martes, 31 de marzo de 2015



Imagen de Dios 







Siempre postergué este momento. El momento en el que me siento a escribir sobre él.
¿Quizás porque postergar un acto de escritura prolonga la conversación solitaria con uno mismo?
¿Quizás porque prolongar la conversación solitaria con uno mismo es lo que asegura la integridad, el verdadero valor de un acto de escritura?

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Falso. Nada de esto me detuvo antes. En realidad, para escribir sobre una persona que realmente admiro, preciso que esta persona esté muerta.
Sea de forma práctica o simbólica. En la realidad o en mi imaginario.
Pero muerta.

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¿Y que es lo que pasa con él? Que está vivo. Treinta y siete años. Comiendo banco en los San Antonio Spurs. Pero vivo. En cualquier momento puede pasar cualquier cosa todavía. “San Antonio Spurs”. 
Juego al fútbol con monos todos los sábados.
Me avergonzaría pronunciar bien “Spurs”.

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Pero voy. Salgo del closet: jamás sentí tanta admiración por ningún deportista como la que sentí y siento y voy a sentir todavía por Emanuel David Ginobili.
¿En qué se basa esta admiración?

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¿En qué se basa cualquier admiración? ¿En lo que uno mismo quisiera ser? ¿Admiro en el otro cualidades que desearía poseer y no poseo?
¿Admiro lo que, a mi manera, entre líneas, en cada acto de la vida cotidiana, intento emular?

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No te engañes. No es tan simple.
Cuántas veces te habrás sorprendido a vos mismo despreciando a una persona con tanta intensidad, dedicándole tantas energías a ese sentimiento oscuro, que era como si ese desprecio la elevara, la pusiera a la persona varios escalones por encima tuyo, hasta que finalmente te dabas cuenta de que el arrodillado eras vos, que el germen de ese desprecio era una admiración demasiado ciega como para que pudieras reconocerla.

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Siempre lo postergaste y, sin embargo, lo estás escribiendo. Es ahora. No importa que no estés a la altura.
Raramente el deseo está a la altura de la realidad.

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No recuerdo cuándo escuché su nombre por primera vez. No recuerdo cuándo fue el primer partido de la NBA que sintonicé solamente para verlo.
Pero qué pasión, macho. Pero qué bronca. Qué ira. Qué hambre.
Qué sed de llevarte todo por delante.

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Siempre me produjo extrañamiento la idea de que un tipo se tire en un sillón a mirar un partido de básquet, tenis, fútbol, lo que sea.
¿Qué filamentos subrepticios se activan ahí?
Es harto conocido el impulso cuando se trata de un espectáculo de ficción. Las historias truchas nos devuelven un espejo fragmentado de la realidad gracias a cuyo arbitrio podemos caer en aspectos vivenciales que la vorágine cotidiana nos saca de ángulo (sabios antiguos, incluso, han sabido sostener que en el espejo de la ficción está la verdad, con lo cual la vida "real" sería solo un residuo, un reflejo de las historias que nos narramos).
Ficción, así: subjetivación de lo Otro.
Empatía. Por envés o por revés.
Así soy. Así no soy.
Así son los otros.
Otros: lo que yo podría ser.
O debería dejar de ser.
(No sé lo que estás diciendo.)
Pero el deporte... ¿Qué?

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El deporte es real. El deporte es ahora. Televisado en vivo y en directo a los cinco continentes. Millones y millones de espectadores sentados en sus casas o en bares o asistiendo a los innumerables coliseos desparramados por el orbe para atestiguar en cuerpo real la batalla.
Messi, Cristiano Ronaldo. Grandes gladiadores posmodernos.
Deporte. El gran espectáculo posmoderno.
Juegos olímpicos. Mundiales de fútbol. 
Nada como el deporte concita tanto la atención global contemporánea.
La humanidad evolucionó. Digan lo que digan.
Ya no corre sangre en la arena.
Solo una simple esfera.

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Competencia. Victoria de unos a manos de la derrota de otros.
Dentro de miles y miles de años, los hombres del porvenir, ¿nos verán como ejemplares subdesarrollados?
¿Seremos a sus ojos unos monos?
¿La sed de competencia es constitutiva de la especie o solo una fase dentro de lo que podríamos denominar una ecuménica evolución moral hacia lo que nunca vas a poder atestiguar vos ni tus hijos, ni los hijos de tus hijos, ni los hijos de los hijos de tus hijos, ni los hijos de los hijos de los hijos de tus hijos?
Evolución moral: lo que signifique.
Un mundo sin competencia. Sin deporte. Sin juego. Sin pasión.

