domingo, 6 de septiembre de 2015

diez mil dólares




El domingo Guillermo apareció en la cocina pálido, con la cara desencajada. Me robaron, dijo. Recién ahí Melina desvió los ojos de la tele. ¿Qué?
Me robaron. Me robaron diez mil dólares.
Gastón entró a la cocina en ese momento, secándose las manos en el pantalón. Vio a su padre parado en la puerta, blanco, tembloroso, y a su hermana mirándolo desde la mesa.
Qué pasó.
Guillermo los llevó hasta la pieza. Les mostró el ropero, la caja de cartón abierta, los zapatos viejos donde escondía la plata tirados en el despelote de ropa. A un costado había un arma, pero el ladrón no se la había llevado. Tampoco se había llevado la notebook ni el Iphone que estaban ahí a la vista, en la mesita de luz.
Después salió del dormitorio y empezó a dar vueltas por la casa. Abría las puertas y los cajones de todos los muebles, como si la plata hubiera decidido viajar sola, sin avisarle, y lo estuviera esperando en otro lugar. Mientras lo hacía le preguntaba a sus hijos a qué hora habían salido, a qué hora habían vuelto, si no habían notado nada raro.
No. Los dos habían salido juntos al mediodía, habían vuelto a las cinco, y no, no habían notado nada. Tampoco tenían forma de saber lo que había pasado en el dormitorio de su padre; nunca entraban ahí. Guillermo revisó la cerradura; no había rastros de forcejeo. Gastón, por su parte, se acercó a la ventana que daba al patio y enseguida pegó un grito para llamarlos: había un agujero del tamaño de un puño en el mosquitero. Cuando abrieron la ventana, encontraron una escalera apoyada contra la pared. El comedor, la cocina, así como la habitación de Guillermo, quedaban en el segundo piso. Dedujeron: el ladrón entró, puso la escalera al pie de la ventana, subió, rompió el mosquitero, empujó la ventana, venciendo la traba, y después, antes de irse, la volvió a cerrar.
Guillermo y sus hijos ahora miraban la escalera desde el patio. Uma, la perra, correteaba, los empujaba, quería jugar.
Esta perra, dijo Guillermo. Y la empujó con la planta del pie: No sirve para una mierda.
Más tarde Guillermo les contó a sus vecinos que habían entrado a robarle. Ellos hacían asado todos los domingos del otro lado del alambrado, cubierto por plantas y enredaderas, y les preguntó si no habían visto nada, o si no habían escuchado ladrar en algún momento de la tarde a sus perros (tenían tres ovejeros alemanes agresivos, criados a los garrotazos).
Nada. No habían visto nada.
Tampoco habían escuchado ladridos.
Esa noche Guillermo pensó en voz alta, enfrente de sus hijos: si no ladraron los perros, el que entró era un conocido.
Para él estaba claro: la única forma de entrar al patio era por el pasillo que había a un costado de la casa. Entraban por el frente, y por ese pasillo se llegaba al patio en el fondo, pero para cruzarlo había que pasar pegado al alambrado del vecino, y ahí siempre estaban dando vueltas los perros.
Capaz sí ladraron, dijo Gastón, pero entre la música y el pedo que tenían los vecinos ni los escucharon.
Guillermo tomó un sorbo de vino, soltó fuerte el vaso en la mesa. Lo que ellos hayan escuchado o no, me importa un carajo. La culpa la tienen ustedes. Mil veces les dije a vos y a tu hermana que cierren con candado el portón de la entrada.


