martes, 20 de octubre de 2015

la mirada de Elisa




Le abrió la puerta la mujer. ¿Alejandro? Sí. ¿Qué tal? Mónica, dijo, estirando una mano en el aire. Mucho gusto. Abrió la puerta del todo y se corrió a un costado para dejarlo pasar. Alejandro vio una cocina, un comedor, un pasillo que daba a dos puertas. Por la ventana el patio, un tendedero lleno de ropa estirada al sol.
Mónica le ofreció una silla. Ahí la llamo a Eli, dijo. Debe estar paveando con el celular. Alejandro se sentó, abrió su mochila, sacó la calculadora, el cuaderno, un lápiz, una goma de borrar. Dejó todo encima de la mesa. Enseguida volvió la mujer. ¿Querés tomar algo? Agua, si puede ser. Por supuesto.
Mónica abrió la heladera y, cuando se agachó para sacar la botella, el culo se le apretó abajo de la calza. Debía andar por los cuarenta años, calculó Alejandro, pero se mantenía bien. Por teléfono él se había imaginado otra cosa. En el tono de voz de Mónica había una gravedad asexuada que lo había hecho pensar en una mujer gorda, amorfa como un sachet de leche, de ojos militares y manos callosas. Error. Mónica había resultado ser flaca, delicada, de mirada juvenil y piel saludable, con pocas arrugas, y un culo bien contorneado, como Alejandro ahora podía comprobar. Aunque la mujer no le parecía atractiva ni mucho menos; tenía las facciones desproporcionadas, con una nariz muy grande para los ojos y unas mandíbulas varoniles, demasiado cuadradas. 
Está natural el agua, ¿no querés jugo mejor?
Dale.
Elisa apareció por el pasillo. Traía su mochila, un cuaderno, miraba su celular. Tenía doce, trece años. No se parecían mucho, casi nada, madre e hija, salvo por lo flacas que eran las dos, de huesos largos y estilizados —a tal punto que podía decirse que la nena también tenía buen cuerpo, o poseía todas las condiciones para tenerlo en un futuro inmediato— y lo feas que eran, aunque cada una lo fuera a su manera. Elisa tenía los ojos muy separados, Alejandro pensó en los ojos de los caballos, y también pensó en ese animal cuando vio la sonrisa de Elisa, de dientes enormes y desparejos.
¿Así que andamos con problemas para las matemáticas? Mónica contestó en lugar de la hija: Es inteligente la nena, pero vaga. ¿Cuándo rendís? Otra vez contestó la madre: Dentro de dos meses. Y después: Eli, ponete las zapatillas.
Elisa cruzó el pasillo sin decir palabra, se metió en una de las puertas y volvió con unas zapatillas de lona blanca.
Alejandro sintió que hacía mucho calor adentro de la cocina, pero no se animó a pedir que encendieran el ventilador.


Elisa era, tal como Mónica lo había dicho, inteligente. En dos o tres clases aprendió ecuaciones con fracciones y a resolver problemas. Alejandro llegaba a las dos de la tarde después de tomarse un colectivo. Solamente cuando entraba a la casa era consciente del aura ácida que su sudor volcaba en el ambiente. Era un verano duro pero Alejandro nunca se hubiera permitido dar clases en pantalón corto o remera. Se sentía más acorde a su rol de profesor usando pantalón de vestir y camisa, a pesar de las múltiples islas de sudor que se le dibujaban en las partes en que la tela rozaba su abundante grasa corporal. Mónica sugirió la posibilidad de que viniera un poco más cómodo. Él no contestó. Después se quedó pensando si en la sugerencia de la mujer no habría algo más que una simple sugerencia. Alejandro podía notar en Mónica cierta tensión cuando se miraban a los ojos. Había casi veinticinco años de diferencia entre ellos (sorprendentemente la mujer había resultado tener cincuenta y dos, ella misma se lo había contado una de esas tardes, cuando al final de la clase se demoraban unos minutos conversando en la vereda de la casa), pero Mónica aparentaba tener muchos menos años de los que tenía mientras que con Alejandro pasaba a la inversa: a sus veintiocho parecía un enorme oso avejentado, gordo, de mirada abúlica y dos entradas anchas y penetrantes que le desnudaban el cuero cabelludo y que su flequillo peinado para un costado no alcanzaba a disimular.
