martes, 13 de mayo de 2014

última noche


En el bar había poca gente así que pudieron elegir donde sentarse. Valeria señaló la mesa que estaba enfrente de la barra pero Esteban encaró directo para el lado del ventanal. Qué tomás. Un daikiri de frutilla, dijo ella. Esteban miró la carta. Bueno, yo creo que voy a pedir un Cuba libre. ¿No te conviene seguir con Fernet? Esteban negó con la cabeza. Tengo ganas de tomar algo más dulce. Como quieras, pero acordate de lo que dijo tu viejo: no mezcles más de dos bebidas.

El bar era diminuto, con forma de caja de zapatos. Tenía un ventanal en el frente que daba a una plaza llena de gente que iba y venía. Sonaba música reggae a bajo volumen, el ideal para conversar. Pero Esteban y Valeria tomaban sorbos de sus tragos sin hacer más comentarios que: Hace calor. Sí. Está rico el trago. Más o menos. El mío me parece que está pasado de ron. ¿A qué hora llegarán? Ni idea: Ya tendrían que estar acá.

Y después solamente miraban por el ventanal a la gente que pasaba.

Esteban estaba pidiendo otro Cuba libre cuando Federico y Carolina llegaron. El bar prácticamente ya se había llenado pero ellos les habían guardado las sillas. Buenas, ¿cómo están? Bien, por suerte, ¿tuvieron problemas para venir? Está medio escondido el bolichito. No, la verdad es que llegamos sin problemas. Es muy lindo, dijo Carolina, mirando las fotos en las paredes. Siéntense, les dijo Esteban. ¿Qué quieren tomar? ¿Fede, me seguís con el Cuba libre? Mirá, prefiero cerveza. Sí, estuvo toda la noche tomando cerveza, lo miró Carolina: Mejor que no mezcle. Bueno, te pido una cerveza entonces. ¿Y vos, Caro? Yo tomo cerveza con él, quizás después me pida otra cosa.

La mesera trajo una cerveza. Carolina y Federico la probaron. Riquísima, dijo Carolina. Esteban le puso una mano en el hombro a Federico. Hacía mucho que no nos veíamos, viejo. Nos colgamos, sí. Tendríamos que hacer esto más seguido.

Esteban le dio un sorbo a su segundo Cuba libre. Valeria, a un costado, lo miraba de reojo.

**

A eso de las cuatro de la mañana la mesa estaba llena de botellas y en el cenicero ya no entraban más puchos. Esteban se había pasado a la cerveza y ahora pedían una cada media hora, pero la mesera nunca levantaba las que terminaban de vaciar. Valeria iba por su segundo daikiri. Ella y Carolina se largaban a reír de cualquier cosa y casi gritando, y Federico y Esteban se decían entre ellos: Ya deben estar borrachas. Y después les decían a ellas: Dejen de hacer papelones. Pero las chicas se reían todavía más.

Esteban y Federico se hicieron un gesto y fueron al baño. Mientras meaba Esteban esperó a que se fuera un pibe que se estaba peinando de cara al espejo y después lo miró a Federico: Loco, tengo de eso. Federico levantó las cejas. Tentador, pero tengo que manejar. Son las cuatro recién. Sí, pero ya no tengo la resistencia de antes. Hace un par de meses tomé con Charly y después ya no sabía dónde estaba parado. Me terminé durmiendo como a las doce del otro día. Lo traje para vos, dijo Esteban. La vamos bajando con cerveza. No, paso. En serio. Aparte Carolina se da cuenta enseguida. Mirá vos, ahora que estás de abogadito y demás ya no sos el mismo. Ya no tenemos veinte, padre; se pasó el tren. A vos se te pasó el tren, gordo, dijo Esteban. En la panza se te nota. Panza de resignado tenés.