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A los vagos de los sábados les diría: Chupenlá. El básquet se parece mucho más al papi fútbol que el fútbol once. 
La posición. La marca. La rotación.
Si querés aprender a jugar fútbol papi, cómo pararte, cómo volver cada vez que atacás y hay que retroceder, mira NBA papá.

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Qué raro es el básquet. A quién se le habrá ocurrido. Deberías googlearlo. Qué raro que esté a tal altura el aro, y no más abajo, segregando, salvo contadas excepciones, contadas con estos dedos, a los petisos de un metro ochenta para abajo. ¿Y embocarla? ¿En tan breve diámetro? ¿Cuál es el mérito? ¿La altura? ¿La puntería? ¿El dribbling?

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Hay algunos que todavía tienen dudas. A mí ya no me queda ninguna: Manu Ginobili es el mejor deportista de la historia argentina.
¿Maradona? Bien. Pero nos sacó campeón en un deporte que en la Argentina es central. No es algo que acá alguna vez haya faltado, o falte, o vaya a faltar. Eximios futbolistas de alta competividad tanto para el mercado interno como para el externo.
La faena es más loable, en cambio, cuando se trata de un deporte que en nuestro país, pese a ser el más federal, resulta periférico.
Básquet. El segundo deporte más practicado en el mundo.
Ginobili fue la punta de lanza de un equipo que volvió a la Argentina potencia en ese deporte.
El de Atenas 2004, sin ir más lejos, se trata de un logro que puede parangonarse al del Mundial 86 no, desde ya, por la efervescencia colectiva que sus festejos generaron en estas tierras, sino por sus méritos puramente deportivos.
Méritos que están a la par, si no aún más. 
Los soldados de la llamada "generación dorada" vencieron a un Estados Unidos pletórico de estrellas en semifinales, propinándole la primera derrota en la historia de los Juegos Olímpicos a un equipo norteamericano íntegramente conformado por jugadores de la NBA. Sería también a la postre el único torneo al día de hoy en que el Dream Team no pudiera quedarse con la presea dorada, estadística sumamente reveladora si de establecer la verdadera altura de la victoria argentina en ese cotejo se trata.
Sin embargo, la proeza de Atenas 2004 quedará ligada para siempre, más que al triunfo sobre Estados Unidos, a un partido desarrollado durante la primera fase, y más precisamente a una sola jugada. 
El rival: Serbia (ex Yugoslavia), una potencia de frondosa tradición en el básquet. Dos años atrás, Serbia se había impuesto frente a la selección argentina en la final del campeonato del mundo de Indianápolis en circunstancias en extremo polémicas. Así que el enfrentamiento de estos dos equipos, por más que fuera en una fase preliminar, tenía todos los condimentos de una revancha.
El partido fue parejo. Trabado. Luchado. Al punto de que, faltando apenas tres segundos para que finalizara el partido, estaban empatados en el marcador. Pero Serbia contaba con un tiro libre todavía. Lo encesta. Los suplentes del banco balcánico, conscientes de la imposibilidad de dar vuelta el resultado por parte de la Argentina en tan poco tiempo, comienzan a saltar, a gritar de alegría, a festejar un triunfo clave para el posicionamiento en el grupo.
Sin embargo, algo pasa.
Argentina repone rápidamente. Montecchia avanza pegado a la línea con la pelota en su poder, divisa a Manu, le cede el balón; lo que Manu hace entonces trasgrede todos los preceptos básicos del básquet. Da un salto, uno solo, apenas, y aprovecha ese envión para lanzarse hacia a un costado de cuerpo entero, buscando el claro directo hacia el aro. Es un movimiento poco ortodoxo, con probabilidades de éxito prácticamente nulas.
Y, sin embargo, algo pasa.
Cada vez que me dicen que Ginobili es un vende patria, les remito el link de esta jugada: el proverbial e inolvidable "zapato" (así él mismo lo denominó) que Ginobili encestó en una posición completamente desnaturalizada desde un punto de vista físico, pero gracias al cual Argentina finalmente se impuso a Serbia cuando ya sonaban las chicharras, vengando así la derrota de la final de Indianápolis.













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Los grandes deportistas, los cracks de cepa, hacen siempre lo que los deportistas ordinarios solo hacen de vez en cuando. 
Pero, como diría un viejo lobo del deporte, los grandes deportistas, además, son los que en los momentos calientes, en los decisivos, en aquellos que después se convierten en hitos, no fallan.