Y ahora ahí estaba de nuevo esa mujer, en la vereda de la casa, hablándole de la hija y de su trabajo de vendedora en una distribuidora de cerveza y de su marido muerto y del calor soporífero de ese verano agobiante. Alejandro solamente escuchaba, haciendo aportes mínimos de vez en cuando. Se lo hacía todo más fácil, esa mujer, hablando tanto, al punto de que parecía darle lo mismo que él estuviera o no. Alejandro mientras tanto se entretenía mirando cómo cada tanto un botoncito de baba emergía en sus comisuras. Botoncito que ella succionaba con un movimiento rápido y sincronizado de los labios y la lengua. Por momentos él la miraba con rechazo. A veces con un rechazo sincero, estomacal. Otras con uno más bien impostado, que le servía para disfrazar ante sí mismo el urgente deseo de agarrar a esa mujer y de sentarla sobre la mesa de la cocina y penetrarla. En esas fantasías siempre estaban solos en la casa, lo cual en la realidad no hubiera sido posible; Elisa siempre merodeaba el pasillo, de los cuartos a la cocina, de la cocina a los cuartos. Quizás para otro hombre hubiera sido fácil concertar un encuentro afuera, en otro lugar, en otro momento, pero cualquier otro hombre no hubiera sido Alejandro, y no habría tenido que lidiar con su lentitud de reflejos característica. Gracias a Dios por las matemáticas; estudiarlas o enseñarlas siempre habían sido su refugio. Estudios. Buen plan para desestimar las urgencias.


Como era de esperar, Alejandro desoyó la sugerencia de Mónica. Pantalón largo, el mismo pantalón fétido de todos los martes y jueves, en la clase siguiente. Cuando se sienta, el rebote contra la silla genera que suba desde su entrepierna un vaho agresivo. Pero no parece molestar a ninguna de las dos mujeres, o por lo menos ellas se encargan de que así lo parezca. Elisa tiene puesto un pantaloncito corto, ajustado, una especie de short. Una musculosa. Alejandro inspira fuerte. Suspira. Ahí está la jarra de jugo, como siempre. El vaso. Empieza la clase. Las manitos diminutas de Elisa se mueven en el cuaderno. Alejandro respira con la boca abierta. Poco a poco su cuerpo se aclimata a la temperatura de la casa. Deja de transpirar. Se le seca el sudor de la calle. Mónica está lavando platos. Después se sienta enfrente de la tele, encendida con el volumen muy bajo, a coser. De vez en cuando lo mira de reojo. Alejandro puede notarlo, pero no le devuelve la mirada. Solamente mira las manitos de Elisa apoyadas en el cuaderno, escribiendo, borrando, corrigiendo, la boca entreabierta de Elisa, sus labios gruesos, sus dientes enormes y torcidos, su lengua, la punta de su lengua, asomando apenas cuando reflexiona el próximo paso a seguir en la ecuación.