Carolina y Valeria, mientras sus novios estaban en el baño, habían dejado de reírse para empezar a charlar. Carolina hablaba de su trabajo y Valeria de sus estudios. ¿Cómo está todo con Esteban?, le preguntó Carolina después, ¿mejor? Mejor, por suerte, sí. Carolina encendió un cigarrillo: Se le nota, lo veo mucho más tranquilo. Es que está más tranquilo. Creo que le hizo bien el nuevo trabajo. ¿Dónde está ahora? Está de repartidor en el Zeni de Primero de Mayo. Maneja una camioneta. Fue todo un cambio, ahora por lo menos se lleva bien con los compañeros. En la fábrica se peleaba todo el tiempo. Ah, ¿sí? Sí, con los compañeros y con el jefe. Valeria se acarició la pulsera: Por eso lo echaron. Porque se agarró a trompadas con el jefe. Carolina tomó un sorbo. Pero bueno, siguió Valeria, eso fue hace un par de meses, igual. Ahora por suerte la cosa cambió. Le gusta trabajar en la calle. Así que es una buena noticia. Carolina soltó un hilo largo de humo. Después miró la ventana: ¿Y con el tema del padre? Perdoname que te lo pregunte así, ¿pero sabés algo de eso? Valeria levantó los codos de la mesa. Sí. Bueno, es un tema complicado para él, pero sí, la verdad es que también lo noto mucho mejor en eso. Pasa que... Esperá, después la seguimos. Ahí viene.

Esteban y Federico se sentaron a un lado de ellas. Federico tomó un trago largo de su vaso. También tomó un trago largo Estaban. La cerveza estaba casi vacía. Che, estaría para salir a dar una vuelta. Hace mucho calor acá. Vamos a la plaza. Compramos un vino acá y brindamos ahí. ¿Te dejarán salir con la botella? Calculo que no va a haber problema. Igual ahora le pregunto a la mesera. Bueno, dale. Dale. Me parece una buena idea.

**

En la plaza casi no había gente ya. Carolina y Valeria se sentaron en un banco; Federico y Esteban, parados enfrente de ellas, tomaban el vino espumante del pico. Qué noche más linda, dijo Carolina mirando el cielo. Todo estaba oscuro, pero más para allá, en el horizonte, entre los edificios, se veía que empezaba a aclarar.

Esteban le acercó la botella a Valeria. ¿Querés un poco? Valeria negó con la cabeza. ¿Y vos? Carolina dijo: Un poco sí. Tomó un trago y después le dio la botella a Federico. Esto ya está medio caliente. ¿Querés que vaya a pedir vasos con un par de hielos? No, no importa, ya se termina. Esteban se abrió de brazos: ¿Pero no vamos a tomar ninguno más? Vamos gente, la noche es joven. Federico sonrió mirando para otro lado. ¿Otro te querés tomar? Yo ya estoy. Sí, gordo, dijo Valeria, basta que tenés que manejar. Pero yo me siento intacto. Para mí, y Esteban levantó la botella en el aire, esto a mí no me hace nada.

Federico encendió un cigarrillo y se sentó en el banco a un costado de Carolina. Bostezó. Se quedó mirando el piso. Su novia también miraba para abajo. Un grupo de chicas que salían de bailar pasó por la vereda de la plaza, a pocos metros de ellos, y Esteban las siguió con la mirada. Las chicas se reían, aplaudían, cantaban. No debían tener más de veinte años. Mirá esas burras, Fede. Federico sonrió, también sonrieron Carolina y Valeria. ¿Te acordás, Fede? ¿Te acordás vos lo que éramos? No te vas a tomar otro vino, dijo Valeria. Esteban se largó a reír. Yo me siento intacto, dijo.

Escupió. Revisó su celular. Después, sin decir nada, dejó la botella casi vacía en el piso y cruzó la calle y se metió en el bar. Carolina lo miró a Federico. ¿Y este adónde fue? Federico tiró el cigarrillo. Ni idea. Habrá ido a comprar algo. Valeria, a un costado, no decía nada. Había sacado su celular y lo miraba sacudiendo un pie.

Esteban volvió después de un rato. Tenía una botella de vino nueva. Federico chasqueó los labios. ¿No entendés que nos queremos ir? Andate, dijo Esteban. Federico se quedó unos segundos mirándolo. Esteban en ningún momento desvió los ojos. Federico notó que su amigo tenía los ojos muy quietos. Ya anduviste haciendo cagadas, dijo en voz baja. ¿Qué? ¿Qué? Repetilo que no te escuchamos. ¿Qué tenés para decir? Federico volvió a chasquear los labios, y Esteban se acercó y le puso la botella casi en la cara. Dale, tomate un trago, padre. Haceme la segunda con este vino que pica. No me dejes tomar solo que tengo que manejar.

Federico vio que su novia lo miraba de reojo, pero igual levantó la botella y tomó un par de sorbos, y después dejó la botella en el piso. Valeria había guardado su teléfono y miraba la plaza con los brazos cruzados. Esteban se acercó y se le sentó al lado, empujándola despacio con el hombro. Corransé que con un poco de amor entramos todos. Las dos mujeres quedaron apretadas en el medio, mientras Federico hacía presión de un lado y Esteban del otro. ¿Qué te pasa que estás tan callada? Valeria levantó las cejas. Ni lo miró. Es raro que estés callada, siguió Esteban. Me sorprende que en los últimos minutos hayas participado tan poco de la conversación.

