domingo, 20 de septiembre de 2015

los rastros de ella




Había encontrado la billetera en una plaza, tirada abajo de un banco de madera, entre unos yuyales. No había plata adentro. Solamente papeles, tarjetas de crédito, un registro vencido y los documentos. María Luisa Valbuena. 1966. Sergio miró la foto y después leyó la dirección. Las Gardenias 4359. Buscó en la guía T, calculó la distancia. Estaba a varios barrios del suyo. Todo derecho por Ruta 8, hasta el choque con el Buen Ayre.
Ahora ya es sábado. No hay colegio. Tampoco tiene que ir al lavadero. Sergio le pide a Rauly que lo acompañe. Salen los dos en bici a las dos de la tarde. Hace mucho calor. Treinta y cinco grados encima del asfalto que se derrite. Van por la Ruta 8. Hay menos tráfico que de costumbre. Esquivan los pocos colectivos en sus playeras. El sol es un redondel de fuego en el centro del cielo despejado. No hay viento. El aire se apoya en las caras de Sergio y Rauly mientras avanzan en sus bicis. Un vapor compacto que empujan a medida que se alejan de la villa por la ruta yendo para la casa de María Luisa Valbuena.
Dame un cigarrillo, dice Sergio.
Rauly sostiene el manubrio con una mano, mientras que con la otra saca el atado del bolsillo.
Cuánto falta.
Un par de semáforos más.
Pasan la Coca Cola, Gabino Ezeiza, entran a Churruca en la esquina de la Shell. De repente, un silencio. Se meten dos o tres cuadras y ese silencio. Este silencio. Los ruidos de la ruta se vuelven un solo rumor algodonado. Las calles vacías. El fuego del sol rebota en los hilos de agua que corren por los cordones de las veredas. Hay algunas bolsas de basura en los canastos de hierro. Cada vez más mudo el aire. Un perro en una esquina bosteza. Los mira pasar por la calle poceada. Y entonces la aparición. Un contorno a contraluz del sol, allá, a un par de cuadras. A una cuadra. Ahora acá. Es una chica. Sergio la mira. Rauly también. No camina, se desliza. No pesa, flota. Las zapas varios centímetros por encima de la vereda. Sergio abre la boca. Rauly también. Quieren decirle algo, pero la lengua. De repente es un animal muerto, la lengua, ahogado en sus bocas resecas, con costras de mugre, hirvientes en la lava fundida de la hora. ¿Las dos? ¿Las tres? No hay ni un alma, pero de repente ella. La virgen. La aparición. Un chorro de agua fresca en el horno de la vida. María Luisa Valbuena. Esa debe ser. María Luisa. Sergio dice: ¿La viste? Pero la chica ya no está. Su pelo. Su espalda. Sus ojos que cambian de color. Ya no están. ¿Viste eso, vos? Rauly dice: Gil. Dejá de verduguear. Escupe. Un pollo blanco, casi sólido, pegajoso. ¿Estás perdido? No. Es todo derecho. Tenemos que seguir todo derecho.
Rauly chasquea la lengua, pero sigue. Mira para un lado, para el otro, pero sigue.
Nunca había visto tanta soledad.
Nunca una tan grande como esa. Tan desnuda. Tan arrasada, en ese barrio que se hacía más grande y más desnudo cuanto más se metían y alejaban de la ruta. Ahora todo corre muy rápido. Los rayos en las ruedas de las bicis y las corrientes de agua podrida en los cordones de las veredas y hasta las cáscaras de verdura se descomponen con más rapidez en las bolsas de basura, pero al mismo tiempo algo se apropia de esa intensidad y debe ser la fuerza de la naturaleza, agazapada, rebotando contra los cimientos de las casas y las cañerías y el pavimento. De golpe los árboles crecen. Se extienden las raíces. Se extienden o expanden en su universo raquítico hasta agrietar los ojos de Sergio y Rauly. Como si las venitas en los globos oculares se les volvieran los trazos de una púa. Dónde estamos, grita Rauly. Sergio decide cerrar los ojos un segundo, una sola fracción de segundo. Escucha cómo le retumba el corazón, cómo palpita, cómo se remueve, cómo le laten la frente y los oídos. Todo él un solo temblor. Soñaría con que la calle se volviera, como por arte de magia, un río de agua fresca, cristalina, donde lavarse la cabeza y los sobacos. Pero cuando los abre sabe que está cada vez más cerca, cada minuto un poco más.
