miércoles, 25 de junio de 2014




La belleza en el fútbol







Hay jugadores que son estéticos. Messi no lo es. Si algún día termina consolidándose como el mejor jugador de la historia, no lo va a ser por su elegancia a la hora de vincularse con la pelota, sino por su efectividad. En 2012, en una faena casi surrealista, hizo 91 goles en 69 partidos. Donde pone el ojo pone la bala. Pero no es un virtuoso. Messi la domina, se "hace pases a sí mismo" al momento de eludir rivales, aclara el espacio o lo intuye o lo inventa, y después directamente acude al pum. Al misterioso pum. Al que siempre después de él termina adentro del arco.

El esteticismo en el fútbol como marca de estilo lo inauguró Maradona. Alcanza con ver cómo pateaba los tiros libres. O cómo la paraba de pecho. Arqueando la columna de tal manera hacia atrás que sus pectorales, al mismo tiempo elevados hacia adelante y hacia arriba, adquirían la forma de la palma de una mano suavemente abierta. Como si la pelota a detener fuera un pájaro al que someter más por el efecto de una caricia que de un impacto. Hizo del fútbol una labor clínica.

Después muchos quisieron imitarlo. El único que lo pudo superar fue Zidane.

Zidane ganó un mundial siendo determinante, el del 98, tal como Maradona lo hizo en el 86, y también llevó a Francia a un subcampeonato, el del 2006, tal como Maradona lo hizo con Argentina en Italia 90. Cómo olvidar la apiolada apilada de Maradona que frente a Brasil desembocó en el gol de Caniggia. En el 2006, con 32 años, Zidane llevaría a Francia a imponerse en una épica similar, destronando al mismo rival, pero sometiéndolo, y en este caso a una versión de la verdeamarela que contaba en su plantel con los mejores jugadores del planeta (Ronaldinho, Kaká, Ronaldo, Roberto Carlos, entre otros), algunos incluso en su plenitud.

Zidane, él solo, y literalmente, se los comió.

Francia terminaría ganando 1 a 0, con un gol de Henry, tras un tiro libre de Gizuh. La ejecución del diez galo fue exquisita. Abriendo el pie hacia afuera en el momento del impacto tal como lo hacía Maradona, generando que la pelota avance sobre un discurrir en su propia órbita en dirección al punto neurálgico del área contraria, y permitiendo de esta manera que el más mínimo roce francés o rival concluyera con la pelota en la red. Una ejecución, entonces, que combina la belleza del movimiento con la efectividad.

El de Zidane frente a Brasil fue un desempeño individual comparable o incluso superior al de Maradona frente a los ingleses. Vale la pena ver el partido entero solo para poder apercibirse de la manera en que un jugador, un solo jugador, es capaz de torcer el rumbo psicológico de un partido. Un Brasil sobrecargado de estrellas poco a poco empieza a entender que el diez rival es la encarnación de un dios en cuyas manos está el arbitrio de absolutamente todo lo que suceda adentro de la cancha. 

El video de abajo destaca las mejores intervenciones de Zidane en ese partido. Algunas parecen irrisorias en relación con el peligro ejercido sobre el arco contrario, pero cualquiera que haya jugado al fútbol en cancha de 7, al menos, sabe que no lo son. Sabe que esas jugadas organizan la respiración de la batalla. Que ayudan a meter a los compañeros en el pulso que es el juego. Lo que Messi hoy genera a través del shock, Zidane lo hacía a través del concepto. Estas jugadas desmoralizan al rival, que debe observar cómo la pelota circula y circula, incluso rodeándola, sin que nunca deje de ser propiedad ajena. 

Dos movimientos que en este sentido rescato: 

Minuto 2:30 del video: Zidane la domina en tres cuartos de cancha rival. Avanza unos metros, atisba el espacio vacío por la derecha, pero no hay ningún compañero ahí. Entonces hace un gesto, mínimo, indicando al carrilero francés que avance hacia ese sector para ocuparlo. Nada más que de repente, inmediatamente después de hacerlo, se da vuelta. Parece que acaba de cambiar de decisión. Mira hacia otro lado, como distraído, aunque sin demostrar vacilación, y a los dos o tres segundos, como si el partido y el movimiento del resto de los jugadores no fuera algo que necesitara abarcar visualmente, sino como si dicho sistema espacial y el deslizamiento azaroso de sus elementos estuvieran ya incluidos en su cabeza, vuelve a girar para darle la pelota al carrilero que, sorpresivamente para todos, menos para él, ya se encuentra en el sector vacío de la cancha que escasos segundos antes había observado.

