martes, 3 de junio de 2014

la cadena de oro

La despertó un golpazo en el techo. Como si se le acabara de desplomar una pared. Se inclinó en la cama y escuchó unos pasos que se alejaban por la terraza, hasta que de golpe todo quedó callado.

Llamó por teléfono a su vecino. Jorge, hay alguien arriba. Sentí un ruido en el techo. Creo que saltó para tu casa. ¿Llamaste a la policía? No, te llamé solo a vos. Mejor, por ahora no los llames. Vos quedate tranquila y no salgas. Escuchame bien: No salgas.

Marisol se acercó a la ventana casi sin respirar y miró el patio. Era una noche de oscuridad cerrada, no se veía la luna ni una sola estrella. Pero al fondo, a unos pocos metros, ella sabía que estaba su garaje. Y del otro lado del alambrado, el patio de la casa de Jorge. Escuchó un grito. Negro de mierda. No movás un pelo.

Después hubo dos o tres explosiones. Como fogonazos que se prendían y apagaban en la sombra. La ventana donde Marisol tenía la cara apoyada se puso a temblar.

Entonces las luces del patio vecino se encendieron, y un tipo con medio brazo lleno de sangre empezó a correr por el pasillo que daba a la calle. En ese punto Marisol no pudo verlo más. Pero corrió hasta la ventana de la entrada, haciendo adentro de su casa el mismo recorrido que el otro tipo debía estar haciendo en el pasillo de la casa de Jorge, y cuando llegó se escucharon otros dos tiros que hicieron temblar todas las ventanas de nuevo, y vio que el tipo estaba gateando en el pavimento, por momentos arrastrándose, casi fantasmal abajo de la luz de los postes.

Jorge salió a la vereda, se bajó a la calle y se acercó al tipo hasta estar a unos pocos metros. Desde ahí apuntó el rifle y la descarga retumbó en el silencio que se había formado. La cabeza del tipo se desarmó en un montón de gajos.

Marisol se dio vuelta con una crisis de llanto y en el baño empezó a retorcerse con arcadas, a un lado del inodoro, pero tenía el estómago vacío y no llegó a vomitar.

**

Damián entró a la escuela número 37 en el segundo año. Había repetido de curso en el Estados Unidos y no quería volver a viajar todos los días hasta San Martín. La 37 quedaba a pocas cuadras de su casa, eso era lo bueno, aunque el nivel de mujeres bajaba bastante, lo notó ya al primer día de entrar.

En su curso solamente valía la pena Natalia. Era morocha y petisa. Siempre iba al colegio con los ojos pintados y cara de no estar pensando en nada. Cada vez que empezaba el recreo y la chica tenía que levantarse Damián aprovechaba para mirarle el culo, apretado por calzas o jeans celeste claro.

A la salida siempre la esperaba un gordo con una scooter naranja preciosa, bien empilchado, y con la música en los parlantes a todo volumen. Cada vez que salía, Damián lo miraba de reojo. Y después la cruzaba a Natalia en los recreos y le decía de cerca: A tu novio lo mato. Hermosa. A tu novio lo mato.

Y Natalia se reía, le seguía la corriente, pero después el asunto se quedaba ahí. No voy a salir con vos. Sos muy lindo para mí. Damián entonces también se largaba a reír.

Cuando se consiguió una moto lo primero que hizo fue frenarla al lado de la scooter del gordo: Qué lindo fierro que tenés. El gordo se acomodó la gorra. Después se cruzó de brazos y se quedó mirándolo. Natalia justo estaba saliendo del colegio y los vio. Se acercó mirando el piso, con una mano en la nuca. Pero Damián puso primera antes de que ella los alcanzara y se fue.

Sos un pendejo, le dijo Natalia al otro día. Acababa de terminar el recreo. Damián la estaba esperando en el pasillo. La miró a los ojos. Me gustás. Natalia se mordió la boca. No. A vos te gustan los quilombos.

Damián entonces se acercó y la besó en un rincón, contra los baños, mientras nadie miraba.

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Natalia también vivía a pocas cuadras del colegio. A la mañana, cuando el padre salía a trabajar y ella quedaba sola en la casa, Damián pasaba a verla. Siempre hacían lo mismo. Después de cojer, desayunaban juntos y fumaban hasta que se hacía la hora de ir al colegio. A las doce salía él, y un rato más tarde salía ella.

A las pocas semanas también empezaron a verse los sábados. A veces estaban en la casa de él y a Natalia la llamaba Leandro por teléfono. Mientras ella hablaba con el novio, Damián la besaba y la tocaba de atrás, mordiéndole despacio el cuello, hundiéndole la nariz en el pelo y después bajando, bajando, hasta hacerla cerrar los ojos. Después se quedaban un rato tirados, fumando porro, con la música encendida, hasta que se hacía de noche y ella tenía que volver a la casa a encontrarse con Leandro.

