jueves, 25 de junio de 2015

hielo




La botella se le cae en el asiento de atrás. Rueda por el piso y la atmósfera cerrada del auto se vicia de un olor agrio. Puta, dice Alejandro, estirándose en el asiento del conductor. Agarra la botella y la endereza en el piso, contra la puerta. Seca el charco con un papel de diario y mira el frente de la casa; por suerte no hay nadie en la entrada. Sale del auto empujando la puerta con la rodilla.
Su mujer está en la cocina, picando cebollas de espaldas a él. ¿Conseguiste todo? Sí. Faltaron solamente las servilletas. No importa, dice ella, igual creo que alcanza con las que hay. Alejandro suelta las compras en la mesada. El vaso que había dejado antes de salir todavía está ahí. Toma un sorbo. La cerveza está caliente. La mezcla con cerveza fría de la heladera y enciende un cigarrillo. Su mujer lo mira, secándose los ojos con la muñeca. Ya va, dice Alejandro. Ya va. Después sale por la puerta del patio.
Se sienta en el banco ajedrezado de cemento. Mira el limonero. La bomba de agua. La pileta pelopincho que esa tarde vació, limpió y volvió a llenar. Hay un pato de goma en la superficie. Alejandro se acerca, lo levanta del agua y lo sacude encima del pasto. Las gotas le salpican las zapatillas. Termina el cigarrillo con dos pitadas largas, fuertes, que llegan a quemar el filtro. Vuelve a entrar a la casa.
Su mujer ya terminó de hacer la ensalada y ahora está limpiando unas copas. Alejandro enjuaga su vaso, saca una botella de Fernet y llena el vaso hasta la mitad. Abre el freezer. ¿Hielo? Ella lo mira. Alejandro tiene el vaso de Fernet en una mano y en la otra el pato de goma. ¿Qué hacés con eso acá? ¿Hielo no hay?, contesta Alejandro. Si no hay en el freezer, no, con tanto lío me olvidé completamente del hielo. ¿Podrás ir a comprar? ¿Ahora? Sí, para que se hagan las cubeteras ya no hay tiempo. Alejandro chasquea la lengua. Después agarra la billetera, las llaves del auto y sale de la cocina.
Cruza el pasillo apurado pero en el comedor, de repente, se queda quieto. Mira a su alrededor. Se revisa los bolsillos. Saca las monedas, las llaves, la billetera. Cuenta la plata. Vuelve a caminar y sale a la calle todavía como dudando.
Agarra por Avenida Márquez. Está empezando a oscurecer. Se baja en la estación de servicio del primer semáforo. Hielo no hay, jefe, le dice un muchacho bizco apoyado en la vidriera del free shop. En la esquina gira en U y sigue derecho hasta la rotonda. Hay dos chicas en los surtidores cargando nafta. Alejandro se acerca y pregunta si tienen hielo. Una se limpia las manos con un trapo, negando con la cabeza. ¿No sabés dónde puedo conseguir? Hay una estación todo derecho, de la mano de enfrente. Ya fui, no tienen. A estas alturas ya es complicado, dice la otra chica, que se termina de acercar para pasar una tarjeta de débito por la máquina. Con el calor que está haciendo, hoy el hielo voló. Acá derecho, por Ruta 8, sobre esta mano, hay otra estación, dice la primera chica. Quizás tengan ahí. Muchas gracias, dice Alejandro, y vuelve a subirse al coche.
Mientras espera a que le dé paso el semáforo enciende el estéreo. Empieza a tocar los botones, pasando radios al azar. De repente escucha una catarata de bocinazos; el semáforo ya está en verde. Parece que lo está desde hace varios segundos; por lo menos la fila de coches en la mano contraria ya está bastante avanzada. Mira, por un segundo, el pato de goma en el asiento del acompañante. Pone primera y acelera tanto sin soltar el embrague que las ruedas salen arando. Enseguida se aleja de todos los coches que hasta recién le habían estado tocando bocina.
Avanza mirando para los dos lados de la ruta. Pero pasa un semáforo, dos, tres, y no hay caso. No se cruza con ninguna estación. Recién a los pocos minutos ve una a lo lejos, pero está en la mano contraria, y la chica le había dicho que quedaba sobre su mano. Así que puede avanzar todavía un trecho más y después, si no encuentra esa, volver. Alejandro mira cómo la estación de servicio se aleja por el espejo retrovisor.
Ahora el Camino del Buen Ayre aparece a unos cien metros, después del último semáforo. Ya es casi de noche, en los descampados las casas son humildes, también se ven algunas casillas, y hay muy poca iluminación. Este es el momento en el que debería retomar, pero Alejandro piensa si no le conviene más subirse a la autopista, bajar en la primera salida para no pagar peaje, y después volver a su casa por adentro. Se acuerda de que sobre Cevallos hay una estación de servicio, justo enfrente de la plaza. Así que cuando el semáforo se pone en verde, acelera, pasa a una moto con dos pibes de gorra, y sube a la autopista.
Suelta un resoplido cuando encuentra cerrada la salida a Cevallos. El cartel indica: "Obras de recuperación vial". Sigue derecho por el carril del centro, y a la altura del CEAMSE un olor intenso a podrido, a perro muerto, empieza a viciar el aire. Alejandro sube las ventanillas. Vuelve a pisar el acelerador. Está claro. Cuánto más rápido mejor. Ahora ya no le va a quedar otra chance que agarrar Panamericana.