Hay árboles altísimos, y rejas también altísimas. Hay coches que solamente se ven en la televisión. Gil. Contestá. Hay casas que parecen castillos. Grandes como colegios. Dónde estamos. Gil. Sergio clava el contrapedal. Frena la playera en el borde de la calle. Acá estamos, dice. Mirá. Rauly lee el cartel en la esquina.
Las Gardenias al 4000. Al 4100. Al 4200. Acá. Es acá. Las Gardenias 4359.
Tocá el timbre. No, tocalo vos. Yo te secundeé. Porque estabas al pedo. Hubieras venido solo. No hubieras venido. Tocá el timbre, gato. Ya va.
¿Cómo será María Luisa? ¿Qué color de pelo tendrá? ¿Qué cuerpo? ¿Será de hace mucho tiempo esa foto? Sergio mira cómo su dedo índice se acerca despacio, muy pero muy despacio, como si no fuera a llegar nunca, al timbre de la casa de María Luisa Valbuena.
Debe ser la mujer más hermosa de la tierra. La majestuosa reina de ese palacio de tres pisos olvidado en el borde del mundo. Sergio mira su índice. Se acerca al timbre. Puede ser que ese timbre genere una explosión. Un derrumbe. Que el borde del mundo se desplome y las tortugas gigantes que lo sostienen se coman la casa y las rejas y a Sergio y a María Luisa Valbuena para siempre.
El portero eléctrico zumba. Voz de hombre.
¿Quién es?
¿Acá vive María Luisa?
Sí, ¿quién la busca?
Me llamo Sergio. Tengo su billetera.
Otro silencio.
Otro.
Qué hay en ese silencio. Rauly se suena los dedos de la mano. Sergio sostiene la billetera. Las rejas son tan altas que no alcanza a tocarlas la vista. Una gota de transpiración resbala en sus párpados y ahora ve todo borroso. Es un hombre, parado enfrente, del otro lado de la reja. No pregunta nada. Solamente estira un brazo y en la punta del brazo la mano y Sergio apoya ahí la billetera. ¿Acá vive la dueña? El hombre no contesta. Los mira. Primero a Sergio. Después a Rauly. Al final sus zapatillas. Es una mirada en diagonal.
Rápida como un tajo.
El hombre debe andar por los cincuenta años. Canoso. Alto. En la malla plateada de su reloj brilla el fuego del sol. Revisa la billetera. Mira los documentos. De dónde la sacaron. La encontré, dice Sergio. Dónde. En la plaza Manzanares. A mi mujer se la robaron la semana pasada. Yo la encontré tirada abajo de un banco. Ya no tenía nada adentro.
Se miran dos segundos largos abajo del sol.
El hombre al final se mueve. Saca del bolsillo un billete de cien pesos. Pasa la mano por la reja.
¿Estamos bien?
Sergio apoya un codo en el manubrio. Se seca la transpiración de la frente con la manga de la camiseta. No, doctor.
Y Rauly, de atrás: No hace falta.
Pero soñaba, piensa Sergio, soñaba con conocer a María Luisa Valbuena. Verla, aunque sea. Mira los balcones. Los ventanales reales. Y no va a poder ser.
María Luisa Valbuena, me duelen los huevos de tanto estar sentado en el asiento de mi playera. De tanto pedalear y pedalear. Y no va a poder ser. Me silban los pulmones. Tengo pastosa la boca. Y no. Ya nunca voy a conocerte.
Nosotros la encontramos en la plaza.
No vinimos por la plata.
¿Seguro?
Seguro.
Entonces el hombre saca un brazo por la reja, mirando el piso lo saca, y su mano suave y blanda aprieta la mano sucia y áspera de Sergio.
Muchas gracias.
No se preocupe, dice Sergio.
Todo bien, dice Rauly.
Y mientras se van los dos espían las ventanas, el patio inmenso del frente, con sus flores y estatuas y fuentes.
Pero no hay rastros de ella.






