domingo, 10 de mayo de 2015

el peso de las palabras en la mente




No salían a la calle porque Mariela tenía miedo de cruzarse con su ex. Si nos llega a ver juntos, decía, me mato. Te juro que me mato.
Así que se quedaban en el departamento todo el fin de semana.
A veces salía ella, para hacer las compras. Otras él, para despejarse.
Pablo se sentaba en el banco más apartado de la plaza y se quedaba un rato ahí, fumando.


Cuando Pablo salía Mariela aprovechaba para revisarle el celular. Pablo no estaba muy ducho para el asunto de la tecnología y borraba los mensajes recibidos, pero no los que había mandado él. Por eso Mariela se podía encontrar con un "llamame ahora que estoy solo", enviado a las 12:15; justo a la hora en que ella había salido a hacer las compras para el almuerzo.
Hijo de puta.
Pero cuando él volvía, ella no podía sacarle en cara lo de los mensajes porque era delatar que le había leído el celular. Así que su única forma de desahogarse era ponerse a la defensiva. Discutía con Pablo por cualquier pavada y él no entendía por qué ella había cambiado tanto de humor de un momento para el otro, o simulaba no entender.


Pablo no es lindo. Es alto, ancho de hombros, corpulento; pero lindo no. Tiene la nariz chata, los dientes torcidos y amarillentos, y por lo general anda con los ojos llenos de venas, como los borrachos. Tiene cuarenta y cinco años, pero nunca trabajó; hoy por hoy se gana la vida dando clases particulares de francés. Aunque "se gana la vida" es una forma de decir; lo que las clases le dejan nunca le alcanza. Ella insiste, pero él no va a trabajar en relación de dependencia: no le gusta tener jefes ni manejarse con horarios que le impongan otros. De vez en cuando, en momentos de mucha "tensión interna”, sacrifica plata del alquiler para gastarla en merca.
No, Pablo no es un buen partido.
Pero Mariela igual está enamorada de él.


Lo que completa el combo de Pablo es el tema de las mujeres. Mariela ya lo tiene más que claro: el tipo es un pajero. Ni siquiera estando con ella en la cama puede dejar de mandar mensajes. Alcanza con que ella se distraiga un minuto, que él ya está ahí, como una rata arrinconada en cualquier lugar del departamento, escribiendo en su celular.
Si no se ven, a eso de las diez de la noche Mariela lo llama. Cuando él atiende, las cosas andan bien. Cuando no, no tiene dudas: Pablo está pasando la noche con otra.


Mariela acaba de cumplir veintiocho años. Tiene el pelo castaño, ojos claros, lindo cuerpo. En la calle los hombres se dan vuelta para mirarla. Su familia es de plata. El padre, antes de morir, le compró un departamento de tres ambientes en Belgrano. A pesar de que podría vivir sin trabajar, le gusta ganarse su propia plata. Es diseñadora gráfica; después de un paso fugaz por Letras se abocó a esa carrera y hoy trabaja de lunes a viernes en un estudio de publicidad. En resumen: es atractiva, culta, tiene un título universitario, un buen trabajo y su propio departamento.
Sus amigas no entienden qué hace con ese tipo.


A veces ella también se lo pregunta, reflexiona seriamente sobre el asunto, pero no encuentra respuestas. Lo único que sabe, a estas alturas, es que lo quiere. Que hay algo en la forma de ser de Pablo que para ella es magnético. Su mirada sobre el mundo, quizás. Con Pablo puede charlar de temas que nunca toca con sus amigas. Es un tipo filosófico, con ideas consolidadas acerca de todo. Una tarde le dijo que el trabajo formal no era para él porque implica que las personas sean máquinas todas las semanas y él nunca puede despertarse un día sintiéndose de la misma forma que el anterior. Es también un tipo místico; le interesa la muerte, el sinsentido de cada una de nuestras experiencias pensadas a la luz de la muerte. Le gusta hablar del carácter premonitorio de los sueños y de los espíritus que nos rondan a cada instante. Pablo cree en la realidad material de esos espíritus; a veces los puede percibir. Cuando esto pasa, su mente lo abruma: si no se suicida, es solamente por el terror que le tiene a lo que pueda haber del otro lado. A las amigas de Mariela estas ideas les podrían parecer las de un loco o a lo sumo las de un depresivo. Para ella, en cambio, hacen de Pablo una persona con dimensión.


