jueves, 15 de enero de 2015

una diosa en reposo



Me acuerdo de cada cosa que pasó ese día como si lo hubiera vivido recién. Fue en el mar. Con dos amigos habíamos ido a pasar el año nuevo a Villa Gesell y la última noche antes de volvernos a Buenos Aires fuimos a bailar y a la salida del boliche estábamos muy en pedo como para volver al hotel así que encaramos directo para la playa. En un momento vimos que venían tres chicas con los zapatos en la mano y los pies en el agua. Miren acá, dijo uno. Las chicas también salían de bailar. Las saludamos y nos pusimos a caminar con ellas. Primero los seis juntos, hablando a los gritos. Después, de a poco, se fueron armando las parejas y empezamos a caminar de a dos. Teníamos una jarra de Cuba libre con el hielo derretido. Ocho de la mañana, el sol fuerte, ni una sola nube en el cielo, pero la playa seguía vacía. Nos sentamos los seis en las escalinatas de un parador que quedaba enfrente del hotel donde ellas se estaban quedando. Las chicas eran de San Juan. Lindas, simpáticas, universitarias recién recibidas, con una tonada cantarina que se hundía, se ahogaba en la respiración de la frase hacia el final.

Había buena onda en el grupo. Todos estábamos en pedo y con ganas de reírnos y teníamos más o menos la misma edad, veintisiete, veintiocho años, en una ciudad donde la mayoría eran pibes de veinte para abajo. Me di cuenta de que la chica con la que había estado caminando de la mano hasta hacía un rato atrás no me gustaba tanto como una de las amigas, una morocha dicharachera con lindos labios y las tetas grandes, aunque no muy grandes, en realidad, sino más bien altas, prepotentes. El amigo que había estado caminando con ella no la había besado, así que no la descarté. La otra, la tercera, era muy callada. Bajita. Tenía puestos unos anteojos de sol. Era la de rasgos más lindos, y tenía la voz suave, y un cuerpo maleable, atractivo, pero como no se hacía notar en la conversación mientras estuvimos ahí casi no me fijé en ella. Solamente sabía que se llamaba Belén. Mi otro amigo tampoco la había besado.  

Al otro día, o más bien ese mismo día, pero a las cuatro de la tarde, las fuimos a despedir. En un rato ya salíamos a la ruta. Yo no había dormido nada. Llevé una cerveza. Nos la pusimos a tomar chupando en los hombros el ardor de los rayos. A mis amigos ya se les había bajado la borrachera de esa mañana; uno porque tenía que manejar y había cambiado el alcohol por gaseosa; el otro porque se la había pasado durmiendo toda la tarde. Belén ya no tenía puestos los anteojos de sol. Tenía los ojos diminutos, marrones, y miraba todo con calma, sin mover mucho los ojos, o moviéndolos muy despacio, como si lo que estuviera mirando frente a ella en ese momento fuera lo importante, lo único real, como si no hubiera otras cosas más importantes que ver más allá de lo que en ese momento estaba mirando.

La morocha en una pegó un salto y dijo: ¿Vamos al mar? Cuando vi que también se levantaba Belén, les dije que las acompañaba.

Metí los pies de a poco. El agua estaba helada. Aproveché una ola mansa para tirarme de cuerpo entero. Miré para atrás. Las chicas se reían entre ellas. Soltaron un gritito cuando una ola las salpicó. El agua apenas nos llegaba a las rodillas. Vamos más para el fondo, les grité. La gracia es que las olas te revuelquen. Un rato antes habíamos visto al bañero tocar el silbato porque dos o tres chicas se habían adentrado de más, pero ahora el mar ya no parecía estar tan picado. Así que cuando empecé a avanzar para el fondo las chicas me siguieron.

Nos metimos. Nos metimos bien. Ellas atrás, mientras yo les decía cuidado con esta, o metansé abajo del agua ahora, diciéndoles lo que tenían que hacer cuando se nos venían encima las olas a esas dos sanjuaninas que hacía muchos años, desde que eran adolescentes, no iban al mar.

