martes, 17 de junio de 2014

la ola y los focos de colores



Yo tenía veintiún años cuando la conocí. Era una morocha de ensueño. Hermosa, culta y totalmente desquiciada. Siempre llegaba a las reuniones familiares con olor a porro. Tenía los dientes blanquísimos, los labios carnosos, las pestañas siempre pintadas. Que dios me perdone: con pechos muy grandes. Era triste mirarla. Se llamaba Sofía. Acababa de cumplir veintiséis.

Era la hermana mayor de mi novia.

Mi novia y Sofía no parecían hermanas, si uno no sabía que lo eran. Eran muy distintas físicamente y también de carácter. Sobre todo de carácter. Mariana tenía muy en claro lo que quería y los pasos a seguir para conseguirlo. Teníamos pocas semanas de vernos, por ejemplo, cuando me dijo que sabía que yo fumaba porro y me pidió que lo dejara de hacer. Yo no tenía la menor idea de cómo lo sabía, hasta que me enteré de que ella me conocía hacía rato por unos conocidos que teníamos en común, y que ellos se lo habían contado. Cuando lo supe fue como si me tiraran un baldazo en la cara. No era que yo había puesto el ojo en ella como podría haberlo puesto en cualquier otra. Era que ella había liberado el camino para que yo lo pudiera hacer.

Sofía, en cambio, andaba por la vida a los tumbos. De eso también me iba a enterar con los meses, a medida que mi relación con Mariana se consolidaba y empezaba a pasar más tiempo con su familia. Una noche –sería la quinta o sexta vez que la veía–, Sofía se me acercó mientras el resto de sus parientes conversaba a los gritos y su aliento caliente me humedeció el oído: Vos y mi hermana hacen una mala pareja. La miré de reojo: ¿Qué? Pero Sofía ya se había dado vuelta y se estaba yendo por el pasillo.

¿Qué hace tu hermana?, le pregunté a Mariana un rato más tarde. Nada. No trabaja. No estudia. Solamente vive y toma clases de teatro. ¿Es actriz? Así es. O está en plan de serlo.

Me fui de esa casa como con una piedra en el zapato. Si había algo de lo que a esas alturas yo estaba seguro, era de que Sofía por lo general caía en detalles que el resto no. A la reunión siguiente fui decidido a preguntarle qué era lo que la había llevado a decir semejante cosa de su hermana y de mí, pero la chica no estaba. Se había ido de viaje al exterior con dos amigas y por una cosa o por otra no la volví a ver en mucho tiempo. Recién un año después volvimos a coincidir en el cumpleaños de su prima. Sofía estaba mucho más delgada y se le notaba en los ojos los estragos de una racha larga de noches de juerga. Estaba mucho más silenciosa y pálida. Arrasada por el insomnio, la depresión y las pastillas. Seguía siendo la mujer más hermosa que había visto en mi vida. Me acerqué mientras nadie miraba y le pregunté cómo había andado durante todo ese tiempo. Me interesaba saber cada una de las cosas que había hecho en su viaje. Pero Sofía me contaba poco y nada. Hablaba entre bostezos. Al final, aunque no colaboraba el clima de la conversación, se lo pregunté. A qué venía ese comentario que una vez me había hecho acerca de su hermana y yo. Ella me miró con los ojos apretados. ¿Yo te dije eso? Sí, ¿no te acordás? No, la verdad no, me dijo, quizás estaba fumada.

Yo no le creí. Una chica como esa. Tan fina para retener citas y nombres de escritores que nadie conocía y escenas de película y obras de teatro. ¿Cómo no se iba a acordar de algo así?

Durante el año en que Sofía no estuvo en Buenos Aires, Mariana y yo apuntamos la mira al mismo blanco. Nos sentíamos muy conformes con la relación y había planes de convivir. Pero cuando su hermana volvió, las cosas cambiaron. El humor de Mariana era otro. O quizás era otro el mío. Sofía estaba en todas las reuniones. Yo no podía dejar de pensar. Fui a ver a una psicóloga sin contarle nada a Mariana. ¿La amás?, me preguntó en la primera sesión. Yo nunca me había hecho esa pregunta. Creo que no, le dije. ¿Y cómo definirías lo que sentís hacia tu novia, entonces? Pienso, me rasco una ceja. No sé. La quiero, sí. Pero porque es la que está ahí. Es la que apareció.

Esa misma tarde le llevé a Mariana una caja llena de bombones caros. Ella me abrazó: ¿Te dije alguna vez que sos el mejor novio de todos?

Yo iba a la casa de mi novia cada vez más seguido. Era nada más llegar que miraba para todas partes, en esa casa enorme, aristocrática, a ver si estaba Sofía. Y muchas veces estaba, y mientras Mariana preparaba el mate o hacía algo del trabajo, ella y yo nos poníamos a charlar. Tal como siempre pasaba con Mariana, Sofía nunca estaba de acuerdo conmigo acerca de ningún punto de vista que yo le planteara sobre cualquier tema. Pero a veces, cuando los padres no estaban, mirábamos películas. El comedor a oscuras. Los tres apretados en un sillón. Mariana de un lado; Sofía del otro. Tenía el cuerpo de Sofia tan pegado que podía sentir cómo se le inflaba y desinflaba la panza. A veces la miraba de reojo y sus rasgos se movían fantasmales abajo de las sombras de la tele. Y después, cuando miraba para el otro lado, también Mariana tenía los rasgos difusos, cambiantes y azulados. También su cara era algo que me costaba reconocer.