domingo, 6 de septiembre de 2015

diez mil dólares




El domingo Guillermo apareció en la cocina pálido, con la cara desencajada. Me robaron, dijo. Recién ahí Melina desvió los ojos de la tele. ¿Qué?
Me robaron. Me robaron diez mil dólares.
Gastón entró a la cocina en ese momento, secándose las manos en el pantalón. Vio a su padre parado en la puerta, blanco, tembloroso, y a su hermana mirándolo desde la mesa.
Qué pasó.
Guillermo los llevó hasta la pieza. Les mostró el ropero, la caja de cartón abierta, los zapatos viejos donde escondía la plata tirados en el despelote de ropa. A un costado había un arma, pero el ladrón no se la había llevado. Tampoco se había llevado la notebook ni el Iphone que estaban ahí a la vista, en la mesita de luz.
Después salió del dormitorio y empezó a dar vueltas por la casa. Abría las puertas y los cajones de todos los muebles, como si la plata hubiera decidido viajar sola, sin avisarle, y lo estuviera esperando en otro lugar. Mientras lo hacía le preguntaba a sus hijos a qué hora habían salido, a qué hora habían vuelto, si no habían notado nada raro.
No. Los dos habían salido juntos al mediodía, habían vuelto a las cinco, y no, no habían notado nada. Tampoco tenían forma de saber lo que había pasado en el dormitorio de su padre; nunca entraban ahí. Guillermo revisó la cerradura; no había rastros de forcejeo. Gastón, por su parte, se acercó a la ventana que daba al patio y enseguida pegó un grito para llamarlos: había un agujero del tamaño de un puño en el mosquitero. Cuando abrieron la ventana, encontraron una escalera apoyada contra la pared. El comedor, la cocina, así como la habitación de Guillermo, quedaban en el segundo piso. Dedujeron: el ladrón entró, puso la escalera al pie de la ventana, subió, rompió el mosquitero, empujó la ventana, venciendo la traba, y después, antes de irse, la volvió a cerrar.
Guillermo y sus hijos ahora miraban la escalera desde el patio. Uma, la perra, correteaba, los empujaba, quería jugar.
Esta perra, dijo Guillermo. Y la empujó con la planta del pie: No sirve para una mierda.
Más tarde Guillermo les contó a sus vecinos que habían entrado a robarle. Ellos hacían asado todos los domingos del otro lado del alambrado, cubierto por plantas y enredaderas, y les preguntó si no habían visto nada, o si no habían escuchado ladrar en algún momento de la tarde a sus perros (tenían tres ovejeros alemanes agresivos, criados a los garrotazos).
Nada. No habían visto nada.
Tampoco habían escuchado ladridos.
Esa noche Guillermo pensó en voz alta, enfrente de sus hijos: si no ladraron los perros, el que entró era un conocido.
Para él estaba claro: la única forma de entrar al patio era por el pasillo que había a un costado de la casa. Entraban por el frente, y por ese pasillo se llegaba al patio en el fondo, pero para cruzarlo había que pasar pegado al alambrado del vecino, y ahí siempre estaban dando vueltas los perros.
Capaz sí ladraron, dijo Gastón, pero entre la música y el pedo que tenían los vecinos ni los escucharon.
Guillermo tomó un sorbo de vino, soltó fuerte el vaso en la mesa. Lo que ellos hayan escuchado o no, me importa un carajo. La culpa la tienen ustedes. Mil veces les dije a vos y a tu hermana que cierren con candado el portón de la entrada.


