sábado, 7 de noviembre de 2015




La chica que te tenés que conseguir


Conseguite una chica que no tenga nada que ver con tu mundo.
Conocela. Aprendé de dónde viene 
qué hace
los domingos.
Enamorate.
Enamorate bien.
Tratá de que ella no lo sepa.
Querela cuidala escribile
pero jamás
se lo digas.
Respetá tu amor, el silencio
con que la pensás.
Todos los días quedate callado por lo menos un minuto
pensándola.
Preguntate qué andará haciendo.
Que tu evocación
se haga hábito.
Cuidalo a este hábito.
Como si fuera un hijo que nunca
va a nacer que nunca va a morir.
Luchá por todo esto
pero tené presente siempre
que no sos su hombre.
Que vos no sos 
lo que ella necesita.
Y si por una de esas casualidades
lo sos
no te rindas no cedas no seas
nunca
su amor.
Porque es importante 
imprescindible
que a esta chica la quieras
la veneres y desees
pero nunca
la tengas.





martes, 20 de octubre de 2015

la mirada de Elisa




Le abrió la puerta la mujer. ¿Alejandro? Sí. ¿Qué tal? Mónica, dijo, estirando una mano en el aire. Mucho gusto. Abrió la puerta del todo y se corrió a un costado para dejarlo pasar. Alejandro vio una cocina, un comedor, un pasillo que daba a dos puertas. Por la ventana el patio, un tendedero lleno de ropa estirada al sol.
Mónica le ofreció una silla. Ahí la llamo a Eli, dijo. Debe estar paveando con el celular. Alejandro se sentó, abrió su mochila, sacó la calculadora, el cuaderno, un lápiz, una goma de borrar. Dejó todo encima de la mesa. Enseguida volvió la mujer. ¿Querés tomar algo? Agua, si puede ser. Por supuesto.
Mónica abrió la heladera y, cuando se agachó para sacar la botella, el culo se le apretó abajo de la calza. Debía andar por los cuarenta años, calculó Alejandro, pero se mantenía bien. Por teléfono él se había imaginado otra cosa. En el tono de voz de Mónica había una gravedad asexuada que lo había hecho pensar en una mujer gorda, amorfa como un sachet de leche, de ojos militares y manos callosas. Error. Mónica había resultado ser flaca, delicada, de mirada juvenil y piel saludable, con pocas arrugas, y un culo bien contorneado, como Alejandro ahora podía comprobar. Aunque la mujer no le parecía atractiva ni mucho menos; tenía las facciones desproporcionadas, con una nariz muy grande para los ojos y unas mandíbulas varoniles, demasiado cuadradas. 
Está natural el agua, ¿no querés jugo mejor?
Dale.
Elisa apareció por el pasillo. Traía su mochila, un cuaderno, miraba su celular. Tenía doce, trece años. No se parecían mucho, casi nada, madre e hija, salvo por lo flacas que eran las dos, de huesos largos y estilizados —a tal punto que podía decirse que la nena también tenía buen cuerpo, o poseía todas las condiciones para tenerlo en un futuro inmediato— y lo feas que eran, aunque cada una lo fuera a su manera. Elisa tenía los ojos muy separados, Alejandro pensó en los ojos de los caballos, y también pensó en ese animal cuando vio la sonrisa de Elisa, de dientes enormes y desparejos.
¿Así que andamos con problemas para las matemáticas? Mónica contestó en lugar de la hija: Es inteligente la nena, pero vaga. ¿Cuándo rendís? Otra vez contestó la madre: Dentro de dos meses. Y después: Eli, ponete las zapatillas.
Elisa cruzó el pasillo sin decir palabra, se metió en una de las puertas y volvió con unas zapatillas de lona blanca.
Alejandro sintió que hacía mucho calor adentro de la cocina, pero no se animó a pedir que encendieran el ventilador.


Elisa era, tal como Mónica lo había dicho, inteligente. En dos o tres clases aprendió ecuaciones con fracciones y a resolver problemas. Alejandro llegaba a las dos de la tarde después de tomarse un colectivo. Solamente cuando entraba a la casa era consciente del aura ácida que su sudor volcaba en el ambiente. Era un verano duro pero Alejandro nunca se hubiera permitido dar clases en pantalón corto o remera. Se sentía más acorde a su rol de profesor usando pantalón de vestir y camisa, a pesar de las múltiples islas de sudor que se le dibujaban en las partes en que la tela rozaba su abundante grasa corporal. Mónica sugirió la posibilidad de que viniera un poco más cómodo. Él no contestó. Después se quedó pensando si en la sugerencia de la mujer no habría algo más que una simple sugerencia. Alejandro podía notar en Mónica cierta tensión cuando se miraban a los ojos. Había casi veinticinco años de diferencia entre ellos (sorprendentemente la mujer había resultado tener cincuenta y dos, ella misma se lo había contado una de esas tardes, cuando al final de la clase se demoraban unos minutos conversando en la vereda de la casa), pero Mónica aparentaba tener muchos menos años de los que tenía mientras que con Alejandro pasaba a la inversa: a sus veintiocho parecía un enorme oso avejentado, gordo, de mirada abúlica y dos entradas anchas y penetrantes que le desnudaban el cuero cabelludo y que su flequillo peinado para un costado no alcanzaba a disimular.
Y ahora ahí estaba de nuevo esa mujer, en la vereda de la casa, hablándole de la hija y de su trabajo de vendedora en una distribuidora de cerveza y de su marido muerto y del calor soporífero de ese verano agobiante. Alejandro solamente escuchaba, haciendo aportes mínimos de vez en cuando. Se lo hacía todo más fácil, esa mujer, hablando tanto, al punto de que parecía darle lo mismo que él estuviera o no. Alejandro mientras tanto se entretenía mirando cómo cada tanto un botoncito de baba emergía en sus comisuras. Botoncito que ella succionaba con un movimiento rápido y sincronizado de los labios y la lengua. Por momentos él la miraba con rechazo. A veces con un rechazo sincero, estomacal. Otras con uno más bien impostado, que le servía para disfrazar ante sí mismo el urgente deseo de agarrar a esa mujer y de sentarla sobre la mesa de la cocina y penetrarla. En esas fantasías siempre estaban solos en la casa, lo cual en la realidad no hubiera sido posible; Elisa siempre merodeaba el pasillo, de los cuartos a la cocina, de la cocina a los cuartos. Quizás para otro hombre hubiera sido fácil concertar un encuentro afuera, en otro lugar, en otro momento, pero cualquier otro hombre no hubiera sido Alejandro, y no habría tenido que lidiar con su lentitud de reflejos característica. Gracias a Dios por las matemáticas; estudiarlas o enseñarlas siempre habían sido su refugio. Estudios. Buen plan para desestimar las urgencias.


