domingo, 28 de diciembre de 2014


Escribir un año






1/1/2014

Mientras caminaba desde la casa de mis viejos hasta la estación se me ocurrieron varias ideas. Terminábamos de brindar por año nuevo, chupando por encima de la resaca de lo que ya habíamos chupado la noche anterior, y yo me sentía golpeado por varios temas que habíamos tocado en la mesa con mis viejos y mis hermanos y mi abuelo, y estaba amanecido y además borracho, así que mientras caminaba abajo del sol a eso de las cinco de la tarde para tomarme el tren en la estación y volver a mi casa yo era una sopa hirviente de emociones, alcohol y transpiración, y las emociones me disparaban muchas ideas, y a veces me quedaba en una de estas ideas y me decía: Bueno, retenela, y cuando llegues a tu casa escribila. Desarrollala. Dibujá. Concentrate en algo, en esta sola idea que terminás de tener, que si lo lográs va a ser como si pudieras concentrar todo.

Pero después de la siesta que me pegué en el tren, y que me hizo despertar con dolor de cabeza y la boca entumecida de sabor a pasto, el impulso de escribir algo sobre ese almuerzo de año nuevo ya se me había apagado. Intenté tomar una cerveza más, a ver si lo revivía, pero cada trago que daba rebotaba en mi garganta con todo lo que me había ido metiendo en el estómago sin parar desde hacía día y medio, así que me quedé leyendo un cacho el primer libro que agarré al azar, y a la página, página y media, ya estaba durmiendo de nuevo.

Dormí y dormité durante casi doce horas seguidas, despertándome de a ratos, escuchando cada vez que lo hacía el ventilador que me llenaba de viento la espalda, los pelos, tragando la papa arenosa en la boca de todos los puchos que me había fumado, de alguna manera consciente de que después de toda esa larga noche me tocaba ir de nuevo a trabajar, y también consciente de que la violenta fiebre de ideas que me había abrumado mientras caminaba desde la casa de mis viejos hasta la estación había dejado ciertos residuos, ciertos ecos, que eran los que no me dejaban dormir la rosa del sueño profundamente, como duermen los bebés y los justos y las putas personas planas sin inquietudes, sin cuestionamientos, sin otra sed en la vida que la de despertarse cada mañana para ir a trabajar y venir a hacer eso que sienten vinieron a hacer al mundo.

Me despertaba cada dos o tres horas, con esa fiebre espiritual todavía. Era una tortura, un dolor muy sigiloso, las gotitas de sudor en la frente, en las piernas, en la panza, yo sin aire acondicionado, solo el ventilador, no exageremos, para qué aire, cómo hacían los antiguos sin aire, el calor no es cosa nueva, no idealicemos, no idealicés, por favor, el desastre ecológico, calentamiento global, qué desastre ecológico, todo esto es natural, no humano, natural, pasa y viene pasando desde que el mundo es mundo, Pompeya, los tsunami, ¿aire?, ¿aire para qué?; así, como si discutiera con fantasmas, así me venían las ideas.

Esto es por no haber escrito, me decía, en mis escuálidos raptos de lucidez. El sueño me alternaba como si fuera una ola; venía, subía, me cubría el cuerpo, la cabeza, los pensamientos, y después, con el rebote de la oleada, se volvía a ir. Y cuando se iba, quedaba yo al desnudo, sufriendo los cuarenta grados de ese calor pastoso que transpiraba en mi pieza, respirado una y mil veces por mi estómago, por mi saliva, por mis jugos gástricos embarrados de lechón y vino y cerveza y sidra y fernet, completamente al desnudo, sí, discutiendo con fantasmas, negando cada cosa que me afirmaran, en mi desastre biodegradable, espiritual y corporal, como por ejemplo: esto, todo esto, es por no haber escrito.

No, contestaba yo. No. Con énfasis les contestaba. Con signos de exclamación. Con los pies en el agua de la ola que me podía llevar al sueño y a la paz o directamente al abismo y a la espina dorsal rota y la locura.