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Nunca en veinte años de vivir en esa casa les habían entrado a robar. El barrio era lindo, de casas grandes de clase media, media alta, pero estaba rodeado de villas, así que siempre los vecinos tenían que vivir en estado de alerta. Habían contratado seguridad privada para que merodeara las calles de piedra. Pero de vez en cuando, sobre todo más adentro, donde el barrio se empezaba a difuminar para confundirse con los baldíos y las casas más humildes del fondo, no había seguridad, ni privada ni pública, que alcanzara. A mano armada, o pungas, rastreros. Entraderas, salideras, cuando los vecinos estaban entrando o sacando el auto. Gente que de repente se despertaba con la punta fría de un revólver apretándole la frente. Pero en el caso de Guillermo su casa daba a la avenida, donde había mucha circulación y pasaba más seguido la policía, así que por suerte nunca habían tenido un episodio de ese tipo.
Lo que para él no significaba nada. Cuando los asentamientos empezaron a expandirse se compró una carabina y una veintidós. Practicó tiro al blanco. Les pedía una y otra vez a sus hijos que cerraran con candado el portón. Ellos no lo hacían nunca. Él a veces se olvidaba de recriminárselo. Hasta que se escuchaba el rumor de un robo a pocas manzanas, y empezaba de nuevo.
Cierren el portón. Estamos en Suárez. Cuiden lo poco que tenemos.


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Mabel fue a la casa esa misma noche y Guillermo le contó lo del robo. ¿Cuánto? Diez mil dólares.
Mabel hizo un recuento fugaz. Se habían divorciado hacía un año. ¿Guillermo siempre había tenido esa plata ahí?
No tenía forma de saberlo. Nunca había sido de revisar las cosas de su ex marido. Estaba segura de que si lo hubiera hecho antes no habría tardado tantos años en abandonarlo. Así como Guillermo durante su matrimonio pudo estar con otras mujeres sin darle signos de eso (ella recién se iba a enterar de todo cuando lo dejó), él podría haber tenido esa cantidad de plata guardada a espaldas de ella, en la misma habitación donde dormían todas las noches, sin tampoco dar ninguna señal de estar haciéndolo.
Siempre había sido un hombre mezquino y calculador. Su obsesión por la plata solo podía compararse a la que sentía por las mujeres. Por eso cuando él le contó lo de los dólares, Mabel se sorprendió de lo tranquilo que parecía. Guillermo estaba ahí, descorchando un champagne, como lo hacía todos los domingos antes de sentarse a mirar fútbol.
Él le convidó una copa. Mabel tomó un sorbo.
Sí, este tipo está demasiado tranquilo.


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Pero se trataba de un domingo especial. El fin de semana siguiente, después de casi un año, Mabel iba a volver a la casa. Guillermo había aceptado dejársela después de muchas discusiones y forcejeos con amenazas legales. El estado de la casa en general era lamentable: manchas de humedad en los techos, llena de mugre, con yuyales en el fondo y canillas que no andaban. Era deprimente para Mabel volver y encontrar ese paisaje cuando antes, mientras ella estaba, la casa relucía. Iba a tener que trabajar para remendar ese año de deterioro constante. Pero por lo menos la casa ahora volvía a ser suya.
Melina entró a la cocina justo cuando sus padres charlaban. Los vio sentados en la mesa, cada uno con un vaso de champagne en la mano, y se despidió. Iba a la casa de su novio. Podría haberse quedado, pero no soportaba la imagen de sus padres juntos después de todo lo que le habían hecho pasar. Sí se quedó Gastón. Fue él el encargado de hacer la cena. Bondiola al horno con papas.


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Esa semana, la última que iba a pasar en la casa, Guillermo se pasó todas las cenas hablando del robo. A medida que tomaba más y más vino, más fuerte empezaba a hablar. Les echaba la culpa a los amigos de Gastón. Vivís trayendo borrachos todos los fines de semana, esos negros que ni vos sabés de dónde salieron. Después hablaba de María, la empleada doméstica. Pero al final terminaba convenciéndose solo, hablando de la timidez de María, de que no había sido ella.
¿Pero quién, entonces? ¿Quién?
Nadie sabía que tenía la plata ahí. Era imposible pensar que un chorro cualquiera entrara a su casa, cruzara el comedor y fuera directo a donde estaba la plata. Un chorro cualquiera, además, no se hubiera ido sin el arma, la notebook o el Iphone. La persona que le había robado los diez mil dólares tenía que ser un conocido. Alguien que supiera desde antes de la existencia de esa plata.