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Pero Manu Ginobili no solo es el mejor deportista que parió este país por sus logros con la celeste y blanca, sino también podría serlo, dejando de lado esos laureles, por lo que a secas consiguió en la NBA.
Escalando de a poco, como soldado de un país fronterizo, los escalones de una sociedad culturalmente endogámica como lo es la norteamericana.
Entrando a un sistema cerrado, monolítico.
Apenas llegado a los San Antonio Spurs, Bruce Bowen, una suerte de Schiavi del básquet estadounidense, lo castigaba en los entrenamientos al punto de que los propios compañero le decían: Pará. Es un entrenamiento.
Manu, sin embargo, soportaba los golpes con estoicismo una y otra vez, en cada práctica, sin decir nada.
Esto ya le había sucedido en sus inicios en la Argentina, en la Liga Nacional de Básquet, donde "rivales con más experiencia, [...] al ver a un jugador joven y atrevido -siguiendo la regla no escrita de ´hacerse respetar´- lo golpeaban para hacerlo aflojar".
Cecil Valcarcel, basquetbolista argentino que Manu tenía como referente y que terminó jugando con él en Bahiense del Norte: "No le podían sacar la pelota. Y metía y metía. Era un goleador. No aflojaba ni abajo del agua. ¡Si le habrán pegado...! Era en esos momentos cuando más te llamaba la atención su personalidad. Me acuerdo en especial de un partido contra el club Velocidad, en cancha de ellos. Era uno de los primeros partidos de la temporada y Manu estaba jugando muy bien. En un momento, toma una pelota, uno de los rivales le mete un codazo en el estómago y lo derriba. [...] Ahi mismo me pregunté cómo reaccionaría. Y él, nada. Se levantó, se compuso y siguió jugando. A pesar del dolor no reaccionó"
Bruce Bowen, un tiempo después, cuando Manu Ginobili en los Estados Unidos ya era Manu Ginobili, se le acercó en el vestuario y le explicó lo de los golpes.
"Te estaba probando".

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"Pará. Es un entrenamiento". No, quizás este no es el momento de escribir sobre Manu Ginobili. Sobre cómo poco a poco él se hizo respetar. Sobre cómo poco a poco, después de entrar con veinticinco años a la mejor liga de básquet del mundo, siendo un flaco desgarbado y narigón que había llegado de nadie sabía dónde (¿Argentina?, ¿y eso?, ¿una provincia de Brasil?) hasta el Estado de Texas, iba a terminar erigiendo su nombre. Pegándolo al de Argentina. Al de la bandera argentina. Flameándola en los festejos cada una de las cuatro veces en que salió campeón con los San Antonio Spurs.
Bush, el innombrable, lo nombraría en el 2005.
Manu Ginobili.
El emperador romano nombrando en una conferencia de prensa a un atleta de esta simple provincia del Imperio.
Para los yanquis no hay Maradona. No hay Messi.
En la Roma contemporánea de fútbol se habla poco y nada.
Hay solo Manu Ginobili.
Fue Ginobili quien en la órbita del centro de todo puso a nuestro país en el mapa.

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Lady Gaga: "My favorite player". 




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Hay casos en los que un deportista o cualquier profesional de cualquier otra rama alcanza el prestigio, más que por sus logros profesionales, por su sólida presencia en el ámbito de lo público. Saber desempeñarse con los medios, ser un ser político, parece ser la clave en esta era de las redes sociales. Ginobili es uno de esos singulares casos en que las dos vertientes le juegan a favor.  
No solo es un jugador que se impone cualitativa y muchas veces cuantitativamente por encima de la media en la cancha, sino también lo hace a través de su discurso. Responde preguntas con gracia. Con elocuencia. Con chispa. Jamás recurre al afamado “casette”.
Pero sobre todo hay que destacar su habilidad innata para salir en todos los casos bien parado.
Periodista yanqui: “¿Qué libro has estado leyendo?”
Manu: "Mmmm -pensando-. Ahora mismo estoy leyendo sobre casos extraños en los juegos olímpicos”.
El correlato objetivo, al menos para cualquier espectador relativamente informado, apunta directo al caso de que Manu Ginobili es el único jugador en la historia, junto a nada más y nada menos que Michael Jordan y Scottie Pippen, en ganar una medalla de oro el mismo año que un campeonato de la NBA.
¿Inocencia? ¿Astucia? ¿Subconsciente o consciente?
No importa.
Barrer para el propio molino.
Esto, damas y caballeros, es política.