Belén con el pelo mojado goteando gotas brillantes abajo del sol, y la sonrisa de dientes blancos y brillantes y diminutos en su cara delicada de india traspasada por dos generaciones de europeos, y su cuerpo diminuto con el cielo interminable sin nubes y el redondel cegador del sol de fondo, me pareció de una belleza dolorosa y cálida, y hubiera dado todo, mis manos, mi sangre, por hacerle el amor ahí, entre las olas, así como estábamos.

Miraba a la chica tan concentrado que no las vi llegar. Primero fue una ola inmensa. Después, pegada, otra más chica. Y al final una tercera más enorme que las otras dos. Me sentí como adentro de un remolino. Cuando saqué la cabeza de abajo del agua, vi que la morocha estaba levantándose en la arena, cerca de la playa. Pero no pude ver a Belén. Entonces me di vuelta y miré para el lado del mar, y ahí, varios metros adentro, estaba ella.

Me hundí en el agua para empujarme contra el suelo y tomar envión, pero mis pies no encontraron la arena. Volví a salir y le grité a Belén riéndome: Ahí voy. Empecé a nadar. Mientras me acercaba a la chica, de vez en cuando las olas la sacaban de mi perspectiva. Por unos segundos la dejaba de ver, y después, cuando aparecía de nuevo, la veía cada vez más lejos.

Empecé a sentirme nervioso de verdad cuando miré a los costados y vi que a nuestro alrededor no había nadie. Nadie. Ya no podía ver a los pibes que hasta unos segundos atrás habían estado barrenando olas con nosotros. Éramos solamente Belén y yo. Dejé de lado el papel de porteño superado que hasta ese momento había representado y empecé a nadar más fuerte. Me acerqué a Belén hasta que encontré su mano en la superficie y entonces la agarré y la arrastré hasta mí, y después me puse a un costado de la chica y empecé a nadar para la playa intentando llevarla conmigo.

Fue entonces cuando lo sentí. El agua. Algo estaba pasando en el agua. No podíamos avanzar. Entendí por qué Belén no había podido salir sola. Estábamos metidos en una corriente. Quizás avanzaba uno o dos metros arrastrando a Belén conmigo, pero pasaba la ondulación de una ola y el reflujo nos hacía retroceder muchos metros más. A los pocos segundos me ardían las piernas. Levanté los ojos y ya no podía ver la playa ni los edificios que había enfrente de la costa. Tampoco se escuchaba el murmullo de la gente, ni el estruendo de las olas que se partían en la arena, ni el viento, ni siquiera el viento, solamente el goteo del agua cuando las ondas nos salpicaban y el de nuestras bocas resoplando, escupiendo borbotones de agua salina.

No sé cuánto tiempo habremos estado así, solos. Pero Belén en ningún momento reaccionó. No soltó ni un resoplido o comentario, ni un solo grito de terror o de pánico. Estaba muda. Por un segundo se me ocurrió que debía estar en estado de shock. La situación, a medida que nos alejábamos de la costa, era cada vez más desesperante. Pero no. Ella tenía los ojos calmos. No hablaba ni tenía ninguna expresión de susto. Solamente movía los brazos despacio, flotaba como si estuviera en la pileta de una casa. 

Quizás Belén, al verme también callado, creía que yo dominaba la situación. Quizás creía que yo sabía cuál era el problema y los pasos a seguir para solucionarlo. Pero la verdad es que yo no sabía qué hacer. ¿Qué? ¿Gritar? ¿Desesperarme? ¿Empezar a sacudir los brazos pidiendo ayuda? No sabía si me tocaba decirle a Belén: ¿Estás bien? No te preocupes, en cualquier momento salimos. O: Quedate tranquila. Cuanto más nerviosa te pongas es peor. Pero hablarle de esa forma no hubiera tenido ningún sentido. Porque Belén flotando al lado mío así, tan mansa, parecía una diosa en reposo. Como si tuviera una fe ciega en que las cosas nos iban a terminar saliendo bien. O como si no le importara que nos salieran mal mientras los dos estuviéramos flotando uno al lado del otro. Así que yo también me quedé callado. Así que yo también elegí seguir mudo, tranquilo, flotando a un lado de ella. Fue un silencio el nuestro que no sé cuánto duró, si segundos, si minutos; quizás en ese momento yo me decía: No hay forma de que nada malo te pueda pasar mientras estés al lado de una mina como esta. O quizás no me decía nada y lo único que hacía era escuchar ese silencio. Todo, todo era silencio. Un silencio que nunca había escuchado en mi vida. Sobrenatural. Mientras las olas nos llevaban y traían. 
  