Terminada la clase, Mónica y el profesor salen a la vereda. Gran momento de incomodidad para él. Irse de esa casa. Soportar una vez más por cortesía la parla incesante de la vieja. Pero hoy es distinto. Mónica le acaricia un codo. Te viniste de nuevo con pantalón largo. Y con este calor. La mano de la mujer sigue en el codo de él. Palma suave. Punta de los dedos áspera. ¿Tenés algo que ocultar?, dice. ¿Tienen algo raro tus piernas? No, nada, dice Alejandro. A ver, mostramelás. En la calle no hay nadie. Ni un alma hay. Alejandro se levanta el pantalón. Le muestra la pierna derecha. ¿A ver la otra? Le muestra también la izquierda. Tenés lindas piernas. Musculosas. Pasa que camino mucho. Mónica le agarra una mano, se la acaricia. Y también tenés lindas manos. Alejandro mira de reojo la puerta de la casa. Está entornada y por el resquicio ve que la cocina está vacía. Mónica se acerca. Le da un beso en la mejilla. Me gustan los hombres como vos. ¿Como yo? Sí. Tímidos. Inteligentes. Después le da un beso en la boca. Alejandro no reacciona al beso. Los labios grises y rugosos de la mujer tocan los suyos con movimientos lentos y pausados. Alejandro tiene un principio de erección. Y también me gusta esto que tenés acá, dice sonriendo Mónica. Y le acaricia la panza. Es la primera vez que a Alejandro le dicen algo como eso sobre su panza. Después de que lo dejara su novia, había subido más de veinte kilos. Nunca había vuelto a recuperar su peso normal. ¿Qué pasa, te da cosquillas? Sí, dice Alejandro, dando un paso atrás. Pero Mónica avanza ese mismo paso y lo aprieta contra la pared. Me gusta que te dé cosquillas. Si no estuviera mi nena acá, te juro que no sé qué te haría. Y lo vuelve a besar, esta vez con lengua. No es una sensación agradable para Alejandro. La lengua es viscosa, se mete muy al fondo de su boca, no tiene rico sabor. A pesar de eso, Mónica acaricia con su muslo la pija de Alejandro y en pocos segundos la erección es completa. Te juro. Te juro que no sé qué te haría. Alejandro vuelve a mirar por el resquicio de la puerta. Sigue sin haber nadie en la cocina. ¿Por qué no pasamos a la casa? Sos loco, está la nena. ¿Y si la mandás a dormir una siesta? Mónica levanta una mano. Alejandro por un segundo piensa que la mujer le va a pegar. Al final eso es lo que hace. Lo cachetea. Un poco más fuerte de lo que él esperaba. Pero Mónica sonríe enseguida. La próxima. La próxima. No estoy depilada. No me importa eso. Sos dulce, pero no, hoy no puedo.


A la clase siguiente Alejandro se presentó con bermudas. Pidió permiso para ir al baño. En las llaves de la ducha había dos bombachas colgadas. Por el tamaño y los motivos pudo distinguir que una era de Mónica y la otra de Elisa. Cuando apretó el botón sintió que lo que se iba por el desagüe era su vida. La nena lo estaba esperando, como siempre, sentada del lado de la mesa que daba al comedor. Del otro estaba la mesada y Mónica, lavando los platos usados durante el almuerzo. Ella le tocó el culo antes de que él se pudiera sentar. Su primera reacción fue mirar a Elisa. Falsa alarma. La nena corregía un ejercicio y no se había dado cuenta.
