domingo, 20 de septiembre de 2015

los rastros de ella




Había encontrado la billetera en una plaza, tirada abajo de un banco de madera, entre unos yuyales. No había plata adentro. Solamente papeles, tarjetas de crédito, un registro vencido y los documentos. María Luisa Valbuena. 1966. Sergio miró la foto y después leyó la dirección. Las Gardenias 4359. Buscó en la guía T, calculó la distancia. Estaba a varios barrios del suyo. Todo derecho por Ruta 8, hasta el choque con el Buen Ayre.
Ahora ya es sábado. No hay colegio. Tampoco tiene que ir al lavadero. Sergio le pide a Rauly que lo acompañe. Salen los dos en bici a las dos de la tarde. Hace mucho calor. Treinta y cinco grados encima del asfalto que se derrite. Van por la Ruta 8. Hay menos tráfico que de costumbre. Esquivan los pocos colectivos en sus playeras. El sol es un redondel de fuego en el centro del cielo despejado. No hay viento. El aire se apoya en las caras de Sergio y Rauly mientras avanzan en sus bicis. Un vapor compacto que empujan a medida que se alejan de la villa por la ruta yendo para la casa de María Luisa Valbuena.
Dame un cigarrillo, dice Sergio.
Rauly sostiene el manubrio con una mano, mientras que con la otra saca el atado del bolsillo.
Cuánto falta.
Un par de semáforos más.
Pasan la Coca Cola, Gabino Ezeiza, entran a Churruca en la esquina de la Shell. De repente, un silencio. Se meten dos o tres cuadras y ese silencio. Este silencio. Los ruidos de la ruta se vuelven un solo rumor algodonado. Las calles vacías. El fuego del sol rebota en los hilos de agua que corren por los cordones de las veredas. Hay algunas bolsas de basura en los canastos de hierro. Cada vez más mudo el aire. Un perro en una esquina bosteza. Los mira pasar por la calle poceada. Y entonces la aparición. Un contorno a contraluz del sol, allá, a un par de cuadras. A una cuadra. Ahora acá. Es una chica. Sergio la mira. Rauly también. No camina, se desliza. No pesa, flota. Las zapas varios centímetros por encima de la vereda. Sergio abre la boca. Rauly también. Quieren decirle algo, pero la lengua. De repente es un animal muerto, la lengua, ahogado en sus bocas resecas, con costras de mugre, hirvientes en la lava fundida de la hora. ¿Las dos? ¿Las tres? No hay ni un alma, pero de repente ella. La virgen. La aparición. Un chorro de agua fresca en el horno de la vida. María Luisa Valbuena. Esa debe ser. María Luisa. Sergio dice: ¿La viste? Pero la chica ya no está. Su pelo. Su espalda. Sus ojos que cambian de color. Ya no están. ¿Viste eso, vos? Rauly dice: Gil. Dejá de verduguear. Escupe. Un pollo blanco, casi sólido, pegajoso. ¿Estás perdido? No. Es todo derecho. Tenemos que seguir todo derecho.
Rauly chasquea la lengua, pero sigue. Mira para un lado, para el otro, pero sigue.
Nunca había visto tanta soledad.
Nunca una tan grande como esa. Tan desnuda. Tan arrasada, en ese barrio que se hacía más grande y más desnudo cuanto más se metían y alejaban de la ruta. Ahora todo corre muy rápido. Los rayos en las ruedas de las bicis y las corrientes de agua podrida en los cordones de las veredas y hasta las cáscaras de verdura se descomponen con más rapidez en las bolsas de basura, pero al mismo tiempo algo se apropia de esa intensidad y debe ser la fuerza de la naturaleza, agazapada, rebotando contra los cimientos de las casas y las cañerías y el pavimento. De golpe los árboles crecen. Se extienden las raíces. Se extienden o expanden en su universo raquítico hasta agrietar los ojos de Sergio y Rauly. Como si las venitas en los globos oculares se les volvieran los trazos de una púa. Dónde estamos, grita Rauly. Sergio decide cerrar los ojos un segundo, una sola fracción de segundo. Escucha cómo le retumba el corazón, cómo palpita, cómo se remueve, cómo le laten la frente y los oídos. Todo él un solo temblor. Soñaría con que la calle se volviera, como por arte de magia, un río de agua fresca, cristalina, donde lavarse la cabeza y los sobacos. Pero cuando los abre sabe que está cada vez más cerca, cada minuto un poco más.
