puede llegar a ser. Mauro cruzó los cubiertos encima del plato. Se apoyó una mano en la panza y resopló: Estoy lleno. Andrea siguió mirando la tele y no hizo más comentarios. Pero cuando un rato más tarde estaban en la cama, y él le acarició un pecho, ella lo empujó. ¿Qué te pasa?
Nada. Nada que te interese.
Al otro día Mauro estaba trabajando. De golpe soltó el torno y se limpió la grasa de los dedos en el overol y sacó el celular y escribió: Bueno, gorda, dale. Fijate eso del crédito.


Andrea empezó a hacer los trámites. Cada vez que tenía una entrevista se llevaba en un bolso aparte un vestido y aros y zapatos y maquillaje, y antes de salir del trabajo se cambiaba y se pintaba y perfumaba de cara al espejo en uno de los baños, y después iba y conversaba con la gente del banco, que le hacía todo tipo de preguntas sobre ella y sobre Mauro, y sobre las familias de los dos, y al final cuando volvía en el tren para Quilmes siempre los muchachos que tomaban cerveza en los furgones o en las puertas la miraban y le decían cosas, y ella desviaba la mirada.
Cuando llegaba a su casa ya era de noche. Mauro estaba cocinando. Ella lo empezaba a acariciar. Vení un cachito. Y lo llevaba despacio hasta la cama y se subía el vestido, sin sacarse los zapatos, y de golpe se largaba a reír. Imaginate cuando lo hagamos en nuestra casa, gordo. En una casa que sea nuestra.


Desde hacía meses estaban visitando casas. Como por la zona de Quilmes el precio era imposible, habían empezado a buscar por los alrededores. En un punto que no quedara muy lejos ni del tren ni de donde vivían sus familias.
Recorrieron muchas, más de veinte, todas las que estuvieran dentro de su presupuesto, pero fue la primera de todas las que vieron, en Ezpeleta, la que más le gustó a Andrea. Tenía dos habitaciones, una cocina, un comedor, un patio. Las habitaciones eran chicas y la casa en general no estaba en buen estado, con las paredes despintadas y carcomidas por la humedad, y con puertas que se quedaban trabadas en los marcos o sin picaportes, y las llaves de luz y los enchufes deteriorados, con el cableado a la vista. Mauro cayó en todos estos detalles de entrada, pero Andrea le dijo que con un poco de esfuerzo se podían solucionar.
Pero es la primera que vemos. Está bien, yo no te digo que no veamos más. Pero mi vieja me lo dijo: Cuando se sientan enamorados de una casa, esa es la que tienen que elegir. Va a ser como amor a primera vista, me dijo, gordo.
Mauro caminaba mirando baldosas.
Al final, después de todo el recorrido, terminaron eligiendo esa.


Andrea compró facturas para sus compañeros de trabajo cuando se enteró de que el banco había aceptado darle el crédito. Todos se acercaron a saludarla. Hasta su jefe, un hombre por lo general parco, le puso una mano en el hombro. Vos sos una laburante. Te lo merecés más que nadie.
De ahí en adelante Andrea puso todas sus energías en recomponer su nuevo hogar. Se acostaba dos o tres horas más tarde que de costumbre para quedarse lijando la pintura resquebrajada, o la madera hinchada de las puertas, o poniendo clavos para las repisas y los estantes. Se iba a la cama a las tres de la madrugada y a las cinco se levantaba de nuevo para ir a trabajar. Solamente los fines de semana Mauro trabajaba a la par de su mujer, pintando los sectores que ella ya había lijado durante la semana. Fue Andrea la que eligió los colores, la que eligió qué cuadros colgar, qué jarrones poner. A veces se ahorraba el almuerzo en el trabajo para gastarlo en lo que hiciera falta para la casa.
El resultado fue que a los dos o tres meses la casa parecía otra. Andrea invitó a toda su familia un sábado para darla por inaugurada. Hicieron pizza. Tomaron mucha cerveza. Andrea no paraba de sacarse fotos con sus padres y sus hermanos en todas las habitaciones. Antes de irse, su padre la abrazó en la puerta. Vos siempre fuiste una buena chica. Por eso te están pasando cosas buenas.


Era verano. Una tarde, mientras estaba en el trabajo, a Andrea la llamaron por teléfono y le dijeron que su tía Teresa había fallecido. Su tía vivía en San Juan. En San Juan también había nacido su padre. Andrea se tomó un micro con él y su madre ese mismo jueves. Mauro la acompañó a la terminal. La abrazó en el andén: Escribime cuando llegues. Andrea lagrimeó en su hombro y apenas estuvo en la ruta le mandó un mensaje. Sé que quizás ya estés durmiendo, pero necesitaba escribirte. Ya salimos de Buenos Aires hace rato. Pienso en la tía Teresa y no puedo dormir. Me siento mal.
Cuando llegó a San Juan le mandó otro. Ya llegué, amor.
Mauro no contestó.