Una mañana, a los dos meses, Damián le regaló una cadena de oro. Natalia le preguntó de dónde la había sacado. La hice laburando. Pero si vos no laburás. Damián soltó una paloma de humo en la pieza y Natalia le pegó en el hombro. Oíme: si querés estar conmigo, no te quiero haciendo macanas. ¿Me escuchaste? Sí. Mirame a los ojos. Sí, pendeja, volvió a decirle Damián.

Natalia guardó la cadena en el cajón de su mesita de luz. ¿Qué hacés?, la miró de reojo él. Ponetelá. ¿Estás loco? Leandro me llega a ver con esto y me mata.

Damián chasqueó los labios y se le tiró encima: Olvidate de ese gordo. Seguro no te coje como yo.

Mirá que la tiene más grande que vos.

Damián se largó a reír. Como quieras. Pero seguro que como yo no te coje.

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Cuando Damián salía de la casa de Natalia siempre tenía cuidado. Al lado vivía Marisol, la tía de Leandro. Supuestamente no había problemas cuando se juntaban antes de ir al colegio. Marisol trabajaba y a la mañana no estaba nunca. Pero igual Natalia siempre salía antes por las dudas y se fijaba que estuviera cerrada la persiana y que no hubiera ningún conocido dando vueltas, y entonces sí Damián se iba apurado con la moto apagada hasta la esquina, y ahí la prendía y salía disparado por el pavimento.

Un jueves Marisol amaneció con náuseas. Fue al trabajo después de tomarse unas aspirinas, pero a media mañana se sentía peor. Le pidió el día a su jefe. Estaba llegando a su casa en un remis cuando vio que un muchacho salía de la casa de Natalia. Un muchacho alto y flaco, con gorra y una moto grande y llamativa.

No bien entró a la casa lo llamó a su sobrino. Leandro llegó a la casa un rato después. Se había ido del trabajo sin avisarle nada a nadie. ¿Estás segura, vos? ¿Estás segura de lo que decís? Marisol vio los ojos rojos de Leandro y le puso una mano en el brazo. Ojalá, mi amor. Ojalá estuviera equivocada.

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Ese mismo día, a la salida del colegio, Natalia se dio cuenta de que algo había pasado apenas se subió a la moto de su novio. Leandro andaba muy rápido, doblaba cerrado, mordiendo cordones; casi no frenaba en los lomos de burro. Natalia tenía que apretarle la cintura para no caerse. Qué te pasa, tarado, le empezó a gritar. Si querés matarte matate solo.

Leandro frenó en una plaza. Sentado en un banco, se puso a llorar. Me cagaste, pendeja. Vos me cagaste.

Natalia también se puso a llorar.

Decime quién es. Nadie. Un nadie. Un nadie cualquiera.

Natalia le pidió perdón de rodillas. Le besó las manos. Lo abrazó. Nunca más, le dijo. Te juro por la vida de mi viejo que nunca más.

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Se pudrió todo. Leandro lo sabe. No vengas mañana. Se terminó.

Cuando Damián leyó el mensaje estaba en la esquina con los pibes. Dejó la botella en el piso. Le escribió: Hablemos. No somos pendejos. Hablemos.

Natalia le contestó enseguida: No hay nada que hablar. Metetelo en la cabeza. Se terminó.

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Damián al otro día fue a la casa de Natalia igual. Eran las diez. Tocó el timbre. Ella se asomó a la ventana. ¿Qué hacés acá? Salí ahora, dijo Damián. Si no salís ahora te prendo fuego con todo el barrio. ¿Qué querés? Hablar. Hablar, nada más.

Natalia le abrió la puerta. Él entró y se acercó para besarla. Ella le esquivó la cara. Sos un hijo de puta. ¿No entendiste nada? Entendí. Pero a mí no me vas a cortar por mensaje. A mí me lo decís en la cara. Como quieras: yo lo amo a Leandro. Damián le apretó una muñeca. ¿Por qué de repente te hacés la otra? Natalia lo empujó. Soltame. Damián no la soltó. Vos no lo querés. Vos estás con él por la guita. ¿Qué tiene que ver eso? Estás por la guita. Te cabe el gordo porque la tiene. ¿Eso me viniste a decir? Sí. Que sos una puta. Listo. Ya lo dijiste. Ahora andate de mi casa.

Damián sacó la moto de la puerta arando. Ese día no fue al colegio. Y al otro, ya sábado, se despertó con resaca. Pensó en Natalia. Después se acordó de la cadena de oro que le había regalado. Se preguntó por qué ella no se la había devuelto.

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Damián había conseguido la cadena un martes. Ese día había faltado al colegio para irse con un amigo a dar vueltas por Ballester. Estaban en moto. El amigo era el que manejaba. Iban hablando de un partido de fútbol que jugaban esa noche, unas horas más tarde, contra otros pibes de Churruca. En un momento el amigo señaló a una vieja que caminaba muy despacio, encorvada, por la vereda de enfrente. No había nadie en la cuadra. Acá, dijo Damián. Acá, contestó el amigo. Entonces frenó la moto y Damián se bajó y se acercó corriendo a la vieja y le arrancó la cadena que tenía en el cuello de un tirón. La vieja le alcanzó a agarrar un brazo y se puso a gritar. Él se la sacó de encima con un codazo. Después le pegó una trompada en el ojo y la vieja cayó al suelo.