Pablo lee mucho. Cuando termina un párrafo interesante, interrumpe la lectura y le comenta a Mariela lo que acaba de leer. Debaten. También miran películas. Pablo es un gran admirador de Bergman y aspira a que ella entienda, no que comparta, sino que entienda el motivo de esa admiración. De vez en cuando, si Mariela no vuelve muy cansada del trabajo, le hace ver alguna de sus películas.
Una de esas noches ven Pasión. En medio de la película Mariela se da vuelta en la cama y encuentra que Pablo está lagrimeando. Lagrimea sin hacer ruido, sin mover un músculo. ¿Qué te pasa? Él esconde los ojos. Ella se acerca, lo abraza.
Lamento no poder darte la vida que querés, le dice Pablo.
Cojen mientras la película sigue corriendo en la pantalla.


Mariela había estado con un solo hombre en su vida. Se llamaba Ezequiel. Se pusieron de novios en la secundaria y salieron durante más de diez años. Mariela estaba tan acostumbrada a su novio, a la idea de que nunca iba a estar con ningún otro que no fuera él, que la llegada de Pablo fue como un terremoto.
Una verdadera fuerza de la naturaleza arrasando con todo lo que antes había sido su vida.


Lo fue desde la primera vez que se acostaron. Pablo la puso boca abajo en la cama con dos manotazos firmes, después la abrió de piernas y la levantó. Mariela se encorvó, sin entender muy bien qué estaba haciendo el tipo, pero no tuvo tiempo para zafarse porque él la volvió a levantar y de golpe ya la estaba lamiendo. Después entró. Mariela mordía la almohada mientras Pablo empujaba despacio, aumentando el ritmo a medida que ella se abría. Al final sus movimientos terminaron siendo una bestialidad pura. Tensos, hinchados. Y ella gemía, y para no gritar apretaba la boca contra la mano tirante de Pablo, rogando por un lado que se termine ese martirio pero deseando en el fondo que no, que no se termine en la puta vida esto.


Cojer con Pablo la puso en contacto con su cuerpo a un nivel que nunca había conocido estando con Ezequiel. De repente empezó a ver otras texturas, a percibir otros sonidos, fue como si Pablo le hubiera destrozado la sensibilidad, y a su cuerpo no le hubiera quedado otra que empaparse de una nueva. Los encuentros empezaron a ser cada vez más intensos. A Mariela la sorprendía el contraste entre lo que Pablo era charlando o tomando mate, tan calmo, tan sensible, y lo que después se volvía en la cama. Se transformaba. Era él convertido en una persona completamente distinta. Salvo que en una de esas dos facetas él no fuera real. Salvo que estuviera fingiendo.


Pablo había vivido muchos años en España, haciendo trabajos eventuales, por lo general de mesero. También trabajó en la calle, cantando en Barcelona a la gorra. Cuando volvió, tenía treinta y seis años y la vida encima de los hombros. Sin un título, sin ninguna profesión, sin trabajo, sin familia ni amigos. Tuvo una relación larga con una mujer mayor, después un par de novias que no le duraron mucho tiempo. En momentos de desesperación, buscaba ayuda en su viejo círculo de amistades. Pero nunca devolvía la plata que pedía prestada, y sus conocidos empezaron a alejarse de él. Una noche se encontró con dos o tres tipos de ese círculo y Pablo los agarró a trompadas. Estaba completamente drogado. Terminó tirado en la esquina, con la camisa rota, llena de barro. Mariela estaba enterada de todas estas cosas, de la fama de border, de loco violento y resentido social de Pablo.
Así que cuando lo conoció fue una sorpresa encontrarse con todo lo contrario. Pablo era agua de pozo. Dulce. Amable. Se parecía muy poco a lo que le habían comentado de él. Se trataba de un contraste ruidoso. No congeniaban esas dos facetas.


