jueves, 11 de junio de 2015

vos sos mi secreto



Esta fue la primera vez que la vi. Estábamos comiendo en el patio de la casa de Mariano, una noche de febrero tibia, sin viento. Ella apareció de repente, cruzando el pasillo del garaje con un pibe. Ya éramos muchos en la mesa, así que saludó con un gesto general y después se sentaron en la otra punta. En ese momento me quedé mirándola un segundo; tenía la sensación de que la conocía de algún lado. Pero después seguí comiendo y brindando y ya no le volví a prestar atención.
Hasta que a eso de las tres nos cruzamos. Entré a buscar una cerveza a la cocina y ahí estaba ella, armando un porro encima de la mesada. Me preguntó si quería fumar y le dije que sí. Lo encendió. Me lo pasó. Tosí. Es buenísima. Ella se acomodó el flequillo para el costado. La siembra un amigo de mi novio. La siembra en Pilar y después la trae para acá y se la regala a los amigos.
Le devolví el porro. La chica se lo puso en la boca, lo besó muy despacio, y después largó el humo, un hilo largo de humo que subió en el aire hasta desarmarse como una espuma en el techo.
Me miró. Yo le mantuve la mirada. Después miró la cerveza. Ahora vos dame un trago de eso y estamos a mano. Se la pasé. La chica levantó un pie, mientras tomaba del pico. Lo levantó apenas, como una bailarina. Tenía el pelo negro y lacio. Ojos marrones. Tetas diminutas pero altas, apretadas por el push up. Debía andar por mi edad, veintiséis, veintisiete años. Vos cómo te llamás. Leandro. Mucho gusto, dijo, y me dio la mano: Yanina. Después se dio vuelta y se fue. Por la ventana de la cocina vi que se acercaba a la mesa y se sentaba al lado del pibe que la había acompañado.
Después Mariano me iba a contar que ese pibe era un amigo. Que el novio esa noche se había ido para otro lado.


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La volví a ver a los dos o tres meses en un bar. Empecé a andar con un grupo de pibes que ella frecuentaba bastante. Esa noche llegó con una amiga y se sentó en nuestra mesa y después de un rato de ir de un lado para el otro terminó sentada al lado mío. No se acordaba de mí. Le dije que la había conocido en el cumpleaños de Mariano. Que me había convidado porro en la cocina. Ah, sí, sí, sonrió. Tenía las pestañas pintadas. Los ojos rojísimos. Tenía un perfume hermoso, de los caros, y fumaba con la muñeca doblada, sosteniendo el pucho entre el dedo más grande y el anular. Tenía las piernas cruzadas y sacudía un pie en el aire, abajo de la mesa, rozándolo contra mi pierna. Me dijo que acababa de recibirse en Imagen y Sonido en la UBA y que odiaba trabajar. Yo le pregunté por qué. Ella miró a su alrededor, riéndose. ¿Por qué? ¿Cómo que por qué? Porque la vida no tiene sentido. En ese momento su amiga volvió de la barra. Yanina levantó el atado de puchos de la mesa y me dio la mano. Un gusto volver a verte, Leandro.
Yo no le había dicho mi nombre esa noche.
Me quedé mirando cómo ella se iba del bar.


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Al otro día la busqué en Facebook y la agregué. Chateamos. Entender sus mensajes era todo un laburo. Escribía apurada, sin comas, sin puntos, sin signos de pregunta, pifiando o agregando letras, o escribiendo varias palabras como si fueran una sola. Le conté que estaba de novio y un rato después le dije que desde la vez que nos habíamos encontrado en lo de Mariano había pensado mucho en ella. “Leandro, t gusto”. “Sí”. “Q t gusat de mi”. “Q estas loca”. “Eso”. “Y q estas buena”. “nada mas”. “Y como fumas”. “Fumar hace maal”. “Ya se”. “Entonces t gust q m haag mal”. “Solo m gustas vos”. “Q gay”. “Quiero verte”. “Yo no”. “Porq?”. “Porq no”.
Cuando se despidió me puso un emoticón con forma de corazón.


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La invité a salir otro día. No quiso. La invité a salir otro. Tampoco. A la cuarta vez que le escribí directamente no contestó. Veía sus fotos en Facebook, de vez en cuando. Aparecía con su novio –un cuarentón grandote, rubiecito, con cara de nene– o tomando tragos con amigas en fiestas. La bloqueé. Pero dos por tres seguían apareciéndome fotos suyas, cuando la etiquetaban los amigos que teníamos en común. Cada vez que la veía en la pantalla me ponía de mal humor. Bajaba mi autoestima como hombre y sentía que quería menos a mi novia.