Como era de esperar, Alejandro desoyó la sugerencia de Mónica. Pantalón largo, el mismo pantalón fétido de todos los martes y jueves, en la clase siguiente. Cuando se sienta, el rebote contra la silla genera que suba desde su entrepierna un vaho agresivo. Pero no parece molestar a ninguna de las dos mujeres, o por lo menos ellas se encargan de que así lo parezca. Elisa tiene puesto un pantaloncito corto, ajustado, una especie de short. Una musculosa. Alejandro inspira fuerte. Suspira. Ahí está la jarra de jugo, como siempre. El vaso. Empieza la clase. Las manitos diminutas de Elisa se mueven en el cuaderno. Alejandro respira con la boca abierta. Poco a poco su cuerpo se aclimata a la temperatura de la casa. Deja de transpirar. Se le seca el sudor de la calle. Mónica está lavando platos. Después se sienta enfrente de la tele, encendida con el volumen muy bajo, a coser. De vez en cuando lo mira de reojo. Alejandro puede notarlo, pero no le devuelve la mirada. Solamente mira las manitos de Elisa apoyadas en el cuaderno, escribiendo, borrando, corrigiendo, la boca entreabierta de Elisa, sus labios gruesos, sus dientes enormes y torcidos, su lengua, la punta de su lengua, asomando apenas cuando reflexiona el próximo paso a seguir en la ecuación.
Terminada la clase, Mónica y el profesor salen a la vereda. Gran momento de incomodidad para él. Irse de esa casa. Soportar una vez más por cortesía la parla incesante de la vieja. Pero hoy es distinto. Mónica le acaricia un codo. Te viniste de nuevo con pantalón largo. Y con este calor. La mano de la mujer sigue en el codo de él. Palma suave. Punta de los dedos áspera. ¿Tenés algo que ocultar?, dice. ¿Tienen algo raro tus piernas? No, nada, dice Alejandro. A ver, mostramelás. En la calle no hay nadie. Ni un alma hay. Alejandro se levanta el pantalón. Le muestra la pierna derecha. ¿A ver la otra? Le muestra también la izquierda. Tenés lindas piernas. Musculosas. Pasa que camino mucho. Mónica le agarra una mano, se la acaricia. Y también tenés lindas manos. Alejandro mira de reojo la puerta de la casa. Está entornada y por el resquicio ve que la cocina está vacía. Mónica se acerca. Le da un beso en la mejilla. Me gustan los hombres como vos. ¿Como yo? Sí. Tímidos. Inteligentes. Después le da un beso en la boca. Alejandro no reacciona al beso. Los labios grises y rugosos de la mujer tocan los suyos con movimientos lentos y pausados. Alejandro tiene un principio de erección. Y también me gusta esto que tenés acá, dice sonriendo Mónica. Y le acaricia la panza. Es la primera vez que a Alejandro le dicen algo como eso sobre su panza. Después de que lo dejara su novia, había subido más de veinte kilos. Nunca había vuelto a recuperar su peso normal. ¿Qué pasa, te da cosquillas? Sí, dice Alejandro, dando un paso atrás. Pero Mónica avanza ese mismo paso y lo aprieta contra la pared. Me gusta que te dé cosquillas. Si no estuviera mi nena acá, te juro que no sé qué te haría. Y lo vuelve a besar, esta vez con lengua. No es una sensación agradable para Alejandro. La lengua es viscosa, se mete muy al fondo de su boca, no tiene rico sabor. A pesar de eso, Mónica acaricia con su muslo la pija de Alejandro y en pocos segundos la erección es completa. Te juro. Te juro que no sé qué te haría. Alejandro vuelve a mirar por el resquicio de la puerta. Sigue sin haber nadie en la cocina. ¿Por qué no pasamos a la casa? Sos loco, está la nena. ¿Y si la mandás a dormir una siesta? Mónica levanta una mano. Alejandro por un segundo piensa que la mujer le va a pegar. Al final eso es lo que hace. Lo cachetea. Un poco más fuerte de lo que él esperaba. Pero Mónica sonríe enseguida. La próxima. La próxima. No estoy depilada. No me importa eso. Sos dulce, pero no, hoy no puedo.


A la clase siguiente Alejandro se presentó con bermudas. Pidió permiso para ir al baño. En las llaves de la ducha había dos bombachas colgadas. Por el tamaño y los motivos pudo distinguir que una era de Mónica y la otra de Elisa. Cuando apretó el botón sintió que lo que se iba por el desagüe era su vida. La nena lo estaba esperando, como siempre, sentada del lado de la mesa que daba al comedor. Del otro estaba la mesada y Mónica, lavando los platos usados durante el almuerzo. Ella le tocó el culo antes de que él se pudiera sentar. Su primera reacción fue mirar a Elisa. Falsa alarma. La nena corregía un ejercicio y no se había dado cuenta.
La clase terminó sin mayores sobresaltos. A esas alturas Mónica ya se había sentado en el sillón y miraba la tele. Sacó la billetera de su bolso. Le pagó los cien pesos habituales. Elisa terminó de guardar sus útiles y encaró directo para la pieza sin despedirse. Alejandro la miró extrañado. Mónica le dijo: Sentate. Se escuchó un pum. La puerta de un cuarto que se cerraba. Alejandro se sentó. En la pantalla se veía un avión. De golpe una explosión. No, no sabía qué película era. La mano de Mónica estaba en su rodilla y se movía en forma circular, arrimándose despacio hacia su entrepierna. Hoy viniste en bermudas. Sí. Me gustaba más tu pantalón. Tenés las piernas muy blancas. No es sano. Parecés enfermo. De repente silencio. En la pantalla ya había otra escena. Era un hombre discutiendo con otro. Alejandro conocía a uno de los actores. Sentía su panza oprimida por el cinturón. Un desborde de grasa se asomaba vergonzosamente por abajo de la remera. ¿Y esta remera? ¿De qué año es? ¿No te convendría comprarte una nueva? Después le bajó el cierre. Metió la mano y la pija de Alejandro emergió erecta y temblorosa, con la punta roja. Alejandro miró el pasillo. Esperá. ¿Esperá? Elisa. No te preocupes por Elisa, está durmiendo. Después Mónica se la besó. Despacio. Como si besara la frente de un bebé profundamente dormido y no quisiera arrancarlo de su sueño. Alejandro no podía dejar de mirar el pasillo. Mónica subió el volumen de la tele. Después se levantó la pollera y Alejandro sintió un anillo de fuego bajando y subiendo, subiendo y bajando, pero no podía dejar de mirar a un costado y los minutos pasaban, y el anillo seguía moviéndose mientras Mónica gemía por abajo de los ruidos de la tele, hasta que al final se levantó con evidentes signos de agotamiento. ¿No te caliento? Alejandro la miró a los ojos. Sí. ¿Entonces? Estoy nervioso. Yo también: hace ocho años que no me acuesto con nadie. Desde que murió mi marido. Yo hace cinco. Entonces estamos igual. Sí. Será cuestión de confianza. Siempre es cuestión de confianza. Nos tenemos que conocer. ¿De verdad no te gusta mi remera?, dijo Alejandro. Ella se largó a reír. Él por primera vez notó que le faltaba una muela y que tenía negros varios arreglos dentales. Desvió la vista.
Entonces vio que la puerta del cuarto estaba entreabierta.


Era la anteúltima clase antes de que Elisa rindiera el examen. Parecía desconcentrada. Alejandro le explicaba tal o cual fórmula, ella la repetía, la aplicaba en el ejercicio, pero cinco minutos después él tenía que volver a recordársela. Mónica por momentos tenía distracciones semejantes. Le pagaba dos veces la misma clase o le preguntaba si iba a venir el próximo jueves cuando él unos pocos segundos antes se lo terminaba de confirmar. Alejandro empezaba a dudar de la salud mental de la mujer. A esas alturas ya se habían acostado tres o cuatro veces; él todavía no había podido acabar. ¿Qué te pasa?, le preguntaba siempre Mónica. Alejandro desviaba los ojos. Se sentía incómodo cada vez que ella lo miraba de esa manera. Como si acabar fuera su deber y él estuviera en deuda con ella por eso.
Elisa, mientras tanto, solamente estaba. Poco, pero ese poco alcanzaba para ensanchar la vida espiritual de Alejandro. Por lo menos él estimaba cada minuto que pasaba con ella. Los estimaba casi desde un punto de vista científico. Elisa era una de las personas más raras que había conocido en su vida. A la vez que demostraba una facilidad innata para las matemáticas, signo de un pensamiento ordenado y coherente, también tenía lamentables gestos de torpeza social. Como el de mover la mano de un lado al otro, cerca de la nariz, cada vez que Alejandro llegaba a la casa. O el de ignorar los piropos que él le decía cuando Mónica se iba de la cocina. Pero esa contradicción, que de alguna manera espejaba la suya, su propia vida a lo largo de los años, no hubiera alcanzado para sostener semejante juicio: no, era otra la cualidad, la desmesura en el carácter de Elisa. Alejandro solamente pudo comprenderlo durante un instante que por una cuestión de pudor personal hubiera deseado experimentar en circunstancias diferentes.
Se masturbaba una noche en la soledad de su departamento, pensando en lo que esa misma tarde había tocado, sentido y percibido mientras tenía sexo con Mónica, pero mirándolo desde un punto de vista ajeno, como si fuera un tercero filmando o atestiguando a escondidas la escena pornográfica, cuando se le ocurrió que ese tercero desde el que se veía a sí mismo era, en realidad, ella: Elisa. Entonces descubrió que, tal como sucedía ahora en su fantasía, lo que más le inquietaba de esa chica era su invisibilidad. Elisa estaba en las clases, estaba cada vez que él llegaba a la casa, cada vez que se iba, pero algo la inflaba de ausencia, él la miraba y ella no estaba ahí, mirarla era como ver un vacío, como ver el amor, un silencio largo y compacto, sin matices.
Durante un solo segundo Alejandro tomó conciencia de esto. Interrumpió, amargado, el movimiento de su mano. Después, todavía sofocado por el impulso previo, borró esa perspectiva de su imaginación y recobró el ritmo consagrándose nuevamente a la imagen de Mónica apoyada en cuatro en el sillón.