Hay árboles altísimos, y rejas también altísimas. Hay coches que solamente se ven en la televisión. Gil. Contestá. Hay casas que parecen castillos. Grandes como colegios. Dónde estamos. Gil. Sergio clava el contrapedal. Frena la playera en el borde de la calle. Acá estamos, dice. Mirá. Rauly lee el cartel en la esquina.
Las Gardenias al 4000. Al 4100. Al 4200. Acá. Es acá. Las Gardenias 4359.
Tocá el timbre. No, tocalo vos. Yo te secundeé. Porque estabas al pedo. Hubieras venido solo. No hubieras venido. Tocá el timbre, gato. Ya va.
¿Cómo será María Luisa? ¿Qué color de pelo tendrá? ¿Qué cuerpo? ¿Será de hace mucho tiempo esa foto? Sergio mira cómo su dedo índice se acerca despacio, muy pero muy despacio, como si no fuera a llegar nunca, al timbre de la casa de María Luisa Valbuena.
Debe ser la mujer más hermosa de la tierra. La majestuosa reina de ese palacio de tres pisos olvidado en el borde del mundo. Sergio mira su índice. Se acerca al timbre. Puede ser que ese timbre genere una explosión. Un derrumbe. Que el borde del mundo se desplome y las tortugas gigantes que lo sostienen se coman la casa y las rejas y a Sergio y a María Luisa Valbuena para siempre.
El portero eléctrico zumba. Voz de hombre.
¿Quién es?
¿Acá vive María Luisa?
Sí, ¿quién la busca?
Me llamo Sergio. Tengo su billetera.
Otro silencio.
Otro.
Qué hay en ese silencio. Rauly se suena los dedos de la mano. Sergio sostiene la billetera. Las rejas son tan altas que no alcanza a tocarlas la vista. Una gota de transpiración resbala en sus párpados y ahora ve todo borroso. Es un hombre, parado enfrente, del otro lado de la reja. No pregunta nada. Solamente estira un brazo y en la punta del brazo la mano y Sergio apoya ahí la billetera. ¿Acá vive la dueña? El hombre no contesta. Los mira. Primero a Sergio. Después a Rauly. Al final sus zapatillas. Es una mirada en diagonal.
Rápida como un tajo.
El hombre debe andar por los cincuenta años. Canoso. Alto. En la malla plateada de su reloj brilla el fuego del sol. Revisa la billetera. Mira los documentos. De dónde la sacaron. La encontré, dice Sergio. Dónde. En la plaza Manzanares. A mi mujer se la robaron la semana pasada. Yo la encontré tirada abajo de un banco. Ya no tenía nada adentro.
Se miran dos segundos largos abajo del sol.
El hombre al final se mueve. Saca del bolsillo un billete de cien pesos. Pasa la mano por la reja.
¿Estamos bien?
Sergio apoya un codo en el manubrio. Se seca la transpiración de la frente con la manga de la camiseta. No, doctor.
Y Rauly, de atrás: No hace falta.
Pero soñaba, piensa Sergio, soñaba con conocer a María Luisa Valbuena. Verla, aunque sea. Mira los balcones. Los ventanales reales. Y no va a poder ser.
María Luisa Valbuena, me duelen los huevos de tanto estar sentado en el asiento de mi playera. De tanto pedalear y pedalear. Y no va a poder ser. Me silban los pulmones. Tengo pastosa la boca. Y no. Ya nunca voy a conocerte.
Nosotros la encontramos en la plaza.
No vinimos por la plata.
¿Seguro?
Seguro.
Entonces el hombre saca un brazo por la reja, mirando el piso lo saca, y su mano suave y blanda aprieta la mano sucia y áspera de Sergio.
Muchas gracias.
No se preocupe, dice Sergio.
Todo bien, dice Rauly.
Y mientras se van los dos espían las ventanas, el patio inmenso del frente, con sus flores y estatuas y fuentes.
Pero no hay rastros de ella.






2 comentarios:

A girl called María dijo...

ya te lo dije un montón de veces, creo, pero algo que me encanta de tus relatos es que incluso cuando no lo decís, siento saber donde suceden. Siento que recorrí esos mismos caminos que los personajes, los mismos veranos abrasadores.
me encantó, comosiempre. Leerte es un lujo.

Un desvarío por jueves dijo...

gracias por el aguante genia