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Como Gastón en todo momento defendió a sus amigos, la principal sospechosa terminó siendo María. Melina era la que más desconfiaba de ella. A sus ojos no era tan ingenua como pensaba su padre. Le recordó que antes del divorcio le había pedido a su madre que la pusieran en blanco. No era una tipa, por más humilde que pareciera, que no supiera dónde estaba parada.
El jueves, cuando María fue a limpiar, Melina le contó lo del robo. Le explicó los detalles. Después le preguntó por la escalera. Todos estaban sorprendidos porque no se acordaban de que en la casa hubiera una escalera así. De madera, con los peldaños carcomidos por la humedad, inestable pero así y todo todavía capaz de soportar el peso de una persona de casi cien kilos, como la misma tarde del robo pudieron comprobar cuando Gastón se subió.
María se rascó un codo. Esa escalera estaba en el galpón, dijo. ¿En el galpón? Sí. La vi con tu mamá cuando fuimos a plantar los romeros.
Esa noche Melina llamó por teléfono a Mabel.
¿Cuándo plantaste los romeros? No sé, hija. Hará un año, año y medio, ¿qué pasó? Nada, que María me dijo que se acordaba de haber visto la escalera ese día en el galpón. ¿Y entonces? Eso, ¿vos te acordarías de algo así? ¿Una escalera que viste hace un año y medio? Meli, estás pensando mal. Quizás la vio después. María es tímida, ni ella sabe las cosas que dice. Está bien, todo lo que quieras, pero ella se acuerda de haberla visto ahí; es la única que sabía que había una escalera en casa. Hija, María no fue. Yo no te digo que haya sido ella. Digo que quizás lo comentó con alguien. A algún conocido suyo. María es de José C. Paz. Ya sé. ¿Pero por diez mil dólares cualquier tipo no se vendría desde donde sea? Pensalo, nada más. Ella encontró la plata. ¿Viste que cuando ordena toca todo? Bueno, la encontró, lo comentó con alguien, le habló de una escalera, de cómo entrar, adónde ir, dónde buscar, y este alguien vino y lo hizo. María sabe que los domingos no hay nadie acá. Sí, entiendo adónde vas, pero no, me cuesta creer que María sea capaz de algo así. Eso no lo sabés. Hace seis años que trabaja en casa. María trabajaba bien con vos, pero a papá no lo quiere. Qué estás diciendo. El otro día Gastón me lo dijo, estaba hablando con ella y María empezó a quejarse de lo mugroso que le dejaba todo papá. ¿No te parece raro, María quejándose de algo? Eso no tiene nada que ver. Sí que tiene que ver. Ella estaba embroncada con él por cómo se manejó con vos. Yo sé que vos hablabas mucho con ella. Hija... Mamá, es así, en su momento estabas todo el día hablando mal de papá. Sigo sin creer que haya sido María. Como quieras.


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Guillermo a veces le decía a Gastón: Si no fueron amigos tuyos, si no fue María, tuvo que haber sido alguien de la familia. Estás borracho, viejo.
Otra no hay, pendejo. ¿Yo cómo sé si no fuiste vos o tu hermana?
Guillermo lo decía en tono de broma, pero había algo que flotaba por abajo de su sonrisa, de sus palabras, algo que quedaba rebotando en el aire y que Gastón podía sentir.
Desde hacía unas semanas, cuando ya estaba confirmado que en marzo Guillermo dejaba la casa, Mabel había empezado a ir seguido para acondicionarla. Iba cuando no estaba él para no cruzárselo. Limpiaba. Dejaba algunas cajas. A veces iba con María.
Así que, ¿qué hubiera podido evitar que su madre encontrara los dólares? Que los viera, que supiera que estaban ahí. Pagando el alquiler del departamento durante todo ese año, después del divorcio, ella había perdido un montón de plata.
Quizás la misma cantidad que después había decidido robarle a él, sintiendo que le correspondía.