Hasta que hubo una explosión de rayos en el agua y el silencio se agrietó para siempre. Eran dos sombras, acercándose a contraluz del sol, casi volando encima de las olas. Una de las sombras la agarró a Belén y la otra me agarró a mí. Pensé lo peor. Pero no dije nada. Enseguida un torpedo de plástico apareció entre mis manos. Agarrate, escuché, y era un tipo el que me lo decía. Agarrate y no lo soltés, no lo soltés. Agarré el torpedo de plástico atado con una soga a los hombros del tipo, y el tipo empezó a nadar hacia la playa. Sentí que la vida volvía a tener su orden monótono, previsible. Pero la corriente nos seguía absorbiendo. No lo soltés, no lo soltés, me decía el tipo. Pero yo veía que él no podía sacarme, que yo era una carga que el tipo no podía arrastrar sin que el pulmón del mar no lo chupara también a él. Pensé en Belén. Pensé en su silencio. Pensé en todas las noches de todos estos años. Después ya no pude pensar más. Otra sombra emergió, por atrás de una ola. Me agarró de un hombro y le dio indicaciones al otro tipo de cómo se iba a tener que mover. Parecía ser un guardavidas de más experiencia. Cada vez que una ola violenta rebotaba con otra para caernos encima, me decía cerrá la boca, no respirés, no respirés, y después, cuando la ola pasaba, me gritaba: Ahora respirá. Miré a un costado y también eran dos los que la estaban sacando a Belén. Así fuimos sorteando uno tras otro los coletazos del mar. Vos pataleá. Agarrate. No te sueltes. Vos pataleá. Y cuando la corriente empezó a amansarse y la playa a verse a lo lejos me dijo: Ponete de espaldas. Y yo dudé. ¿Ponerme de espaldas? En ese momento no se me dio por pensar que yo estaba siendo un peso muerto para ellos con el cuerpo metido entero abajo del agua. Pero el tipo volvió a insistir, y le terminé haciendo caso. Me puse de espaldas encima del torpedo y vi el cielo sin bordes moviéndose en horizontal, en horizontal, ondulándose cada vez que la marea se ondulaba. Unos segundos después me di vuelta y puse los pies en el agua y abajo del agua estaba la arena. Y a un costado estaba Belén, también parada en la arena. Le di las gracias a los tipos con sinceridad pero ni siquiera me miraron, solamente vi caras de orto, seguramente por el olor a escabio que yo debía tener. Después me acerqué a Belén y le pregunté cómo estaba. Bien, ¿vos? Seguía muy tranquila, a pesar de todo. Sonreía. Como si recién terminara de darse una ducha en su casa. Bien, estoy bien, le contesté. Y después volvimos a la playa caminando juntos.

La morocha la estaba esperando con un susto tremendo. La abrazó fuerte, casi a los gritos. Tuvo que pasar un rato para que se calmara y empezara a decirle a Belén: Lo hiciste a propósito para que te agarren los bañeros. El resto del grupo nos estaba esperando un poco más atrás. Mientras volvíamos adonde estaban nuestras cosas algunas personas se nos acercaron para preguntarnos a Belén y a mí si estábamos bien, y comentaron lo traicionero que estaba el mar esa tarde y también elogiaron a los muchachos que nos habían rescatado. Aunque no alcancé a escuchar ninguno, me enteré de que había habido muchos aplausos.

Después nos sentamos en la arena los seis. Durante un rato el episodio que casi termina de la peor manera fue el único tema de conversación. Queríamos hablar de otra cosa, intentábamos hacerlo, pero no bien había un bache en la charla general inevitablemente la inercia nos volvía a arrastrar a ese tema.

Belén seguía tan callada como lo había estado esa mañana y como lo había estado en el mar, solamente riéndose de los comentarios que hacían sus amigas. Yo me senté a un costado de ella y durante el resto de la tarde no pude moverme de ahí. No pude. Inclinado, con la frente en su hombro. No podía despegarme de esa chica. De vez en cuando le hacía masajes en el cuello. O le acariciaba una mano despacio. Se la acariciaba sin decirle nada.

