martes, 6 de mayo de 2014

bailar


Hilda entró al departamento nuevo de su hermana Mabel sin saber qué esperar. Sabía, sí, que el departamento era chico; Mabel ya se lo había dicho por teléfono. Lo que a Hilda en realidad le preocupaba era el momento en que iba a tener que enfrentarla.

Solamente habían pasado seis meses desde el accidente. El marido de Mabel había salido a manejar a la ruta y se había dado de lleno contra un árbol. En la autopsia salió que estaba pasado de alcohol. Cuando abrieron el departamento al que se había mudado –él y Mabel estaban separados desde hacía un mes– encontraron dos botellas de champagne vacías y una de ron a la mitad. Lo que todo el mundo sospechaba pero no se animaba a decirle a Mabel era que cuando salió a manejar en ese estado el tipo sabía muy bien lo que estaba haciendo.

Mabel entonces quedó viviendo sola en la misma casa que había compartido con su marido durante más de treinta años. Desde el accidente no podía dejar de hacerse preguntas. Se despertaba llorando y también llorando se acostaba. A veces la llamaba en medio de la madrugada a Hilda para decirle que en esa casa ya no podía respirar. Que quería mudarse cuanto antes. Que estaba dispuesta a bajarle el precio a cualquiera que le ofertara. Pero Hilda la decía que la situación no era la ideal. Que tuviera paciencia. Que solamente había que esperar a que pasara el mal momento.

Pero Mabel vendió. Y lo hizo mientras su hermana no estaba. Hilda acababa de irse a un viaje de cuatro meses por Europa para el que había estado ahorrando y preparándose durante años. Recién supo lo de la venta cuando volvió. Se indignó primero con su hermana y después con su hijo, que tampoco nunca le había comentado nada. La tía me pidió que no te lo dijera, le dijo él. Y ella: Hubiera preferido saber lo que mi propia hermana hacía. Él levantó las cejas. Después, sin contestar, las bajó.

Así que ahí estaba Hilda, frente a su hermana, subiendo en un ascensor diminuto. Ahí estaba, a punto de conocer el departamento que Mabel había comprado a costa de prácticamente regalar su casa. Cuando Mabel le abrió la puerta, la primera sensación de Hilda fue de asfixia. El departamento, contada toda la extensión que veía, no era más grande que la cocina de la antigua casa de su hermana.

Mabel le mostró la habitación y el baño. Después el ventanal, que daba a un balcón con una vista amplia de la ciudad. Hilda no dejaba de repetir: Hermoso, hermoso. Hasta que ya no les quedó otra opción que sentarse frente a frente en los sillones, con la mesa ratona de por medio.

Mabel destapó una cerveza. Sirvió un vaso para cada una, y después de dar los primeros tragos Hilda dejó de mirar la tele para mirar a los ojos a su hermana: ¿Por qué no me contaste? ¿Contarte qué? Por qué no me contaste que habías vendido la casa. Mabel también tomó unos tragos de su vaso. Después lo dejó en la mesa y miró a la otra con los codos en las rodillas: Oíme, ¿me apoyás en esto? ¿A qué te referís? A lo que te digo. ¿Me apoyás en esto o no? Hilda se acarició el mentón con el índice. Su hermana la miraba muy fijo a los ojos. Por supuesto que te apoyo, dijo al final. Mabel se levantó: Entonces no hace falta que te explique nada.

Caminó hasta la heladera y volvió con otra lata. Después de destaparla y dejarla sobre la mesa se encerró en el baño. Estuvo varios minutos ahí. Hilda se acomodó en el sillón, tomó un trago más. Se puso a mirar la tele. Estaban dando una película.

“¿Me apoyás en esto?” ¿Qué había querido decirle su hermana?

Recordó algunas de las conversaciones que había tenido con ella antes de irse de viaje. Una en particular. Mabel, por teléfono: ¿Vos cómo hiciste? ¿Cómo pudiste superar que un hombre desapareciera de tu vida así, de un día para el otro, después de tanto tiempo?