Minuto 3:15 del video: Zidane elude a un rival con un giro. Trota la cancha con la displicencia de un bailarín representando El lago de los cisnes. Le ofrece la pelota a Rivery. Rivery avanza, observa el tumulto de camisetas amarillas frente a él y no se le ocurre otra idea que devolverle la pelota a Zidane, quien a su vez se halla más rodeado de rivales que él, apretado contra la línea. ¿Pero qué otra cosa podía hacer el joven Rivery que dársela al diez? Entonces la resolución de Zidane es majestuosa: incorpora el pie tal como lo hizo en el tiro libre, lo abre hacia afuera al momento de impactar la pelota, y la pelota se eleva por encima de los brasileros hacia su compañero, ubicado solo en la mitad de la cancha. Ese pase es una decisión del cuerpo de Zidane impredecible, insondable para cualquiera que lo hubiera mirado de afuera, y que señala el extrañamiento sobre la normalidad que es capaz de ejercer un hombre cuyo genio va más allá del promedio. Cada fibra, cada hueso, cada molécula de sangre en el movimiento que Zidane hace está en relación armónica con el espacio y sus elementos (la pelota, el campo, sus compañeros, sus rivales), y en esa armonía está su belleza.       












martes, 17 de junio de 2014

la ola y los focos de colores



Yo tenía veintiún años cuando la conocí. Era una morocha de ensueño. Hermosa, culta y totalmente desquiciada. Siempre llegaba a las reuniones familiares con olor a porro. Tenía los dientes blanquísimos, los labios carnosos, las pestañas siempre pintadas. Que dios me perdone: con pechos muy grandes. Era triste mirarla. Se llamaba Sofía. Acababa de cumplir veintiséis.

Era la hermana mayor de mi novia.

Mi novia y Sofía no parecían hermanas, si uno no sabía que lo eran. Eran muy distintas físicamente y también de carácter. Sobre todo de carácter. Mariana tenía muy en claro lo que quería y los pasos a seguir para conseguirlo. Teníamos pocas semanas de vernos, por ejemplo, cuando me dijo que sabía que yo fumaba porro y me pidió que lo dejara de hacer. Yo no tenía la menor idea de cómo lo sabía, hasta que me enteré de que ella me conocía hacía rato por unos conocidos que teníamos en común, y que ellos se lo habían contado. Cuando lo supe fue como si me tiraran un baldazo en la cara. No era que yo había puesto el ojo en ella como podría haberlo puesto en cualquier otra. Era que ella había liberado el camino para que yo lo pudiera hacer.

Sofía, en cambio, andaba por la vida a los tumbos. De eso también me iba a enterar con los meses, a medida que mi relación con Mariana se consolidaba y empezaba a pasar más tiempo con su familia. Una noche –sería la quinta o sexta vez que la veía–, Sofía se me acercó mientras el resto de sus parientes conversaba a los gritos y su aliento caliente me humedeció el oído: Vos y mi hermana hacen una mala pareja. La miré de reojo: ¿Qué? Pero Sofía ya se había dado vuelta y se estaba yendo por el pasillo.

¿Qué hace tu hermana?, le pregunté a Mariana un rato más tarde. Nada. No trabaja. No estudia. Solamente vive y toma clases de teatro. ¿Es actriz? Así es. O está en plan de serlo.

Me fui de esa casa como con una piedra en el zapato. Si había algo de lo que a esas alturas yo estaba seguro, era de que Sofía por lo general caía en detalles que el resto no. A la reunión siguiente fui decidido a preguntarle qué era lo que la había llevado a decir semejante cosa de su hermana y de mí, pero la chica no estaba. Se había ido de viaje al exterior con dos amigas y por una cosa o por otra no la volví a ver en mucho tiempo. Recién un año después volvimos a coincidir en el cumpleaños de su prima. Sofía estaba mucho más delgada y se le notaba en los ojos los estragos de una racha larga de noches de juerga. Estaba mucho más silenciosa y pálida. Arrasada por el insomnio, la depresión y las pastillas. Seguía siendo la mujer más hermosa que había visto en mi vida. Me acerqué mientras nadie miraba y le pregunté cómo había andado durante todo ese tiempo. Me interesaba saber cada una de las cosas que había hecho en su viaje. Pero Sofía me contaba poco y nada. Hablaba entre bostezos. Al final, aunque no colaboraba el clima de la conversación, se lo pregunté. A qué venía ese comentario que una vez me había hecho acerca de su hermana y yo. Ella me miró con los ojos apretados. ¿Yo te dije eso? Sí, ¿no te acordás? No, la verdad no, me dijo, quizás estaba fumada.