Última clase. Termina la lección y Elisa se va. Se desvanece como una espuma por el pasillo. Ahora solo queda Mónica. Están de nuevo en el sillón. Otra película en la pantalla. Mónica empieza a tocarlo con movimientos torpes. Él la anima. Mónica llora. La puerta del cuarto de Elisa sigue cerrada. Suben el volumen de la tele. Pero Alejandro no se inspira. No vas a volver, dice Mónica. Yo quiero volver. No, no es una pregunta, es una afirmación. No vas a volver. ¿Por qué? Mónica tiene los ojos empapados.
Porque mi hija ya no te necesita.
Y se ríe. Alejandro no soporta su mirada. Ve en la pantalla a un mono saltando de una rama a otra. Le gustaría ser un mono. Tanto le gustaría. Pero no. Es un hombre. Sobre los hombros siente la terrible carga de pertenecer a la especie. Nada más que por abajo de su pantalón azul de vestir y de su camisa blanca está la desnudez, su desnudez de mamífero lampiño, pálido y oloroso y sexual. Siente cómo esa desnudez se encoje ahora que ve el llanto de Mónica enfrente. Ella le da los cien pesos. Lo despide con un beso en la mejilla.
No me llames más. No quiero que formes parte de mi vida.
Alejandro se va por la vereda abajo del sol terrible. Cruza la calle. Camina dos cuadras más hasta la parada del colectivo.

No hay nadie. Se sienta. Pocos autos pasan. Quiere reflexionar sobre lo que fueron estos últimos dos meses. Es un movimiento adrede de su intelecto, la búsqueda de alguna conclusión o idea o escena superadora sobre lo que significó para su experiencia vital coexistir y vincularse con una mujer como Mónica. Pero, cuando pretende compenetrarse en la tarea, tiene la sensación de que alguien lo mira. Se da vuelta. Mira para todos lados. No hay nadie, ni en la calle ni en la vereda. ¿Será desde alguna ventana? No. Las ventanas están cerradas en las casas de enfrente y en las que hay a sus espaldas. Parece no haber nadie en toda la manzana, pero es un hecho: alguien sin lugar a dudas lo está mirando. Alejandro se enrosca en el asiento, quiere distraerse de esa sensación, focalizarse en los autos que pasan o en sus recuerdos de lo que tuvo con Mónica. Pero la mirada sigue ahí, vigilándolo desde algún lugar que él no alcanza a distinguir.



martes, 13 de octubre de 2015




Un cuento del blog publicado en la revista de la ciudad, La Agenda. El cuento es "Vos sos mi secreto".