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Hay gente que lo tilda de rata. 
Periodista anónimo bahiense: "Hace unos años, el club del que salió ‘Manu’, Bahiense del Norte, necesitaba cambiar el piso de su cancha. Lo contactaron al jugador para ver si, de onda, lo pagaba él. Era figura en Estados Unidos. Para el club era una enormidad de plata, para Ginóbili dos mangos. ‘Manu’ lo resolvió armando una rifa. Y él compró dos números. Algo así como 100 pesos”.
Chismes. Como amante de la literatura, me es imposible no estar atento a ellos.
Sin embargo, agradezco no conocer personalmente a la gente que admiro.
Que mi admiración se quede ahí. Circunscripta a lo que saben hacer. 

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Pero tarde o temprano la curiosidad me seduce. Quiero saber cómo es el carácter, de dónde viene, quién es este engendro que admiro. Así que compro un par de libros sobre él. Los leo. Así me entero de algunos aspectos bastante interesantes. Manu Ginobili fue el menor de dos hermanos que jugaban profesionalmente al básquet. Su padre era dirigente de un club de básquet. Siempre eran visitados por gente del ámbito del básquet. Al parecer era una casa, la suya, allá, en Bahía Blanca, en la que se respiraba ese deporte.
Pero a mí me quedó este detalle.
Manu estaba obsesionado con su altura. Tenía trece años y no crecía. Medía "solo" 1,76 metro. Miraba siempre los videos de Michael Jordan. Soñaba con alguna vez estar en la NBA. Como uno soñaría, por ejemplo, con la posibilidad de pasar una noche con Scarlett Johansson. Cosas que son de otro universo, si sos consciente de que vivís en un pueblo un poco más atrás de la nada, si sos consciente de que hay cosas que solo les pasan a otros, y que no tienen nada que ver con tu vida.
Pero Ginobili estaba enfermo. Tenía un grave problema psicológico. Su obsesión.
Tenía trece años y pensaba en eso.
Jamás podría jugar en la NBA si no crecía.
¿Entonces qué hacer?
En la biografía de Daniel Frescó, "Manu. El cielo con las manos": "Recuerdo que Manu tenía pegada en la heladera una dieta que le daba el profesor para que estuviera mejor -dice Fernando Piña, otro de los testigos de la ansiedad de Manu por crecer-. Era algo así como una mezcla de banana, leche, licuado... y con unos productos de hígado disecado que eran un asco. Y él se lo tomaba. Si le decían que se tenía que comer una vaca para poder volcar la pelota, era capaz de comérsela".
Manu se fue a hacer estudios, en compañía de sus padres. Los resultados no eran alentadores. "En el mejor de los casos, Manu alcanzaría a los 19 años una altura de 1,85 metro. Cuando el doctor Fernández Campaña se lo dijo a Emanuel, tuvo como respuesta seis palabras que expresaron su tremenda decepción. ´Tan poco... voy a ser petiso...´. [...] Con esa estatura, no podría llegar a cumplir sus sueños. Esa noche fue durísima para Emanuel. [...] Lo que vendría en los años siguientes -un llamativo `estirón´ y el consiguiente desarrollo físico que sorprendió a casi todos- sería explicado científicamente con la denominada `maduración tardía´. Pero para muchos hay una única explicación: la fuerza del deseo [...] Años más tarde, llegaría a tener exactamente la misma altura que su ídolo [Michael Jordan]: 1,98 metro".
"La fuerza del deseo": un enunciado así de trivial puede sin embargo tener un basamento complejo. Y en este caso lo hay. La obsesión de Ginobili llegaba al punto de medirse cada día en tres lugares distintos. Se medía, haciendo marcas en las paredes, en su casa, en la casa de sus abuelos, en el gimnasio del club. Cotejando, no a diario, sino cada tantas horas, la evolución de su estatura, en relación con la que sus dos hermanos mayores habían tenido a su edad.
Saltaba. Se colgaba todas las tardes de un fierro en el patio de su casa. Desde su infancia había sido así. Cuando iba a buscar a sus amigos, "jugaba en forma obsesiva a algo que lo apasionaba. Consistía en saltar para tocar, con la punta de los dedos, las chapitas con números que identifican a las casas. Para un chico de ocho o nueve años, la altura a la que están ubicadas es considerable". 
Obsesión. Pasión. Pathos.
Patología.
Si parece sencillo trazar la raya entre uno y otro concepto lo es solo porque ahora ya tenemos en nuestro poder el diario del lunes.
Emanuel David Ginobili no es el adolescente trastornado por la escasa progresión de su altura. Emanuel David Ginobili es hoy un firme candidato a ser el primer hispanoamericano en la historia en integrar el Salón de la Fama de la NBA.

