martes, 20 de mayo de 2014

las sombras



La anécdota era siempre la misma. Isabel se sentía con mareos y su marido la acompañó al hospital. Le hicieron estudios y un médico con el pelo y los bigotes teñidos, sentado del otro lado del escritorio, les dijo que estaba la posibilidad de que se tratara de un cáncer. Es solamente una de las posibilidades, se cuidó de remarcar.

Pero cuando volvieron a ese mismo consultorio, varios días después, los recibió un médico distinto. Abría y cerraba una carpeta sobre su escritorio. Mil disculpas. Se habían traspapelado los resultados de los análisis. Isabel no tenía cáncer. Estaba embarazada.

Así que Mara, el producto de ese embarazo, creció escuchando la anécdota. Su madre tenía el tic de repetirla en fiestas y cumpleaños. Cuando me embaracé de ella, la señalaba siempre Isabel, pensé que era un cáncer.

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Dos años después de que Mara naciera, Isabel dio a luz a Fernando. Desde un comienzo el favorito de Isabel fue el varón. Era rubio y de ojos claros como ella, mientras que en la nena empezaban a notarse los rasgos angulosos y poco agraciados del padre. Cuando entraron en la adolescencia las diferencias se volvieron todavía más notorias. Fernando y Mara parecían ser hijos de padres distintos, o, bien mirado, él había heredado lo mejor de los dos, mientras que ella no parecía haber sido bendecida en ningún aspecto.

También de carácter los hermanos eran muy diferentes. Mara creció siendo una chica introspectiva y solitaria. Fernando, en cambio, no podía estar nunca quieto en el mismo lugar. En el colegio eran pocos los que no sabían su nombre. Eran pocas las chicas que no tartamudeaban cuando él se les acercaba a charlar. Tenía también caprichos que Isabel satisfacía enseguida a costa del sacrificio de su marido. Luis, que era el que aportaba el único ingreso de la casa, nunca se sentía en condiciones de negarle algo a su mujer. Desde el momento en que se habían puesto de novios la había venerado, y para cuando se casaron cada uno ya tenía bien delimitado su rol. Isabel era la mujer hermosa con la que Luis siempre había soñado, y Luis era el hombre atento y sumiso con el que siempre había soñado ella. En este sentido, Mara siempre se sintió más identificada con su padre. La voluntad y los deseos de madre e hijo fueron los que siempre se impusieron en la casa. Ella y Luis, por su parte, se dedicaban a agachar la cabeza. Eran como sombras difusas, opacas, en contraste con el carácter y la luminosidad resuelta con la que andaban por la vida los otros dos.

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A los veintiún años Fernando se fue. Estaba estudiando Derecho y el amigo de un amigo le consiguió un puesto en un estudio bastante prestigioso con el que pudo solventarse el alquiler de un monoambiente en Capital. Nunca más volvería a vivir en provincia. Cuando ya tenía treinta años y era un abogado en plena carrera ascendente se instaló en uno de los barrios más caros del centro y de ahí en adelante sus visitas a la familia empezaron a escasear.

A esas alturas, en la casa solamente quedaban sus padres. Mara también se había ido el año anterior, pero en su caso a Podestá, siguiendo a un hombre que había conocido en un bar y del que prácticamente no sabía nada. Tuvo un hijo con él: Pablo. Al año, año y medio de que Pablo naciera, el hombre desapareció. No dejó una carta. No dejó nada. Se había llevado todas sus cosas de la pensión que alquilaban. Mara ya no estaba en condiciones de mantenerse ni de mantener a su hijo por sus propios medios. Así que a los pocos meses volvió a la casa de sus padres. Es temporal, les dijo apenas llegó con su hijo en brazos.