La clase terminó sin mayores sobresaltos. A esas alturas Mónica ya se había sentado en el sillón y miraba la tele. Sacó la billetera de su bolso. Le pagó los cien pesos habituales. Elisa terminó de guardar sus útiles y encaró directo para la pieza sin despedirse. Alejandro la miró extrañado. Mónica le dijo: Sentate. Se escuchó un pum. La puerta de un cuarto que se cerraba. Alejandro se sentó. En la pantalla se veía un avión. De golpe una explosión. No, no sabía qué película era. La mano de Mónica estaba en su rodilla y se movía en forma circular, arrimándose despacio hacia su entrepierna. Hoy viniste en bermudas. Sí. Me gustaba más tu pantalón. Tenés las piernas muy blancas. No es sano. Parecés enfermo. De repente silencio. En la pantalla ya había otra escena. Era un hombre discutiendo con otro. Alejandro conocía a uno de los actores. Sentía su panza oprimida por el cinturón. Un desborde de grasa se asomaba vergonzosamente por abajo de la remera. ¿Y esta remera? ¿De qué año es? ¿No te convendría comprarte una nueva? Después le bajó el cierre. Metió la mano y la pija de Alejandro emergió erecta y temblorosa, con la punta roja. Alejandro miró el pasillo. Esperá. ¿Esperá? Elisa. No te preocupes por Elisa, está durmiendo. Después Mónica se la besó. Despacio. Como si besara la frente de un bebé profundamente dormido y no quisiera arrancarlo de su sueño. Alejandro no podía dejar de mirar el pasillo. Mónica subió el volumen de la tele. Después se levantó la pollera y Alejandro sintió un anillo de fuego bajando y subiendo, subiendo y bajando, pero no podía dejar de mirar a un costado y los minutos pasaban, y el anillo seguía moviéndose mientras Mónica gemía por abajo de los ruidos de la tele, hasta que al final se levantó con evidentes signos de agotamiento. ¿No te caliento? Alejandro la miró a los ojos. Sí. ¿Entonces? Estoy nervioso. Yo también: hace ocho años que no me acuesto con nadie. Desde que murió mi marido. Yo hace cinco. Entonces estamos igual. Sí. Será cuestión de confianza. Siempre es cuestión de confianza. Nos tenemos que conocer. ¿De verdad no te gusta mi remera?, dijo Alejandro. Ella se largó a reír. Él por primera vez notó que le faltaba una muela y que tenía negros varios arreglos dentales. Desvió la vista.
Entonces vio que la puerta del cuarto estaba entreabierta.


Era la anteúltima clase antes de que Elisa rindiera el examen. Parecía desconcentrada. Alejandro le explicaba tal o cual fórmula, ella la repetía, la aplicaba en el ejercicio, pero cinco minutos después él tenía que volver a recordársela. Mónica por momentos tenía distracciones semejantes. Le pagaba dos veces la misma clase o le preguntaba si iba a venir el próximo jueves cuando él unos pocos segundos antes se lo terminaba de confirmar. Alejandro empezaba a dudar de la salud mental de la mujer. A esas alturas ya se habían acostado tres o cuatro veces; él todavía no había podido acabar. ¿Qué te pasa?, le preguntaba siempre Mónica. Alejandro desviaba los ojos. Se sentía incómodo cada vez que ella lo miraba de esa manera. Como si acabar fuera su deber y él estuviera en deuda con ella por eso.
Elisa, mientras tanto, solamente estaba. Poco, pero ese poco alcanzaba para ensanchar la vida espiritual de Alejandro. Por lo menos él estimaba cada minuto que pasaba con ella. Los estimaba casi desde un punto de vista científico. Elisa era una de las personas más raras que había conocido en su vida. A la vez que demostraba una facilidad innata para las matemáticas, signo de un pensamiento ordenado y coherente, también tenía lamentables gestos de torpeza social. Como el de mover la mano de un lado al otro, cerca de la nariz, cada vez que Alejandro llegaba a la casa. O el de ignorar los piropos que él le decía cuando Mónica se iba de la cocina. Pero esa contradicción, que de alguna manera espejaba la suya, su propia vida a lo largo de los años, no hubiera alcanzado para sostener semejante juicio: no, era otra la cualidad, la desmesura en el carácter de Elisa. Alejandro solamente pudo comprenderlo durante un instante que por una cuestión de pudor personal hubiera deseado experimentar en circunstancias diferentes.
Se masturbaba una noche en la soledad de su departamento, pensando en lo que esa misma tarde había tocado, sentido y percibido mientras tenía sexo con Mónica, pero mirándolo desde un punto de vista ajeno, como si fuera un tercero filmando o atestiguando a escondidas la escena pornográfica, cuando se le ocurrió que ese tercero desde el que se veía a sí mismo era, en realidad, ella: Elisa. Entonces descubrió que, tal como sucedía ahora en su fantasía, lo que más le inquietaba de esa chica era su invisibilidad. Elisa estaba en las clases, estaba cada vez que él llegaba a la casa, cada vez que se iba, pero algo la inflaba de ausencia, él la miraba y ella no estaba ahí, mirarla era como ver un vacío, como ver el amor, un silencio largo y compacto, sin matices.