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Nunca en veinte años de vivir en esa casa les habían entrado a robar. El barrio era lindo, de casas grandes de clase media, media alta, pero estaba rodeado de villas, así que siempre los vecinos tenían que vivir en estado de alerta. Habían contratado seguridad privada para que merodeara las calles de piedra. Pero de vez en cuando, sobre todo más adentro, donde el barrio se empezaba a difuminar para confundirse con los baldíos y las casas más humildes del fondo, no había seguridad, ni privada ni pública, que alcanzara. A mano armada, o pungas, rastreros. Entraderas, salideras, cuando los vecinos estaban entrando o sacando el auto. Gente que de repente se despertaba con la punta fría de un revólver apretándole la frente. Pero en el caso de Guillermo su casa daba a la avenida, donde había mucha circulación y pasaba más seguido la policía, así que por suerte nunca habían tenido un episodio de ese tipo.
Lo que para él no significaba nada. Cuando los asentamientos empezaron a expandirse se compró una carabina y una veintidós. Practicó tiro al blanco. Les pedía una y otra vez a sus hijos que cerraran con candado el portón. Ellos no lo hacían nunca. Él a veces se olvidaba de recriminárselo. Hasta que se escuchaba el rumor de un robo a pocas manzanas, y empezaba de nuevo.
Cierren el portón. Estamos en Suárez. Cuiden lo poco que tenemos.


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Mabel fue a la casa esa misma noche y Guillermo le contó lo del robo. ¿Cuánto? Diez mil dólares.
Mabel hizo un recuento fugaz. Se habían divorciado hacía un año. ¿Guillermo siempre había tenido esa plata ahí?
No tenía forma de saberlo. Nunca había sido de revisar las cosas de su ex marido. Estaba segura de que si lo hubiera hecho antes no habría tardado tantos años en abandonarlo. Así como Guillermo durante su matrimonio pudo estar con otras mujeres sin darle signos de eso (ella recién se iba a enterar de todo cuando lo dejó), él podría haber tenido esa cantidad de plata guardada a espaldas de ella, en la misma habitación donde dormían todas las noches, sin tampoco dar ninguna señal de estar haciéndolo.
Siempre había sido un hombre mezquino y calculador. Su obsesión por la plata solo podía compararse a la que sentía por las mujeres. Por eso cuando él le contó lo de los dólares, Mabel se sorprendió de lo tranquilo que parecía. Guillermo estaba ahí, descorchando un champagne, como lo hacía todos los domingos antes de sentarse a mirar fútbol.
Él le convidó una copa. Mabel tomó un sorbo.
Sí, este tipo está demasiado tranquilo.


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Pero se trataba de un domingo especial. El fin de semana siguiente, después de casi un año, Mabel iba a volver a la casa. Guillermo había aceptado dejársela después de muchas discusiones y forcejeos con amenazas legales. El estado de la casa en general era lamentable: manchas de humedad en los techos, llena de mugre, con yuyales en el fondo y canillas que no andaban. Era deprimente para Mabel volver y encontrar ese paisaje cuando antes, mientras ella estaba, la casa relucía. Iba a tener que trabajar para remendar ese año de deterioro constante. Pero por lo menos la casa ahora volvía a ser suya.
Melina entró a la cocina justo cuando sus padres charlaban. Los vio sentados en la mesa, cada uno con un vaso de champagne en la mano, y se despidió. Iba a la casa de su novio. Podría haberse quedado, pero no soportaba la imagen de sus padres juntos después de todo lo que le habían hecho pasar. Sí se quedó Gastón. Fue él el encargado de hacer la cena. Bondiola al horno con papas.