Hilda recordó que en ese momento había tenido el impulso de contestarle a su hermana que no, que al divorcio todavía no lo había podido superar. Pero no lo hizo. En lugar de eso se acomodó el teléfono en la otra oreja y le contestó: Soy realista, Mabel. Soy realista y vos también tenés que serlo. No podés regalar tu casa. No podés regalar lo único que le vas a poder dejar a tus hijos.

“¿Me apoyás en esto?” Hilda seguía pensando en eso cuando su hermana volvió del baño.

Mabel tomó otro sorbo de cerveza. Preguntó qué película estaban dando y su hermana le dijo que no sabía, pero que parecía ser interesante. Mabel había encendido el horno para hacer unas empanadas y también había cerrado la ventana así que empezaba a hacer calor. Hilda se sacó la blusa y enseguida también se sacó su buzo Mabel y, cuando lo hizo, Hilda notó lo delgada que estaba su hermana. Estás linda. Perdiste mucho peso. Mabel sonrió. Sí. Estoy yendo al gimnasio todos los días. ¿Todos los días? Todos los días. Cuando vuelvo de trabajar. Voy a uno que queda acá enfrente.

Y no terminaba de dejar el buzo en la silla, que los ojos se le encendieron y la cara se la transformó: Justamente ayer empecé una clase que es para morirse. Y se largó a reír. Antes de contarlo, ya se estaba riendo.

Hilda sonrió para acompañarla, pero sintiendo en el fondo que su hermana no estaba bien.

A esta clase me la recomendaron, empezó a contarle Mabel. Yo me anoté sin saber muy bien a qué me anotaba. Resulta que entramos y somos todas mujeres, unas cincuenta. De todas las edades. Pero la mayoría chicas, de veinte o de treinta. Muchas de treinta. El tema es que en un momento, yo no tenía ni idea, se apagan todas las luces y solamente queda brillando una bola de boliche. Y ponen música a todo lo que da. De repente miro –por suerte yo estaba bien al fondo– y todas las chicas que están alrededor mío empiezan a bailar. Empiezan a hacer una coreografía. ¿Una coreografía? Sí, contestó Mabel, conteniendo la risa para poder seguir: La profesora adelante de la clase las guiaba. Pero era como si todas la supieran de memoria. Y se movían como ella, pero con una energía, te juro, que parecían desquiciadas. Para todos lados, dijo Mabel. Yo bailaba intentando seguirlas, pero no podía. Cuando iba para un lado, ellas volvían para el otro. En ese momento me largué a reír como una loca. Imaginate yo, que nunca en mi vida fui a bailar, intentando seguir a esas chicas. Sé que hacía cualquier cosa, pero no me importaba. Era una locura. Mientras bailaba no me podía parar de reír de mí misma, de la locura que estaba haciendo, decía Mabel.

Y mientras lo contaba, se seguía y seguía riendo, como si más que enfrente de Hilda todavía estuviera ahí, en el salón, bailando.

Y su hermana al principio se reía despacio, por seguirle la corriente, pero antes que nada sorprendida. Más que nada sorprendida porque no se acordaba de cuándo había sido la última vez que la había visto a Mabel reírse así.

Pero después, a medida que veía cómo su hermana se seguía sacudiendo sin poder parar encima del sillón, con los ojos rojos, empapados, Hilda también se fue contagiando, también se fue perdiendo, hasta terminar riéndose de verdad.

Hilda con su marido. Mabel también con su marido. Los cuatro en un asado, cuando eran jóvenes, cuando no habían cumplido los treinta años todavía. Mabel se había largado a reír de algo, Hilda no sabía de qué, pero también se reía con ella. Los dos hombres callados, mirándolas desde el otro lado de la mesa. Y la seguridad en Hilda de que se reían solamente porque ellos las estaban mirando. Porque ellos las miraban sin poder entender. 

Ahora el departamento. Los sillones. Las cervezas tibias transpirando sobre la mesa. En el ventanal se veía un sol naranja, cayendo entre los edificios que estaban más lejos. Te juro, decía Mabel, intentando calmarse, nunca me había pasado algo parecido en toda mi vida.






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