Durante un solo segundo Alejandro tomó conciencia de esto. Interrumpió, amargado, el movimiento de su mano. Después, todavía sofocado por el impulso previo, borró esa perspectiva de su imaginación y recobró el ritmo consagrándose nuevamente a la imagen de Mónica apoyada en cuatro en el sillón.


Última clase. Termina la lección y Elisa se va. Se desvanece como una espuma por el pasillo. Ahora solo queda Mónica. Están de nuevo en el sillón. Otra película en la pantalla. Mónica empieza a tocarlo con movimientos torpes. Él la anima. Mónica llora. La puerta del cuarto de Elisa sigue cerrada. Suben el volumen de la tele. Pero Alejandro no se inspira. No vas a volver, dice Mónica. Yo quiero volver. No, no es una pregunta, es una afirmación. No vas a volver. ¿Por qué? Mónica tiene los ojos empapados.
Porque mi hija ya no te necesita.
Y se ríe. Alejandro no soporta su mirada. Ve en la pantalla a un mono saltando de una rama a otra. Le gustaría ser un mono. Tanto le gustaría. Pero no. Es un hombre. Sobre los hombros siente la terrible carga de pertenecer a la especie. Nada más que por abajo de su pantalón azul de vestir y de su camisa blanca está la desnudez, su desnudez de mamífero lampiño, pálido y oloroso y sexual. Siente cómo esa desnudez se encoje ahora que ve el llanto de Mónica enfrente. Ella le da los cien pesos. Lo despide con un beso en la mejilla.
No me llames más. No quiero que formes parte de mi vida.
Alejandro se va por la vereda abajo del sol terrible. Cruza la calle. Camina dos cuadras más hasta la parada del colectivo.

No hay nadie. Se sienta. Pocos autos pasan. Quiere reflexionar sobre lo que fueron estos últimos dos meses. Es un movimiento adrede de su intelecto, la búsqueda de alguna conclusión o idea o escena superadora sobre lo que significó para su experiencia vital coexistir y vincularse con una mujer como Mónica. Pero, cuando pretende compenetrarse en la tarea, tiene la sensación de que alguien lo mira. Se da vuelta. Mira para todos lados. No hay nadie, ni en la calle ni en la vereda. ¿Será desde alguna ventana? No. Las ventanas están cerradas en las casas de enfrente y en las que hay a sus espaldas. Parece no haber nadie en toda la manzana, pero es un hecho: alguien sin lugar a dudas lo está mirando. Alejandro se enrosca en el asiento, quiere distraerse de esa sensación, focalizarse en los autos que pasan o en sus recuerdos de lo que tuvo con Mónica. Pero la mirada sigue ahí, vigilándolo desde algún lugar que él no alcanza a distinguir.



martes, 13 de octubre de 2015




Un cuento del blog publicado en la revista de la ciudad, La Agenda. El cuento es "Vos sos mi secreto".


domingo, 11 de octubre de 2015

compatibles




Desde hacía seis meses, cuando Julia había entrado a la oficina, que él soñaba con esa posibilidad. Tenerla desnuda en una cama. Y ahora, por fin, después de tantos reveses, ella estaba ahí.
Desnuda para él.
Al principio no lo hubiera creído posible. Julia era hermosa, rica, y por sobre todo sociable, lo que hacía que tuviera una agenda agitada, por lo general ocupada por sus salidas con tipos tan ricos y hermosos como ella. Pero Gonzalo primero se ganó su simpatía, después su confianza, y así empezó a tener fe en sus chances; lo único que tenía que hacer era mantenerse cerca de esa mendocina bajita, morocha y delgadísima, de ojos verdes, para estar bien ubicado cuando ella tuviera un momento de debilidad.