Yo no le creí. Una chica como esa. Tan fina para retener citas y nombres de escritores que nadie conocía y escenas de película y obras de teatro. ¿Cómo no se iba a acordar de algo así?

Durante el año en que Sofía no estuvo en Buenos Aires, Mariana y yo apuntamos la mira al mismo blanco. Nos sentíamos muy conformes con la relación y había planes de convivir. Pero cuando su hermana volvió, las cosas cambiaron. El humor de Mariana era otro. O quizás era otro el mío. Sofía estaba en todas las reuniones. Yo no podía dejar de pensar. Fui a ver a una psicóloga sin contarle nada a Mariana. ¿La amás?, me preguntó en la primera sesión. Yo nunca me había hecho esa pregunta. Creo que no, le dije. ¿Y cómo definirías lo que sentís hacia tu novia, entonces? Pienso, me rasco una ceja. No sé. La quiero, sí. Pero porque es la que está ahí. Es la que apareció.

Esa misma tarde le llevé a Mariana una caja llena de bombones caros. Ella me abrazó: ¿Te dije alguna vez que sos el mejor novio de todos?

Yo iba a la casa de mi novia cada vez más seguido. Era nada más llegar que miraba para todas partes, en esa casa enorme, aristocrática, a ver si estaba Sofía. Y muchas veces estaba, y mientras Mariana preparaba el mate o hacía algo del trabajo, ella y yo nos poníamos a charlar. Tal como siempre pasaba con Mariana, Sofía nunca estaba de acuerdo conmigo acerca de ningún punto de vista que yo le planteara sobre cualquier tema. Pero a veces, cuando los padres no estaban, mirábamos películas. El comedor a oscuras. Los tres apretados en un sillón. Mariana de un lado; Sofía del otro. Tenía el cuerpo de Sofia tan pegado que podía sentir cómo se le inflaba y desinflaba la panza. A veces la miraba de reojo y sus rasgos se movían fantasmales abajo de las sombras de la tele. Y después, cuando miraba para el otro lado, también Mariana tenía los rasgos difusos, cambiantes y azulados. También su cara era algo que me costaba reconocer.

Una noche de ese verano fui a una fiesta con unos amigos. Estábamos en el patio, escuchando a unas bandas. Ya eran las dos y habíamos fumado y tomado mucho. Hasta que vemos en la puerta de la casa la silueta de una chica a contraluz. Ella me mira y sonríe. Su imagen me descoloca. Era Sofía. Es mi cuñada, les cuento a los muchachos. ¿Esa es tu cuñada? Yo digo que sí, tan desorientado como ellos. No sabía que Sofía iba a estar ahí. Cuando se acercó, la gente se fue abriendo para dejarla pasar. Qué hacés acá. Me saludó con un beso en la mejilla. Me abrazó. Se reía. Mientras tocaba una banda de reggae. Había focos de colores colgados de un cable. Era una noche tibia. Sin luna. Con seis o siete estrellas. Mis amigos se fueron. Uno me dijo: Hacé lo que tengas que hacer. Me quedé solo con Sofía. Fuimos a un rincón del patio. Ella prendió un porro. Cuando me lo pasó me temblaba la mano. No sabía qué estaba haciendo. En ese lugar, a esa hora, con la hermana de mi novia. Con una mujer así. Fumé algunas secas. Sofía tenía las pestañas pintadas. Una minifalda negra. Una musculosa azul con estampados de flores. Su cara de perfil. Parecía una diosa, con huesos y sangre por error. El porro que ella había prendido era mejor que el que yo estaba acostumbrado a fumar. A los pocos minutos sentía que todo el mundo me estaba mirando. Que mi ropa no era la adecuada para esa fiesta. Que me iban a matar. Sofía mientras tanto se había apoyado en la pared, al lado mío. Yo no podía articular dos oraciones sin sentirme al borde de decir algo que no quería decir, como que estaba aterrorizado, por ejemplo, o que siempre la había amado. Dije: Linda noche. Y era imposible saber qué era lo que ella había interpretado en una observación tan sencilla. Porque se fue. Vi que se levantaba de la pared y se metía en el tumulto de gente. En los treinta segundos que siguieron intuí las peores desgracias. Después me acordé de que estaba en una fiesta. Tomé un poco de vino. Busqué a Sofía en el caos. Estaba bailando sola, de cara a la banda de reggae. Varios pibes la rodeaban. Me acerqué. Me puse a bailar al lado de ella, también mirando a la banda. Jamás había bailado reggae. Sofía sonrió. Muy bien, gritó, con los ojos rojos y achinados. Muy bien. No había nada qué decir. Yo estaba bailando muy mal. Sofía en cambio se movía como si la música fuera una ola metida abajo de su piel, contra la carne, entre los huesos. Una ola que subía y bajaba y después iba y venía. Llegó más gente. Nos tuvimos que apretar más. Sofía seguía moviéndose despacio, como la onda de un río. Pero ahora apretada a mí. Yo había dejado de bailar. Había renunciado. Sofía ahora estaba bailando casi con los ojos cerrados. Su culo se mecía contra la mano que yo tenía en mi bolsillo. Los dos mirábamos al frente. No hablábamos. Sofía se rozaba contra mí apenas. Yo tenía miedo de romper el delicado equilibrio que permitía ese milagro. De vez en cuando no me quedaba otra que suspirar. Que largar una buena bocanada de aire. Que sacarme de encima toda la tristeza del mundo. En un momento tuve que correrme a un costado para dejar pasar a unos pibes, y con Sofía quedamos algo distanciados, quizás a unos diez o quince centímetros. Pero nos volvimos a acercar mutuamente, poco a poco, cuando en realidad había espacio de sobra para bailar separados. Nunca fui tan consciente de mi cuerpo como lo fui esa noche a través del contacto con el cuerpo de Sofía. Sus nalgas. Sus caderas. Sus muslos. Sus brazos rozando los míos. Moviéndose como una ola en mí. Después la banda terminó de tocar. Nos quedamos sin música. Sofía me dijo que se iba al baño y después no volvió. Cuando entré a la casa vi que estaba hablando con un flaco alto y morocho a un costado de la barra. La saludé, le dije que me iba. ¿Tan rápido? Quedate un cachito más. Le dije que no podía. Me pidió un cigarrillo. Se lo di.