Tampoco, cuando Mariela se lo ponía a pensar, congeniaban las suyas, sus propias facetas. Con Ezequiel siempre había sido una mina tranquila. No se peleaban nunca. Mariela le tenía mucha confianza; nunca se le hubiera ocurrido revisarle el celular o andar llamándolo a cualquier hora para controlarlo, y lo mismo pasaba a la inversa.
Ahora, en cambio, ahora que está con Pablo, se volvió una persona completamente distinta. Cada vez que Pablo está con su teléfono hierve de celos. Cada vez que él sale de la casa sospecha lo peor. Es agresiva; lo insulta, le revolea cosas, le grita. Tiene reacciones típicas de una demente.
Mariela no sabe si su verdadera forma de ser tiene que ver con lo que ella era cuando estaba con Ezequiel, o si en realidad ahora empezó a emerger lo genuino de su carácter, adormecido durante tantos años de noviazgo monótono.
O quizás, piensa a veces, quizás simplemente ella no tenga personalidad. Quizás es una de esas mujeres débiles, camaleónicas, que en vez de ser como son se adaptan al hombre que las acompaña.


Un sábado cenan en el departamento de Mariela. Pablo se toma un vino, después una lata de cerveza, mientras ella a un costado toma agua mineral. En cierto punto Mariela empieza a notar que Pablo se pasa mucho la mano por el pelo, que resopla, que se pone a hablar pero que interrumpe las oraciones a la mitad. Cuando se levanta y saca otra lata de la heladera, Mariela le dice: Basta. ¿Basta qué? Ella mira la lata que él tiene en la mano. Pablo se larga a reír y la abre. Ella se levanta: Es mi cerveza. Pablo toma un sorbo largo. Me importa un carajo que sea tu cerveza. Tomá toda la cerveza que se te dé la gana, le contesta Mariela, pero pagala vos.
Pablo sonríe. Después aprieta la lata con fuerza, mojándose los dedos con la espuma que empieza a chorrear, y la estampa contra la pared. A mí nadie me dice lo que tengo que hacer. Menos una pendeja como vos.
Unos días atrás, Mariela le había contado acerca de los problemas que el padre había tenido con el alcohol; con los ojos mojados se lo había contado, y por eso no puede creer que ahora Pablo le esté diciendo: Yo no soy tu papá.
¿Me escuchaste, concheta?, le grita. Yo no soy tu papá.
Esa noche duermen separados; él en el comedor, ella en el dormitorio. Mariela no puede pegar un ojo. Piensa en lo que termina de pasar. Piensa que Pablo le acaba de mostrar su verdadera cara. Se sorprende al sentir que la naturaleza resentida, agresiva de Pablo, le queda tan bien en la cama como afuera. Le gustó verlo así, enojado, puteándola, realmente afectado por ella, como nunca lo había visto a Ezequiel en diez años de noviazgo.


Pablo vive en un monoambiente en Floresta que Mariela no conoce, no porque él no la haya invitado, sino porque ella prefiere que se vean en su departamento en Belgrano. Por lo general, Pablo la va a ver los miércoles; después se queda a dormir los fines de semana. No salen a la calle juntos. Ezequiel vive a unas quince cuadras y Mariela tiene terror de que los vea. A Pablo no le gusta tener que andar escondiéndose, pero entiende su decisión. Él es en parte responsable por haberla puesto en ese lugar. Mariela ahora estaría casada con su ex si él no hubiera hecho lo que hizo. Pero no tiene cargos de conciencia. A cada hombre le toca lo suyo. A cada hombre le toca defender y hacerse cargo de lo suyo.


