viernes, 26 de diciembre de 2014

casi




Le gusta. No se parece en nada a las mujeres que hasta ese momento había deseado, pero, si tiene que ser sincero, hasta ese momento había deseado a muchas, y por lo general ninguna se parecía a la anterior. Pero le gusta. De verdad esta chica tiene algo que le gusta. Y eso es todo lo que sabe por el momento.
Toman un café en la vereda de un bar. Conversan sobre sus trabajos. Ella tiene las pestañas largas y onduladas. Los alfajores que la mesera les trajo siguen en el plato diminuto que hay entre las tazas. Él tiene hambre. Mira el alfajor de reojo, cada vez que ella mira para otro lado. La chica se acomoda un mechón de pelo encima de la oreja. Después toca el alfajor. ¿Quedo muy muerta de hambre si me lo como? No espera a que él le conteste. Lo agarra. Lo muerde. Mastica. Sonríe: Perdoname, son mi debilidad.
Los ojos de ella son marrones y grandes. Sorprendentemente grandes.
La chica se levanta para ir al baño. Él la mira. El pantalón algo holgado esconde mucho más de lo que muestra, pero él alcanza a entrever un cuerpo sano, el cuerpo de una mujer de mente desprejuiciada y libre. Con la cucharita revuelve la borra del café. Siente la picazón del deseo. Hace mucho tiempo. Hace mucho tiempo. Ya no recuerda cómo es el contacto. Cómo es la sensación de gustarle a una mujer que también a él le guste. Una voz en el oído. En la boca. El aliento. El olor. La saliva. La piel resbalándose en la otra piel. Nunca, cuando intenta evocarla, puede recuperar la sensación del sexo. Cuando levanta la mirada la chica está volviendo, mirando sus propios pasos sobre las baldosas, con las manos en los bolsillos.
Es recepcionista. Atiende clientes en una compañía de teléfonos. Ocho horas al día. Él busca y encuentra indicios acerca de su clase social. Su forma de hablar es suave y correcta. ¿Su ropa? Nada alarmante. Tiene estilo, pero se viste con sencillez. Es capaz de sostener una conversación acerca de temas que no conoce. Sabe preguntar en el momento justo y escuchar con atención la respuesta. Una chica definitivamente inteligente. Un grupo de muchachos pasan por la peatonal tocando música brasilera, ella se inclina para seguirlos con la mirada y en su movimiento, que consiste en girar la espalda, doblar apenas el cuello, arqueando la columna vertebral, él intuye una sensualidad cálida y generosa. Lo que no está en condiciones de leer es hasta qué punto el deseo es recíproco. Él pregunta si estuvo de novia alguna vez. Ella responde entre dos largos bostezos.
Llega el momento de pagar. Él traga saliva. La experiencia le dicta que está frente a un instante paradigmático. ¿Ella es de las que dejan que el hombre pague? ¿Ella es de las que opinan que pagar la cuenta es un acto debido de virilidad? ¿O será al revés? Si él paga, si él insiste en pagar, ¿se convertirá a sus ojos en un reaccionario, un inseguro, un machista a la antigua usanza de esos de los que conviene mantenerse bien lejos? Cincuenta y cinco pesos. Él saca un billete de cincuenta y otro de diez. Ella amaga a sacar su billetera, pero él dice: No, dejá. Ella no insiste ni una sola vez. A él le hace ruido que ella no lo haga. ¿Sumisa? ¿Codiciosa? ¿Nena de mamá y papá? Él deja los cinco pesos de vuelto como propina. Ella, mientras él se levanta, agrega otros cinco pesos más. Él, aunque está dado vuelta, alcanza a notarlo. Respira con alivio.
Caminan por calle Reconquista en dirección a Retiro. Algunas de las personas que se cruzan los miran; primero a ella, y después a él. Él tararea. En una de las esquinas se mira en el reflejo de una vidriera a un lado de ella. Sí, hacen una linda pareja.
Pero a medida que siguen y siguen caminando, conversando de cualquier cosa, acercándose al destino final, la sensación de comodidad empieza a vacilar, a volverse turbia. Él es consciente de que esa sensación sobreviviría intacta si tuvieran por delante otras veinte o treinta cuadras más. Con el paisaje de un pueblito del interior, por ejemplo. O el de una costanera, a un lado de las olas de un mar rompiéndose en los acantilados. Algo con que generar el clima apropiado para dar el primer paso y hacer lo que siente deseos de hacer: besarla. Pero faltan pocas cuadras, cada vez menos, y cerca de Retiro el paisaje a la hora pico del viernes no colabora, se empieza a llenar de laburantes cansados, apurados por volver a casa, o de mendigos borrachos que toman vino en botellas de plástico cortadas a la mitad y los interceptan para pedirle monedas, o de taxistas y colectiveros y conductores particulares gritando o a los bocinazos en todos los semáforos, y la oscuridad de la plaza San Martín, con sombras que van y vienen o que quietas los miran sentadas en los bancos oscuros con ojos de gato, mientras ella le dice que sí, mirando para abajo, que está cansada, que fue una semana agotadora, pero que, bueno, le agradece mucho el café.
Él avanza mirando baldosas. ¿Para qué carajo le preguntás si está cansada?
Él tenía un sistema. Sobre la base de los datos recolectados, redactaba biografías escuetas, de las que pueden observarse en las solapas de los libros. “Celeste Muriel nació en 1982 en Buenos Aires. Su padre era empleado público. Su madre maestra de escuela primaria. Estudió psicología. Trabajó de mesera durante su juventud, aunque su principal vocación era el canto”. De acuerdo con sus biografías, él infería conceptos tales como: “Ella puede ser para mí”. “Aquella otra no tanto”.
El resultado era que estaba solo. Desde hacía mucho tiempo lo estaba.
Ahora camina al lado de ella. Están llegando a la esquina de la avenida. La chica mira el cielo. Qué linda noche, dice.
Y así es. Entre los edificios, allá, más arriba, se ven la luna y unas cinco o seis estrellas en el cielo despejado y negro.
Ella pone un pie en la senda peatonal, distraída, mirando el cielo todavía, y por eso no alcanzar a ver que acaba de ponerse en verde el semáforo. Cuidado, dice él. Entonces la agarra de un brazo y la vuelve a subir a la vereda justo en el momento en que arrancan las motos y los colectivos y los autos.
Ella ahora está pegada a él.
Él ya no es capaz de recordar la biografía que acaba de redactar en su mente.
Ella ahora sonríe y respira en sus brazos, entre los edificios enormes, abajo de la misma noche que sobre el mundo flota desde hace varios millones de años.
Aplastada por la noche ancestral, ella es como un cuerpo celeste más.
Entonces él acerca la cara y la besa.
Como sorprendida al principio, pero atenta después, ella responde al beso.
Tiene los labios dulces. La lengua asoma apenas.
Él la abraza. Los dos brazos alrededor de la cintura.
Le tiemblan las piernas.
Atrás, a menos de un metro, se escucha el ruido de los motores que pasan zumbando.
Zumbando en una explosión continua de fuego, aceite y metal.
Ella sonríe cuando se sueltan.
Casi me pisan, dice. Y le acerca la boca otra vez, apretando los ojos: Casi.








4 comentarios:

Dionisia dijo...

Genial!!

Un desvarío por jueves dijo...

grazieee

Alma vacía dijo...

Me encantó.
Hace poco descubrí que eras hombre, como sólo leí la parte de Luna, todo el tiempo pensé que eras mujer. Así que me queda bastante por leer.
Buen blog! Continúe!

Un desvarío por jueves dijo...

mujer?? jaaa

Grande alma vacía, un beso.