Todo está en silencio. ¿En qué momento apagó la radio? Solamente se escucha el ruido esforzado del motor y el zumbido de los autos que lo pasan por el carril izquierdo. Busca el celular en el bolsillo. No lo encuentra. ¿Era eso? Enciende la radio otra vez y la deja en un programa donde una locutora comenta los hechos más importantes del año. No sabe qué hora es, pero calcula que todavía no habrá pasado una media hora desde que salió de su casa.
En el cruce con la Panamericana insulta, empieza a golpear el volante con el puño cerrado. Unos barriles obstruyen la salida a Rolón. Hay también varios carteles de señalización improvisados que por la velocidad a la que avanza no alcanza a leer. El resultado: toma la salida equivocada. En vez de avanzar por la Panamericana en sentido a Buenos Aires, lo está haciendo en sentido a Pilar. Una locutora anuncia que son las ocho y media de la noche. Alejandro cambia de nuevo la radio y deja una donde están pasando música. Después, pasándose al carril izquierdo, acelera.
Ve la primera salida. No la toma. Ve la segunda. Tampoco. Sube el volumen al máximo. La música hace vibrar los vidrios. Los parlantes distorsionan. Sigue apretando el acelerador. Le hace juego de luces a los autos que interrumpen su avance.
De a poco dejan de verse los edificios. Las fábricas. Las entradas de los barrios cerrados. Los postes de luz. Los autos empiezan a escasear. Se angosta la ruta. Avanza.
Avanza hasta que el motor se ahoga. El coche de repente tose, se mueve como si tuviera espasmos. Al final se apaga. Con la inercia del último movimiento, Alejandro dobla y sube el coche a la banquina. Cuando pisa el freno, las ruedas resbalan en la tierra y el auto colea unos segundos antes de quedar frenado del todo.
La oscuridad alrededor es absoluta. Campo de un lado. Campo del otro. Las estrellas arriba, enormes, como Alejandro hacía tiempo no las veía. De vez en cuando, muy de vez en cuando, un auto pasa y las luces lo tocan como barriéndolo. Él está quieto en el asiento, con las manos en las rodillas.
Hasta que una sirena. Luces girando. Un golpe en el vidrio. Alejandro baja la ventanilla. Buenas noches. Buenas noches. Son dos policías. Uno joven, de unos treinta años; el otro, más gordo, debe andar por los cincuenta. ¿Algún problema, caballero?, dice el más viejo. Ninguno, oficial. ¿Qué le pasó? Me quedé sin nafta. Eso es un problema, le dice el policía. Alejandro lo mira sin contestar.
El policía saca una linterna del bolsillo. Alumbra la cara transpirada de Alejandro y después el resto del coche. ¿Usted es de la zona? No, de Buenos Aires. ¿Qué está haciendo acá? Alejandro se acomoda en el asiento. Vine a comprar hielo. El policía mira a su compañero más joven; después vuelve a mirar a Alejandro. Lo mira varios segundos. ¿Usted bebió? No, oficial, no tomé nada. Usted, si bebió, no debería conducir. Solamente me tomé una cerveza a la tarde. Esa botella en el asiento no es de cerveza. Se miran. ¿Tiene documentos? Sí, ¿hay algún problema? Ninguno, es solamente de rutina. Alejandro levanta la billetera. Saca su DNI y los papeles del auto. El policía más viejo los revisa con la linterna. ¿De San Martín? De San Martín. Lindo viajecito se hizo para comprar hielo.
En ese momento unos puntos de luz empiezan a explotar a lo lejos. Alejandro los mira como hechizado hasta que el policía le devuelve los papeles. Entonces el otro, el más joven, se acerca: Subite al patrullero que te alcanzamos a Pergamino. ¿A dónde? A Pergamino. Serán unos cuatro kilómetros. Esos cohetes son de allá. Hay una estación de servicio en la entrada. No, no hace falta. Pasa que no podés quedarte acá. Subite que después te conseguimos a alguien para que te traiga a buscar el coche. Alejandro no contesta. ¿Me escuchaste?, dice el policía más joven, no podés quedarte en la banquina. Es peligroso para vos y para los demás.
Pero Alejandro sigue sin contestar.
El policía más viejo entonces se acerca, le vuelve a alumbrar la cara y, después, notando un movimiento, las manos. Es entonces cuando lo ve. Alejandro en una palma sostiene un pato de goma. Lo acaricia despacio, distraído. El policía más viejo lo mira unos segundos, parado a un costado de la puerta. Después guarda la linterna y se aleja, empieza a caminar hacia el patrullero.
El policía más joven lo sigue. ¿Pasó algo?
Vamos, le contesta el otro.
Y sube. El policía más joven duda, pero al final sube también. Sigamos, le dice el más viejo, acomodándose los brazos encima de la panza. El más joven levanta las cejas, pero cumple la orden, enciende el motor, arranca el patrullero.

Cuando se van todo vuelve a quedar oscuro.



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