Después me fui.

**

Mi relación con Mariana no duró mucho más. Fuimos a tomar una cerveza. Le dije que ya no estaba enamorado y ella me eliminó de su vida. Ya no me respondió más llamadas ni mensajes. Fue como si nunca hubiera tenido un capítulo conmigo. Yo también me olvidé de ella a los pocos años.

Recién hará un par de meses volví a pensar en Mariana. Estaba con unos amigos en un bar y había salido el tema de conversación de nuestras relaciones pasadas. Entonces les hablé de ella. Les conté que había salido tres años con una chica sin nunca haber estado enamorado. ¿Y para qué te metiste en algo así? No sé, contesté. Y les estaba a punto de decir que en esa época no quería estar solo, cuando tuve lo que se dice un momento de claridad. Uno de esos instantes tan poco comunes en los que por un segundo se cree entender todo. Solté el vaso en la mesa. Fue como un pantallazo: vi a Sofía bailando conmigo en la fiesta. Entonces se me ocurrió que había estado tres años con Mariana nada más esperando una chance, aunque sea una sola, de estar con Sofía en un momento así. Cuando por fin tuve la posibilidad, no la desaproveché. Durante más de media hora con la chica nos dijimos todo sin abrir la boca. Fuimos dos cuerpos tensados por un solo hilo. Después ya no hubo vuelta atrás. A las dos semanas Mariana y yo terminamos. Cuando la dejé de ver a ella también dejé de ver a Sofía.

miércoles, 11 de junio de 2014





Lo sublime en Godzilla







Saramago decía que no le gustaban los efectos especiales en el cine porque le sacan a uno la capacidad de imaginar. El vuelo de ese ovni o la explosión de tal edificio no son lo que yo podría haber imaginado, si no lo que previamente imaginaron otros. Por ese mismo motivo a veces pienso que los efectos me fascinan a mí. La imaginación de otro tipo y su labor sobre la apariencia que vuelve posible, perceptible y lineal lo que en mi imaginación únicamente aparece viciado, casi transparente, fragmentado.

En este sentido Godzilla, de Gareth Edwards, es un despilfarro de fantasía. Impacta, vista en tres dimensiones. Hubo escenas en las que se me apretaron los órganos a la altura de la panza, tensionado por los constantes golpes de shock. La desmesura alcanza a una bellísima escena en la que se puede ver a una decena de paracaidistas atravesando los nubarrones de una tormenta en dirección a una ciudad destrozada, con el Requiem de Ligeti sonando de fondo, la misma música que Kubrick eligió para mistificar el momento en que los primeros ejemplares de la humanidad descubren el monolito en 2001: Odisea en el espacio.