Pero justo cuando Mara empezaba a acomodarse económicamente, trabajando a doble turno en un jardín de infantes de la zona, su padre murió. En el funeral la gente que lo conocía lloraba o se quedaba mirando el cajón en silencio. Era un pan de dios, este tipo, decían sus compañeros de trabajo. Mara también lloró. Lloró hasta sentir que le ardían los párpados. Un amigo de su padre se acercó a consolarla. Tu viejo no sufrió, querida. Luisito murió durmiendo, como mueren los dioses.

Esa mañana también estuvo su hermano. Hacía varios meses que Fernando no se acercaba al barrio. Fue él el que se hizo cargo de todos los gastos del sepelio. También, antes de irse, aprovechó un momento de distracción de su madre para acercarse a Mara y darle un sobre lleno de fajos de plata. Para todo lo que necesiten vos y mamá. Y enseguida: Y también para todo lo que necesite tu hijo.

Después dejó de existir. Ya no atendió más los llamados de su madre ni los de su hermana. Cuando ellas quisieron ponerse en contacto con el estudio, una mujer primero, y un hombre después, les contestaron que hacía meses que Fernando había dejado de trabajar en ese lugar. No pudieron darles más precisiones.

Una tarde de desesperación, Isabel se tomó un remis hasta el departamento de su hijo y cuando el portero la encontró tocando botones al azar le preguntó a quién estaba buscando. A Fernando, le contestó Isabel. A Fernando Brarda. El portero negó con la cabeza. Nadie con ese nombre vivía ahí.

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Después de la muerte de su padre, Mara ya no pudo abandonar la casa. Al principio porque su madre caía y recaía en crisis depresivas que podían durar semanas y hasta meses, y ella era su único sostén. Pero después, cuando su madre empezó a mejorar, porque la pensión que su madre recibía no era suficiente para mantener la casa y sus gastos. La plata de Fernando se había acabado hacía tiempo.

Así que Mara terminó criando a su hijo ahí, en la misma casa donde ella había crecido.

Pasaron los años. Durante este tiempo Isabel fue envejeciendo y Mara engordando. Isabel nunca dejaba de señalárselo. Te dejaste estar. Te la pasás comiendo todo el día y ya no te pintás. Así no vas a conocer a nadie. Mara no contestaba. Conocer a alguien, de cualquier manera, ya no estaba en sus planes. Ahora Mara se dedicaba por completo a su hijo. A satisfacer todas sus necesidades y deseos, tal como en su momento su madre lo había hecho con Fernando. Soñaba con que a Pablo le fuera tan bien en la vida como le había ido a su hermano menor. En este plan, cuando Pablo terminó el secundario, Mara consiguió un tercer trabajo de portera en un profesorado para poder pagarle la carrera en una universidad privada. Su hijo iba a ser contador. Y era inteligente y buen mozo y carismático. Mara vivía para él. No me abandones cuando seas millonario, le decía en tono de broma cuando lo abrazaba. 

Pablo se fue de la casa a los veintitrés. Conoció a una chica, se enamoraron y se fueron a vivir juntos. Aunque el departamento quedaba bastante lejos, todos los fines de semana Pablo volvía a la casa a visitar a su madre. Cuando lo hacía, sentía cada vez más rechazo hacia Isabel. Su abuela se estaba poniendo cada vez más vieja y enfermiza. Una tarde las encontró a las dos en un rincón del patio. Cuando se acercó vio que su abuela estaba semidesnuda, tirada a un costado de la escalera, gimiendo de dolor, y que su madre le estaba diciendo algo. ¿Qué pasa? Mara se levantó. Por la forma en que ella escondió la cara, él se dio cuenta de que estaba llorando. Pablo, andá para la casa. Decime qué pasa. Andá para adentro y esperanos ahí, volvió a contestarle su madre. Pablo entonces se agachó para intentar levantar a Isabel, pero apenas le tocó un brazo la mujer empezó a gritar y a retorcerse. Déjenme, gritaba la vieja. Déjenme. Pablo miró a su madre: ¿Qué le pasó? No se quiere levantar, contestó Mara. ¿Pero se lastimó? No, está bien, pero no se quiere levantar. Después Mara se volvió a inclinar sobre Isabel. Andá, hijo. En serio te lo pido. Que estés acá es peor.