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Esa semana, la última que iba a pasar en la casa, Guillermo se pasó todas las cenas hablando del robo. A medida que tomaba más y más vino, más fuerte empezaba a hablar. Les echaba la culpa a los amigos de Gastón. Vivís trayendo borrachos todos los fines de semana, esos negros que ni vos sabés de dónde salieron. Después hablaba de María, la empleada doméstica. Pero al final terminaba convenciéndose solo, hablando de la timidez de María, de que no había sido ella.
¿Pero quién, entonces? ¿Quién?
Nadie sabía que tenía la plata ahí. Era imposible pensar que un chorro cualquiera entrara a su casa, cruzara el comedor y fuera directo a donde estaba la plata. Un chorro cualquiera, además, no se hubiera ido sin el arma, la notebook o el Iphone. La persona que le había robado los diez mil dólares tenía que ser un conocido. Alguien que supiera desde antes de la existencia de esa plata.


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Como Gastón en todo momento defendió a sus amigos, la principal sospechosa terminó siendo María. Melina era la que más desconfiaba de ella. A sus ojos no era tan ingenua como pensaba su padre. Le recordó que antes del divorcio le había pedido a su madre que la pusieran en blanco. No era una tipa, por más humilde que pareciera, que no supiera dónde estaba parada.
El jueves, cuando María fue a limpiar, Melina le contó lo del robo. Le explicó los detalles. Después le preguntó por la escalera. Todos estaban sorprendidos porque no se acordaban de que en la casa hubiera una escalera así. De madera, con los peldaños carcomidos por la humedad, inestable pero así y todo todavía capaz de soportar el peso de una persona de casi cien kilos, como la misma tarde del robo pudieron comprobar cuando Gastón se subió.
María se rascó un codo. Esa escalera estaba en el galpón, dijo. ¿En el galpón? Sí. La vi con tu mamá cuando fuimos a plantar los romeros.
Esa noche Melina llamó por teléfono a Mabel.
¿Cuándo plantaste los romeros? No sé, hija. Hará un año, año y medio, ¿qué pasó? Nada, que María me dijo que se acordaba de haber visto la escalera ese día en el galpón. ¿Y entonces? Eso, ¿vos te acordarías de algo así? ¿Una escalera que viste hace un año y medio? Meli, estás pensando mal. Quizás la vio después. María es tímida, ni ella sabe las cosas que dice. Está bien, todo lo que quieras, pero ella se acuerda de haberla visto ahí; es la única que sabía que había una escalera en casa. Hija, María no fue. Yo no te digo que haya sido ella. Digo que quizás lo comentó con alguien. A algún conocido suyo. María es de José C. Paz. Ya sé. ¿Pero por diez mil dólares cualquier tipo no se vendría desde donde sea? Pensalo, nada más. Ella encontró la plata. ¿Viste que cuando ordena toca todo? Bueno, la encontró, lo comentó con alguien, le habló de una escalera, de cómo entrar, adónde ir, dónde buscar, y este alguien vino y lo hizo. María sabe que los domingos no hay nadie acá. Sí, entiendo adónde vas, pero no, me cuesta creer que María sea capaz de algo así. Eso no lo sabés. Hace seis años que trabaja en casa. María trabajaba bien con vos, pero a papá no lo quiere. Qué estás diciendo. El otro día Gastón me lo dijo, estaba hablando con ella y María empezó a quejarse de lo mugroso que le dejaba todo papá. ¿No te parece raro, María quejándose de algo? Eso no tiene nada que ver. Sí que tiene que ver. Ella estaba embroncada con él por cómo se manejó con vos. Yo sé que vos hablabas mucho con ella. Hija... Mamá, es así, en su momento estabas todo el día hablando mal de papá. Sigo sin creer que haya sido María. Como quieras.


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Guillermo a veces le decía a Gastón: Si no fueron amigos tuyos, si no fue María, tuvo que haber sido alguien de la familia. Estás borracho, viejo.
Otra no hay, pendejo. ¿Yo cómo sé si no fuiste vos o tu hermana?
Guillermo lo decía en tono de broma, pero había algo que flotaba por abajo de su sonrisa, de sus palabras, algo que quedaba rebotando en el aire y que Gastón podía sentir.
Desde hacía unas semanas, cuando ya estaba confirmado que en marzo Guillermo dejaba la casa, Mabel había empezado a ir seguido para acondicionarla. Iba cuando no estaba él para no cruzárselo. Limpiaba. Dejaba algunas cajas. A veces iba con María.
Así que, ¿qué hubiera podido evitar que su madre encontrara los dólares? Que los viera, que supiera que estaban ahí. Pagando el alquiler del departamento durante todo ese año, después del divorcio, ella había perdido un montón de plata.
Quizás la misma cantidad que después había decidido robarle a él, sintiendo que le correspondía.