No fue nada fácil la espera. En el ínterin dejó a su novia para dedicarle más tiempo a Julia, y durante algunos meses tuvo que simular que lo único que le interesaba de ella era su amistad. Pero al final en un bar no pudo contenerse y dio el primer paso. Julia sonrió mirando el suelo y le contestó que prefería que las cosas siguieran igual que siempre, pero que no por eso él dejaba de parecerle interesante.
Después de esa noche el cántaro de deseos de Gonzalo se desbordó. Empezó a buscarla todo el tiempo. En el trabajo y también cuando iban a bares con sus compañeros de oficina. Pero Julia nunca cedía. Cuando se emborrachaban juntos y él le acercaba la boca ella corría la cara. Y si se dejaba besar, se dejaba besar apenas, una fracción de segundo, para que él no la molestara más. Eso por lo menos es lo que Julia siempre decía al otro día, cuando volvían a verse en la oficina y Gonzalo le pedía disculpas por lo que había pasado la noche anterior. Te pido que no vuelvas a hacerlo. Él prometía no insistir más. Pero apenas se emborrachaban de nuevo se repetían las dos escenas: él intentando besarla, ella negándose; él pidiéndole disculpas al otro día, Julia aceptándolas.
Lo único que a esas alturas mantenía vivas las esperanzas de Gonzalo era que Julia no se alejaba de él. Seguían almorzando juntos en la oficina, volviendo juntos a sus casas; ella seguía mandándole chistes al celular y llamándolo por teléfono (Julia era la única mujer que lo llamaba por teléfono). Aunque ella no lo necesitara de la forma que él quería, estaba claro que lo necesitaba, así que él todavía podía tener su oportunidad.
Y esa oportunidad llegó a fines de enero. El mes más caluroso en la historia de Buenos Aires, y el más difícil para Gonzalo en el plano personal. El día de reyes, después de haber luchado varios meses contra su enfermedad, su madre murió. La internaron de urgencia un lunes; al día siguiente lo llamaron de madrugada desde el hospital para darle la noticia. Gonzalo no lloró cuando se lo comunicaron, no lloró en el velorio ni tampoco lloró después, cuando le tocó volver a su casa y quedarse encerrado en su departamento cuatro días enteros con sus noches, los que le correspondían de licencia laboral, con todo el peso del recuerdo de su madre sobre los hombros.
Recién cuando volvió a la oficina el lunes siguiente se encontró de nuevo con Julia. Ella se le acercó, hablaron, en ningún momento tocaron el tema de la muerte de su madre. Julia solamente le preguntó en el ascensor: ¿Cómo estás? Estoy. Ni mal ni bien. Salieron a fumar un cigarrillo. Cuando estaba por terminar el suyo, Gonzalo le preguntó si había salido con algún pibe en esos días. ¿Por qué me lo preguntás? Quiero saber. No, no salí con nadie. Gonzalo la miró a los ojos. Ella los desvió. Él entonces se levantó del banco sin decir nada y volvió al edificio fumando la última hilacha de tabaco que quedaba en el filtro.