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Volvimos a coincidir en una fiesta, cerca de fin de año. Fue en un patio. Había grupos de Reggae tocando en vivo. Focos de colores colgados en alambres. Yanina llegó con el novio y me saludó como si no me conociera. Sentí sed. Mucha sed. Chupé sin culpa toda la noche. A eso de las cuatro fui a mear. Yanina estaba a un costado del baño, charlando con una amiga. Le agarré un codo. ¿No me saludás? Ella me miró sorprendida, pero enseguida volvió a dominarse: Si ya te saludé. Después se cruzó de brazos, mirando a un costado, y yo miré lo que ella miraba, y ahí había un grupo de pibes, charlando entre ellos a los gritos, en un rincón del comedor. No alcancé a ver si estaba el novio, pero igual le dije: Disculpame, no sé dónde estoy. La amiga de Yanina, que hasta ese momento no había dicho nada, me hizo una mueca: Estamos todos igual. Yanina se largó a reír. Yo también. Después me di vuelta y entré al baño.
Un rato más tarde, cuando estaba con un par de pibes fumando en el patio, sentí un calor dulce en la nuca. Giré la cara.
Yanina estaba apoyada en la pared, a un costado del novio, con los brazos cruzados atrás de la espalda, mirándome.


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Dejé de ir a esas fiestas por un tiempo. Mi novia ya no estaba de acuerdo con que saliera todos los sábados. Un día de esos me enteré de que Yanina se había ido a convivir con el novio. Sabía que al tipo le iba bien, que tenía su propia inmobiliaria en Boulogne. Intenté no entrar tan seguido a Facebook, pero igual siempre había detalles de otras mujeres, compañeras de oficina, por ejemplo, o minas en el subte, que me hacían pensar en Yanina.
Dos piernas cruzadas. Un pie moviéndose en el aire. Un flequillo peinado al costado. Un par de ojos que te miran a vos, por un segundo, solamente a vos.
Había estado enamorado una vez, en el secundario. Se lo dije a la chica. No sirvió de nada. Después nunca volví a decírselo a ninguna mujer.


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Fue Yanina la que volvió a escribirme. Un día abrí Facebook después de varias semanas sin tocarlo, y ahí tenía varios mensajes de ella. “M bloqueaste”. Después otro mensaje, escrito un rato más tarde: “M ingoras”. Y después otro más, dos días después: “Perdiste el encanto”.
Los leí sonriendo. Cuando me di cuenta de la mueca en mi boca, pensé: No se te ocurra contestar.
Pero a los dos días estaba de nuevo ahí, enfrente de la computadora.
Yanina estaba conectada.
“Recien los leo. Como estas?”. “Bien. Ss un hioj de puta”. Me largué a reír. “Y vos una boluda”. “Todo bien”. “Sí, vos?”. “Masonmenos. No aparecitse maas”. “M aburriste”. “Peloutudo”. “En q andas?”. “Todo bein. tengoq contart algo”. “Contam”. “No no por aca no”. “En donde”. “mañana. Vamso a un bar”.