Pero los fantasmas insistían: Deberías haber escrito. Deberías haber apoyado el culo en esa silla. Deberías haber encendido ese dinosaurio de PC que tenés y haber escrito que desde eso hay un paso hasta conquistar el mundo.
Tu mundo.
El único.

A veces, lo reconozco, los fantasmas tenían razón. Porque, sí, bien mirado, nada ni nadie me puede frenar. Ahora que lo pienso. Ladrillo a ladrillo yo voy a construir mi casa. Mi refugio. En esta casa van a entrar mi mujer y mis hijos. Mis perros. Mis amigos. Mis viejos, mis hermanos, mis tíos, mis abuelos, todos los vivos, todos los muertos. Todo el mundo va a estar invitado. Y yo, con mi casa, los voy a enamorar. Me van a decir: Qué linda pared. Qué hermoso tu baño. Me gusta cómo plastificaste los pisos. Es mi casa y la hice para mí, por mí, en mí, pero sobre todo para poder invitarlos a ustedes. La levanté con mis manos. Hay vino, cerveza y fernet. Hay miles de noches que pasé desvelado, feliz, soñando con poder invitarlos.

A esta casa invitaría, antes que a nadie, a mi familia. Encendí la lámpara; eran las tres y media de la madrugada. Tomé un sorbo de agua tibia; me hubiera gustado que esté helada. Sé que si me levanto en la heladera la voy a encontrar tal como me gustaría. Pero apago la luz; ya está. El agua cruza mi garganta, se posa sobre los restos que hay en mi estómago en una operación visualmente semejante a la de quien tira un balde de agua sobre bolsas de basura abiertas, descuajeringadas por los perros sobre la ruta, basura que fermenta y humea abajo del sol.
 
Suprimamos lo escatológico. Mientras lo redacto en mi mente, al menos. "Yo invitaría a mi familia a esta casa". Perdón, pero deberías seguir cierta lógica. Cierta ilación. Muchos saltos hablan de una mente sin convicciones, deshilachada en un plano estético y por efecto ideológico (¿o era al revés?). Este mediodía en el año nuevo. Éramos mis viejos, mis hermanos, mi abuelo y yo. El lado paterno de la familia ya es numeroso, con primos con hijos y demás, hoy la pasan por su lado. Así que quedamos nosotros, el núcleo, y el abuelo de mamá. 

A veces, mientras brindaba durante la noche del treinta y uno, me ponía a pensar en mi abuela. Había fallecido el año anterior. Pensaba en ella como se piensa en cosas distantes. En una mujer de la que uno estuvo enamorado mucho, por ejemplo. Una mujer que con uno se portó mal, pero no por mala leche, sino porque simplemente esa mujer no lo quería a uno. O como se piensa en un partido de fútbol que trajo muchas alegrías, en su momento, pero que ahora, después de haber pasado tanto tiempo, después de que hayan circulados otros equipos y otros campeonatos, se empieza a apagar, el gusto de esa gloria empieza a diluirse.

Así. De vez en cuando. Tomando. Con cara de orto. En todas las fotos con cara de orto. Tanto que les causaba gracia a los parientes. Cuando intentaba sonreír, no me salía nada. Nada. El gesto de alguien que muerde un limón.

Pero al otro día, en el almuerzo, después de haber escabiado desde la madrugada con amigos y seguir de largo hasta el mediodía, ya no pensaba ni en equipos de fútbol con glorias pasadas ni en mujeres que alguna vez me hayan desairado, sino que estaba metido de lleno en un presente blando, donde la gente que me rodeaba eran figuras maleables dentro de mi borrachera, gente que yo podía interpelar hasta las últimas consecuencias, o ante la que estaba absolutamente dispuesto a flaquear. Me sentía al borde de mí mismo y mis prejuicios. Dispuesto a romper el rol que con tanto esfuerzo a la hora de aparentar algo que no soy fui construyendo durante todos estos años.

Nos sentamos en la mesa a comer el lechón que había sobrado de la noche anterior. Comí como un troglodita, devorando huesos, carne, cartílagos, como se come en el campo, sin dejar nada. Con mi abuelo le comimos hasta los ojos al chancho. Uno cada uno.