Pablo le hizo caso. Entró a la casa, se sirvió un vaso de agua. Media hora después vio cómo su madre entraba con Isabel. Iban muy despacio; Mara mantenía el ritmo de Isabel, sosteniéndola de un brazo. Recién después de acostarla pudo sentarse tranquila a tomar un mate con su hijo. ¿Siempre te hace lo mismo? Mara chupó la bombilla. Es una mujer grande. Pablo la miró: No es la edad. Esta vieja siempre te trató así. Es tu abuela. Por favor no hables así de tu abuela. Pablo cerró los ojos. Soltó una bocanada de aire. Mara, sin mirarlo, ya estaba cebando otro amargo.

Unos pocos meses después Isabel murió. Cuando Mara lo llamó por teléfono a su hijo para darle la noticia, él se derrumbó en la cama. Lagrimeó, con los brazos estirados en cruz.
Respiró.

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Ahora Mara vivía sola. Por primera vez en su vida, cuando se despertaba a la mañana, y cuando a la noche volvía de trabajar, no tenía a nadie con quien conversar. Nadie a quien hacerle de comer. Nadie que decidiera por ella qué mirar en la tele. Era una sensación extraña vivir sola por primera vez en su vida a esa edad, cuando ya estaba por cumplir los sesenta.

Pablo acababa de ser padre y sus visitas los fines de semana se hicieron más espaciadas. Uno de esos domingos él avisó que no iba a poder pasar. Mara entonces decidió tomarse el tren y pasear por el centro. Fue al museo de Bellas Artes y después recorrió caminando el barrio donde había vivido su hermano. Caminó tanto que cuando volvió a la estación le dolían los pies. El tren andaba con demoras, así que el viaje de vuelta lo tuvo que hacer parada. Al día siguiente amaneció con los pies llenos de callos y llegó media hora tarde a trabajar.

En el cambio de turno Mara se sentó a descansar en el patio. Una compañera de trabajo que durante la mañana la había visto renguear se acercó y le preguntó qué le estaba pasando. Charlaron un rato largo, mientras almorzaban. Mara le contó que a veces se despertaba de madrugada, con la espalda y los dedos de los pies llenos de un sudor frío, con el corazón como saliéndosele de lugar, y que en la oscuridad escuchaba la voz de su madre. De su padre. De su hermano. De su hijo. De todas las personas que en su casa habían vivido. Al final la chica, una maestra que terminaba de recibirse y no debía tener más de treinta años, le recomendó que consultara a un psicólogo.

Mara lo hizo a las dos semanas, después de arreglar los trámites con su obra social. La psicóloga era varios años más joven que ella. Tenía una sonrisa cálida. Mara se sintió cómoda desde el principio. Los ataques de pánico durante la madrugada desaparecieron. En la quinta o sexta sesión la psicóloga le preguntó por el recuerdo más lejano que tuviera de su infancia. Mara miró la pared. Se acordaba de una noche: la luna en el centro del cielo negro, ella despierta, con tres o cuatro años, sentada en la cama, mirándola. Pero después, enseguida, tuvo otro recuerdo más.

Yo tenía cuatro años, dijo Mara. Era verano. Estábamos en una pileta mi hermano y yo. Era una pelopincho chica, con el agua por acá –y Mara se señaló la pierna unos centímetros arriba del tobillo–. Pero en un momento mi hermano, que tenía un año y medio o dos y recién aprendía a caminar, se resbaló. Quedó sumergido. En ese momento justo llegó a casa papá. Entró al patio y cuando vio lo que estaba pasando se puso a gritar. Tiró el portafolio en el pasto y se acercó corriendo y lo sacó a Fernando del agua. Yo de todo esto no me acuerdo. Tengo la imagen de mi hermano vomitando. Pero no sé si lo vi de verdad o si nada más lo soñé. Esa tarde era mamá la que nos estaba cuidando. Ella después contaba que justo había entrado para atender el teléfono.