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La mudanza fue el sábado a la tarde. Guillermo estaba cargando sus cosas en la camioneta cuando Mabel llegó. Ella también había mudado todo en la camioneta de unos amigos. Cruzaron apenas unas pocas palabras. Después Guillermo le pidió a Gastón que, en vez de ayudarlo a él, tal como habían quedado, se quedara a colaborar con su madre. A eso de las seis la camioneta ya estaba descargada. Mabel tenía un brillo distinto en los ojos, uno que Gastón desde hacía mucho tiempo no le veía.
Estuvieron un rato acomodando muebles, desembalando cajas. Gastón destapó una cerveza. En un rato se veía con sus amigos. Tomaba un sorbo, ayudaba a Mabel, después tomaba otro sorbo más. Por momentos pensaba en su padre. En que él le había prometido ayudarlo con la mudanza.
Pero a último momento Guillermo le pide que se quede. Que mejor la ayude a su madre.
Por un segundo le tiemblan los ojos.
Melina llega justo cuando empiezan a cenar. Son las diez de la noche. Gastón destapa otra cerveza. Brindan por la nueva etapa. Por los cambios que se vienen en la casa. ¿Con papá hablaron?, pregunta Melina. ¿Llegó bien? Le mandé un mensaje pero no contestó, dice Mabel. Debe estar de joda, sonríe Gastón. Yo lo vi mal esta semana, dice Melina. Estuvo obsesionado con el robo. ¿No pudieron averiguar nada de eso? No. Los de vigilancia no vieron nada, tampoco se encuentra nada en los videos de las cámaras de la avenida. Mabel apoya los codos en la mesa. Sospecha de mí, ¿no? Estoy segura de que sospecha de mí. Ma, no seas paranoica. No soy paranoica, él es paranoico, estoy segura de que sospecha. No dijo nada. Él pensó en María, pero la verdad es que no creo que haya sido ella. También pensó en tus amigos. Sí, pero mis amigos no, imposible. ¿Entonces? Entonces no sé, pero no sospecha de vos. No es tan jodido papá. Más allá de lo que digas.


**

Esa noche Gastón juega al truco con sus amigos. Se emborracha. A las tres de la mañana se levanta para ir al baño. Mientras pilla apoya un brazo en la pared y la frente en el hueco del brazo. Hasta que abre los ojos. La perra, dice. La perra. Sale. Intenta concentrarse en el juego. Pero cada tanto se distrae de lo que pasa a su alrededor.
Vuelve a su casa a las seis. Cruza el portón de entrada. Está a punto de subir las escaleras cuando de repente su cuerpo se queda quieto en el primer escalón, Piensa en su padre. Se pregunta quién es en el fondo su padre. Después gira. Retrocede. Vuelve al portón, saca el llavero del bolsillo y lo cierra con candado. 
Por esto, dice en voz baja, mientras escucha el clic del candado. Lo hizo por esto.
Ahora ya está en el comedor. Se acerca a la ventana del fondo. El agujero en el mosquitero sigue ahí. Mete la mano, la saca. Acaricia los bordes.
¿Qué pasa?
Se da vuelta. Es su madre. Está parada en el pasillo. Lo mira medio dormida, con un ojo cerrado, en camisón. ¿Pasó algo? Nada. Estaba mirando esto. ¿Qué tiene? El agujero. Creo que ya estaba desde antes. Hoy me acordé. Creo que fue Uma la que lo rompió.
Mabel se acerca. Mira a su hijo de reojo. ¿Uma? ¿Estás seguro?
Se quedan callados.
Para mí fue él, dice Gastón.
¿Quién?
Papá.
Mabel sonríe. Acomoda sus pies en las pantuflas. Hablás como si estuvieras tomado. Después se va. Gastón ve cómo su madre cruza el pasillo y cierra la puerta de su habitación.
Él se queda ahí. Siente cansancio en todo el cuerpo, pero se acerca a la ventana del frente. Mira el amanecer. Los autos que pasan por la calle. La vereda vacía.
Los perros dando vueltas en el patio de al lado.









