miércoles, 11 de junio de 2014





Lo sublime en Godzilla







Saramago decía que no le gustaban los efectos especiales en el cine porque le sacan a uno la capacidad de imaginar. El vuelo de ese ovni o la explosión de tal edificio no son lo que yo podría haber imaginado, si no lo que previamente imaginaron otros. Por ese mismo motivo a veces pienso que los efectos me fascinan a mí. La imaginación de otro tipo y su labor sobre la apariencia que vuelve posible, perceptible y lineal lo que en mi imaginación únicamente aparece viciado, casi transparente, fragmentado.

En este sentido Godzilla, de Gareth Edwards, es un despilfarro de fantasía. Impacta, vista en tres dimensiones. Hubo escenas en las que se me apretaron los órganos a la altura de la panza, tensionado por los constantes golpes de shock. La desmesura alcanza a una bellísima escena en la que se puede ver a una decena de paracaidistas atravesando los nubarrones de una tormenta en dirección a una ciudad destrozada, con el Requiem de Ligeti sonando de fondo, la misma música que Kubrick eligió para mistificar el momento en que los primeros ejemplares de la humanidad descubren el monolito en 2001: Odisea en el espacio.

El argumento es modesto, y con genuina humildad no tiene ningún problema en cederle todo el protagonismo de la película a la espectacularidad. Aunque así y todo el autor se permite reponer en boca de sus personajes conceptos básicos y generales que postulan un modo de ver la vida de margen tan amplio que la identificación del público está prácticamente servida: “La arrogancia del hombre está en pensar que controla a la naturaleza y no al contrario”.

El concepto es consecuente con las distintas secuencias en las que aparecen los monstruos. Cada vez que Godzilla y los OTENI están en pantalla algo va a andar mal. Terremotos, tsunamis, inundaciones, volcanes en erupción: todas las grandes catástrofes aparecen referidas y visualizadas. Vapuleado por los efectos visuales y sonoros -fundamentalmente sonoros- de verosimilitud impecable -lo que no debería sorprender en un proyecto de más de ciento sesenta millones de dólares-, hay un momento en que uno es plenamente consciente de su propia finitud y alcanza a experimentar lo sublime. Tus manos aprietan las butacas de forma involuntaria, casi como para asegurarte de que sí, estás ahí, en un shopping del conurbano mirando cine pochoclero, y que nada de lo que pase en la pantalla puede realmente tocarte.

Y sobre toda esa mezcolanza de impresiones, más físicas que conceptuales, cuya mira apunta directo al organismo, la frase ejerce una influencia irrisoria. Pero salís del cine, y esa frase sigue pastando en tu mente, mínima, como un fósforo prendido en medio de un bosque inmenso, o como un puñado de tierra desparramado encima de una cancha de fútbol. Se sabe. Desde que el mundo es mundo, cada tanto la naturaleza dice: Acá estoy. Y un tsunami arrasa una ciudad en cuestión de minutos. Esto está en Godzilla. Pero, ¿y las otras catástrofes que se refieren en la película? ¿Las explosiones de las bombas atómicas en Nagasaki y Hiroshima? ¿La caída de las torres gemelas? ¿Chernobyl? Así que la frase del tipo tranquilamente también podría haber sido: "La arrogancia del hombre está en pensar que controla al mal y no al contrario".

Claro que todos los grandes dilemas pueden bajarse a la vida cotidiana. Si reducimos la trama de Godzilla a su columna neurálgica, por ejemplo, se trata de la locura de un tipo que pierde a su mujer por una mala decisión y lucha por redimirse. Entonces la frase va más acá de la desgracia colectiva para empezar a tocar cuerdas de la vida minúscula de cada uno: "Mi arrogancia está en creer que hay cosas que en su momento pude hacer o evitar, cuando en realidad en las cosas hay una naturaleza que yo no controlo".

Pero cuando salís del cine no hay nada de eso en tu frente. No. Es tu cuerpo el que ahora está pensando en tu lugar. Por el momento las imágenes de Godzilla son lo único que rebota en tu cabeza alienada, chispeando una milésima de segundo antes de volver a desaparecer.






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