domingo, 11 de octubre de 2015

compatibles




Desde hacía seis meses, cuando Julia había entrado a la oficina, que él soñaba con esa posibilidad. Tenerla desnuda en una cama. Y ahora, por fin, después de tantos reveses, ella estaba ahí.
Desnuda para él.
Al principio no lo hubiera creído posible. Julia era hermosa, rica, y por sobre todo sociable, lo que hacía que tuviera una agenda agitada, por lo general ocupada por sus salidas con tipos tan ricos y hermosos como ella. Pero Gonzalo primero se ganó su simpatía, después su confianza, y así empezó a tener fe en sus chances; lo único que tenía que hacer era mantenerse cerca de esa mendocina bajita, morocha y delgadísima, de ojos verdes, para estar bien ubicado cuando ella tuviera un momento de debilidad.
No fue nada fácil la espera. En el ínterin dejó a su novia para dedicarle más tiempo a Julia, y durante algunos meses tuvo que simular que lo único que le interesaba de ella era su amistad. Pero al final en un bar no pudo contenerse y dio el primer paso. Julia sonrió mirando el suelo y le contestó que prefería que las cosas siguieran igual que siempre, pero que no por eso él dejaba de parecerle interesante.
Después de esa noche el cántaro de deseos de Gonzalo se desbordó. Empezó a buscarla todo el tiempo. En el trabajo y también cuando iban a bares con sus compañeros de oficina. Pero Julia nunca cedía. Cuando se emborrachaban juntos y él le acercaba la boca ella corría la cara. Y si se dejaba besar, se dejaba besar apenas, una fracción de segundo, para que él no la molestara más. Eso por lo menos es lo que Julia siempre decía al otro día, cuando volvían a verse en la oficina y Gonzalo le pedía disculpas por lo que había pasado la noche anterior. Te pido que no vuelvas a hacerlo. Él prometía no insistir más. Pero apenas se emborrachaban de nuevo se repetían las dos escenas: él intentando besarla, ella negándose; él pidiéndole disculpas al otro día, Julia aceptándolas.
Lo único que a esas alturas mantenía vivas las esperanzas de Gonzalo era que Julia no se alejaba de él. Seguían almorzando juntos en la oficina, volviendo juntos a sus casas; ella seguía mandándole chistes al celular y llamándolo por teléfono (Julia era la única mujer que lo llamaba por teléfono). Aunque ella no lo necesitara de la forma que él quería, estaba claro que lo necesitaba, así que él todavía podía tener su oportunidad.
Y esa oportunidad llegó a fines de enero. El mes más caluroso en la historia de Buenos Aires, y el más difícil para Gonzalo en el plano personal. El día de reyes, después de haber luchado varios meses contra su enfermedad, su madre murió. La internaron de urgencia un lunes; al día siguiente lo llamaron de madrugada desde el hospital para darle la noticia. Gonzalo no lloró cuando se lo comunicaron, no lloró en el velorio ni tampoco lloró después, cuando le tocó volver a su casa y quedarse encerrado en su departamento cuatro días enteros con sus noches, los que le correspondían de licencia laboral, con todo el peso del recuerdo de su madre sobre los hombros.
Recién cuando volvió a la oficina el lunes siguiente se encontró de nuevo con Julia. Ella se le acercó, hablaron, en ningún momento tocaron el tema de la muerte de su madre. Julia solamente le preguntó en el ascensor: ¿Cómo estás? Estoy. Ni mal ni bien. Salieron a fumar un cigarrillo. Cuando estaba por terminar el suyo, Gonzalo le preguntó si había salido con algún pibe en esos días. ¿Por qué me lo preguntás? Quiero saber. No, no salí con nadie. Gonzalo la miró a los ojos. Ella los desvió. Él entonces se levantó del banco sin decir nada y volvió al edificio fumando la última hilacha de tabaco que quedaba en el filtro.
Después de ese día le dejó de hablar. Dejó de contestar sus mensajes y llamados. En la oficina, cuando se la cruzaba, seguía de largo como si ella se hubiera vuelto invisible. Podía notar el desconcierto de Julia cuando quedaban cara a cara en el pasillo y él ni siquiera la saludaba. Varios de los amigos que tenían en común le preguntaban qué había pasado. Le comentaban que Julia estaba muy mal por cómo él la trataba. Pero a Gonzalo lo que ella pudiera sentir ya no le provocaba nada. Era como si la muerte de su madre también se la hubiera tragado a su amiga. A ella y a todas las mujeres que formaban parte de su entorno y que él deseaba o alguna vez había deseado. Decidió volcar todas las energías que antes le dedicaba a Julia a intentar arreglar las cosas con su ex. La vio. Se encontraron en una plaza. Después fueron a su departamento. Al parecer ella estaba dispuesta a perdonarlo. Gonzalo no sabía a qué adjudicar ese repentino cambio en la forma de pensar de su ex, cuando hasta antes de la muerte de su madre no le respondía ningún mensaje. Pero en el fondo sospechaba que algo de todo eso tenía que ver con que él estaba pasando, por lo menos a los ojos de los demás, no un mal momento, sino un momento trágico. Era evidente la tensión, la inseguridad que mostraban algunas personas cuando se acercaban a él. Como si le tuvieran miedo a su sufrimiento, pero al mismo tiempo les generara atracción la atmósfera de tragedia que lo envolvía.
No había pasado todavía un mes del día de reyes cuando le llegó un mail. Era Julia, desde la otra punta de la oficina.
Sé que no debería escribirte. Pero la semana que viene vuelvo a Mendoza. Conseguí trabajo allá. Necesito que hablemos.
Gonzalo, a pesar de que no le dirigía la palabra desde hacía varias semanas, esta vez no dudó un segundo.
Solamente voy a hablar con vos si me tranzás.
La respuesta tardó varios minutos en llegar. Durante esos minutos las manos de Gonzalo se llenaron de un sudor frío.
Al final se activó el aviso de un nuevo correo.
Está bien. A la salida nos volvemos juntos.
Se encontraron en Avenida Córdoba y empezaron a caminar. Gonzalo sabía que por fin se iba a dar lo que tanto había soñado, pero no se sentía ansioso. Avanzaron unas cuantas cuadras y recién entonces él preguntó dónde iba a cobrarse el beso.
En mi casa. Mi hermano se fue todo el finde a Mendoza. ¿Está bien?
Dale.
Faltaban un par de cuadras más. En ese trayecto Julia le habló del trabajo en un estudio contable que el padre le había conseguido. Que estaba cansada de Buenos Aires. Que acá no se podía concentrar. Que extrañaba a sus amigos y también a su familia. Cuando los dos se quedaban parados enfrente de un semáforo, Gonzalo la miraba de reojo. La boca, el cuello, las tetas. Le miraba la cintura. Las piernas. Intuía de refilón su culo, el mismo culo que él se había cansado de codiciar tantas tardes en la oficina. De golpe, la sola idea de que en breves minutos iba a poder abrazar ese cuerpo le hizo retumbar el corazón. Intentó concentrarse en lo que ella le contaba para no pensar más en eso.
Ahora ya estaban cruzando el umbral del edificio. En el ascensor Gonzalo se abalanzó sobre Julia pero ella forcejeó sonriendo, que ahí no, que espere. Recién cuando entraron al departamento y Julia cerró con llave se miraron. Los dos sonrieron a la vez. Él la esperó apoyado en la mesa, ella se acercó y ahí fue. El beso. Gonzalo sintió que le temblaban las piernas. Hasta que se dio cuenta de que el temblor era producto de toda la tensión que estaba reprimiendo, y soltó un buen gemido, resoplando en el cuello de la chica, y después la abrazó fuerte y se sentaron en el sillón.
Todo fue vencer barreras de a poco. Primero Julia no quería que le toque las tetas. Después, cuando ya estaban en las manos de él, que no quería que se las bese. Gonzalo le dijo en tono de broma: Quiero escuchar cómo te late el corazón. Eran suaves. Tenían aroma a jabón. Después volvió a besarle el cuello y sintió un tenue regusto a sal.
Nunca hice algo tan raro en mi vida, le decía la chica.
Se acostaron. Julia no terminaba de sentirse segura. Estuvieron un rato acariciándose en la oscuridad, él bajando hasta donde ella lo dejaba, que nunca era hasta donde él quería llegar. Cuando por fin pudo desnudarla ella le pidió que se pusiera un forro. Dejame entrar así, dijo Gonzalo. Dejame así y después me pongo. Julia se negó, pero tal como estaban las cosas Gonzalo entendió que era nada más cuestión de tiempo convencerla. Se agachó, la besó hasta que Julia dejó de negarse, pero cuando se inclinó y se acomodó encima de ella sintió algo que no esperaba sentir. Un dolor intenso. Tirante. No podía entrar. El dolor era demasiado. Como si se le rasgara el prepucio. Julia lo abrazaba, él podía sentir sus manos heladas, los pies también helados cuando se enroscaba en la cama para acomodarse mejor y abrirse más a él. Se dio cuenta de que también le estaba doliendo a ella. Se corrió a un costado y siguió besándola y acariciándola, pero no se trataba de un problema de excitación, porque ella estaba tan mojada como al principio. En la oscuridad solamente se escuchaba el ruido de las lenguas y las salivas y las respiraciones agitadas, y el de los autos que pasaban por la avenida, del otro lado de la persiana cerrada. Ninguno de los dos se animaba a hablar, a decir algo sobre lo que les estaba pasando. Volvió a probar una vez más. Se sorprendió al notar la aspereza en el centro de Julia. Ahora estaba seca. Ella lo abrazó. Me duele. No te preocupes. Esto es lo que pasa cuando se fuerzan las cosas, dijo Julia. No somos compatibles. No digas boludeces ahora, contestó Gonzalo.
Cuando salieron de la pieza ya era de noche. Por la ventana del comedor se veían encendidas las luces de los edificios de enfrente. ¿Querés algo de tomar? Dale. Gonzalo todavía tenía esperanzas de encontrar una solución. Julia preparó Fernet en un jarrito de los que se usan para calentar el agua. Puso música. Se sentaron en el sillón, de cara al paisaje de la ciudad desde ese octavo piso. Se sentían cansados, había como una nube negra de agotamiento sobrevolando el ambiente, pero ninguno hubiera podido decir si era consecuencia de la dura semana de trabajo o si tenía que ver con lo que recién les había pasado en el dormitorio. ¿Te gusta este tema?, dijo Julia. Sí, de quién es. Cohen. No lo conozco. A mí me encanta, escuchá la voz. Escuchá qué alma que tiene la voz. Está bueno. Yo no soy de cojer con cualquiera, ¿sabés? Ya sé. Pero vos me gustás, dijo Julia, si antes no tuve nada con vos es porque no valía la pena. Sabía que iba a irme. Mendoza es mi casa. Te entiendo. Se quedaron callados un rato más, ella con la cabeza en el pecho de él. Después Julia se levantó, revisó su cartera y sacó el teléfono.
Al principio Gonzalo no entendió qué pasaba. Miró a un costado y Julia estaba leyendo un mensaje en su teléfono con una mano en la boca. Después le empezaron a saltar las lágrimas, que caían y se le escurrían entre los dedos. Se enderezó, soltó el jarrito en el piso. ¿Qué pasa? Julia no contestó. De repente cerró los ojos. Entonces empezó a llorar de verdad. Con hipo. Como una nena. Le temblaban la panza y los hombros. Gonzalo la abrazó. Juli, decime qué te pasa. Ella se encorvó entre sus brazos. No podía dejar de llorar. Pero en un momento, como si le clavaran un cuchillazo, se enderezó. Levantó su notebook y activó el skype. Estaba seria, parecía más contenida, pero era como si todo lo que estuviera a su alrededor, incluso Gonzalo, hubiera dejado de existir. Una cara apareció en la pantalla. Era la del hermano de Julia. ¿Por qué no me avisaste antes?, le dijo ella. Hace varias horas que te estoy llamando, le contestó su hermano. Cuando llegué, Ricky ya estaba mal.
En una fracción de segundo Gonzalo entendió. Alguien del entorno de Julia había muerto. Alguien al que ella amaba demasiado. Pocas veces en su vida había visto llorar con tanta angustia a una persona como en ese momento terminaba de ver llorar a su amiga. Pero también en esa fracción de segundo entendió algo peor. Después de ese día, Julia iba a asociar para siempre el encuentro de ellos dos a la muerte de ese tal “Ricky”. Para siempre la chica de sus sueños, cuando se pusiera a pensar en él, en lo que ese día habían tenido, iba a recordar la muerte de Ricky.
Tragó saliva.
Enseguida el hermano de Julia siguió: Te estuvimos llamando para que te despidas, Juli. Pero no hubo tiempo. Lo tuvimos que sacrificar porque…
Julia volvió a llorar. Se recostó en el sillón, como un bicho bolita. Gonzalo se pasó una mano por la boca. Después por la frente. Miró el paisaje en la ventana. Le dolía la espalda de tanto tenerla tensa, inmóvil en esa posición. Su amiga ya había cortado el llamado, pero apretaba la computadora contra su panza como si fuera su hermano, como si quisiera abrazarlo a su hermano abrazando la notebook, o como si la notebook fuera ese Ricky… Ahora Gonzalo se empezaba a acordar; Ricky; uno de los perros que ella tenía en Mendoza, de los que Julia siempre le hablaba cuando se ponía a hablar de su casa y de lo mucho que extrañaba vivir allá, cerca de su familia y sus amigos.
Mientras Julia lloraba así, Gonzalo pensó en su madre.
Abrazó a su amiga, le besó las lágrimas.
Pero le pareció que ella no se daba cuenta.
Era como si él no estuviera ahí.






