martes, 11 de agosto de 2015

algo que nunca te conté



La mujer se sube en la esquina de la rotonda. Tiene una cartera colgada del hombro y dos bolsas de supermercado. Daniel ve cómo se acerca. Hay varios asientos vacíos, pero ella igual se sienta al lado de él. En un momento, antes de llegar a Primero de Mayo, el colectivo se lleva por delante un pozo. Una lata salta de la bolsa y rueda por el pasillo. La mujer se inclina para levantarla y cuando vuelve a enderezarse tiene el vestido doblado a la altura de los muslos. Suspira mientras se cubre las piernas y guarda la lata de nuevo.
En Podestá Daniel le pide permiso. La mira de reojo. Tira el cigarrillo antes de entrar a su casa. Valeria está en la cocina, preparando la cena. Hierve agua, pica cebolla. Se saludan. ¿Y Facu? Se fue de la novia. Viene dentro de un rato. ¿Todo bien? Sí. Ninguna novedad.
Daniel sigue de largo, deja el bolso en la pieza, se tira en la cama. Suelta el celular en la mesita de luz, pero el aparato rebota y cae. Cuando tantea el piso para buscarlo, ve las piernas de la mujer del colectivo.
Valeria entra a la pieza.
No te duermas que después no podés dormir a la noche.
Ya va.
Se queda tirado un rato más. De repente escucha un grito. Entra corriendo a la cocina y ve a Marisol levantando una botella rota.
En la mano tiene un pedazo de vidrio.
El vidrio brilla.
Lo despierta la tos. En el baño escupe. Se mira en el espejo. Marisol. Se pregunta, en la nebulosa del entresueño, qué pasaría si sale de ese baño, si cruza el pasillo y va a la cocina y se encuentra, no con su mujer, sino con Marisol.
Qué pasaría.
Cuando entra a la cocina Valeria está apoyada en la mesada. ¿Ya está? Sí. Ella suelta el celular. Sirve los platos. Levanta también el jarro con tuco que hierve encima de la hornalla.
Comen callados, mirando las noticias. Daniel se llena el vaso de vino. Le pone soda. Después otro poco más de vino. Facu está grande, dice de golpe. Ella lo mira de reojo, pero no contesta. Daniel cruza los cubiertos encima de su plato. Hoy justo estaba pensando en eso. En lo grande que está.
Después se inclina y le sirve vino a su mujer. No, no me pongas. Dale, no me lo quiero terminar yo solo.
Al final Valeria toma un trago. Después levanta los platos. Los acomoda en la pileta. ¿Por qué decís que Facu está grande? Por nada. Fue algo que estaba pensando. ¿Te molesta que lo haya dicho? No, ¿por qué me iba a molestar? Solamente te pregunto. No, no me molesta para nada.
Daniel se acerca. Dejame a mí. Abre la canilla. Lava los platos, los refriega. Después los deja en la mesada, sobre un repasador mojado. Se sienta en la mesa. Respira. Escuchame, dice, acomodándose en la silla. Hay algo que yo nunca te conté. Valeria levanta el control remoto. Cambia de canal. Después vuelve al canal anterior. Se ata el pelo. ¿Me escuchaste?, dice Daniel. Ella sigue sin mirarlo. Sea lo que sea, dice al final, si ya pasó, no me interesa. A mí sí me interesa contártelo, insiste él. Ella se vuelve a llenar el vaso de vino. ¿Para qué? Por Facundo, le contesta Daniel. Porque Facundo ya no es un chico.
Ayer a la mañana me encontré con una persona. Valeria se pasa una mano por la boca. Daniel se apura en aclararle: Fue de casualidad. En el colectivo, allá en el centro. No pasó nada. Ella no me vio. ¿Ella? Dejame terminar.
Como quieras.
Hace dos años estuve con otra.
La mira. Valeria tiene los ojos clavados en la pantalla de la tele.
Nos dejamos de ver enseguida. No fue nada importante. No volvimos a hablar. Pero ayer la vi. De casualidad. Y me quedé pensando.
Valeria de repente se levanta.
¿Adónde vas?
A pillar.
Cuando vuelve empieza a guardar los platos. Daniel se levanta atrás de ella. Le acaricia los hombros. Queman. Vuelve a sentarse. Era una ex compañera del secundario. Volvimos a hablar en una de las reuniones de Javi. Pero no fue más que eso. Pensé en decírtelo antes, cuando pasó, pero no sabía cómo ibas a reaccionar. Valeria termina de guardar los platos y se sienta. Apoya una mano en la mesa.
El anillo en su anular brilla.
Yo sabía, dice. Yo sabía que sabías, contesta Daniel. ¿Cómo se llamaba? Marisol. Valeria toca el vaso de vino, pero no lo levanta. Yo también estuve con otro hace un par de años. Daniel toma y siente el vino cruzando sus labios, sus dientes, su lengua. ¿Con otro? Sí. ¿Qué querés decir? Que estuve con otro. Silencio. ¿Cómo se llamaba? No importa. ¿Cómo se llamaba? Es algo mío, prefiero que no lo sepas. Está bien. Quedate con que era un compañero de trabajo. De cuando estaba en H. Koch, ¿te acordás? Sí. El tipo era bastante mujeriego, pero nunca me ocultaba nada. Yo sabía todo lo que hacía. Y era también... no sé cómo decirlo. Dulce. Me decía que solamente se sentía bien cuando estaba conmigo. Así anduvimos varios meses. Hasta que me pidió que me vaya a vivir con él. Que te deje. Ahí se terminó. No lo pensé más. Porque yo ya estaba con vos, y vos sos mi hombre, Daniel, dice Valeria, acariciándole una mano.
Daniel se levanta. Revisa su bolso en la pieza. Vuelve con un cigarrillo apagado.
¿Por qué recién me lo contás ahora? Porque sé cómo sos. Porque sé que si te lo decía antes no me ibas a dar una chance. Daniel se larga a reír. ¿Qué te pasa? Nada. No me pasa nada.
Se quedan callados varios segundos.
Me parece que ahí vino Facundo, dice Valeria.
Se siente el ruido de la llave, de la puerta abriéndose, después cerrándose.
Facundo ahora está en la cocina.
Cuando entra, sus padres están callados, mirando la tele.
En la mesa hay una botella de vino vacía.





