miércoles, 2 de septiembre de 2015




Felicidades






En su momento, cuando salió (2000), no me cansaba de ver Felicidades. Cada vez que la enganchaba en la tele dejaba de hacer lo que estaba haciendo y me quedaba ahí. Después, como también pasó con otras grandes películas, el mundo se la tragó. La dejaron de dar en el cable y de comentar en los medios y durante muchos años, quizás más de diez, no volví a verla ni a acordarme de que existía.
Hasta que hace poco la encontré al azar en Youtube. Estaba subida entera. Fue raro. De golpe mientras la miraba sentí como si en la cabeza se me activara un reducto desconocido. No solamente me acordaba de casi todas las escenas, sino también me sabía literalmente, palabra por palabra, muchas líneas de diálogo, e incluso los gestos de los personajes mientras las decían. 
Empecé a sentirme más seguro de mí mismo. Alguien o algo acá adentro durante todos estos años estuvo recordando en mi lugar situaciones valiosas que yo no tenía la menor idea de estar recordando.
"La memoria es la capacidad de olvidar lo que no te sirve", me dijo una vez un amigo nerd.
Yo nunca me olvidé de Felicidades.


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Verla diez años después no me hizo sentir más viejo, más bien me acercó la intuición de que el que envejeció fue el país. Si uno quiere mostrarle a un extranjero cómo fueron los noventa en Argentina, lo mejor que puede hacer es recomendarle que mire Felicidades. O, mejor todavía, si es uno mismo el que quiere recordar cómo fue el asunto, qué vértigo, qué sensación de ahogo flotaba a la intemperie en esos años, es el que lo debería hacer.  
Los guiños contextuales en este sentido abundan. La alusión al River millonario y multicampeón de Ramón Díaz, por ejemplo, a quien por entonces la prensa nacional refería como el “segundo riojano más famoso del país”. O la insigne canción de "Chiquititas", en la que una pequeña huérfana canta que tiene el corazón con "agujeritos", sonando como ruido de fondo en una de las escenas. O los proverbiales viajes a Miami, apuntados en la secuencia en que tres policías, dos testigos y un vecino (encarnado por un Alfredo Casero sacrílego) entran a un departamento de forma ilegal. 
O la inmigración de gente de los países vecinos, visualizada en el amontonamiento de un grupo de bolivianos en la caja hermética de un camión, atraídos hacia Buenos Aires por la refulgente fantasía del uno a uno. 
O, quizás en la escena de mayor contenido político implícito, las privatizaciones que llevó a cabo el Estado durante esos años, señaladas cuando en un encuadre vemos una cabina de Telefónica obstruyendo, casi tachando con su presencia, la perspectiva del Monumento a la Bandera en Rosario.


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Pero la fuerza de Felicidades está más en el contenido de las historias que narra que en su impronta histórica. Sus diversos hilos narrativos son de una atmósfera opresiva, aunque fluyan con el encanto de las tragedias morales de los cuentos de hadas. Nada más que en estos cuentos no hay moraleja, solo tragedia. Todo sucede en un par de horas, las últimas de una noche buena que arrima a los personajes a una navidad solitaria. Hacia el final, en tanto relato coral, los hilos narrativos interrumpen su paralelismo y se cruzan.
Aunque quizás valga decir que este paralelismo mencionado nunca es tal. Cuando de una historia se salta a la otra, siempre hay un brazo subterráneo de significación que las engarza. Incluso el director se permite por momentos hacer jueguitos con las herramientas de las que dispone, y en el fundido de la pecera al campo, por caso, su regodeo estético nos remite a lo que Welles supo instaurar como marca de fábrica en El ciudadano Kane: el eslabón entre las distintas secuencias procura un solaz visual. Así es como en Felicidades, más allá de la heterogeneidad de argumentos y personajes, el correlato objetivo favorece que la trama avance como el espasmo de un solo espíritu compacto en la interioridad del espectador. 
Hay, en este sentido, escenas imborrables. La del vínculo homo erótico, por ejemplo, que se establece entre un paralítico y un médico; vínculo que este último sostiene por altruismo pero postergando mientras lo hace el que acaba de generar con una extraña en la calle. Extraña que se acaba de pelear con otro, con un tipo que ahora está en Rosario y que después de salir de un casamiento quiere volver a Buenos Aires lo más pronto posible para reconciliarse con ella, pero que cuando lo está haciendo se halla de golpe frente al imprevisto de que el coche se queda sin nafta en medio del campo. Y va a buscar nafta en un bidón, y en la casa de un paraje devastado se encuentra con un viejo raquítico, encerrado del otro lado de la ventana, abandonado a su suerte como si hubiera estado esperándolo ahí al otro desde antes de su nacimiento, como si ese fuera el destino de los dos, cruzarse un solo instante sobre el borde de la navidad, en un tajo de angustia machacando el fondo de la tierra. Pero ni hablar del mareo del tipo cuando le toca entrar a la central nuclear de Atucha, una estructura ingente de pronto sin gente abandonada como el viejo del paraje, desnuda como el hospital estatal en que el mismo médico que esa noche corteja a su mujer la mujer con la que él busca reconciliarse trabaja, pasillos vacíos, ruidos de pasos que se van, puertas que se cierran, en la noche buena del mundo del agobio, donde todo se busca, donde nada se encuentra, donde todo se posterga siempre un poco más allá. Pero quizás toda esa asfixia decadente decante en la escena del departamento que los policías saquean, cuando uno de los testigos, un odontólogo rubiecito, honesto y sensible, el típico progre porteño —Gastón Pauls—, discute acerca de moral con uno de los policías corruptos —Eduardo Ayala—, ambos sudados, arrasados por el calor pastoso de esa noche interminable de diciembre. "En la vida hacemos más cosas que no nos gustan que las que nos gustan", le dice el policía. Y después mueve una lámpara en el techo, y la lámpara oscila, alumbrando alternativamente una cara y otra en la discusión, discusión de marcados roles éticos. Hasta que llegamos al epílogo y vemos que al hijo del dentista honesto Papá Noel le regaló el mismo walkman que los policías terminaban de saquear en el departamento unas horas atrás.    