domingo, 20 de septiembre de 2015

los rastros de ella




Había encontrado la billetera en una plaza, tirada abajo de un banco de madera, entre unos yuyales. No había plata adentro. Solamente papeles, tarjetas de crédito, un registro vencido y los documentos. María Luisa Valbuena. 1966. Sergio miró la foto y después leyó la dirección. Las Gardenias 4359. Buscó en la guía T, calculó la distancia. Estaba a varios barrios del suyo. Todo derecho por Ruta 8, hasta el choque con el Buen Ayre.
Ahora ya es sábado. No hay colegio. Tampoco tiene que ir al lavadero. Sergio le pide a Rauly que lo acompañe. Salen los dos en bici a las dos de la tarde. Hace mucho calor. Treinta y cinco grados encima del asfalto que se derrite. Van por la Ruta 8. Hay menos tráfico que de costumbre. Esquivan los pocos colectivos en sus playeras. El sol es un redondel de fuego en el centro del cielo despejado. No hay viento. El aire se apoya en las caras de Sergio y Rauly mientras avanzan en sus bicis. Un vapor compacto que empujan a medida que se alejan de la villa por la ruta yendo para la casa de María Luisa Valbuena.
Dame un cigarrillo, dice Sergio.
Rauly sostiene el manubrio con una mano, mientras que con la otra saca el atado del bolsillo.
Cuánto falta.
Un par de semáforos más.
Pasan la Coca Cola, Gabino Ezeiza, entran a Churruca en la esquina de la Shell. De repente, un silencio. Se meten dos o tres cuadras y ese silencio. Este silencio. Los ruidos de la ruta se vuelven un solo rumor algodonado. Las calles vacías. El fuego del sol rebota en los hilos de agua que corren por los cordones de las veredas. Hay algunas bolsas de basura en los canastos de hierro. Cada vez más mudo el aire. Un perro en una esquina bosteza. Los mira pasar por la calle poceada. Y entonces la aparición. Un contorno a contraluz del sol, allá, a un par de cuadras. A una cuadra. Ahora acá. Es una chica. Sergio la mira. Rauly también. No camina, se desliza. No pesa, flota. Las zapas varios centímetros por encima de la vereda. Sergio abre la boca. Rauly también. Quieren decirle algo, pero la lengua. De repente es un animal muerto, la lengua, ahogado en sus bocas resecas, con costras de mugre, hirvientes en la lava fundida de la hora. ¿Las dos? ¿Las tres? No hay ni un alma, pero de repente ella. La virgen. La aparición. Un chorro de agua fresca en el horno de la vida. María Luisa Valbuena. Esa debe ser. María Luisa. Sergio dice: ¿La viste? Pero la chica ya no está. Su pelo. Su espalda. Sus ojos que cambian de color. Ya no están. ¿Viste eso, vos? Rauly dice: Gil. Dejá de verduguear. Escupe. Un pollo blanco, casi sólido, pegajoso. ¿Estás perdido? No. Es todo derecho. Tenemos que seguir todo derecho.
Rauly chasquea la lengua, pero sigue. Mira para un lado, para el otro, pero sigue.
Nunca había visto tanta soledad.
Nunca una tan grande como esa. Tan desnuda. Tan arrasada, en ese barrio que se hacía más grande y más desnudo cuanto más se metían y alejaban de la ruta. Ahora todo corre muy rápido. Los rayos en las ruedas de las bicis y las corrientes de agua podrida en los cordones de las veredas y hasta las cáscaras de verdura se descomponen con más rapidez en las bolsas de basura, pero al mismo tiempo algo se apropia de esa intensidad y debe ser la fuerza de la naturaleza, agazapada, rebotando contra los cimientos de las casas y las cañerías y el pavimento. De golpe los árboles crecen. Se extienden las raíces. Se extienden o expanden en su universo raquítico hasta agrietar los ojos de Sergio y Rauly. Como si las venitas en los globos oculares se les volvieran los trazos de una púa. Dónde estamos, grita Rauly. Sergio decide cerrar los ojos un segundo, una sola fracción de segundo. Escucha cómo le retumba el corazón, cómo palpita, cómo se remueve, cómo le laten la frente y los oídos. Todo él un solo temblor. Soñaría con que la calle se volviera, como por arte de magia, un río de agua fresca, cristalina, donde lavarse la cabeza y los sobacos. Pero cuando los abre sabe que está cada vez más cerca, cada minuto un poco más.
Hay árboles altísimos, y rejas también altísimas. Hay coches que solamente se ven en la televisión. Gil. Contestá. Hay casas que parecen castillos. Grandes como colegios. Dónde estamos. Gil. Sergio clava el contrapedal. Frena la playera en el borde de la calle. Acá estamos, dice. Mirá. Rauly lee el cartel en la esquina.
Las Gardenias al 4000. Al 4100. Al 4200. Acá. Es acá. Las Gardenias 4359.
Tocá el timbre. No, tocalo vos. Yo te secundeé. Porque estabas al pedo. Hubieras venido solo. No hubieras venido. Tocá el timbre, gato. Ya va.
¿Cómo será María Luisa? ¿Qué color de pelo tendrá? ¿Qué cuerpo? ¿Será de hace mucho tiempo esa foto? Sergio mira cómo su dedo índice se acerca despacio, muy pero muy despacio, como si no fuera a llegar nunca, al timbre de la casa de María Luisa Valbuena.
Debe ser la mujer más hermosa de la tierra. La majestuosa reina de ese palacio de tres pisos olvidado en el borde del mundo. Sergio mira su índice. Se acerca al timbre. Puede ser que ese timbre genere una explosión. Un derrumbe. Que el borde del mundo se desplome y las tortugas gigantes que lo sostienen se coman la casa y las rejas y a Sergio y a María Luisa Valbuena para siempre.
El portero eléctrico zumba. Voz de hombre.
¿Quién es?
¿Acá vive María Luisa?
Sí, ¿quién la busca?
Me llamo Sergio. Tengo su billetera.
Otro silencio.
Otro.
Qué hay en ese silencio. Rauly se suena los dedos de la mano. Sergio sostiene la billetera. Las rejas son tan altas que no alcanza a tocarlas la vista. Una gota de transpiración resbala en sus párpados y ahora ve todo borroso. Es un hombre, parado enfrente, del otro lado de la reja. No pregunta nada. Solamente estira un brazo y en la punta del brazo la mano y Sergio apoya ahí la billetera. ¿Acá vive la dueña? El hombre no contesta. Los mira. Primero a Sergio. Después a Rauly. Al final sus zapatillas. Es una mirada en diagonal.
Rápida como un tajo.
El hombre debe andar por los cincuenta años. Canoso. Alto. En la malla plateada de su reloj brilla el fuego del sol. Revisa la billetera. Mira los documentos. De dónde la sacaron. La encontré, dice Sergio. Dónde. En la plaza Manzanares. A mi mujer se la robaron la semana pasada. Yo la encontré tirada abajo de un banco. Ya no tenía nada adentro.
Se miran dos segundos largos abajo del sol.
El hombre al final se mueve. Saca del bolsillo un billete de cien pesos. Pasa la mano por la reja.
¿Estamos bien?
Sergio apoya un codo en el manubrio. Se seca la transpiración de la frente con la manga de la camiseta. No, doctor.
Y Rauly, de atrás: No hace falta.
Pero soñaba, piensa Sergio, soñaba con conocer a María Luisa Valbuena. Verla, aunque sea. Mira los balcones. Los ventanales reales. Y no va a poder ser.
María Luisa Valbuena, me duelen los huevos de tanto estar sentado en el asiento de mi playera. De tanto pedalear y pedalear. Y no va a poder ser. Me silban los pulmones. Tengo pastosa la boca. Y no. Ya nunca voy a conocerte.
Nosotros la encontramos en la plaza.
No vinimos por la plata.
¿Seguro?
Seguro.
Entonces el hombre saca un brazo por la reja, mirando el piso lo saca, y su mano suave y blanda aprieta la mano sucia y áspera de Sergio.
Muchas gracias.
No se preocupe, dice Sergio.
Todo bien, dice Rauly.
Y mientras se van los dos espían las ventanas, el patio inmenso del frente, con sus flores y estatuas y fuentes.
Pero no hay rastros de ella.