Después de ese día le dejó de hablar. Dejó de contestar sus mensajes y llamados. En la oficina, cuando se la cruzaba, seguía de largo como si ella se hubiera vuelto invisible. Podía notar el desconcierto de Julia cuando quedaban cara a cara en el pasillo y él ni siquiera la saludaba. Varios de los amigos que tenían en común le preguntaban qué había pasado. Le comentaban que Julia estaba muy mal por cómo él la trataba. Pero a Gonzalo lo que ella pudiera sentir ya no le provocaba nada. Era como si la muerte de su madre también se la hubiera tragado a su amiga. A ella y a todas las mujeres que formaban parte de su entorno y que él deseaba o alguna vez había deseado. Decidió volcar todas las energías que antes le dedicaba a Julia a intentar arreglar las cosas con su ex. La vio. Se encontraron en una plaza. Después fueron a su departamento. Al parecer ella estaba dispuesta a perdonarlo. Gonzalo no sabía a qué adjudicar ese repentino cambio en la forma de pensar de su ex, cuando hasta antes de la muerte de su madre no le respondía ningún mensaje. Pero en el fondo sospechaba que algo de todo eso tenía que ver con que él estaba pasando, por lo menos a los ojos de los demás, no un mal momento, sino un momento trágico. Era evidente la tensión, la inseguridad que mostraban algunas personas cuando se acercaban a él. Como si le tuvieran miedo a su sufrimiento, pero al mismo tiempo les generara atracción la atmósfera de tragedia que lo envolvía.
No había pasado todavía un mes del día de reyes cuando le llegó un mail. Era Julia, desde la otra punta de la oficina.
Sé que no debería escribirte. Pero la semana que viene vuelvo a Mendoza. Conseguí trabajo allá. Necesito que hablemos.
Gonzalo, a pesar de que no le dirigía la palabra desde hacía varias semanas, esta vez no dudó un segundo.
Solamente voy a hablar con vos si me tranzás.
La respuesta tardó varios minutos en llegar. Durante esos minutos las manos de Gonzalo se llenaron de un sudor frío.
Al final se activó el aviso de un nuevo correo.
Está bien. A la salida nos volvemos juntos.
Se encontraron en Avenida Córdoba y empezaron a caminar. Gonzalo sabía que por fin se iba a dar lo que tanto había soñado, pero no se sentía ansioso. Avanzaron unas cuantas cuadras y recién entonces él preguntó dónde iba a cobrarse el beso.
En mi casa. Mi hermano se fue todo el finde a Mendoza. ¿Está bien?
Dale.
Faltaban un par de cuadras más. En ese trayecto Julia le habló del trabajo en un estudio contable que el padre le había conseguido. Que estaba cansada de Buenos Aires. Que acá no se podía concentrar. Que extrañaba a sus amigos y también a su familia. Cuando los dos se quedaban parados enfrente de un semáforo, Gonzalo la miraba de reojo. La boca, el cuello, las tetas. Le miraba la cintura. Las piernas. Intuía de refilón su culo, el mismo culo que él se había cansado de codiciar tantas tardes en la oficina. De golpe, la sola idea de que en breves minutos iba a poder abrazar ese cuerpo le hizo retumbar el corazón. Intentó concentrarse en lo que ella le contaba para no pensar más en eso.
Ahora ya estaban cruzando el umbral del edificio. En el ascensor Gonzalo se abalanzó sobre Julia pero ella forcejeó sonriendo, que ahí no, que espere. Recién cuando entraron al departamento y Julia cerró con llave se miraron. Los dos sonrieron a la vez. Él la esperó apoyado en la mesa, ella se acercó y ahí fue. El beso. Gonzalo sintió que le temblaban las piernas. Hasta que se dio cuenta de que el temblor era producto de toda la tensión que estaba reprimiendo, y soltó un buen gemido, resoplando en el cuello de la chica, y después la abrazó fuerte y se sentaron en el sillón.
Todo fue vencer barreras de a poco. Primero Julia no quería que le toque las tetas. Después, cuando ya estaban en las manos de él, que no quería que se las bese. Gonzalo le dijo en tono de broma: Quiero escuchar cómo te late el corazón. Eran suaves. Tenían aroma a jabón. Después volvió a besarle el cuello y sintió un tenue regusto a sal.
Nunca hice algo tan raro en mi vida, le decía la chica.