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Felicidades es la única película que llegó a filmar Lucho Bender, director y coguionista, antes de morir inesperadamente cuatro años después. Tenía solamente cuarenta y ocho años. Invirtió plata de su propio bolsillo para llevar a cabo el proyecto, inversión que jamás recuperó. El que el estreno  de su ópera prima coincidiera en los cines con el de la celebérrima Nueve reinas puede ser una de las explicaciones. Sin embargo, en una entrevista del 2000: Yo siempre me prometí hacer una película, y la hice. Ya me puedo ir en paz de este mundo”.


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Los que no quedamos en paz somos nosotros. ¿Qué habría filmado después de haber seguido vivo? Como sucede con Bolaño, como sucede con Büchner, como sucede con tantos otros que supieron dejar el mundo todavía con un trayecto vital por delante potencialmente productivo en términos artísticos, el caso de Lucho Bender nos arrastra a especulaciones que no tienen ningún sentido.


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Y ya que estamos hablando de especulaciones: si Felicidades es la película que mejor enseña lo que fueron los noventa en la Argentina, ¿cuál será la que en el futuro reproduzca de manera más fidedigna lo que fueron estos últimos años?
¿En qué se va a parecer a Felicidades? ¿En qué se va a diferenciar?






4 comentarios:

A girl called María dijo...

vi Felicidades hace unos dos años, por Youtube. Estábamos con mi novio buscando películas, apareció Felicidades y me dijo "esta te va a gustar".
Empecé a verla convencida de que era una comedia más y cuando terminó estaba bastante sorprendida pero sobre todo, bastante angustiada. Es una película increíble y angustiante y la construcción de los personajes está tan bien lograda que cuesta terminar de verla sin sentirse interpelado por alguno o por todos.

Un desvarío por jueves dijo...

si tal cual, angustiante pero buenísima, vale la pena verla

Wilson Micawber dijo...

Me parece excelente este artículo sobre la película. De acuerdo en todo. Gracias por evaluar con justicia a esta gran obra argentina. Quisiera compartir una duda, a ver si alguien me puede contestar: ¿Cómo es que en la central nuclear se ven torres hiperbólicas de refrigeración a pesar de que en Atucha no hay, ni en ninguna central nuclear argentina? ¿Será que Bender las agregó (filmadas en cualquier otra parte del mundo) porque la gente usualmente las asocia a ese tipo de centrales, especialmente por Los Simpson, para dar una ubicación?

Un desvarío por jueves dijo...

Gracias Wilson !! sì, gran pelìcula gran

y lo de las torres... es una buena pregunta, yo no habìa reparado en ese detalle, pero ahora que lo decìs me inclinarìa por lo que vos señalàs, quizàs se trate de un recurso de asociaciòn, dudo de que haya sido fortuito el tema, sobre todo tratàndose de un tipo como Bender

abrazo !!