miércoles, 2 de septiembre de 2015




Felicidades






En su momento, cuando salió (2000), no me cansaba de ver Felicidades. Cada vez que la enganchaba en la tele dejaba de hacer lo que estaba haciendo y me quedaba ahí. Después, como también pasó con otras grandes películas, el mundo se la tragó. La dejaron de dar en el cable y de comentar en los medios y durante muchos años, quizás más de diez, no volví a verla ni a acordarme de que existía.
Hasta que hace poco la encontré al azar en Youtube. Estaba subida entera. Fue raro. De golpe mientras la miraba sentí como si en la cabeza se me activara un reducto desconocido. No solamente me acordaba de casi todas las escenas, sino también me sabía literalmente, palabra por palabra, muchas líneas de diálogo, e incluso los gestos de los personajes mientras las decían. 
Empecé a sentirme más seguro de mí mismo. Alguien o algo acá adentro durante todos estos años estuvo recordando en mi lugar situaciones valiosas que yo no tenía la menor idea de estar recordando.
"La memoria es la capacidad de olvidar lo que no te sirve", me dijo una vez un amigo nerd.
Yo nunca me olvidé de Felicidades.


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Verla diez años después no me hizo sentir más viejo, más bien me acercó la intuición de que el que envejeció fue el país. Si uno quiere mostrarle a un extranjero cómo fueron los noventa en Argentina, lo mejor que puede hacer es recomendarle que mire Felicidades. O, mejor todavía, si es uno mismo el que quiere recordar cómo fue el asunto, qué vértigo, qué sensación de ahogo flotaba a la intemperie en esos años, es el que lo debería hacer.  
Los guiños contextuales en este sentido abundan. La alusión al River millonario y multicampeón de Ramón Díaz, por ejemplo, a quien por entonces la prensa nacional refería como el “segundo riojano más famoso del país”. O la insigne canción de "Chiquititas", en la que una pequeña huérfana canta que tiene el corazón con "agujeritos", sonando como ruido de fondo en una de las escenas. O los proverbiales viajes a Miami, apuntados en la secuencia en que tres policías, dos testigos y un vecino (encarnado por un Alfredo Casero sacrílego) entran a un departamento de forma ilegal. 
O la inmigración de gente de los países vecinos, visualizada en el amontonamiento de un grupo de bolivianos en la caja hermética de un camión, atraídos hacia Buenos Aires por la refulgente fantasía del uno a uno. 
O, quizás en la escena de mayor contenido político implícito, las privatizaciones que llevó a cabo el Estado durante esos años, señaladas cuando en un encuadre vemos una cabina de Telefónica obstruyendo, casi tachando con su presencia, la perspectiva del Monumento a la Bandera en Rosario.