El argumento es modesto, y con genuina humildad no tiene ningún problema en cederle todo el protagonismo de la película a la espectacularidad. Aunque así y todo el autor se permite reponer en boca de sus personajes conceptos básicos y generales que postulan un modo de ver la vida de margen tan amplio que la identificación del público está prácticamente servida: “La arrogancia del hombre está en pensar que controla a la naturaleza y no al contrario”.

El concepto es consecuente con las distintas secuencias en las que aparecen los monstruos. Cada vez que Godzilla y los OTENI están en pantalla algo va a andar mal. Terremotos, tsunamis, inundaciones, volcanes en erupción: todas las grandes catástrofes aparecen referidas y visualizadas. Vapuleado por los efectos visuales y sonoros -fundamentalmente sonoros- de verosimilitud impecable -lo que no debería sorprender en un proyecto de más de ciento sesenta millones de dólares-, hay un momento en que uno es plenamente consciente de su propia finitud y alcanza a experimentar lo sublime. Tus manos aprietan las butacas de forma involuntaria, casi como para asegurarte de que sí, estás ahí, en un shopping del conurbano mirando cine pochoclero, y que nada de lo que pase en la pantalla puede realmente tocarte.

Y sobre toda esa mezcolanza de impresiones, más físicas que conceptuales, cuya mira apunta directo al organismo, la frase ejerce una influencia irrisoria. Pero salís del cine, y esa frase sigue pastando en tu mente, mínima, como un fósforo prendido en medio de un bosque inmenso, o como un puñado de tierra desparramado encima de una cancha de fútbol. Se sabe. Desde que el mundo es mundo, cada tanto la naturaleza dice: Acá estoy. Y un tsunami arrasa una ciudad en cuestión de minutos. Esto está en Godzilla. Pero, ¿y las otras catástrofes que se refieren en la película? ¿Las explosiones de las bombas atómicas en Nagasaki y Hiroshima? ¿La caída de las torres gemelas? ¿Chernobyl? Así que la frase del tipo tranquilamente también podría haber sido: "La arrogancia del hombre está en pensar que controla al mal y no al contrario".

Claro que todos los grandes dilemas pueden bajarse a la vida cotidiana. Si reducimos la trama de Godzilla a su columna neurálgica, por ejemplo, se trata de la locura de un tipo que pierde a su mujer por una mala decisión y lucha por redimirse. Entonces la frase va más acá de la desgracia colectiva para empezar a tocar cuerdas de la vida minúscula de cada uno: "Mi arrogancia está en creer que hay cosas que en su momento pude hacer o evitar, cuando en realidad en las cosas hay una naturaleza que yo no controlo".

Pero cuando salís del cine no hay nada de eso en tu frente. No. Es tu cuerpo el que ahora está pensando en tu lugar. Por el momento las imágenes de Godzilla son lo único que rebota en tu cabeza alienada, chispeando una milésima de segundo antes de volver a desaparecer.






martes, 3 de junio de 2014

la cadena de oro

La despertó un golpazo en el techo. Como si se le acabara de desplomar una pared. Se inclinó en la cama y escuchó unos pasos que se alejaban por la terraza, hasta que de golpe todo quedó callado.

Llamó por teléfono a su vecino. Jorge, hay alguien arriba. Sentí un ruido en el techo. Creo que saltó para tu casa. ¿Llamaste a la policía? No, te llamé solo a vos. Mejor, por ahora no los llames. Vos quedate tranquila y no salgas. Escuchame bien: No salgas.

Marisol se acercó a la ventana casi sin respirar y miró el patio. Era una noche de oscuridad cerrada, no se veía la luna ni una sola estrella. Pero al fondo, a unos pocos metros, ella sabía que estaba su garaje. Y del otro lado del alambrado, el patio de la casa de Jorge. Escuchó un grito. Negro de mierda. No movás un pelo.

Después hubo dos o tres explosiones. Como fogonazos que se prendían y apagaban en la sombra. La ventana donde Marisol tenía la cara apoyada se puso a temblar.

Entonces las luces del patio vecino se encendieron, y un tipo con medio brazo lleno de sangre empezó a correr por el pasillo que daba a la calle. En ese punto Marisol no pudo verlo más. Pero corrió hasta la ventana de la entrada, haciendo adentro de su casa el mismo recorrido que el otro tipo debía estar haciendo en el pasillo de la casa de Jorge, y cuando llegó se escucharon otros dos tiros que hicieron temblar todas las ventanas de nuevo, y vio que el tipo estaba gateando en el pavimento, por momentos arrastrándose, casi fantasmal abajo de la luz de los postes.