**

28/12/2014

Uno cada uno. No sé adónde iba con esta anécdota, pero acá pasó algo. O quizás no pasó nada. Quizás simplemente me cansé de escribir. Era el primer día del 2014. Y hoy, que el 2014 ya está por terminar, ordenando el caos de archivos en el escritorio de mi PC me encontré con un "Nuevo Documento de Word (3)", y lo abrí por curiosidad, y ahí estaba este texto interrumpido en "uno cada uno" y, abajo, mucho más abajo, una frase escrita en mayúsculas, como un ladrido en el desierto: "No podés más". Entonces me di cuenta de lo borracho que estaba mientras lo escribía, y de por qué no me acordaba de haberlo escrito.

Cuando lo encontré, como si fuera un mandato paterno, supe que me tocaba a mí terminarlo. Cerrar el círculo que se había abierto hacía casi un año atrás. Así empezó el 2014 este tipo, pensé: escribiendo sobre la falta de voluntad a la hora de escribir. Y escribiendo sobre esa misma paradoja, este tipo que ahora soy yo, también lo termina. No sé qué fina línea separa a la pasión de la adicción. Al placer de lo dañino. (Ni tampoco me desvela saberlo.) Pero en ese sentido -puedo corroborar después de esta experiencia- la escritura funciona en mí de la misma forma en que funciona el alcohol.

Me gusto más borracho que sobrio. Cuando chupo puedo volverme otro. Ya no le tengo miedo al ridículo. Cambio de personalidad. Puedo ser alguien que no tiene nada que ver conmigo.

Porque si me preguntaran qué es lo que realmente tiene que ver conmigo, yo respondería: Soy una persona a la que le gusta entender. A todo necesito encontrarle las causas, los mecanismos, la honestidad de los defectos. Es una manía perjudicial para la salud, teniendo en cuenta la cantidad de hechos y datos que emergen y afloran y suceden todo el tiempo en todos lados a mi alrededor mientras yo intento engarzarlos como piezas de Lego, y sobre todo teniendo en cuenta que la experiencia hasta ahora siempre me dictó que esto no se va a terminar de un día para el otro, no, al contrario, esto no se va a terminar nunca, voy a tener que aprender sí o sí a lidiar con esta inagotable afluencia de eventos que solamente clausuran el sueño y la muerte, y quizás también, ahora que lo pienso, el arte, el tupper del arte, que siempre le pone una tapa ilusoria a las cosas regalándoles aires de conclusión cuando en la realidad las cosas jamás se terminan.

En pedo, en cambio, se abre un oasis en mi cosmovisión árida. Siento que las personas, sus historias, sus vidas, son universales ahora, justo ahora, mientras suceden. Que son únicas. Irrepetibles. Que así lo van a ser por los siglos de los siglos. Amén. Siento que vale la pena interactuar, chocar con esas figuras. Siento que mi ego, como me pasa frente al mar, poco a poco se apacigua, se escande, hasta terminar disolviéndose en una marea desconocida y brillante y fugaz en la que todos somos náufragos cegados por la prepotente luminosidad del presente. Este instante. Sin nombres. Sin historial ni porvenir. Cuerpos rebotando contra una nada que se resiste. Como moscas contra una mampara.

Algo como esto, intuyo, habré sentido ese mediodía del primer día del 2014. Los ojos que con mi abuelo le devoramos al chancho se volvieron los míos mientras un rato más tarde intentaba recuperar por medio de la escritura lo que durante ese almuerzo con mi familia había sentido. "Uno cada uno", y ya está: fue como si de repente me quedara ciego. No pude seguir. Por el sueño, o por lo borracho que estaba, o simplemente porque el espíritu no me alcanzó para tanto. Para tanta nostalgia. Para tanta bronca. Estos años que se van, y las cosas que los años contienen que se pierden, cada recuerdo de cada momento difuminándose en el lento correr de los minutos hasta que el olvido del mundo se lo traga, y, puta, llega el final y, al final, es como si, de todo lo que pasó hasta ahora, nunca nada hubiera pasado.