domingo, 9 de agosto de 2015




Intensamente posmoderna





Intensamente, de Pixar, es una película sobre la infancia pensada para adultos. Por eso se sugiere no llevar niños a verla. Más allá de algún gag esporádico, su edificio argumental no resiste la comprensión ni mucho menos la atención sostenida de un chico. Pero existe el prejuicio más que coherente de que los productos de esta corporación norteamericana son infantiles. Así que, en plenas vacaciones de invierno, tuve la precaución de ir a verla bien tarde y subtitulada para esquivar a esa plaga inquietante que son siempre los niños ajenos, sobre todo en las salas de cine.

Desde el comienzo la película nos sitúa en la mente de Riley, una niña de once años que por el nuevo trabajo de su padre debe mudarse de Minessota a San Francisco. Las escenas en las que ella aparece desde su nacimiento interactuando con el mundo real coexisten a la vez con las que se nos muestran de su interioridad: personajes que representan sus emociones (vgr., Alegría, Miedo, Desagrado, Tristeza -siendo este último quizás uno de los más logrados del cine de la animación-) luchan entre sí por imponer su modo de ver el mundo, y de esta batalla es que luego se desprende la reacción de Riley allá afuera.

En su ingeniería narrativa, Intensamente parece pariente política de Quieres ser John Malkovich. Escrita por Charlie Kaufman (autor de El ladrón de orquídeas y Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, entre otras), en esta película los personajes que protagonizan las acciones no representan entidades de carne y hueso, sino proyecciones internas de John Malkovich. Como el título mismo lo reza, todos los personajes que acceden a su mente son en realidad él, manifestaciones de su universo psíquico. Pero mientras que en Quieres ser… el procedimiento se presenta apenas sugerido, disfrazado por “las astucias de la poesía” (el túnel que lleva a su mente, por ejemplo, se oculta tras un armario), en Intensamente se vuelve explícito, se nos expone de forma casi pedagógica.   

