miércoles, 25 de junio de 2014




La belleza en el fútbol







Hay jugadores que son estéticos. Messi no lo es. Si algún día termina consolidándose como el mejor jugador de la historia, no lo va a ser por su elegancia a la hora de vincularse con la pelota, sino por su efectividad. En 2012, en una faena casi surrealista, hizo 91 goles en 69 partidos. Donde pone el ojo pone la bala. Pero no es un virtuoso. Messi la domina, se "hace pases a sí mismo" al momento de eludir rivales, aclara el espacio o lo intuye o lo inventa, y después directamente acude al pum. Al misterioso pum. Al que siempre después de él termina adentro del arco.

El esteticismo en el fútbol como marca de estilo lo inauguró Maradona. Alcanza con ver cómo pateaba los tiros libres. O cómo la paraba de pecho. Arqueando la columna de tal manera hacia atrás que sus pectorales, al mismo tiempo elevados hacia adelante y hacia arriba, adquirían la forma de la palma de una mano suavemente abierta. Como si la pelota a detener fuera un pájaro al que someter más por el efecto de una caricia que de un impacto. Hizo del fútbol una labor clínica.

Después muchos quisieron imitarlo. El único que lo pudo superar fue Zidane.

Zidane ganó un mundial siendo determinante, el del 98, tal como Maradona lo hizo en el 86, y también llevó a Francia a un subcampeonato, el del 2006, tal como Maradona lo hizo con Argentina en Italia 90. Cómo olvidar la apiolada apilada de Maradona que frente a Brasil desembocó en el gol de Caniggia. En el 2006, con 32 años, Zidane llevaría a Francia a imponerse en una épica similar, destronando al mismo rival, pero sometiéndolo, y en este caso a una versión de la verdeamarela que contaba en su plantel con los mejores jugadores del planeta (Ronaldinho, Kaká, Ronaldo, Roberto Carlos, entre otros), algunos incluso en su plenitud.

Zidane, él solo, y literalmente, se los comió.

Francia terminaría ganando 1 a 0, con un gol de Henry, tras un tiro libre de Gizuh. La ejecución del diez galo fue exquisita. Abriendo el pie hacia afuera en el momento del impacto tal como lo hacía Maradona, generando que la pelota avance sobre un discurrir en su propia órbita en dirección al punto neurálgico del área contraria, y permitiendo de esta manera que el más mínimo roce francés o rival concluyera con la pelota en la red. Una ejecución, entonces, que combina la belleza del movimiento con la efectividad.

El de Zidane frente a Brasil fue un desempeño individual comparable o incluso superior al de Maradona frente a los ingleses. Vale la pena ver el partido entero solo para poder apercibirse de la manera en que un jugador, un solo jugador, es capaz de torcer el rumbo psicológico de un partido. Un Brasil sobrecargado de estrellas poco a poco empieza a entender que el diez rival es la encarnación de un dios en cuyas manos está el arbitrio de absolutamente todo lo que suceda adentro de la cancha. 

El video de abajo destaca las mejores intervenciones de Zidane en ese partido. Algunas parecen irrisorias en relación con el peligro ejercido sobre el arco contrario, pero cualquiera que haya jugado al fútbol en cancha de 7, al menos, sabe que no lo son. Sabe que esas jugadas organizan la respiración de la batalla. Que ayudan a meter a los compañeros en el pulso que es el juego. Lo que Messi hoy genera a través del shock, Zidane lo hacía a través del concepto. Estas jugadas desmoralizan al rival, que debe observar cómo la pelota circula y circula, incluso rodeándola, sin que nunca deje de ser propiedad ajena. 

Dos movimientos que en este sentido rescato: 

Minuto 2:30 del video: Zidane la domina en tres cuartos de cancha rival. Avanza unos metros, atisba el espacio vacío por la derecha, pero no hay ningún compañero ahí. Entonces hace un gesto, mínimo, indicando al carrilero francés que avance hacia ese sector para ocuparlo. Nada más que de repente, inmediatamente después de hacerlo, se da vuelta. Parece que acaba de cambiar de decisión. Mira hacia otro lado, como distraído, aunque sin demostrar vacilación, y a los dos o tres segundos, como si el partido y el movimiento del resto de los jugadores no fuera algo que necesitara abarcar visualmente, sino como si dicho sistema espacial y el deslizamiento azaroso de sus elementos estuvieran ya incluidos en su cabeza, vuelve a girar para darle la pelota al carrilero que, sorpresivamente para todos, menos para él, ya se encuentra en el sector vacío de la cancha que escasos segundos antes había observado.

Minuto 3:15 del video: Zidane elude a un rival con un giro. Trota la cancha con la displicencia de un bailarín representando El lago de los cisnes. Le ofrece la pelota a Rivery. Rivery avanza, observa el tumulto de camisetas amarillas frente a él y no se le ocurre otra idea que devolverle la pelota a Zidane, quien a su vez se halla más rodeado de rivales que él, apretado contra la línea. ¿Pero qué otra cosa podía hacer el joven Rivery que dársela al diez? Entonces la resolución de Zidane es majestuosa: incorpora el pie tal como lo hizo en el tiro libre, lo abre hacia afuera al momento de impactar la pelota, y la pelota se eleva por encima de los brasileros hacia su compañero, ubicado solo en la mitad de la cancha. Ese pase es una decisión del cuerpo de Zidane impredecible, insondable para cualquiera que lo hubiera mirado de afuera, y que señala el extrañamiento sobre la normalidad que es capaz de ejercer un hombre cuyo genio va más allá del promedio. Cada fibra, cada hueso, cada molécula de sangre en el movimiento que Zidane hace está en relación armónica con el espacio y sus elementos (la pelota, el campo, sus compañeros, sus rivales), y en esa armonía está su belleza.       












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