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Pero la fuerza de Felicidades está más en el contenido de las historias que narra que en su impronta histórica. Sus diversos hilos narrativos son de una atmósfera opresiva, aunque fluyan con el encanto de las tragedias morales de los cuentos de hadas. Nada más que en estos cuentos no hay moraleja, solo tragedia. Todo sucede en un par de horas, las últimas de una noche buena que arrima a los personajes a una navidad solitaria. Hacia el final, en tanto relato coral, los hilos narrativos interrumpen su paralelismo y se cruzan.
Aunque quizás valga decir que este paralelismo mencionado nunca es tal. Cuando de una historia se salta a la otra, siempre hay un brazo subterráneo de significación que las engarza. Incluso el director se permite por momentos hacer jueguitos con las herramientas de las que dispone, y en el fundido de la pecera al campo, por caso, su regodeo estético nos remite a lo que Welles supo instaurar como marca de fábrica en El ciudadano Kane: el eslabón entre las distintas secuencias procura un solaz visual. Así es como en Felicidades, más allá de la heterogeneidad de argumentos y personajes, el correlato objetivo favorece que la trama avance como el espasmo de un solo espíritu compacto en la interioridad del espectador. 
Hay, en este sentido, escenas imborrables. La del vínculo homo erótico, por ejemplo, que se establece entre un paralítico y un médico; vínculo que este último sostiene por altruismo pero postergando mientras lo hace el que acaba de generar con una extraña en la calle. Extraña que se acaba de pelear con otro, con un tipo que ahora está en Rosario y que después de salir de un casamiento quiere volver a Buenos Aires lo más pronto posible para reconciliarse con ella, pero que cuando lo está haciendo se halla de golpe frente al imprevisto de que el coche se queda sin nafta en medio del campo. Y va a buscar nafta en un bidón, y en la casa de un paraje devastado se encuentra con un viejo raquítico, encerrado del otro lado de la ventana, abandonado a su suerte como si hubiera estado esperándolo ahí al otro desde antes de su nacimiento, como si ese fuera el destino de los dos, cruzarse un solo instante sobre el borde de la navidad, en un tajo de angustia machacando el fondo de la tierra. Pero ni hablar del mareo del tipo cuando le toca entrar a la central nuclear de Atucha, una estructura ingente de pronto sin gente abandonada como el viejo del paraje, desnuda como el hospital estatal en que el mismo médico que esa noche corteja a su mujer la mujer con la que él busca reconciliarse trabaja, pasillos vacíos, ruidos de pasos que se van, puertas que se cierran, en la noche buena del mundo del agobio, donde todo se busca, donde nada se encuentra, donde todo se posterga siempre un poco más allá. Pero quizás toda esa asfixia decadente decante en la escena del departamento que los policías saquean, cuando uno de los testigos, un odontólogo rubiecito, honesto y sensible, el típico progre porteño —Gastón Pauls—, discute acerca de moral con uno de los policías corruptos —Eduardo Ayala—, ambos sudados, arrasados por el calor pastoso de esa noche interminable de diciembre. "En la vida hacemos más cosas que no nos gustan que las que nos gustan", le dice el policía. Y después mueve una lámpara en el techo, y la lámpara oscila, alumbrando alternativamente una cara y otra en la discusión, discusión de marcados roles éticos. Hasta que llegamos al epílogo y vemos que al hijo del dentista honesto Papá Noel le regaló el mismo walkman que los policías terminaban de saquear en el departamento unas horas atrás.    


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Felicidades es la única película que llegó a filmar Lucho Bender, director y coguionista, antes de morir inesperadamente cuatro años después. Tenía solamente cuarenta y ocho años. Invirtió plata de su propio bolsillo para llevar a cabo el proyecto, inversión que jamás recuperó. El que el estreno  de su ópera prima coincidiera en los cines con el de la celebérrima Nueve reinas puede ser una de las explicaciones. Sin embargo, en una entrevista del 2000: Yo siempre me prometí hacer una película, y la hice. Ya me puedo ir en paz de este mundo”.


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Los que no quedamos en paz somos nosotros. ¿Qué habría filmado después de haber seguido vivo? Como sucede con Bolaño, como sucede con Büchner, como sucede con tantos otros que supieron dejar el mundo todavía con un trayecto vital por delante potencialmente productivo en términos artísticos, el caso de Lucho Bender nos arrastra a especulaciones que no tienen ningún sentido.


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Y ya que estamos hablando de especulaciones: si Felicidades es la película que mejor enseña lo que fueron los noventa en la Argentina, ¿cuál será la que en el futuro reproduzca de manera más fidedigna lo que fueron estos últimos años?
¿En qué se va a parecer a Felicidades? ¿En qué se va a diferenciar?