Se subió de nuevo a la moto. Pirá. Pirá.

El amigo arrancó rápido y se fueron sin que nadie los viera.

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Era sábado y Damián se despertó con resaca. Tenía sabor a pasto en la boca. Levantó su celular y le mandó un mensaje a Natalia: Quiero la cadena que te di. Pasaron las horas y Natalia no contestaba. La llamó. No le atendió el teléfono. Recién a las seis de la tarde, mientras tomaba un vino en la plaza con los pibes, le llegó un mensaje de ella: No me molestes más. Puta, devolveme la cadena, le escribió él. Le mandó varios mensajes de ese tipo. Natalia ya no le contestó ninguno.

A las nueve de la noche se juntó con otros dos amigos en la casa de Jhony. Fumaron porro. Siguieron tomando vino. Al vino le pusieron pastillas. Después de un rato Damián tenía un ojo cerrado. Abrió su celular y releyó los mensajes que le había mandado a Natalia a la tarde. Uno decía: Quiero cojerte. Otro: Hablemos. Otro: Metete la cadena en el orto. No se acordaba de haberlos escrito. Agarró el celular y lo tiró contra la pared. Este ya no sabe ni dónde está, dijo uno de los pibes. Tomá, le dijo otro, tomá, para que se te baje. Le alcanzó un papel. Damián aspiró una línea. Después aspiró otra y se encorvó en la mesa y tragó. Pusieron cumbia. Se sentaron en la terraza a tararearla. Siguieron tomando vino. A la una y media, cuando ya no quedaba nada en la heladera, salieron para el boliche.

Quedaba en San Martín. Cuando iban en el auto Damián solamente veía manchas. En el boliche bailó con la conocida de un amigo. La besó. Empezó a tocarla. La chica le preguntó si no le daba para ir a otro lado. Damián le pidió las llaves del auto a su amigo. Su amigo lo miró de reojo: Vos estás todo doblado. Damián le señaló a la chica: Jhony, mirá este gato volador. No me dejés tirado. Su amigo al final le dio las llaves: Más vale que a las seis estés acá en la puerta.

Damián salió con la chica de la mano. En la esquina ella paró para comprar chicles. Él la miró de atrás. Después se dio vuelta y caminó hasta el auto y lo encendió y se fue solo. Agarró ruta 8 manejando rápido, pasando coches por la izquierda y la derecha, con la música alta. Dejó el auto a pocas cuadras de la casa de Natalia. Caminó por las calles vacías, haciendo eses. Se escondió atrás de un árbol, mirando la casa de Natalia. El frente estaba enrejado. En cambio la casa de al lado tenía una medianera de cemento. Damián se subió despacio a la medianera, sin hacer ruido. Después pegó un salto a la medianera que daba a la casa del otro vecino, y se trepó.

Cuando se soltó en la terraza no pudo hacer equilibrio. Cayó al piso. El ruido sonó fuerte y un perro empezó a ladrar. Damián corrió hasta la terraza de la casa de Natalia. Después bajó al patio y se asomó a la ventana de la pieza de la chica. Todo estaba oscuro. Escuchó con atención. No parecía haber nadie adentro. Pero cuando quiso correr la ventana se dio cuenta de que estaba enrejada. Retrocedió. Estiró una mano en la sombra. La reja fría seguía ahí. No se acordaba de la reja y apretó los dientes. Mierda. Mierda.

Se dio vuelta. Estaba volviendo a la terraza cuando un tipo le gritó: No movás un pelo.

Damián salió corriendo por el patio y en la oscuridad explotó un fogonazo.

**

Natalia se enteró al otro día. Fue el padre el que se lo contó. Un chorro se había querido meter a la casa. Lo mató en la calle. Después la policía lo ayudó a entrar el cuerpo y a dejarlo en el patio. Le pusieron también un revólver. Así que no tenemos que preocuparnos por eso, le dijo Jorge. Y la abrazó. La verdad es que ya no se puede vivir así.

Natalia tragó saliva.

Recién unas pocas horas después, ya de noche, la llamó su mejor amiga. ¿Te enteraste? Natalia estaba desnuda, recostada en su cama. Leandro al lado se había quedado dormido. La noticia a esas alturas ya había corrido de boca en boca por todo el barrio. Su amiga se lo dijo. Natalia sintió una puntada en el estómago. Cortó. Leandro se despertó a los pocos segundos, cuando Natalia empezó a llorar con histeria. ¿Qué te pasa? La abrazó. Le dio un sorbo de agua. Su novia no reaccionaba. Tenía la boca llena de mocos y lágrimas. Leandro abrió el cajón de la mesita de luz, empezó a revolver entre las cosas buscando los pañuelos. De golpe tocó algo frío y duro en el fondo del cajón, y cuando se dio vuelta tenía en la mano una cadena de oro.

2 comentarios:

A girl called María dijo...

ufff, increíble relato. de los mejores, te diría. Me encantó.

Un desvarío por jueves dijo...

qué bueno que te gustó, grazie por el aguante !!