Pero de a poco a Pablo la situación le empieza a hacer ruido. Si a Mariela le da tanto miedo cruzarse con su ex, debe ser porque todavía, aunque quizás ni ella misma lo sepa, sigue sintiendo cosas por él. La idea le revuelve el estómago. Ella le explica que no. Que todo es muy reciente. Si su ex la llega a ver en la calle con él, es capaz de matarse. No soporta la idea de que Ezequiel sufra todavía más por su culpa.
Es la persona más buena que conocí, dice Mariela, y enseguida, como siempre que se pone a hablar de su ex, aprieta los labios y le brillan los ojos.
Pablo resopla, insulta en voz baja, enroscado en el borde de la cama.


Una tarde Mariela se entera de que la madre de Ezequiel está muy mal de salud y quiere llamarlo para ponerse al tanto de todo. El departamento es grande: dos piezas, un comedor, una cocina. Pero ella le pide por favor a Pablo que salga unos minutos de la casa para poder conversar tranquila. Él agarra el celular. Avisame cuando termines, dice, y sale a calle. Enciende un cigarrillo. Apenas está en la esquina empieza a mandar mensajes. Pasa un rato; cuando Mariela le avisa que ya terminó de hablar con su ex, es demasiado tarde: Pablo ya está volviendo a Floresta.
Ella se pasa toda la noche llamándolo. Él recién le contesta a las dos de la madrugada. Me fui porque me sentía mal y no quería volver así a tu casa. Cuando llegué me quedé dormido y no escuché el celular.
Ella no le cree pero no se siente en condiciones de reclamarle nada.


Con las semanas Pablo empieza a cambiar de humor. Se pone más agresivo. Mariela ya no está tan encantada como al principio. Siguen los mensajes a mujeres que ella no conoce. Siguen los celos de Pablo cada vez que ella no quiere que salgan a la calle.
Pablo se pelea con varios de sus alumnos. Les aumenta el precio de la clase sin avisarles o los cita a tal hora y después no va. Mariela tiene que pagar todo cada vez que se ven porque él nunca tiene un peso, y encima Pablo no parece valorarlo. Al contrario, se vale de eso para atacarla: A mí con tu guita no me comprás. O: Por un vino no voy a dejar que me forrees.
Se lo dice tomando el mismo vino que ella acaba de comprar en el chino.
A fines de marzo Pablo no puede pagar el alquiler. Ya debe los alquileres de enero y febrero. Lo echan. Cuando se lo cuenta a Mariela, ella no duda un segundo en ofrecerle su casa. Él se niega, pero ella insiste: No voy a dejarte en la calle. Mientras te pueda ayudar, prefiero que te quedes acá.
Él llega ese mismo martes a la noche, con una mochila y una bolsa de consorcio llena por la mitad. Todo lo que tiene en el mundo. Es hasta que pueda alquilarme algo, dice él. No te preocupes, le contesta Mariela.
Le hace un pollo al horno con batatas. Le compra un buen vino y también helado de postre. Quiere que la convivencia arranque con el pie derecho.


Mariela se fue a vivir sola a los veintiséis años. La madre la obligó. Era hora de que dejara el nido; tarde o temprano iba a tener que hacerlo. La adaptación fue muy difícil. La angustiaba la soledad a la tarde, mientras en la ventana se hacía de noche; la angustiaba cenar y no tener a nadie con quien conversar.
Por eso Mariela invitaba a Ezequiel casi todos los días. Él se quedaba a dormir varias veces por semana y ella se hacía cargo de todos los gastos. Ezequiel insistía en aportar, pero ella se negaba. Sabía que desde hacía unos años él había empezado a ahorrar para comprar su propio departamento, y Mariela prefería que se guardara la plata para eso. Era un pibe excelente, Ezequiel, muy trabajador y estudioso. Ayudarlo era un placer.


Lo incentiva, discuten, incluso lo amenaza, pero no hay caso: Pablo no busca trabajo. En relación de dependencia jamás, dice. Pero tampoco se mueve para conseguir más alumnos. Mariela se va a trabajar, y lo último que ve antes de cerrar la puerta es a ese cuarentón sentado enfrente de su notebook, con un cigarrillo y un café en la mano, mirando videos en Youtube.
A Mariela a veces le gusta volver y saber que Pablo la va a estar esperando en el departamento. Pero otras veces la situación la incomoda. Se pregunta si no será que el tipo se aprovecha de ella. Si no será que solamente la usa.