domingo, 6 de septiembre de 2015

diez mil dólares




El domingo Guillermo apareció en la cocina pálido, con la cara desencajada. Me robaron, dijo. Recién ahí Melina desvió los ojos de la tele. ¿Qué?
Me robaron. Me robaron diez mil dólares.
Gastón entró a la cocina en ese momento, secándose las manos en el pantalón. Vio a su padre parado en la puerta, blanco, tembloroso, y a su hermana mirándolo desde la mesa.
Qué pasó.
Guillermo los llevó hasta la pieza. Les mostró el ropero, la caja de cartón abierta, los zapatos viejos donde escondía la plata tirados en el despelote de ropa. A un costado había un arma, pero el ladrón no se la había llevado. Tampoco se había llevado la notebook ni el Iphone que estaban ahí a la vista, en la mesita de luz.
Después salió del dormitorio y empezó a dar vueltas por la casa. Abría las puertas y los cajones de todos los muebles, como si la plata hubiera decidido viajar sola, sin avisarle, y lo estuviera esperando en otro lugar. Mientras lo hacía le preguntaba a sus hijos a qué hora habían salido, a qué hora habían vuelto, si no habían notado nada raro.
No. Los dos habían salido juntos al mediodía, habían vuelto a las cinco, y no, no habían notado nada. Tampoco tenían forma de saber lo que había pasado en el dormitorio de su padre; nunca entraban ahí. Guillermo revisó la cerradura; no había rastros de forcejeo. Gastón, por su parte, se acercó a la ventana que daba al patio y enseguida pegó un grito para llamarlos: había un agujero del tamaño de un puño en el mosquitero. Cuando abrieron la ventana, encontraron una escalera apoyada contra la pared. El comedor, la cocina, así como la habitación de Guillermo, quedaban en el segundo piso. Dedujeron: el ladrón entró, puso la escalera al pie de la ventana, subió, rompió el mosquitero, empujó la ventana, venciendo la traba, y después, antes de irse, la volvió a cerrar.
Guillermo y sus hijos ahora miraban la escalera desde el patio. Uma, la perra, correteaba, los empujaba, quería jugar.
Esta perra, dijo Guillermo. Y la empujó con la planta del pie: No sirve para una mierda.
Más tarde Guillermo les contó a sus vecinos que habían entrado a robarle. Ellos hacían asado todos los domingos del otro lado del alambrado, cubierto por plantas y enredaderas, y les preguntó si no habían visto nada, o si no habían escuchado ladrar en algún momento de la tarde a sus perros (tenían tres ovejeros alemanes agresivos, criados a los garrotazos).
Nada. No habían visto nada.
Tampoco habían escuchado ladridos.
Esa noche Guillermo pensó en voz alta, enfrente de sus hijos: si no ladraron los perros, el que entró era un conocido.
Para él estaba claro: la única forma de entrar al patio era por el pasillo que había a un costado de la casa. Entraban por el frente, y por ese pasillo se llegaba al patio en el fondo, pero para cruzarlo había que pasar pegado al alambrado del vecino, y ahí siempre estaban dando vueltas los perros.
Capaz sí ladraron, dijo Gastón, pero entre la música y el pedo que tenían los vecinos ni los escucharon.
Guillermo tomó un sorbo de vino, soltó fuerte el vaso en la mesa. Lo que ellos hayan escuchado o no, me importa un carajo. La culpa la tienen ustedes. Mil veces les dije a vos y a tu hermana que cierren con candado el portón de la entrada.


**

Nunca en veinte años de vivir en esa casa les habían entrado a robar. El barrio era lindo, de casas grandes de clase media, media alta, pero estaba rodeado de villas, así que siempre los vecinos tenían que vivir en estado de alerta. Habían contratado seguridad privada para que merodeara las calles de piedra. Pero de vez en cuando, sobre todo más adentro, donde el barrio se empezaba a difuminar para confundirse con los baldíos y las casas más humildes del fondo, no había seguridad, ni privada ni pública, que alcanzara. A mano armada, o pungas, rastreros. Entraderas, salideras, cuando los vecinos estaban entrando o sacando el auto. Gente que de repente se despertaba con la punta fría de un revólver apretándole la frente. Pero en el caso de Guillermo su casa daba a la avenida, donde había mucha circulación y pasaba más seguido la policía, así que por suerte nunca habían tenido un episodio de ese tipo.
Lo que para él no significaba nada. Cuando los asentamientos empezaron a expandirse se compró una carabina y una veintidós. Practicó tiro al blanco. Les pedía una y otra vez a sus hijos que cerraran con candado el portón. Ellos no lo hacían nunca. Él a veces se olvidaba de recriminárselo. Hasta que se escuchaba el rumor de un robo a pocas manzanas, y empezaba de nuevo.
Cierren el portón. Estamos en Suárez. Cuiden lo poco que tenemos.


**

Mabel fue a la casa esa misma noche y Guillermo le contó lo del robo. ¿Cuánto? Diez mil dólares.
Mabel hizo un recuento fugaz. Se habían divorciado hacía un año. ¿Guillermo siempre había tenido esa plata ahí?
No tenía forma de saberlo. Nunca había sido de revisar las cosas de su ex marido. Estaba segura de que si lo hubiera hecho antes no habría tardado tantos años en abandonarlo. Así como Guillermo durante su matrimonio pudo estar con otras mujeres sin darle signos de eso (ella recién se iba a enterar de todo cuando lo dejó), él podría haber tenido esa cantidad de plata guardada a espaldas de ella, en la misma habitación donde dormían todas las noches, sin tampoco dar ninguna señal de estar haciéndolo.
Siempre había sido un hombre mezquino y calculador. Su obsesión por la plata solo podía compararse a la que sentía por las mujeres. Por eso cuando él le contó lo de los dólares, Mabel se sorprendió de lo tranquilo que parecía. Guillermo estaba ahí, descorchando un champagne, como lo hacía todos los domingos antes de sentarse a mirar fútbol.
Él le convidó una copa. Mabel tomó un sorbo.
Sí, este tipo está demasiado tranquilo.


**

Pero se trataba de un domingo especial. El fin de semana siguiente, después de casi un año, Mabel iba a volver a la casa. Guillermo había aceptado dejársela después de muchas discusiones y forcejeos con amenazas legales. El estado de la casa en general era lamentable: manchas de humedad en los techos, llena de mugre, con yuyales en el fondo y canillas que no andaban. Era deprimente para Mabel volver y encontrar ese paisaje cuando antes, mientras ella estaba, la casa relucía. Iba a tener que trabajar para remendar ese año de deterioro constante. Pero por lo menos la casa ahora volvía a ser suya.
Melina entró a la cocina justo cuando sus padres charlaban. Los vio sentados en la mesa, cada uno con un vaso de champagne en la mano, y se despidió. Iba a la casa de su novio. Podría haberse quedado, pero no soportaba la imagen de sus padres juntos después de todo lo que le habían hecho pasar. Sí se quedó Gastón. Fue él el encargado de hacer la cena. Bondiola al horno con papas.