La psicóloga dejó de mirar a Mara para hacer una anotación.

Esa noche, dijo Mara, y esto sí me lo acuerdo con claridad, mamá y papá no dejaban de mirarme. Tengo esa imagen. Ellos en la cena, mirándome de una forma. No sé. Durante muchos años ellos siguieron hablando de esa anécdota. Papá decía que cuando llegó al patio, Fernando estaba tirado abajo del agua, con los ojos abiertos, y que yo estaba parada a un costado, mirándolo sin hacer nada. Quieta como él. Y que si papá no hubiera llegado en ese momento, decían, no saben lo que hubiera podido pasar.

La psicóloga se apuró en hacer otra anotación. Después, cuando volvió a levantar la mirada, se sorprendió al descubrir que Mara estaba llorando. Hace muchos años que no pensaba en esto. Extraño mucho a mi hermano. Lo extraño mucho de verdad. La psicóloga se removió en su sillón. ¿Pero vos hiciste algo para verlo? Quiero decir, ¿buscaste ponerte en contacto con él? Sí, pero no sé dónde encontrarlo. Hace muchos años que no sé nada de él.

Lo que Mara tampoco sabía, era que en ese preciso momento, pero a muchos kilómetros de ahí, su hermano Fernando empezaba a sentir una punzada en la nuca. Un dolor intenso. Como algo que lo mordía. Soltó los papeles sobre su escritorio. El empleado que lo miraba sentado frente a él dudó unos segundos si levantarse o no. Doctor. Doctor, ¿se siente bien? Fernando tenía las dos manos apoyadas en la nuca. Era como si un perro lo hubiera mordido justo en ese punto, y ahora el dolor se empezaba a expandir, tensándole los músculos en los hombros y en la espalda. Le hizo un gesto con la mano a su empleado: Vaya. Vaya. Termino de mirar estos papeles y lo llamo, dijo, con las últimas gotas de aire.

Recién cuando quedó solo en la oficina se sacó la corbata y empezó a gemir sin vergüenza. El dolor era asfixiante. Fue al baño, se mojó la cara y de golpe mientras lo hacía la boca se le llenó de saliva, y se encorvó y vomitó una bilis viscosa que quedó pegada en el borde del inodoro.

Después se miró en el espejo. Tenía los ojos empapados.

Varias horas más tarde, ya de noche, Fernando le terminó confesando a su mujer lo que esa tarde le había pasado en la oficina. Estaban acostados. Su mujer le dijo: No sé qué esperás para ir al médico. Él acomodó la almohada. Dejá de insistir con eso. Los médicos no sirven para una mierda. Su mujer dejó de acariciarlo. Dios. Sos tonto. Sos tonto, Fernando. ¿Hace cuánto tiempo venís así? Fernando chasqueó los labios. Después se dio vuelta en la cama y apagó la lámpara de la mesita de luz. Pero su mujer le siguió hablando en la oscuridad: Decime, ¿qué es lo que tiene que pasar para que te convenzas de que no podés seguir así?

Decime, contestame por favor esta pregunta.

Fernando cerró los ojos. Mientras su mujer hablaba, se acomodó en la mejor posición para quedarse dormido. Y estaba a punto de hacerlo, cuando una imagen lo despabiló. Abrió los ojos en la oscuridad.

Navidad. Su madre con una copa de sidra en la mano, un rato después de brindar: Cuando me embaracé de ella, pensé que era un cáncer.

Mara no debía tener más de doce años.

Fernando tragó saliva.

No importa lo que pienses, le dijo su mujer. Le puso una mano en la frente. Tarde o temprano vas a tener que hacerte ver.




2 comentarios:

oh nikita dijo...

este cuento parece la estructura comprimida de una novela, qué pensas vos?

buenísimo, como siempre!

Un desvarío por jueves dijo...

jaaa buena idea