Jorge salió a la vereda, se bajó a la calle y se acercó al tipo hasta estar a unos pocos metros. Desde ahí apuntó el rifle y la descarga retumbó en el silencio que se había formado. La cabeza del tipo se desarmó en un montón de gajos.

Marisol se dio vuelta con una crisis de llanto y en el baño empezó a retorcerse con arcadas, a un lado del inodoro, pero tenía el estómago vacío y no llegó a vomitar.

**

Damián entró a la escuela número 37 en el segundo año. Había repetido de curso en el Estados Unidos y no quería volver a viajar todos los días hasta San Martín. La 37 quedaba a pocas cuadras de su casa, eso era lo bueno, aunque el nivel de mujeres bajaba bastante, lo notó ya al primer día de entrar.

En su curso solamente valía la pena Natalia. Era morocha y petisa. Siempre iba al colegio con los ojos pintados y cara de no estar pensando en nada. Cada vez que empezaba el recreo y la chica tenía que levantarse Damián aprovechaba para mirarle el culo, apretado por calzas o jeans celeste claro.

A la salida siempre la esperaba un gordo con una scooter naranja preciosa, bien empilchado, y con la música en los parlantes a todo volumen. Cada vez que salía, Damián lo miraba de reojo. Y después la cruzaba a Natalia en los recreos y le decía de cerca: A tu novio lo mato. Hermosa. A tu novio lo mato.

Y Natalia se reía, le seguía la corriente, pero después el asunto se quedaba ahí. No voy a salir con vos. Sos muy lindo para mí. Damián entonces también se largaba a reír.

Cuando se consiguió una moto lo primero que hizo fue frenarla al lado de la scooter del gordo: Qué lindo fierro que tenés. El gordo se acomodó la gorra. Después se cruzó de brazos y se quedó mirándolo. Natalia justo estaba saliendo del colegio y los vio. Se acercó mirando el piso, con una mano en la nuca. Pero Damián puso primera antes de que ella los alcanzara y se fue.

Sos un pendejo, le dijo Natalia al otro día. Acababa de terminar el recreo. Damián la estaba esperando en el pasillo. La miró a los ojos. Me gustás. Natalia se mordió la boca. No. A vos te gustan los quilombos.

Damián entonces se acercó y la besó en un rincón, contra los baños, mientras nadie miraba.

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Natalia también vivía a pocas cuadras del colegio. A la mañana, cuando el padre salía a trabajar y ella quedaba sola en la casa, Damián pasaba a verla. Siempre hacían lo mismo. Después de cojer, desayunaban juntos y fumaban hasta que se hacía la hora de ir al colegio. A las doce salía él, y un rato más tarde salía ella.

A las pocas semanas también empezaron a verse los sábados. A veces estaban en la casa de él y a Natalia la llamaba Leandro por teléfono. Mientras ella hablaba con el novio, Damián la besaba y la tocaba de atrás, mordiéndole despacio el cuello, hundiéndole la nariz en el pelo y después bajando, bajando, hasta hacerla cerrar los ojos. Después se quedaban un rato tirados, fumando porro, con la música encendida, hasta que se hacía de noche y ella tenía que volver a la casa a encontrarse con Leandro.

Una mañana, a los dos meses, Damián le regaló una cadena de oro. Natalia le preguntó de dónde la había sacado. La hice laburando. Pero si vos no laburás. Damián soltó una paloma de humo en la pieza y Natalia le pegó en el hombro. Oíme: si querés estar conmigo, no te quiero haciendo macanas. ¿Me escuchaste? Sí. Mirame a los ojos. Sí, pendeja, volvió a decirle Damián.

Natalia guardó la cadena en el cajón de su mesita de luz. ¿Qué hacés?, la miró de reojo él. Ponetelá. ¿Estás loco? Leandro me llega a ver con esto y me mata.

Damián chasqueó los labios y se le tiró encima: Olvidate de ese gordo. Seguro no te coje como yo.

Mirá que la tiene más grande que vos.

Damián se largó a reír. Como quieras. Pero seguro que como yo no te coje.

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Cuando Damián salía de la casa de Natalia siempre tenía cuidado. Al lado vivía Marisol, la tía de Leandro. Supuestamente no había problemas cuando se juntaban antes de ir al colegio. Marisol trabajaba y a la mañana no estaba nunca. Pero igual Natalia siempre salía antes por las dudas y se fijaba que estuviera cerrada la persiana y que no hubiera ningún conocido dando vueltas, y entonces sí Damián se iba apurado con la moto apagada hasta la esquina, y ahí la prendía y salía disparado por el pavimento.