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Hay rasgos psiconalíticamente ambivalentes en la personalidad de los grandes deportistas. Quizás nosotros, personas comunes y corrientes, también los tengamos, pero, en tanto eso, personas comunes y corrientes, no somos el objeto de estudio de este trabajo. En la base del psicoanálisis está la idea de que muchas de nuestras decisiones son en realidad efecto de una decisión que previamente tomaron nuestros padres. Del influjo de sus ideas o actitudes latentes sobre nosotros. Súper Yo. Mandato paterno. Castración. Mito edípico. Podemos suscribir estas ideas o no (los amigos, los tíos, los primos, o el verdulero de la esquina, si a tal lo tenemos en gran estima, ¿jamás influyen de forma decisiva en nuestra psiquis?).
Pero hay que decirlo: en el caso de algunos deportistas la influencia torrencial de padres obsesivos sobre sus trayectorias vitales es de carácter palmario. 
Tiger Woods, vgr.. Las hermanas Williams.
¿Manu Ginobili? ¿Lionel Messi?
La historia de los que consiguen la gloria es áspera. Sí. Pero no pequemos de ingenuidad. 
Mucho más dura todavía es la de los que se emperran en conseguirla, que se cuentan de a millares, y que sin embargo nunca lo hacen.
Primera moraleja: “Nunca te esfuerces demasiado”.

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Segunda moraleja: “Nunca esperes a que tus objetos de escritura mueran, sea de forma práctica o simbólica. Porque antes, práctica o simbólicamente, podés morirte vos”.