**

La mudanza fue el sábado a la tarde. Guillermo estaba cargando sus cosas en la camioneta cuando Mabel llegó. Ella también había mudado todo en la camioneta de unos amigos. Cruzaron apenas unas pocas palabras. Después Guillermo le pidió a Gastón que, en vez de ayudarlo a él, tal como habían quedado, se quedara a colaborar con su madre. A eso de las seis la camioneta ya estaba descargada. Mabel tenía un brillo distinto en los ojos, uno que Gastón desde hacía mucho tiempo no le veía.
Estuvieron un rato acomodando muebles, desembalando cajas. Gastón destapó una cerveza. En un rato se veía con sus amigos. Tomaba un sorbo, ayudaba a Mabel, después tomaba otro sorbo más. Por momentos pensaba en su padre. En que él le había prometido ayudarlo con la mudanza.
Pero a último momento Guillermo le pide que se quede. Que mejor la ayude a su madre.
Por un segundo le tiemblan los ojos.
Melina llega justo cuando empiezan a cenar. Son las diez de la noche. Gastón destapa otra cerveza. Brindan por la nueva etapa. Por los cambios que se vienen en la casa. ¿Con papá hablaron?, pregunta Melina. ¿Llegó bien? Le mandé un mensaje pero no contestó, dice Mabel. Debe estar de joda, sonríe Gastón. Yo lo vi mal esta semana, dice Melina. Estuvo obsesionado con el robo. ¿No pudieron averiguar nada de eso? No. Los de vigilancia no vieron nada, tampoco se encuentra nada en los videos de las cámaras de la avenida. Mabel apoya los codos en la mesa. Sospecha de mí, ¿no? Estoy segura de que sospecha de mí. Ma, no seas paranoica. No soy paranoica, él es paranoico, estoy segura de que sospecha. No dijo nada. Él pensó en María, pero la verdad es que no creo que haya sido ella. También pensó en tus amigos. Sí, pero mis amigos no, imposible. ¿Entonces? Entonces no sé, pero no sospecha de vos. No es tan jodido papá. Más allá de lo que digas.


**

Esa noche Gastón juega al truco con sus amigos. Se emborracha. A las tres de la mañana se levanta para ir al baño. Mientras pilla apoya un brazo en la pared y la frente en el hueco del brazo. Hasta que abre los ojos. La perra, dice. La perra. Sale. Intenta concentrarse en el juego. Pero cada tanto se distrae de lo que pasa a su alrededor.
Vuelve a su casa a las seis. Cruza el portón de entrada. Está a punto de subir las escaleras cuando de repente su cuerpo se queda quieto en el primer escalón, Piensa en su padre. Se pregunta quién es en el fondo su padre. Después gira. Retrocede. Vuelve al portón, saca el llavero del bolsillo y lo cierra con candado. 
Por esto, dice en voz baja, mientras escucha el clic del candado. Lo hizo por esto.
Ahora ya está en el comedor. Se acerca a la ventana del fondo. El agujero en el mosquitero sigue ahí. Mete la mano, la saca. Acaricia los bordes.
¿Qué pasa?
Se da vuelta. Es su madre. Está parada en el pasillo. Lo mira medio dormida, con un ojo cerrado, en camisón. ¿Pasó algo? Nada. Estaba mirando esto. ¿Qué tiene? El agujero. Creo que ya estaba desde antes. Hoy me acordé. Creo que fue Uma la que lo rompió.
Mabel se acerca. Mira a su hijo de reojo. ¿Uma? ¿Estás seguro?
Se quedan callados.
Para mí fue él, dice Gastón.
¿Quién?
Papá.
Mabel sonríe. Acomoda sus pies en las pantuflas. Hablás como si estuvieras tomado. Después se va. Gastón ve cómo su madre cruza el pasillo y cierra la puerta de su habitación.
Él se queda ahí. Siente cansancio en todo el cuerpo, pero se acerca a la ventana del frente. Mira el amanecer. Los autos que pasan por la calle. La vereda vacía.
Los perros dando vueltas en el patio de al lado.









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