Carolina, acomodándose en el banco, tosió. ¿Y vos, Caro, todo bien? ¿No querés tomar un poco del vino que traje? Probalo, dale. Es riquísimo. No me gusta, gracias. ¿Pero cómo vas a saber que no te gusta si no lo probaste? Primero tenés que probarlo, y después sí podés decir si te gusta o no. Carolina se mordió un labio. Porque a este vino ya lo probé, y cuando lo probé no me gustó. ¿Cuándo lo probaste? Mirá que este vino es nuevo. No es como los anteriores. Carolina miró a Valeria: ¿Siempre es así cuando salen? Esteban se inclinó en el banco para poder mirar directo a Carolina sin que estuviera su novia de por medio. ¿De qué estás hablando, Caro? ¿Te molesta que te invite un trago de vino? Carolina siguió mirando a Valeria: ¿Siempre se pone así de pesado este pibe? Esteban sonrió. ¿Hace falta que le hables a mi novia de mí como si yo no estuviera? ¿Cuál es el problema? ¿Te molesta que te quiera hacer probar algo que nunca probaste? Te estás poniendo pesado, padre, dijo Federico. Quedate con tu vino ahí. Esteban se largó a reír. Epa. ¿Qué te pasa, hermano? Federico estaba callado, como las dos chicas, mirando la plaza. Esteban no se podía parar de reír. Siento que me soltaste la mano, Fede. ¿Tanto lío por querer pasar un buen momento? ¿Tanto lío por un vino? ¿Qué les pasa, gente?

Basta, dijo Valeria. ¿Basta qué? Basta de molestar. Dejá ese vino ahí y vamos. El vino no se tira, dijo Esteban. ¿No te lo enseñaron a eso en tu casa? ¿Que el vino no se tira?

Carolina se levantó. Bueno, perdoname, Vale, pero nosotros nos tenemos que ir. ¿Vamos, gordo? Federico dudó unos segundos. Pero al final también se levantó. ¿Te vas, Fede? ¿Me vas a dejar solo con este vino? Federico se pasó una mano por la cara. Miró para arriba. El cielo empezaba a clarear. Ya es tarde. Tengo un viaje largo de vuelta. ¿Y el vino? ¿Vas a dejar que me lo tome yo solo? Dejalo ahí. La próxima nos tomamos otro.

Esteban levantó los hombros, abrió los brazos, cerró un solo ojo: ¿De verdad? ¿Me estás hablando de verdad?

Valeria se levantó y se fue caminando atrás de los otros dos. Esteban se quedó unos segundos solo, tomando su vino. Después vio el corcho tirado en el pasto, se levantó, lo agarró, y siguió a Valeria y a los otros caminando rápido hasta alcanzarlos en la esquina. Siento que es la última noche que salimos juntos, dijo. La calle estaba vacía y Federico y Carolina caminaban en el medio, con Valeria a un costado. Esteban los seguía a pocos metros. Gente grande. Gente grande. Siento que los desconozco. De vos Caro no me sorprende nada. Pero de vos, gordo. De vos. Forro, le dijo Carolina. Esteban se largó a reír. Lavate la boca antes de insultarme, mami. Federico se dio vuelta. ¿Qué dijiste? Pero Carolina lo agarró del brazo. Dejalo. Este estúpido no sabe ni lo que dice. Vení con nosotros, Vale, nosotros te llevamos. Este tipo no está en condiciones de manejar. Pero con él qué hacemos, dijo Valeria. ¿Lo quieren dejar así?

Vayan, vayan que yo me voy solo, gritó Esteban, mientras se paraba en la puerta de una casa a mear.

Pilló un rato largo. El chorro rebotaba en la puerta, salpicándole las zapatillas, y después bajaba por la vereda hasta mezclarse con el agua del cordón. Cuando vio que ya estaban lejos, sacó el papel de su bolsillo y aspiró. Cerró los ojos: Última noche. Sí. Última noche.