Mariela le sigue revisando el celular. Dos por tres encuentra mensajes de un tono sospechoso. Mientras los lee, se odia. Se siente una idiota. ¿Por qué se somete a esa situación? Pero Pablo siempre sabe qué hacer para tranquilizarla. Se acerca, la acaricia, le habla al oído como nunca ningún hombre le habló antes. Vamos a salir adelante, ¿sabés?, somos solamente vos y yo. El resto no importa. Vamos a salir adelante.
Pablo la besa. La aprieta. Los brazos. La espalda de Pablo. Mariela deja pasar todo enseguida.


Un viernes Pablo dice que tiene una clase a las seis y que a las ocho va a estar de vuelta. Pero ya son las diez y todavía no volvió. Mariela empieza a llamarlo al celular. Le atiende directamente el contestador. Prueba cada diez minutos. El teléfono sigue apagado. Quizás está con otra. Quizás no. Piensa que, si pasó algo o no, ya no hay nada que ella pueda hacer. Se acuesta intentando tranquilizarse con esa idea.
Pero a las dos de la mañana, cuando por fin Pablo vuelve, ella todavía está despierta.
A partir de ahí todo es confuso. Pablo primero habla de un asalto. Tres negros lo agarraron, le sacaron todo. Se demoró porque tuvo que ir a hacer la denuncia. Mariela le pregunta por el comprobante. ¿Qué comprobante? Te dan un papel cuando hacés una denuncia. Pablo reflexiona, se toca los bolsillos; enseguida cambia la estrategia. Se pone a gritar. Forra. Yo ya viví en la calle. Echame cuando se te dé la gana. Ella también se pone a gritar. Decime la verdad. Quiero que una vez en tu puta vida no me mientas. ¿La verdad? La verdad fui a comprar merca. Me sentía mal. Muy mal. Mariela no puede creer lo que escucha. Pablo se pone a llorar. Llorando como un nene empieza a decir que después de tomar dejó de saber dónde estaba. Se puso a correr en medio de la calle, a los gritos, pensaba que lo estaban persiguiendo. Terminó casi en bolas, trepado al alambrado de la estación del tren, gritándole a la gente. Mariela lo mira. A Pablo le tiemblan las manos. Moquea. Transpira. No me dejes, dice Pablo, tartamudeando por los espasmos.


El lunes Mariela se junta con dos amigas. Les cuenta lo de la merca. Les cuenta lo del brote psicótico y que no sabe si lo inventó o no. Les cuenta que por lo menos durante todo el fin de semana Pablo estuvo tirado en el departamento, sintiéndose mal, con cagadera. Les cuenta: El viernes, cuando lo vi llegar a casa en ese estado, me dieron ganas de pegarme un tiro.
Dice una cosa y hace otra. Me miente todo el tiempo. Siempre es lo mismo.
Sus amigas la miran de reojo.
Pensá lo que estás haciendo, le dice una. Por mucho que lo quieras, ya no te sirve seguir así.


Tocan el timbre. Mariela cruza el pasillo del departamento de la madre y abre la puerta. Ahí está él. Mucho gusto. Lo saluda y lo invita a pasar. Se sientan en el comedor. Pablo saca un cuaderno de su bolso. Mariela ya tiene el suyo abierto encima de la mesa, con una birome, un lápiz, una goma de borrar. Le pregunta: ¿Querés algo de tomar? Agua, si puede ser. Cuando ella le alcanza el vaso, a él se le resbala. No se rompe, pero el agua se esparce encima de la mesa y ahora cae goteando en la alfombra. Pablo se levanta, intenta parar el agua con las manos, pero se le escurre entre los dedos. No te preocupes, dice Mariela, volviendo con un trapo. Pero Pablo ya está rojo. Mil disculpas, dice, una y otra vez.
¿Qué tal la clase?, le pregunta Ezequiel un rato más tarde. Están en la cama. Mariela le da un beso en la boca. Bien, bastante bien. Por suerte el tipo parece que sabe.