**

Esa semana, la última que iba a pasar en la casa, Guillermo se pasó todas las cenas hablando del robo. A medida que tomaba más y más vino, más fuerte empezaba a hablar. Les echaba la culpa a los amigos de Gastón. Vivís trayendo borrachos todos los fines de semana, esos negros que ni vos sabés de dónde salieron. Después hablaba de María, la empleada doméstica. Pero al final terminaba convenciéndose solo, hablando de la timidez de María, de que no había sido ella.
¿Pero quién, entonces? ¿Quién?
Nadie sabía que tenía la plata ahí. Era imposible pensar que un chorro cualquiera entrara a su casa, cruzara el comedor y fuera directo a donde estaba la plata. Un chorro cualquiera, además, no se hubiera ido sin el arma, la notebook o el Iphone. La persona que le había robado los diez mil dólares tenía que ser un conocido. Alguien que supiera desde antes de la existencia de esa plata.


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Como Gastón en todo momento defendió a sus amigos, la principal sospechosa terminó siendo María. Melina era la que más desconfiaba de ella. A sus ojos no era tan ingenua como pensaba su padre. Le recordó que antes del divorcio le había pedido a su madre que la pusieran en blanco. No era una tipa, por más humilde que pareciera, que no supiera dónde estaba parada.
El jueves, cuando María fue a limpiar, Melina le contó lo del robo. Le explicó los detalles. Después le preguntó por la escalera. Todos estaban sorprendidos porque no se acordaban de que en la casa hubiera una escalera así. De madera, con los peldaños carcomidos por la humedad, inestable pero así y todo todavía capaz de soportar el peso de una persona de casi cien kilos, como la misma tarde del robo pudieron comprobar cuando Gastón se subió.
María se rascó un codo. Esa escalera estaba en el galpón, dijo. ¿En el galpón? Sí. La vi con tu mamá cuando fuimos a plantar los romeros.
Esa noche Melina llamó por teléfono a Mabel.
¿Cuándo plantaste los romeros? No sé, hija. Hará un año, año y medio, ¿qué pasó? Nada, que María me dijo que se acordaba de haber visto la escalera ese día en el galpón. ¿Y entonces? Eso, ¿vos te acordarías de algo así? ¿Una escalera que viste hace un año y medio? Meli, estás pensando mal. Quizás la vio después. María es tímida, ni ella sabe las cosas que dice. Está bien, todo lo que quieras, pero ella se acuerda de haberla visto ahí; es la única que sabía que había una escalera en casa. Hija, María no fue. Yo no te digo que haya sido ella. Digo que quizás lo comentó con alguien. A algún conocido suyo. María es de José C. Paz. Ya sé. ¿Pero por diez mil dólares cualquier tipo no se vendría desde donde sea? Pensalo, nada más. Ella encontró la plata. ¿Viste que cuando ordena toca todo? Bueno, la encontró, lo comentó con alguien, le habló de una escalera, de cómo entrar, adónde ir, dónde buscar, y este alguien vino y lo hizo. María sabe que los domingos no hay nadie acá. Sí, entiendo adónde vas, pero no, me cuesta creer que María sea capaz de algo así. Eso no lo sabés. Hace seis años que trabaja en casa. María trabajaba bien con vos, pero a papá no lo quiere. Qué estás diciendo. El otro día Gastón me lo dijo, estaba hablando con ella y María empezó a quejarse de lo mugroso que le dejaba todo papá. ¿No te parece raro, María quejándose de algo? Eso no tiene nada que ver. Sí que tiene que ver. Ella estaba embroncada con él por cómo se manejó con vos. Yo sé que vos hablabas mucho con ella. Hija... Mamá, es así, en su momento estabas todo el día hablando mal de papá. Sigo sin creer que haya sido María. Como quieras.


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Guillermo a veces le decía a Gastón: Si no fueron amigos tuyos, si no fue María, tuvo que haber sido alguien de la familia. Estás borracho, viejo.
Otra no hay, pendejo. ¿Yo cómo sé si no fuiste vos o tu hermana?
Guillermo lo decía en tono de broma, pero había algo que flotaba por abajo de su sonrisa, de sus palabras, algo que quedaba rebotando en el aire y que Gastón podía sentir.
Desde hacía unas semanas, cuando ya estaba confirmado que en marzo Guillermo dejaba la casa, Mabel había empezado a ir seguido para acondicionarla. Iba cuando no estaba él para no cruzárselo. Limpiaba. Dejaba algunas cajas. A veces iba con María.
Así que, ¿qué hubiera podido evitar que su madre encontrara los dólares? Que los viera, que supiera que estaban ahí. Pagando el alquiler del departamento durante todo ese año, después del divorcio, ella había perdido un montón de plata.
Quizás la misma cantidad que después había decidido robarle a él, sintiendo que le correspondía.


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La mudanza fue el sábado a la tarde. Guillermo estaba cargando sus cosas en la camioneta cuando Mabel llegó. Ella también había mudado todo en la camioneta de unos amigos. Cruzaron apenas unas pocas palabras. Después Guillermo le pidió a Gastón que, en vez de ayudarlo a él, tal como habían quedado, se quedara a colaborar con su madre. A eso de las seis la camioneta ya estaba descargada. Mabel tenía un brillo distinto en los ojos, uno que Gastón desde hacía mucho tiempo no le veía.
Estuvieron un rato acomodando muebles, desembalando cajas. Gastón destapó una cerveza. En un rato se veía con sus amigos. Tomaba un sorbo, ayudaba a Mabel, después tomaba otro sorbo más. Por momentos pensaba en su padre. En que él le había prometido ayudarlo con la mudanza.
Pero a último momento Guillermo le pide que se quede. Que mejor la ayude a su madre.
Por un segundo le tiemblan los ojos.
Melina llega justo cuando empiezan a cenar. Son las diez de la noche. Gastón destapa otra cerveza. Brindan por la nueva etapa. Por los cambios que se vienen en la casa. ¿Con papá hablaron?, pregunta Melina. ¿Llegó bien? Le mandé un mensaje pero no contestó, dice Mabel. Debe estar de joda, sonríe Gastón. Yo lo vi mal esta semana, dice Melina. Estuvo obsesionado con el robo. ¿No pudieron averiguar nada de eso? No. Los de vigilancia no vieron nada, tampoco se encuentra nada en los videos de las cámaras de la avenida. Mabel apoya los codos en la mesa. Sospecha de mí, ¿no? Estoy segura de que sospecha de mí. Ma, no seas paranoica. No soy paranoica, él es paranoico, estoy segura de que sospecha. No dijo nada. Él pensó en María, pero la verdad es que no creo que haya sido ella. También pensó en tus amigos. Sí, pero mis amigos no, imposible. ¿Entonces? Entonces no sé, pero no sospecha de vos. No es tan jodido papá. Más allá de lo que digas.