Cuando volvió a caminar vio que a su novia y a Federico y a Carolina los habían interceptado un grupo de pibes. Él se acercó apurando el paso, con la botella casi vacía en la mano. A pocos metros pudo ver que eran cuatro, y que Federico les daba un cigarrillo, y que ahora le estaban diciendo cosas a Carolina y a Valeria. Las dos mujeres retrocedían, queriendo irse por un costado, pero los pibes les querían cerrar el camino. Federico se había empezado a hablar con uno de cerca.

Cuando Esteban llegó se puso enfrente del que le estaba hablando a Valeria. Andá a dormir, le dijo. El pibe se acomodó la gorra. ¿Es tu hermana? Es mi novia, andá a dormir. El pibe se largó a reír y otro que estaba más atrás le gritó a Valeria: ¿Salís con este gato y te hacés la exquisita? ¿Gato, me dijiste?

Valeria le dijo a Esteban: Gordo. Por favor.

Esteban no la miró. Avanzó dos pasos y desde ahí sin hacer o decir nada que sirviera de aviso le puso una trompada al pibe en el cuello, a la altura de la nuez. El pibe cayó y quedó tirado en el pavimento, retorciéndose con espasmos. Cuando los que estaban mirando se quisieron acercar, Esteban estampó la botella contra el piso y los pedazos de vidrio saltaron por todas partes. Dale, le dijo al que estaba más cerca. Cagón hijo de puta. Dale. El pibe no se movió, pero Esteban le agarró un brazo y se lo dobló, y cuando el pibe quedó agachado le apretó el cuello con una llave y empezó a pegarle en la nariz y en la boca con los nudillos gruesos y salientes, bien blancos de tan apretados, hasta que la sangre empezó a chorrear. Pará, flaco, le gritaban los pibes. Uno tenía las manos en la cabeza. También gritaban Valeria y Carolina. Esteban. Esteban. Esteban por favor pará.

Valeria lloraba.

Cuando Esteban lo soltó tenía la camisa celeste manchada de sangre y el pibe cayó con un golpe seco y se desarmó en el pavimento como una bolsa de frutas. Los miró a los otros pibes. Quién. Dale. Quién.

Uno de los pibes se había acercado al que tenía espasmos. El otro, pálido, encorvado, levantaba las manos: Flaco, ya está. Mis amigos están borrachos. No les hagas caso.

Esteban se le acercó enseguida pero justo antes de que pudiera hacer nada lo agarró Federico y lo fue llevando para atrás. Cagón hijo de puta, gritaba Esteban, intentando sacarse de encima a Federico. A mi novia me la cojo yo nada más. A mi novia me la cojo yo nada más. Y después la señaló a Carolina: Y a ella también me la cojí. A ella también me la cojí.

Siguió forcejeando hasta que Federico lo soltó en la esquina. Los pibes ya se estaban yendo. Al que tenía la cara destrozada lo cargaban de a dos. Esteban les seguía gritando, parado solo en medio de la calle. Recién se quedó callado cuando vio que Valeria lo miraba a un costado.

Un poco más allá, también lo miraban Carolina y Federico.

Qué pasa, les dijo, limpiándose las manos en la camisa. No los puedo dejar dos minutos solos.

Sos un enfermo, dijo Carolina.

Federico empezó a caminar hasta el coche. Carolina lo siguió de atrás. Solamente Valeria se había quedado quieta, enfrente de él, mirándolo: ¿Qué dijiste? ¿Que qué dije? Lo que escuchaste. No puedo dejarlos dos minutos solos.

Valeria se dio vuelta, empezó a caminar para el lado de la plaza.

¿Adónde vas?, le gritó Esteban. Vale. Pendeja. ¿Adónde vas?

Dejó de llamarla cuando vio que una mujer lo miraba desde la ventana de una casa. Andate ya porque voy a llamar a la policía. Una voz de hombre se escuchó desde atrás: Negro de mierda. Está bien, doña, siga tomando mate usted, dijo Esteban, y le escupió la vereda. Ahora si quiere le traigo facturas.

La mujer le dijo algo, pero Esteban ya la había dejado de escuchar.

Esteban ahora miraba para el lugar por donde se había ido Valeria: ya no estaba. Después miró para el otro lado: tampoco estaban Carolina y Federico.

Fue al auto. Dio unas vueltas de manzana buscando a su novia. En una de las esquinas calculó mal y se llevó por delante el espejo de un auto estacionado. Puta. Siguió buscándola, andando más despacio, pero no la encontró.

Después en la ruta aceleró.





2 comentarios:

blas isaguirres dijo...

No hay caso. Sos muy bueno escribiendo.

Un desvarío por jueves dijo...

gracias viejo !!