Un jueves Marisol amaneció con náuseas. Fue al trabajo después de tomarse unas aspirinas, pero a media mañana se sentía peor. Le pidió el día a su jefe. Estaba llegando a su casa en un remis cuando vio que un muchacho salía de la casa de Natalia. Un muchacho alto y flaco, con gorra y una moto grande y llamativa.

No bien entró a la casa lo llamó a su sobrino. Leandro llegó a la casa un rato después. Se había ido del trabajo sin avisarle nada a nadie. ¿Estás segura, vos? ¿Estás segura de lo que decís? Marisol vio los ojos rojos de Leandro y le puso una mano en el brazo. Ojalá, mi amor. Ojalá estuviera equivocada.

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Ese mismo día, a la salida del colegio, Natalia se dio cuenta de que algo había pasado apenas se subió a la moto de su novio. Leandro andaba muy rápido, doblaba cerrado, mordiendo cordones; casi no frenaba en los lomos de burro. Natalia tenía que apretarle la cintura para no caerse. Qué te pasa, tarado, le empezó a gritar. Si querés matarte matate solo.

Leandro frenó en una plaza. Sentado en un banco, se puso a llorar. Me cagaste, pendeja. Vos me cagaste.

Natalia también se puso a llorar.

Decime quién es. Nadie. Un nadie. Un nadie cualquiera.

Natalia le pidió perdón de rodillas. Le besó las manos. Lo abrazó. Nunca más, le dijo. Te juro por la vida de mi viejo que nunca más.

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Se pudrió todo. Leandro lo sabe. No vengas mañana. Se terminó.

Cuando Damián leyó el mensaje estaba en la esquina con los pibes. Dejó la botella en el piso. Le escribió: Hablemos. No somos pendejos. Hablemos.

Natalia le contestó enseguida: No hay nada que hablar. Metetelo en la cabeza. Se terminó.

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Damián al otro día fue a la casa de Natalia igual. Eran las diez. Tocó el timbre. Ella se asomó a la ventana. ¿Qué hacés acá? Salí ahora, dijo Damián. Si no salís ahora te prendo fuego con todo el barrio. ¿Qué querés? Hablar. Hablar, nada más.

Natalia le abrió la puerta. Él entró y se acercó para besarla. Ella le esquivó la cara. Sos un hijo de puta. ¿No entendiste nada? Entendí. Pero a mí no me vas a cortar por mensaje. A mí me lo decís en la cara. Como quieras: yo lo amo a Leandro. Damián le apretó una muñeca. ¿Por qué de repente te hacés la otra? Natalia lo empujó. Soltame. Damián no la soltó. Vos no lo querés. Vos estás con él por la guita. ¿Qué tiene que ver eso? Estás por la guita. Te cabe el gordo porque la tiene. ¿Eso me viniste a decir? Sí. Que sos una puta. Listo. Ya lo dijiste. Ahora andate de mi casa.

Damián sacó la moto de la puerta arando. Ese día no fue al colegio. Y al otro, ya sábado, se despertó con resaca. Pensó en Natalia. Después se acordó de la cadena de oro que le había regalado. Se preguntó por qué ella no se la había devuelto.

**

Damián había conseguido la cadena un martes. Ese día había faltado al colegio para irse con un amigo a dar vueltas por Ballester. Estaban en moto. El amigo era el que manejaba. Iban hablando de un partido de fútbol que jugaban esa noche, unas horas más tarde, contra otros pibes de Churruca. En un momento el amigo señaló a una vieja que caminaba muy despacio, encorvada, por la vereda de enfrente. No había nadie en la cuadra. Acá, dijo Damián. Acá, contestó el amigo. Entonces frenó la moto y Damián se bajó y se acercó corriendo a la vieja y le arrancó la cadena que tenía en el cuello de un tirón. La vieja le alcanzó a agarrar un brazo y se puso a gritar. Él se la sacó de encima con un codazo. Después le pegó una trompada en el ojo y la vieja cayó al suelo.

Se subió de nuevo a la moto. Pirá. Pirá.

El amigo arrancó rápido y se fueron sin que nadie los viera.