**

Esa noche Gastón juega al truco con sus amigos. Se emborracha. A las tres de la mañana se levanta para ir al baño. Mientras pilla apoya un brazo en la pared y la frente en el hueco del brazo. Hasta que abre los ojos. La perra, dice. La perra. Sale. Intenta concentrarse en el juego. Pero cada tanto se distrae de lo que pasa a su alrededor.
Vuelve a su casa a las seis. Cruza el portón de entrada. Está a punto de subir las escaleras cuando de repente su cuerpo se queda quieto en el primer escalón, Piensa en su padre. Se pregunta quién es en el fondo su padre. Después gira. Retrocede. Vuelve al portón, saca el llavero del bolsillo y lo cierra con candado. 
Por esto, dice en voz baja, mientras escucha el clic del candado. Lo hizo por esto.
Ahora ya está en el comedor. Se acerca a la ventana del fondo. El agujero en el mosquitero sigue ahí. Mete la mano, la saca. Acaricia los bordes.
¿Qué pasa?
Se da vuelta. Es su madre. Está parada en el pasillo. Lo mira medio dormida, con un ojo cerrado, en camisón. ¿Pasó algo? Nada. Estaba mirando esto. ¿Qué tiene? El agujero. Creo que ya estaba desde antes. Hoy me acordé. Creo que fue Uma la que lo rompió.
Mabel se acerca. Mira a su hijo de reojo. ¿Uma? ¿Estás seguro?
Se quedan callados.
Para mí fue él, dice Gastón.
¿Quién?
Papá.
Mabel sonríe. Acomoda sus pies en las pantuflas. Hablás como si estuvieras tomado. Después se va. Gastón ve cómo su madre cruza el pasillo y cierra la puerta de su habitación.
Él se queda ahí. Siente cansancio en todo el cuerpo, pero se acerca a la ventana del frente. Mira el amanecer. Los autos que pasan por la calle. La vereda vacía.
Los perros dando vueltas en el patio de al lado.









miércoles, 2 de septiembre de 2015




Felicidades






En su momento, cuando salió (2000), no me cansaba de ver Felicidades. Cada vez que la enganchaba en la tele dejaba de hacer lo que estaba haciendo y me quedaba ahí. Después, como también pasó con otras grandes películas, el mundo se la tragó. La dejaron de dar en el cable y de comentar en los medios y durante muchos años, quizás más de diez, no volví a verla ni a acordarme de que existía.
Hasta que hace poco la encontré al azar en Youtube. Estaba subida entera. Fue raro. De golpe mientras la miraba sentí como si en la cabeza se me activara un reducto desconocido. No solamente me acordaba de casi todas las escenas, sino también me sabía literalmente, palabra por palabra, muchas líneas de diálogo, e incluso los gestos de los personajes mientras las decían. 
Empecé a sentirme más seguro de mí mismo. Alguien o algo acá adentro durante todos estos años estuvo recordando en mi lugar situaciones valiosas que yo no tenía la menor idea de estar recordando.
"La memoria es la capacidad de olvidar lo que no te sirve", me dijo una vez un amigo nerd.
Yo nunca me olvidé de Felicidades.


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Verla diez años después no me hizo sentir más viejo, más bien me acercó la intuición de que el que envejeció fue el país. Si uno quiere mostrarle a un extranjero cómo fueron los noventa en Argentina, lo mejor que puede hacer es recomendarle que mire Felicidades. O, mejor todavía, si es uno mismo el que quiere recordar cómo fue el asunto, qué vértigo, qué sensación de ahogo flotaba a la intemperie en esos años, es el que lo debería hacer.  
Los guiños contextuales en este sentido abundan. La alusión al River millonario y multicampeón de Ramón Díaz, por ejemplo, a quien por entonces la prensa nacional refería como el “segundo riojano más famoso del país”. O la insigne canción de "Chiquititas", en la que una pequeña huérfana canta que tiene el corazón con "agujeritos", sonando como ruido de fondo en una de las escenas. O los proverbiales viajes a Miami, apuntados en la secuencia en que tres policías, dos testigos y un vecino (encarnado por un Alfredo Casero sacrílego) entran a un departamento de forma ilegal. 
O la inmigración de gente de los países vecinos, visualizada en el amontonamiento de un grupo de bolivianos en la caja hermética de un camión, atraídos hacia Buenos Aires por la refulgente fantasía del uno a uno. 
O, quizás en la escena de mayor contenido político implícito, las privatizaciones que llevó a cabo el Estado durante esos años, señaladas cuando en un encuadre vemos una cabina de Telefónica obstruyendo, casi tachando con su presencia, la perspectiva del Monumento a la Bandera en Rosario.


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Pero la fuerza de Felicidades está más en el contenido de las historias que narra que en su impronta histórica. Sus diversos hilos narrativos son de una atmósfera opresiva, aunque fluyan con el encanto de las tragedias morales de los cuentos de hadas. Nada más que en estos cuentos no hay moraleja, solo tragedia. Todo sucede en un par de horas, las últimas de una noche buena que arrima a los personajes a una navidad solitaria. Hacia el final, en tanto relato coral, los hilos narrativos interrumpen su paralelismo y se cruzan.
Aunque quizás valga decir que este paralelismo mencionado nunca es tal. Cuando de una historia se salta a la otra, siempre hay un brazo subterráneo de significación que las engarza. Incluso el director se permite por momentos hacer jueguitos con las herramientas de las que dispone, y en el fundido de la pecera al campo, por caso, su regodeo estético nos remite a lo que Welles supo instaurar como marca de fábrica en El ciudadano Kane: el eslabón entre las distintas secuencias procura un solaz visual. Así es como en Felicidades, más allá de la heterogeneidad de argumentos y personajes, el correlato objetivo favorece que la trama avance como el espasmo de un solo espíritu compacto en la interioridad del espectador. 
Hay, en este sentido, escenas imborrables. La del vínculo homo erótico, por ejemplo, que se establece entre un paralítico y un médico; vínculo que este último sostiene por altruismo pero postergando mientras lo hace el que acaba de generar con una extraña en la calle. Extraña que se acaba de pelear con otro, con un tipo que ahora está en Rosario y que después de salir de un casamiento quiere volver a Buenos Aires lo más pronto posible para reconciliarse con ella, pero que cuando lo está haciendo se halla de golpe frente al imprevisto de que el coche se queda sin nafta en medio del campo. Y va a buscar nafta en un bidón, y en la casa de un paraje devastado se encuentra con un viejo raquítico, encerrado del otro lado de la ventana, abandonado a su suerte como si hubiera estado esperándolo ahí al otro desde antes de su nacimiento, como si ese fuera el destino de los dos, cruzarse un solo instante sobre el borde de la navidad, en un tajo de angustia machacando el fondo de la tierra. Pero ni hablar del mareo del tipo cuando le toca entrar a la central nuclear de Atucha, una estructura ingente de pronto sin gente abandonada como el viejo del paraje, desnuda como el hospital estatal en que el mismo médico que esa noche corteja a su mujer la mujer con la que él busca reconciliarse trabaja, pasillos vacíos, ruidos de pasos que se van, puertas que se cierran, en la noche buena del mundo del agobio, donde todo se busca, donde nada se encuentra, donde todo se posterga siempre un poco más allá. Pero quizás toda esa asfixia decadente decante en la escena del departamento que los policías saquean, cuando uno de los testigos, un odontólogo rubiecito, honesto y sensible, el típico progre porteño —Gastón Pauls—, discute acerca de moral con uno de los policías corruptos —Eduardo Ayala—, ambos sudados, arrasados por el calor pastoso de esa noche interminable de diciembre. "En la vida hacemos más cosas que no nos gustan que las que nos gustan", le dice el policía. Y después mueve una lámpara en el techo, y la lámpara oscila, alumbrando alternativamente una cara y otra en la discusión, discusión de marcados roles éticos. Hasta que llegamos al epílogo y vemos que al hijo del dentista honesto Papá Noel le regaló el mismo walkman que los policías terminaban de saquear en el departamento unas horas atrás.    


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Felicidades es la única película que llegó a filmar Lucho Bender, director y coguionista, antes de morir inesperadamente cuatro años después. Tenía solamente cuarenta y ocho años. Invirtió plata de su propio bolsillo para llevar a cabo el proyecto, inversión que jamás recuperó. El que el estreno  de su ópera prima coincidiera en los cines con el de la celebérrima Nueve reinas puede ser una de las explicaciones. Sin embargo, en una entrevista del 2000: Yo siempre me prometí hacer una película, y la hice. Ya me puedo ir en paz de este mundo”.


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Los que no quedamos en paz somos nosotros. ¿Qué habría filmado después de haber seguido vivo? Como sucede con Bolaño, como sucede con Büchner, como sucede con tantos otros que supieron dejar el mundo todavía con un trayecto vital por delante potencialmente productivo en términos artísticos, el caso de Lucho Bender nos arrastra a especulaciones que no tienen ningún sentido.


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Y ya que estamos hablando de especulaciones: si Felicidades es la película que mejor enseña lo que fueron los noventa en la Argentina, ¿cuál será la que en el futuro reproduzca de manera más fidedigna lo que fueron estos últimos años?
¿En qué se va a parecer a Felicidades? ¿En qué se va a diferenciar?