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Hay una jugada de Manu Ginobili, muy cercana en el tiempo, que no me canso de ver. La pongo en Youtube cuando no tengo ganas de pensar en nada. Cuando solo quiero solazarme. Darme un gusto.
“Mirá de lo que fue capaz este tipo”, pienso en esos momentos. "Mirá". 
Fue en la final del 2014 contra los Miami Heats. Miré este partido en vivo y en directo, consciente de que Ginobili ya no era el de antes, pero deseando con toda mi alma que lo volviera a ser. 
El Manu Ginobili de antes: un tipo que durante unos cinco o seis minutos (eternidad para los tiempos del básquet) hacía de los partidos lo que quería. El mundo a su alrededor dejaba de existir. Era solo él y el aro. Una ceguera absoluta. Un corazón puro latiendo hacia adelante. Yo pensaba que no iba a volver a ver nunca más esa versión suya. 
Pero de pronto en este partido, el quinto de la serie final frente a los Miami Heats, Ginobili vuelve a ser el que fue y se hace un plato.
Hay, antes que nada, que entender el contexto. Los Miami Heats eran por entonces el bicampeón vigente de la NBA. Contaban entre sus filas con mitos vivientes de la liga como Lebron James y Dwyane Wade, entre otros, en su plenitud. Terminado el primer cuarto, los Heats ganaban con holgura y tranquilidad, encaminándose -dado el antecedente de los enfrentamientos anteriores- a empatar la serie.
Hasta que viene él, un veterano de 36 años, argentino, suplente, con penetraciones y tiros de larga y media distancia, y robos y asistencias milimétricas, comienza a torcer el rumbo psicológico del partido. Gracias a su atropello, los Spurs consiguen restar la distancia de casi veinte puntos que en el primer cuarto parecía inabordable hasta pasar al frente en el marcador. 
Es entonces cuando pasa. Faltando tres minutos para que termine la primera parte, Manu termina de consolidar la remontada con una jugada semejante a las que acostumbraba a realizar en sus mejores épocas: recibe la pelota en su propio campo, entra al perímetro llevándose por delante a Allen y pega un salto demencial por sobre Crish Bosh para colgarla del aro. Lo que en el básquet se llama "volcar".
En ese movimiento está todo. Hay una bronca en ese movimiento. Como en el mejor poema de los mejores poetas, toda una experiencia vital, todo el sacrificio, la soledad, la imaginación, la noche, todo el angustioso deseo de un pibe atormentado porque no puede crecer, de pronto explotado en esa volcada.
El estadio estalla, los espectadores gritan, saltan aturdidos, ensalzando en mexicano o en inglés la proeza de su máximo ídolo, pero ni siquiera tienen tiempo de procesar lo que acaba de suceder porque la dinámica del básquet no lo permite. No es como en el fútbol, en el que vemos un golazo y pasan varios minutos, entre festejo de los jugadores y demás, hasta que se pone a correr la pelota de nuevo. En el fútbol hay tiempo para digerir la emoción. En el básquet, en cambio, un jugador puede acabar de realizar una maravilla, pero enseguida, en cuestión de dos o tres segundos, viene la reposición del contrario, y toda tu euforia en calidad de hincha se ve subordinada a la respuesta del rival. 
Es lo que sucede en este caso. Los Miami Heats convierten un doble apenas se renueva el juego y la multitud se apacigua. Pero al mismo tiempo permanece expectante, porque intuye, como puedo intuirlo también yo desde mi sillón, que Ginobili hoy parece obstinado en hacerle saber al mundo: "Acá estoy". Tras fracasar año tras año en sus últimas temporadas de decrepitud física, acá está Manu Ginobili de vuelta.
Y Tony Parker, base francés de élite dentro de lo que es la cosmogonía de la NBA, acostumbrado a definir por sí mismo los partidos, pasea la pelota de un lado al otro del perímetro, como desentendido de lo que acaba de pasar, pero sabiendo en el fondo que Ginobili es el único dueño de la pelota ahora. El absoluto arquitecto de la batalla. El dictatorial demiurgo de todo lo que en la cancha pueda pasar.
Y Manu aguarda, espera. Con los brazos quietos, los hombros también quietos, tensos, duros, como si le hubieran volcado cemento encima, asimilando la tensión del público, nuestra tensión. Alimentándose, comiendo de esa tensión.
Y cuando se endereza, cuando se mueve y pide la pelota, es como si lo hiciera impulsado por nosotros. Por el efluvio de nuestro deseo anónimo descargando cintazos eléctricos en él. Y Parker lo ve, ve que él se levanta, y se acerca y le alcanza la pelota suavemente, aterrado, como alcanzándole un hijo.
Y Manu va con la pelota hacia la otra esquina, y en ningún momento, jamás, mira el aro. Como si tuviera su ubicación incorporada en un esquema congénito. No le importa tampoco el negro de dos metros que se le encima. Manu está ciego. Manu nada más tira. Lanza el triple con la convicción de esas personas que saben que el destino no existe, que tampoco existe el futuro, sino solo decisiones y una marea infinita de cosas que ya sucedieron para siempre.
Como esto. La pelota adentro del aro. Ya pasó. Ginobili acaba de encestar el triple, y el estadio que había domesticado su tensión, pero sin dejar de sentirla en su centro, de pronto la deja aflorar otra vez. Los tipos del Miami Heats entonces recuerdan. Manu Ginobili. Este es el tipo que ganó tres campeonatos en cinco años. Tras siete temporadas, el veterano vuelve para poner las cosas en su lugar. Nadie puede creerlo.










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Treinta y seis años tiene Manu Ginobili al momento de hacer esa volcada en el mes de julio de 2014. Pleno Mundial de Brasil. Por supuesto que en la Argentina menos que poca gente reparó en el carácter épico de su actuación.
Pero treinta y seis años, pienso yo. Eso quiere decir que quizás a esa edad yo también pueda jugar al fútbol papi con esa bronca todos los sábados. Si me cuido como él se cuida. Si me desangro en la cancha como él todavía lo hace.
Porque, claro, ¿de qué sirve admirar a un engendro de otro planeta si uno no se permite proyectar sus logros constelares a la ridiculez mínima pero esencial de esta pobre vida cotidiana? 
Solo así tiene sentido la admiración, y solo así tiene sentido que un tipo como Manu Ginobili exista.

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Un pibe de trece años obsesionado con su altura. Asustado porque no puede crecer. Me gusta ese detalle, porque ahí me parece que está un poco la clave del fenómeno. 
Cada mañana cuando se despierta, cada mañana cuando se levanta para ir a entrenar, el motor de Ginobili parece ser el mismo todavía que lo obligaba a medirse en su casa, en la casa de sus abuelos, en el gimnasio del club de su barrio, allá en Bahía Blanca.
Me parece que ese es su chip, su gen, su hambre: Crecer. Siempre. Crecer. Nunca saciarse. 

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¿Gladiadores posmodernos? 
No: Dioses posmodernos. 
En el mundo de hoy, carente del misticismo de otras eras, la imagen de Dios se vuelca sobre los grandes iconos del deporte.   
Sobre los que engendran desde las alturas aquello que el común de los mortales contempla sin alcanzar a tocar nunca.