Segunda clase: están solos en la casa. La madre de Mariela a esa hora nunca está. Ella escucha con atención cómo Pablo le habla. Pero en un momento se empieza a distraer. Ya no es lo que Pablo le dice. Es cómo Pablo lo dice. Es cómo las palabras en francés salen de su boca. Es cómo a cada palabra la lengua acaricia, roza los dientes. Es cómo el sonido de la voz de Pablo transmite en el aire la tensión, los nervios que él siente. Son también sus manos, cómo Pablo las mueve con torpeza cada vez que ella las mira; son esos gestos mínimos, pero encantadores, los que la distraen.


Pablo le da clases los jueves desde hace casi tres meses. Una tarde él empieza a insistir para que ella tome otra clase semanal. No va a cobrarle. A él solamente le interesa que sus alumnos crezcan. Mariela dice que lo va a pensar y al final acepta tomarlas también los martes.
Las clases ahora duran mucho menos; después de la primera hora los dos terminan hablando de sus vidas, contándose cómo les fue esa semana. Uno de esos jueves empiezan a tener otro tipo de conversaciones. Mariela dice que su trabajo en el estudio es una cagada, pero que por lo menos le garantiza estabilidad. Pablo le contesta que la estabilidad tiene un costo, pero que la libertad siempre es mucho más cara. Le dice así, apuntando con un índice la mesa: Para ser libre hay que bancársela. Y ella: ¿Qué hay que bancarse? Pablo le dice: Lo que venga después.
Vuelven a verse el martes siguiente. Otra vez la clase dura poco; Pablo enseguida le pide disculpas si se tomó a mal lo que le dijo la clase anterior. Mariela hace un recuento de lo que conversaron ese día, y ubica lo que quizás según Pablo le pudo haber caído mal, pero levanta los hombros como desentendida: No sé de qué hablás.
Mejor, sonríe Pablo, y ella también sonríe, pero ahora lo mira con otra intensidad.
Le gusta que Pablo se haya quedado pensando en esa conversación. Le gusta que una charla que tuvieron casualmente haya repercutido en él. Le gusta que Pablo la escuche, y que después siga escuchando lo que ella le dijo pero en su cabeza, y que lo revise, que lo mire de un lado y del otro hasta sacar una conclusión, y que después vaya y se lo haga saber.
Es sobre lo que te dije de ser libres, dice Pablo. Eso de que hay que bancársela. Quizás me equivoqué. Quizás la libertad es tan cara para mí como la estabilidad lo es para vos.
Qué sé yo, dice Mariela.
La clase termina, él se va, ella acomoda unas cosas y después vuelve a su departamento. Esa noche, como casi siempre últimamente, Ezequiel se queda a dormir. Cojen. Después él le cuenta lo que le pasó en el trabajo ese día y los planes que tiene para el fin de semana. Mariela lo mira, pero no lo escucha. Las palabras de Ezequiel ya no tienen peso en su mente. Ahora nada más piensa en lo que le dijo Pablo.


Empieza con un mensaje de texto. Pablo le pide que confirme la clase del jueves. Mariela contesta: Sí. Nos vemos ahí. Besitos.
Solamente después de mandar el mensaje se da cuenta de lo que acaba de hacer.
La respuesta de Pablo es inmediata: Dale, hasta el jueves. Un beso, linda.
"Besitos".
"Linda".
Ya no hay vuelta atrás.
Cuando se encuentran el jueves, los dos están cohibidos.


Los mensajes de texto se multiplican. Mariela, que nunca fue de vivir pendiente de su teléfono, ahora está todo el tiempo con el celular a mano. Es Pablo por lo general el primero en empezar. Que si vio tal película, que salga con paraguas que afuera llueve o que nada más pregunta: ¿Cómo estás?
Mariela los lee enseguida, pero siempre se demora unos diez o veinte minutos o quizás hasta una hora en contestar para que él no se cree falsas expectativas.