¿Contra esa desesperación luchaba tan tercamente ese día mi intenso deseo de escribir? ¿Contra esa nostalgia se raspaba mi hambriento deseo de seguir chupando? Debe ser. Porque pude notar una cosa, mientras releía lo que ese tipo, casi un año más joven que yo, escribió como sonámbulo. Pude, mejor dicho, puedo notar, lo que por abajo de sus palabras, entre líneas, flotaba: su intuición de que ese, el del 2014, iba a ser el último año nuevo que íbamos a pasar en familia. Mis viejos, mis hermanos y mi abuelo. Nunca más. Nunca más íbamos a compartir una mesa los seis, comiendo chancho hasta reventar, ebrios, eufóricos, a los gritos, entre eructos y risas y puteadas, como lo hicimos ese día.

Cuando la escritura viene del estómago es premonitoria.  

Uno cada uno: "Un texto me toca a mí. El otro te toca a vos."

Las cosas cambian.

Vos abreviame el año de reveses, pareció decirme, así quedamos a mano.







viernes, 26 de diciembre de 2014

casi




Le gusta. No se parece en nada a las mujeres que hasta ese momento había deseado, pero, si tiene que ser sincero, hasta ese momento había deseado a muchas, y por lo general ninguna se parecía a la anterior. Pero le gusta. De verdad esta chica tiene algo que le gusta. Y eso es todo lo que sabe por el momento.
Toman un café en la vereda de un bar. Conversan sobre sus trabajos. Ella tiene las pestañas largas y onduladas. Los alfajores que la mesera les trajo siguen en el plato diminuto que hay entre las tazas. Él tiene hambre. Mira el alfajor de reojo, cada vez que ella mira para otro lado. La chica se acomoda un mechón de pelo encima de la oreja. Después toca el alfajor. ¿Quedo muy muerta de hambre si me lo como? No espera a que él le conteste. Lo agarra. Lo muerde. Mastica. Sonríe: Perdoname, son mi debilidad.
Los ojos de ella son marrones y grandes. Sorprendentemente grandes.
La chica se levanta para ir al baño. Él la mira. El pantalón algo holgado esconde mucho más de lo que muestra, pero él alcanza a entrever un cuerpo sano, el cuerpo de una mujer de mente desprejuiciada y libre. Con la cucharita revuelve la borra del café. Siente la picazón del deseo. Hace mucho tiempo. Hace mucho tiempo. Ya no recuerda cómo es el contacto. Cómo es la sensación de gustarle a una mujer que también a él le guste. Una voz en el oído. En la boca. El aliento. El olor. La saliva. La piel resbalándose en la otra piel. Nunca, cuando intenta evocarla, puede recuperar la sensación del sexo. Cuando levanta la mirada la chica está volviendo, mirando sus propios pasos sobre las baldosas, con las manos en los bolsillos.
Es recepcionista. Atiende clientes en una compañía de teléfonos. Ocho horas al día. Él busca y encuentra indicios acerca de su clase social. Su forma de hablar es suave y correcta. ¿Su ropa? Nada alarmante. Tiene estilo, pero se viste con sencillez. Es capaz de sostener una conversación acerca de temas que no conoce. Sabe preguntar en el momento justo y escuchar con atención la respuesta. Una chica definitivamente inteligente. Un grupo de muchachos pasan por la peatonal tocando música brasilera, ella se inclina para seguirlos con la mirada y en su movimiento, que consiste en girar la espalda, doblar apenas el cuello, arqueando la columna vertebral, él intuye una sensualidad cálida y generosa. Lo que no está en condiciones de leer es hasta qué punto el deseo es recíproco. Él pregunta si estuvo de novia alguna vez. Ella responde entre dos largos bostezos.
Llega el momento de pagar. Él traga saliva. La experiencia le dicta que está frente a un instante paradigmático. ¿Ella es de las que dejan que el hombre pague? ¿Ella es de las que opinan que pagar la cuenta es un acto debido de virilidad? ¿O será al revés? Si él paga, si él insiste en pagar, ¿se convertirá a sus ojos en un reaccionario, un inseguro, un machista a la antigua usanza de esos de los que conviene mantenerse bien lejos? Cincuenta y cinco pesos. Él saca un billete de cincuenta y otro de diez. Ella amaga a sacar su billetera, pero él dice: No, dejá. Ella no insiste ni una sola vez. A él le hace ruido que ella no lo haga. ¿Sumisa? ¿Codiciosa? ¿Nena de mamá y papá? Él deja los cinco pesos de vuelto como propina. Ella, mientras él se levanta, agrega otros cinco pesos más. Él, aunque está dado vuelta, alcanza a notarlo. Respira con alivio.