Una noche de ese verano fui a una fiesta con unos amigos. Estábamos en el patio, escuchando a unas bandas. Ya eran las dos y habíamos fumado y tomado mucho. Hasta que vemos en la puerta de la casa la silueta de una chica a contraluz. Ella me mira y sonríe. Su imagen me descoloca. Era Sofía. Es mi cuñada, les cuento a los muchachos. ¿Esa es tu cuñada? Yo digo que sí, tan desorientado como ellos. No sabía que Sofía iba a estar ahí. Cuando se acercó, la gente se fue abriendo para dejarla pasar. Qué hacés acá. Me saludó con un beso en la mejilla. Me abrazó. Se reía. Mientras tocaba una banda de reggae. Había focos de colores colgados de un cable. Era una noche tibia. Sin luna. Con seis o siete estrellas. Mis amigos se fueron. Uno me dijo: Hacé lo que tengas que hacer. Me quedé solo con Sofía. Fuimos a un rincón del patio. Ella prendió un porro. Cuando me lo pasó me temblaba la mano. No sabía qué estaba haciendo. En ese lugar, a esa hora, con la hermana de mi novia. Con una mujer así. Fumé algunas secas. Sofía tenía las pestañas pintadas. Una minifalda negra. Una musculosa azul con estampados de flores. Su cara de perfil. Parecía una diosa, con huesos y sangre por error. El porro que ella había prendido era mejor que el que yo estaba acostumbrado a fumar. A los pocos minutos sentía que todo el mundo me estaba mirando. Que mi ropa no era la adecuada para esa fiesta. Que me iban a matar. Sofía mientras tanto se había apoyado en la pared, al lado mío. Yo no podía articular dos oraciones sin sentirme al borde de decir algo que no quería decir, como que estaba aterrorizado, por ejemplo, o que siempre la había amado. Dije: Linda noche. Y era imposible saber qué era lo que ella había interpretado en una observación tan sencilla. Porque se fue. Vi que se levantaba de la pared y se metía en el tumulto de gente. En los treinta segundos que siguieron intuí las peores desgracias. Después me acordé de que estaba en una fiesta. Tomé un poco de vino. Busqué a Sofía en el caos. Estaba bailando sola, de cara a la banda de reggae. Varios pibes la rodeaban. Me acerqué. Me puse a bailar al lado de ella, también mirando a la banda. Jamás había bailado reggae. Sofía sonrió. Muy bien, gritó, con los ojos rojos y achinados. Muy bien. No había nada qué decir. Yo estaba bailando muy mal. Sofía en cambio se movía como si la música fuera una ola metida abajo de su piel, contra la carne, entre los huesos. Una ola que subía y bajaba y después iba y venía. Llegó más gente. Nos tuvimos que apretar más. Sofía seguía moviéndose despacio, como la onda de un río. Pero ahora apretada a mí. Yo había dejado de bailar. Había renunciado. Sofía ahora estaba bailando casi con los ojos cerrados. Su culo se mecía contra la mano que yo tenía en mi bolsillo. Los dos mirábamos al frente. No hablábamos. Sofía se rozaba contra mí apenas. Yo tenía miedo de romper el delicado equilibrio que permitía ese milagro. De vez en cuando no me quedaba otra que suspirar. Que largar una buena bocanada de aire. Que sacarme de encima toda la tristeza del mundo. En un momento tuve que correrme a un costado para dejar pasar a unos pibes, y con Sofía quedamos algo distanciados, quizás a unos diez o quince centímetros. Pero nos volvimos a acercar mutuamente, poco a poco, cuando en realidad había espacio de sobra para bailar separados. Nunca fui tan consciente de mi cuerpo como lo fui esa noche a través del contacto con el cuerpo de Sofía. Sus nalgas. Sus caderas. Sus muslos. Sus brazos rozando los míos. Moviéndose como una ola en mí. Después la banda terminó de tocar. Nos quedamos sin música. Sofía me dijo que se iba al baño y después no volvió. Cuando entré a la casa vi que estaba hablando con un flaco alto y morocho a un costado de la barra. La saludé, le dije que me iba. ¿Tan rápido? Quedate un cachito más. Le dije que no podía. Me pidió un cigarrillo. Se lo di.

Después me fui.

**

Mi relación con Mariana no duró mucho más. Fuimos a tomar una cerveza. Le dije que ya no estaba enamorado y ella me eliminó de su vida. Ya no me respondió más llamadas ni mensajes. Fue como si nunca hubiera tenido un capítulo conmigo. Yo también me olvidé de ella a los pocos años.

Recién hará un par de meses volví a pensar en Mariana. Estaba con unos amigos en un bar y había salido el tema de conversación de nuestras relaciones pasadas. Entonces les hablé de ella. Les conté que había salido tres años con una chica sin nunca haber estado enamorado. ¿Y para qué te metiste en algo así? No sé, contesté. Y les estaba a punto de decir que en esa época no quería estar solo, cuando tuve lo que se dice un momento de claridad. Uno de esos instantes tan poco comunes en los que por un segundo se cree entender todo. Solté el vaso en la mesa. Fue como un pantallazo: vi a Sofía bailando conmigo en la fiesta. Entonces se me ocurrió que había estado tres años con Mariana nada más esperando una chance, aunque sea una sola, de estar con Sofía en un momento así. Cuando por fin tuve la posibilidad, no la desaproveché. Durante más de media hora con la chica nos dijimos todo sin abrir la boca. Fuimos dos cuerpos tensados por un solo hilo. Después ya no hubo vuelta atrás. A las dos semanas Mariana y yo terminamos. Cuando la dejé de ver a ella también dejé de ver a Sofía.

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