Pablo sabe que Mariela tiene novio. Se lo contó el mismo conocido que le recomendó a Mariela que tomara clases con él. De vez en cuando, Mariela se lo recuerda haciéndole comentarios del tipo: "¿Viste El pianista? Mi novio me contó que...". Pablo no hace ningún gesto visible cuando ella habla de Ezequiel. Pero igual Mariela puede percibir un cambio en el estado de ánimo de Pablo.


Es él el que da el primer paso. Le manda un mensaje de texto a las once de la noche: Ya no aguanto más.
No es en respuesta a ningún mensaje anterior. Parece un ladrido en medio del desierto. Mariela lo lee varias veces. Entiende de qué se trata, pero elige hacerse la desentendida. ¿Qué te pasó?
Pablo se lo contesta a los pocos minutos: Sabés muy bien lo que me pasa.


Vuelven a verse en la clase del jueves. Es en la casa de la madre de Mariela, como siempre. Como siempre, a esa hora de la tarde, en la casa no hay nadie.
Los dos están nerviosos, miden cada uno de sus movimientos. Revisan los tiempos verbales. El francés tiene un tiempo verbal especial para la literatura, comenta Pablo. Tiene la voz apretada, como si una flema en el fondo de la garganta se la trabara.
Ella bosteza. Suelta la birome. Él se levanta. No, dice Mariela. Pero Pablo da una vuelta alrededor de la mesa y le toca los hombros. Se los acaricia. Ella los tiene duros, queman de la tensión. Se levanta, camina. Pablo la sigue. La agarra de un brazo y la acorrala contra la pared.
La mira a los ojos: Sos la mujer más hermosa que conocí.
Mariela se resiste, pero él la tiene rodeada. Pablo le besa el cuello. Inspira su aroma. Después suelta una bocanada fuerte y húmeda de aliento. Mariela lo empuja. Basta, Pablo, basta. Pero después se vuelve a quedar quieta, mientras él la abraza; no lo termina de rechazar. Pablo entonces le empieza a acariciar la espalda. Baja las manos hasta su culo. Se entretiene un rato así, apoyándola y acariciándola. Cuando le toca las tetas ella se enrosca, se las cubre con un brazo. No, Pablo, basta, de verdad. Pero otra vez lo empuja muy despacio, como si no se terminara de decidir. Basta vos, le dice Pablo entonces. Y le agarra la cara y le busca la boca, pero ella siempre se da vuelta cuando él está a punto de besarla.
El juego dura varios minutos y se repite en la clase siguiente, casi de la misma forma.
También en las otras clases que le siguen.
Mariela nunca deja que él la bese.


Todo estaba hablado. Mariela iba a casarse con Ezequiel a fines de mayo. Iban a tener tres hijos. Él ya se sentía listo para encarar cualquier proyecto: a costa de muchos sacrificios terminaba de recibirse de contador. Mariela lo había ayudado durante todos esos años con los gastos. Él lo tenía muy presente y en tono de broma le decía que cuando fuera rico se lo iba a devolver. Ezequiel tenía una confianza ciega en lo que le podía traer el futuro. Cada vez que pensaba en su futuro se veía acompañado de Mariela.


Pensá bien lo que estás haciendo, le dicen sus amigas. Ya no te sirve seguir así.
Mariela no les contesta, pero sabe que tienen razón: las cosas entre ella y Ezequiel ya no funcionan.
Ezequiel ahora está en su departamento, esperándola para cenar, mientras ella está con sus amigas, conversando sobre él.
Vuelve a su casa, está a punto de abrir la puerta cuando de repente se queda quieta.
El picaporte está frío.

Eze, dice, después de saludarlo. Tenemos que hablar. 







2 comentarios:

A girl called María dijo...

buenìsimo
extrañaba leerte

Un desvarío por jueves dijo...

gracias por el aguante genia !!