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Nos encontramos por Microcentro. Yanina llegó sin maquillaje, vestida como de casualidad. Yo había ido perfumado, con una camisa nueva y quinientos pesos en la billetera. Entramos a un bar, nos sentamos contra la ventana. ¿Qué querés tomar? Yo una Coca. ¿Coca? Yanina apoyó los codos en la mesa. Sí. Hoy con Coca estoy bien.
Yo me pedí un Cuba libre. Después me pedí otro. Cuando me lo estaba por terminar la miré a Yanina y le pregunté qué quería contarme. Ella se reclinó en la silla, haciendo como que pensaba. Me olvidé. Eso no se hace. Pero Yanina sonrió mirándome a los ojos, y a mí ya dejó de importarme si tenía algo que contarme o no. Eran solamente sus ojos en mis ojos. Yo estaba de nuevo en su mirada.
Salimos. En la esquina nos frenamos. No pensé que ibas a querer verme. Yo tampoco pensaba que iba a querer verte. El semáforo estaba en verde para cruzar, pero nosotros seguíamos ahí. ¿Las cosas están mal con tu novio? No. Están muy bien. Pero no sé si estoy enamorada. Le agarré una mano. Yanina me dio un pico. Vos tenés algo, me dijo, algo que no sé.
Fuimos a su casa. El novio volvía tarde. Nos sentamos en el comedor. Yanina puso música. Después fue a la cocina y volvió con un Fernet para mí y un vaso de agua para ella. ¿Agua? Yanina sonrió. Después me dijo: Tu camisa me encanta. Me la sacó. Empezó a besarme el pecho, la panza. Me llevó a su pieza. Yo me saqué el pantalón y después la desvestí. Era suave. Tenía aroma a crema. Le besé todo el cuerpo. En un momento me levanté y fui a buscar la billetera. ¿Qué hacés? El forro. Ella me hizo un gesto dolorido. No, quiero que me acabes adentro. La miré. Yanina me dijo: Estoy tomando pastillas. No lo pensé más. Estaba a punto de entrar cuando Yanina me frenó en seco: Despacio. ¿Puede ser? A mí me gusta despacio. Después cerró los ojos y abrió la boca. Yanina dejó de estar ahí. Dejó de estar conmigo. Me abrazaba tan fuerte que era como si se quisiera abrazar a ella misma. Acabé enseguida. No me alcanzó el alma para preguntarle si también había acabado ella. ¿A qué hora vuelve tu novio? Por eso no te preocupes. Me relajé. Encendí un cigarrillo. Yo tampoco estoy enamorado de mi novia. ¿La querés? Mucho. No la dejes. No la voy a dejar, pero quiero seguir viéndote. A mí también me gustaría seguir viéndote. ¿Pero no vas a seguir viéndome? No. ¿Por qué? Es un secreto. Le agarré una mano: ¿Qué secreto? No me gustan los secretos. Yanina se largó a reír, mirando el foco de la lámpara apagada en la mesita. Vos, nene. Vos sos mi secreto. Se levantó sin darme tiempo a nada. Cuando volvió del baño tenía la cara lavada, el flequillo mojado, los ojos brillantes. En el umbral del edificio la abracé. Vos me gustás mucho. Perdoname, me contestó. Me dio un beso en la boca. Después cerró la puerta. Lloviznaba. Pero me fui caminando sin apuro. Tenía tiempo de sobra para volver a casa.


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Me enteré un par de meses después. Alguien la etiquetó en Facebook y su foto apareció en mi muro. Era Yanina abrazada a su novio. Abajo de la foto alguien había puesto una felicitación. Lo primero que pensé fue que Yanina se iba a casar. Bien. Ahora por lo menos podía entender por qué no me había contestado ni un mensaje de los que le había mandado después de esa noche.
Pero no. No era eso. Leí todos los comentarios. Los leí varias veces, sentado en el borde de la silla. Cada tanto subía en la pantalla para mirar la foto de nuevo.
Yanina estaba embarazada.
De cuatro meses.
Yo había ido a su casa hacía dos.


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Esta fue la última vez que la vi. Estaba en la puerta de un cine con una chica. Yanina de repente apareció en la esquina, sola, con un cigarrillo apagado. No sé si me vio, porque cuando se estaba acercando me di vuelta y abracé a la chica que me acompañaba. Le hice una broma o un comentario cariñoso, no me acuerdo, mientras la abrazaba, para justificar mi reacción.
Pero la verdad es que por un segundo dudé. Por un segundo pensé en darme vuelta y saludar a Yanina. Si ya había pasado, llamarla con un chiflido para que vuelva.
Le hubiera preguntado por Kiara. Su nena. Le hubiera preguntado cómo andaba todo por allá. Que veo algunas fotos suyas en Facebook, de vez en cuando. Que Kiara está muy grande. Cada vez más parecida a ella.
Y ya que estamos hablando de eso... esa noche, ¿te acordás?
Esa noche, ¿sabías?
Y si ya sabías... ¿Por qué?
En su momento soñaba con hacerte esta pregunta. No podía sacármela de la cabeza. A veces todavía me pasa.
Esto último se lo hubiera dicho en voz baja, de cerca, para que no lo escuchara la chica que estaba conmigo.
¿La chica que estaba conmigo? Sí, Yani. Ya no estoy con mi novia. Fue ella la que tomó la decisión. Fue por un conjunto de cosas. Pero una de estas cosas era que ella quería tener hijos y yo no me sentía seguro de dar un paso como ese.
Kiara. Me hubiera gustado contarle a Yanina que a veces pensaba en ella. En Kiara.
Y casi la llamo. Por un segundo casi me doy vuelta y se lo digo. Pero cuando solté a la chica y miré la vereda Yanina ya no estaba.






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