Andrea volvió a Buenos Aires el lunes de madrugada. A las seis el padre la dejó en la casa. Ya había salido el sol. Mauro no estaba. Un rato antes él le había avisado por mensaje que no la iba a poder esperar. En el trabajo las cosas no andaban bien. Convenía ser puntual. No te preocupes, amor, le contestó Andrea. Estoy un poco mejor. Nos vemos a la noche.
Entró con apuro. Aunque ese lunes también se lo había pedido de vacaciones, había llegado más temprano de lo que esperaba y todavía podía ir al trabajo y ahorrarse ese día para otro momento. Dejó el bolso encima de la cama y empezó a revisar el ropero buscando una remera que estuviera limpia. Se la puso. Después, cuando ya estaba saliendo de la pieza, se quedó parada en la puerta. Miró la cama. Estaba hecha.
Se acercó. Levantó la colcha. Las sábanas abajo también dobladas. Con algunas arrugas. Pero dobladas.
Se sentó en el borde de la cama, a un costado de su bolso. Miró el ropero. Las puertas abiertas. La ropa de Mauro hecha un montón. Remeras, pantalones, buzos: todo mezclado en un solo bollo. La ropa de ella, en cambio, apilada en filas bien ordenadas. Pantalones por acá. Remeras por allá. Blusas por este otro lado.
Se quedó un rato ahí sentada, mirando el ropero.


Dejame hacerte una sola pregunta. ¿Te acostaste con ella en nuestra cama? Mauro miró la pantalla de la tele apagada. Sí. ¿Quién es? Una compañera de trabajo. ¿La conozco? No, no la conocés. Andrea tragó saliva. Se acomodó la gomita del pelo. ¿Un año? La conozco desde hace más tiempo. Pero desde hace un año nos empezamos a ver.
Una moto pasando por la calle interrumpió el silencio.
¿Y qué querés hacer?
Mauro cerró los ojos. Andrea apoyó la frente en las manos.
Decime, ¿la querés?
En la casa de al lado empezó a ladrar un perro.
Sí, la quiero.


Se encontraron una semana después en un bar. Él prometió seguir ayudándola con el pago del crédito. Ella en agradecimiento le dio el lavarropas y el microondas. ¿Y la cama?, preguntó Mauro. No, la cama no, dijo Andrea. La cama me la regaló mi viejo y no se va a mover de esa casa. Si querés llevate el televisor. Mauro se rascó el mentón. Dale.
Todavía no había pasado un año desde la separación cuando Andrea dejó de recibir la ayuda de Mauro. Tuvo que apretar sus gastos para poder pagar el crédito de su propio bolsillo. Su madre, sus amigas, sus compañeros de trabajo; todo el mundo le decía que hablara con su ex. Ella negaba con la cabeza. Él sabe lo que tiene que hacer. Si para que me dé la plata tengo que andarle atrás, prefiero pagarla yo sola.


Cuatro años más tarde Andrea y Mauro volvieron a cruzarse. Fue de casualidad. Andrea estaba caminando con una amiga en un shopping de Quilmes. Mauro caminaba en sentido inverso, al lado de una chica, y empujando un carrito para bebés. Andrea desvió los ojos enseguida y apuró el paso. Su amiga le tocó un codo. ¿Qué te pasa? Acabo de verlo. ¿A quién? No mires. ¿A quién viste? A mi ex.
Su amiga se dio vuelta. Andrea también. Pero Mauro y la mujer y el chico habían desaparecido en la multitud.
La película estuvo a la altura de sus expectativas. Las dos amigas no pararon de reírse durante toda la función. Cuando salieron se sentaron en el patio de comidas. Pidieron una cerveza. Eran las seis de la tarde. Después de varios tragos Andrea cruzó los brazos encima de la mesa. Hacía mucho tiempo que no lo veía. Me pareció raro verlo así. Su amiga empezó a despegar la etiqueta de la botella. ¿Así cómo? Andrea tomó otro sorbo. Con familia. Estaba hecho todo un hombre. Su amiga la miró de reojo. No te engañes. Un tipo como ese nunca va a poder estar bien con nadie. Andrea levantó las cejas. Mauro fue la persona que más me decepcionó en la vida. Eso no te lo voy a negar. Pero lo vi feliz, y no me importa.
Andrea acarició el vaso. Sí, la verdad es que ya no me importa.


Volvió a la casa de Ezpeleta unas horas más tarde. Gonzalo había pedido una pizza y estaba sentado en la cocina mirando un partido de fútbol. Cuando ella abrió la puerta de la casa y lo vio así, comiendo pizza, tomando cerveza, mirando un partido de fútbol, pensó en Mauro; en que a Mauro nunca le había gustado el fútbol, ni la pizza, ni la cerveza. Lo saludó, le comentó algo de la película que había visto. Después fue a acostarse.
Gonzalo se acostó con ella un rato después. Andrea estaba medio dormida. Él empezó a acariciarla. Le besó la mejilla, el cuello, la boca.
Andrea sonrió, despabilándose. Le dijo, apretando los ojos: Ya era hora de que vinieras.


Cuando se casaron todo el mundo los había ayudado. Los padres de él les habían comprado la heladera, y los de ella la cama.
Para elegir la cama Mauro y Andrea habían ido al local juntos. Se habían quedado quietos enfrente de una cama que estaba en la vidriera. El padre miró a Andrea: ¿Te gusta? Probala. Ella se acostó. El padre después miró a Mauro. Dale, probala vos también. Él lo hizo.
Entonces Andrea se sentó en el borde. Miró el precio. No, pá. Es mucho. No vale la pena.
El padre le puso una mano en la frente. Por la plata no te preocupes. Vos dame el gusto, nada más.
Se sentó a un lado de ella, mientras Mauro seguía acostado atrás.

Dale, le dijo el padre, tocando el colchón. Esto es algo que va a quedarte para toda la vida.




4 comentarios:

neurotisartre dijo...

me encantó!

Un desvarío por jueves dijo...

Gracias por leer che !! abrazooo

oh nikita dijo...

muy buenoooo!

blas isaguirres dijo...

Mucho tiempo sin pasar por este blog y sigue todo genial. Muy buen trabajo che. Tenes una forma de escribir que, personalmente, me gusta mucho.