Solamente me levanté cuando después de un rato la intensidad de lo que habíamos vivido se despelotó en mi conciencia. Entonces me di cuenta de que me dolían mucho los brazos y me puse a temblar como un nene, un temblor hondo, angustiado, que me sacudió de cuerpo entero, y para que ella no se diera cuenta dije que hacía mucho frío, lo cual era cierto, ahora que ya había bajado el sol, y me alejé un segundo y me puse una remera, y solamente cuando se me pasó volví a sentarme con ella.

Mientras los demás hablaban a los gritos de cualquier cosa, le dije al oído despacio: Qué mujer hermosa que sos. Belén me miró de reojo y sonrió. Yo todavía no podía entender su calma. De dónde sacaba su calma. Su cara era un silencio tan suave como el del mar que nos había arrastrado hacia la soledad más absoluta, y yo no lo podía entender. Me hubiera gustado estar solo con ella para decírselo. O estar solo con ella y no decirle nada, solamente besarla.

Pero ya eran las seis, seis y media de la tarde, y con mis amigos nos teníamos que ir. Las sanjuaninas nos pedían que nos quedáramos. Nos encariñamos rápido, dijo la morocha. No se vayan. Seguro que esta noche se encariñan de nuevo con otros, dijo uno de los pibes, y las cargamos un rato como las habíamos cargado esa mañana, cuando estábamos en pedo y nos conocimos y nos emperramos en asumir el rol de porteños porque vimos que les causaba gracia. Que les manden saludos a las cabras de su pueblo. Esos pueblos de quince personas en medio del monte donde no debe ni haber Internet. Y ellas nada más se reían. Hasta para reírse eran distintas. Tenían una ternura de papel mojado, de arena mojada, con una inocencia para reírse de ellas mismas que en ese momento solamente me pareció una convicción, una seguridad, que yo lo pensaba y pensaba y me costaba encontrar con tanta desnudez en mujeres de ciudades.

Me tocaba despedir a Belén. Esperé a que quedara sola a un costado del grupo y entonces me acerqué y cuando la abracé le dije en tono de broma: Ahora mi chica sos vos. Ella también me abrazó. Puse mi boca en su mejilla y se la besé, y después puse mi boca en su boca y Belén la abrió y su lengua se posó en mi lengua como una ola fugaz, y por un segundo mientras duró ese beso tan breve sentí que volvíamos a quedar solos, y todo a nuestro alrededor se volvió un silencio milagroso en el que solamente se escuchaban nuestros brazos chapoteando en el agua y la respiración de nuestras bocas agitadas.

Nos vemos, le dije. Nos vemos, me contestó. 

Y me fui rápido, atrás de mis amigos.

Me acuerdo de cada cosa que pasó ese día, sí. Me acuerdo de que en el auto, ya en la ruta, los pibes de vez en cuando se ponían a hablar de todo lo que nos había pasado ese fin de semana en Villa Gesell. Me acuerdo de que yo hacía algún que otro comentario para no desentonar, para que mi desinterés no fuera muy evidente, pero que por lo general me quedaba callado, mirando la ventanilla. Caía la noche encima del campo. Tenía encima la depre de volver a Buenos Aires, a la rutina, al trabajo, a los edificios grises de nuevo. Hasta que en un momento me vibró el celular. Abrí el mensaje: “Cuando quieras nos ahogamos juntos de nuevo. Belén”. Lo leí. Lo releí varias veces. Después volví a mirar la ventanilla. De repente sentí como una corriente, como algo que me chupaba la angustia por adentro, que me limpiaba, que me hacía sentir nuevo otra vez dejando todo mi pasado atrás a la misma velocidad con que el auto avanzaba por la ruta. Tardamos cuatro, cinco horas en volver a casa. Durante el trayecto pensé en muchas de las mujeres que conocí y que quise y que no me quisieron, y también en las que me quisieron pero que yo no pude querer, y después de pensar en ellas siempre me ponía a pensar en Belén. En su forma de ser ahí en el mar. Pensé que nunca nada jodido iba a poder pasarme mientras esa extraña estuviera viva, empujando suavemente su vida en algún pueblito de San Juan o de otra provincia o de donde sea. Pensé: Mientras esa chica viva yo nunca voy a estar solo.  






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