**

Era sábado y Damián se despertó con resaca. Tenía sabor a pasto en la boca. Levantó su celular y le mandó un mensaje a Natalia: Quiero la cadena que te di. Pasaron las horas y Natalia no contestaba. La llamó. No le atendió el teléfono. Recién a las seis de la tarde, mientras tomaba un vino en la plaza con los pibes, le llegó un mensaje de ella: No me molestes más. Puta, devolveme la cadena, le escribió él. Le mandó varios mensajes de ese tipo. Natalia ya no le contestó ninguno.

A las nueve de la noche se juntó con otros dos amigos en la casa de Jhony. Fumaron porro. Siguieron tomando vino. Al vino le pusieron pastillas. Después de un rato Damián tenía un ojo cerrado. Abrió su celular y releyó los mensajes que le había mandado a Natalia a la tarde. Uno decía: Quiero cojerte. Otro: Hablemos. Otro: Metete la cadena en el orto. No se acordaba de haberlos escrito. Agarró el celular y lo tiró contra la pared. Este ya no sabe ni dónde está, dijo uno de los pibes. Tomá, le dijo otro, tomá, para que se te baje. Le alcanzó un papel. Damián aspiró una línea. Después aspiró otra y se encorvó en la mesa y tragó. Pusieron cumbia. Se sentaron en la terraza a tararearla. Siguieron tomando vino. A la una y media, cuando ya no quedaba nada en la heladera, salieron para el boliche.

Quedaba en San Martín. Cuando iban en el auto Damián solamente veía manchas. En el boliche bailó con la conocida de un amigo. La besó. Empezó a tocarla. La chica le preguntó si no le daba para ir a otro lado. Damián le pidió las llaves del auto a su amigo. Su amigo lo miró de reojo: Vos estás todo doblado. Damián le señaló a la chica: Jhony, mirá este gato volador. No me dejés tirado. Su amigo al final le dio las llaves: Más vale que a las seis estés acá en la puerta.

Damián salió con la chica de la mano. En la esquina ella paró para comprar chicles. Él la miró de atrás. Después se dio vuelta y caminó hasta el auto y lo encendió y se fue solo. Agarró ruta 8 manejando rápido, pasando coches por la izquierda y la derecha, con la música alta. Dejó el auto a pocas cuadras de la casa de Natalia. Caminó por las calles vacías, haciendo eses. Se escondió atrás de un árbol, mirando la casa de Natalia. El frente estaba enrejado. En cambio la casa de al lado tenía una medianera de cemento. Damián se subió despacio a la medianera, sin hacer ruido. Después pegó un salto a la medianera que daba a la casa del otro vecino, y se trepó.

Cuando se soltó en la terraza no pudo hacer equilibrio. Cayó al piso. El ruido sonó fuerte y un perro empezó a ladrar. Damián corrió hasta la terraza de la casa de Natalia. Después bajó al patio y se asomó a la ventana de la pieza de la chica. Todo estaba oscuro. Escuchó con atención. No parecía haber nadie adentro. Pero cuando quiso correr la ventana se dio cuenta de que estaba enrejada. Retrocedió. Estiró una mano en la sombra. La reja fría seguía ahí. No se acordaba de la reja y apretó los dientes. Mierda. Mierda.

Se dio vuelta. Estaba volviendo a la terraza cuando un tipo le gritó: No movás un pelo.

Damián salió corriendo por el patio y en la oscuridad explotó un fogonazo.

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Natalia se enteró al otro día. Fue el padre el que se lo contó. Un chorro se había querido meter a la casa. Lo mató en la calle. Después la policía lo ayudó a entrar el cuerpo y a dejarlo en el patio. Le pusieron también un revólver. Así que no tenemos que preocuparnos por eso, le dijo Jorge. Y la abrazó. La verdad es que ya no se puede vivir así.

Natalia tragó saliva.

Recién unas pocas horas después, ya de noche, la llamó su mejor amiga. ¿Te enteraste? Natalia estaba desnuda, recostada en su cama. Leandro al lado se había quedado dormido. La noticia a esas alturas ya había corrido de boca en boca por todo el barrio. Su amiga se lo dijo. Natalia sintió una puntada en el estómago. Cortó. Leandro se despertó a los pocos segundos, cuando Natalia empezó a llorar con histeria. ¿Qué te pasa? La abrazó. Le dio un sorbo de agua. Su novia no reaccionaba. Tenía la boca llena de mocos y lágrimas. Leandro abrió el cajón de la mesita de luz, empezó a revolver entre las cosas buscando los pañuelos. De golpe tocó algo frío y duro en el fondo del cajón, y cuando se dio vuelta tenía en la mano una cadena de oro.