Si, como dicen, el arte siempre está un paso por delante de la ciencia, gracias a películas como Quieres ser John Malkovich puede hoy haber otras como Intensamente. Ya es la ciencia, en el caso de esta última, la que sostiene el argumento de lo que en películas como la primera llega solo en forma de insinuación: el derrumbe definitivo del concepto del Yo. El máximo cimiento filosófico de la Modernidad aparece en la película de Pixar fracturado por el nuevo modelo de sujeto que establece la neurociencia cognitiva, una de las corrientes gracias a las cuales puede explicarse el porqué de que muchos de los principios del psicoanálisis en la actualidad sean (salvo en Argentina y en Francia) considerados perimidos.

No podemos racionalizar las decisiones que tomamos. Mientras que el desglose psicoanalítico de las conductas humanas se basa en estructuras abstractas, de matriz literaria, que niegan la influencia de factores genéticos y neurobiológicos en nuestro comportamiento, la neurociencia cognitiva por el contrario señala que lo que las determina son fuerzas electro-magnéticas en las redes neuronales de nuestra corteza cerebral, fuerzas vulgarmente conocidas como “emociones”. 

La emoción es el caballito de batalla de la neurociencia cognitiva: esta le adjudica una función más pragmática que la del positivismo freudiano. La emoción, denuncia, lo gobierna todo. Y la racionalización de su proceso despótico siempre es posterior. La emoción dicta qué recordamos y qué olvidamos; jerarquiza, de forma continua, pero fundamentalmente mientras dormimos, ciertos recuerdos en detrimento de otros. Y sobre la base de qué recordamos y qué olvidamos es que después decidimos actuar de tal forma u otra, subyugados por la llamada memoria emotiva o, como dicen los poetas, "la memoria del cuerpo".

Todo esto está en Intensamente. Cada uno de los actos de Riley es efecto de una pugna neurobiológica entre los personajes que personifican sus emociones. El escenario simbólico es su aparato psíquico, espacio cuyo paisaje ya no consiste en la proverbial trilogía cristiana del Súper yo, el Yo y el Ello, sino en un cableado neuronal que para funcionar correctamente depende del efluvio eléctrico que las emociones de Riley controlan. 

Así su personalidad se estructura en cinco islas (o facetas) alimentadas por cinco recuerdos vertebrales. Será Alegría quien luche por predominar y mantener a flote esta arquitectura, gracias a cuya base Riley puede sostener frente a la adversidad su actitud tan conmovedora como positiva.

Pero de a poco vemos cómo la protagonista se vence, al mismo tiempo que el personaje de Tristeza vence al de Alegría. Ambas terminan naufragando en la memoria a largo plazo de Riley, lo cual coincide con el distanciamiento que experimenta la niña respecto del entorno y sobre todo de sí misma. Alegría y Tristeza entran entonces en contacto con recuerdos olvidados, con monstruos del subconsciente, con el pensamiento abstracto, con los delirios de la imaginación, dejando el control de la mente de Riley a Miedo, Desagrado, Furia.

Tal como vemos en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos con Clementine y Joel, un personaje arrastra al otro a sectores vírgenes de la memoria mientras el personaje central que los contiene duerme la rosa del sueño ajeno a la escandalosa ebullición neuronal de su cerebro.

Es en este sentido que no hay que dejarse engañar por la impronta infantil de los personajes de Intensamente: alcanza con hacer a un lado la estética Pixar para observar la orgía conceptual que los infla. Y, sobre todo, esa puntería quirúrgica para bajar a tierra el credo de toda una disciplina: no solo se personifican a través de dibujitos animados entidades esencialmente abstractas, sino también esta visualización comulga con las reacciones de la protagonista en una historia que es, bien mirada, simplísima.

El aparato capaz de construir este artificio, entre director, guionistas, dibujantes y actores de voz, costó más de ciento setenta y cinco millones de dólares.

Yo pagué mi entrada y no tengo nada que decir al respecto.