Caminan por calle Reconquista en dirección a Retiro. Algunas de las personas que se cruzan los miran; primero a ella, y después a él. Él tararea. En una de las esquinas se mira en el reflejo de una vidriera a un lado de ella. Sí, hacen una linda pareja.
Pero a medida que siguen y siguen caminando, conversando de cualquier cosa, acercándose al destino final, la sensación de comodidad empieza a vacilar, a volverse turbia. Él es consciente de que esa sensación sobreviviría intacta si tuvieran por delante otras veinte o treinta cuadras más. Con el paisaje de un pueblito del interior, por ejemplo. O el de una costanera, a un lado de las olas de un mar rompiéndose en los acantilados. Algo con que generar el clima apropiado para dar el primer paso y hacer lo que siente deseos de hacer: besarla. Pero faltan pocas cuadras, cada vez menos, y cerca de Retiro el paisaje a la hora pico del viernes no colabora, se empieza a llenar de laburantes cansados, apurados por volver a casa, o de mendigos borrachos que toman vino en botellas de plástico cortadas a la mitad y los interceptan para pedirle monedas, o de taxistas y colectiveros y conductores particulares gritando o a los bocinazos en todos los semáforos, y la oscuridad de la plaza San Martín, con sombras que van y vienen o que quietas los miran sentadas en los bancos oscuros con ojos de gato, mientras ella le dice que sí, mirando para abajo, que está cansada, que fue una semana agotadora, pero que, bueno, le agradece mucho el café.
Él avanza mirando baldosas. ¿Para qué carajo le preguntás si está cansada?
Él tenía un sistema. Sobre la base de los datos recolectados, redactaba biografías escuetas, de las que pueden observarse en las solapas de los libros. “Celeste Muriel nació en 1982 en Buenos Aires. Su padre era empleado público. Su madre maestra de escuela primaria. Estudió psicología. Trabajó de mesera durante su juventud, aunque su principal vocación era el canto”. De acuerdo con sus biografías, él infería conceptos tales como: “Ella puede ser para mí”. “Aquella otra no tanto”.
El resultado era que estaba solo. Desde hacía mucho tiempo lo estaba.
Ahora camina al lado de ella. Están llegando a la esquina de la avenida. La chica mira el cielo. Qué linda noche, dice.
Y así es. Entre los edificios, allá, más arriba, se ven la luna y unas cinco o seis estrellas en el cielo despejado y negro.
Ella pone un pie en la senda peatonal, distraída, mirando el cielo todavía, y por eso no alcanzar a ver que acaba de ponerse en verde el semáforo. Cuidado, dice él. Entonces la agarra de un brazo y la vuelve a subir a la vereda justo en el momento en que arrancan las motos y los colectivos y los autos.
Ella ahora está pegada a él.
Él ya no es capaz de recordar la biografía que acaba de redactar en su mente.
Ella ahora sonríe y respira en sus brazos, entre los edificios enormes, abajo de la misma noche que sobre el mundo flota desde hace varios millones de años.
Aplastada por la noche ancestral, ella es como un cuerpo celeste más.
Entonces él acerca la cara y la besa.
Como sorprendida al principio, pero atenta después, ella responde al beso.
Tiene los labios dulces. La lengua asoma apenas.
Él la abraza. Los dos brazos alrededor de la cintura.
Le tiemblan las piernas.
Atrás, a menos de un metro, se escucha el ruido de los motores que pasan zumbando.
Zumbando en una explosión continua de fuego, aceite y metal.
Ella sonríe cuando se sueltan.
Casi me pisan, dice. Y le acerca la boca otra vez, apretando los ojos: Casi.