Se acostaron. Julia no terminaba de sentirse segura. Estuvieron un rato acariciándose en la oscuridad, él bajando hasta donde ella lo dejaba, que nunca era hasta donde él quería llegar. Cuando por fin pudo desnudarla ella le pidió que se pusiera un forro. Dejame entrar así, dijo Gonzalo. Dejame así y después me pongo. Julia se negó, pero tal como estaban las cosas Gonzalo entendió que era nada más cuestión de tiempo convencerla. Se agachó, la besó hasta que Julia dejó de negarse, pero cuando se inclinó y se acomodó encima de ella sintió algo que no esperaba sentir. Un dolor intenso. Tirante. No podía entrar. El dolor era demasiado. Como si se le rasgara el prepucio. Julia lo abrazaba, él podía sentir sus manos heladas, los pies también helados cuando se enroscaba en la cama para acomodarse mejor y abrirse más a él. Se dio cuenta de que también le estaba doliendo a ella. Se corrió a un costado y siguió besándola y acariciándola, pero no se trataba de un problema de excitación, porque ella estaba tan mojada como al principio. En la oscuridad solamente se escuchaba el ruido de las lenguas y las salivas y las respiraciones agitadas, y el de los autos que pasaban por la avenida, del otro lado de la persiana cerrada. Ninguno de los dos se animaba a hablar, a decir algo sobre lo que les estaba pasando. Volvió a probar una vez más. Se sorprendió al notar la aspereza en el centro de Julia. Ahora estaba seca. Ella lo abrazó. Me duele. No te preocupes. Esto es lo que pasa cuando se fuerzan las cosas, dijo Julia. No somos compatibles. No digas boludeces ahora, contestó Gonzalo.
Cuando salieron de la pieza ya era de noche. Por la ventana del comedor se veían encendidas las luces de los edificios de enfrente. ¿Querés algo de tomar? Dale. Gonzalo todavía tenía esperanzas de encontrar una solución. Julia preparó Fernet en un jarrito de los que se usan para calentar el agua. Puso música. Se sentaron en el sillón, de cara al paisaje de la ciudad desde ese octavo piso. Se sentían cansados, había como una nube negra de agotamiento sobrevolando el ambiente, pero ninguno hubiera podido decir si era consecuencia de la dura semana de trabajo o si tenía que ver con lo que recién les había pasado en el dormitorio. ¿Te gusta este tema?, dijo Julia. Sí, de quién es. Cohen. No lo conozco. A mí me encanta, escuchá la voz. Escuchá qué alma que tiene la voz. Está bueno. Yo no soy de cojer con cualquiera, ¿sabés? Ya sé. Pero vos me gustás, dijo Julia, si antes no tuve nada con vos es porque no valía la pena. Sabía que iba a irme. Mendoza es mi casa. Te entiendo. Se quedaron callados un rato más, ella con la cabeza en el pecho de él. Después Julia se levantó, revisó su cartera y sacó el teléfono.
Al principio Gonzalo no entendió qué pasaba. Miró a un costado y Julia estaba leyendo un mensaje en su teléfono con una mano en la boca. Después le empezaron a saltar las lágrimas, que caían y se le escurrían entre los dedos. Se enderezó, soltó el jarrito en el piso. ¿Qué pasa? Julia no contestó. De repente cerró los ojos. Entonces empezó a llorar de verdad. Con hipo. Como una nena. Le temblaban la panza y los hombros. Gonzalo la abrazó. Juli, decime qué te pasa. Ella se encorvó entre sus brazos. No podía dejar de llorar. Pero en un momento, como si le clavaran un cuchillazo, se enderezó. Levantó su notebook y activó el skype. Estaba seria, parecía más contenida, pero era como si todo lo que estuviera a su alrededor, incluso Gonzalo, hubiera dejado de existir. Una cara apareció en la pantalla. Era la del hermano de Julia. ¿Por qué no me avisaste antes?, le dijo ella. Hace varias horas que te estoy llamando, le contestó su hermano. Cuando llegué, Ricky ya estaba mal.
En una fracción de segundo Gonzalo entendió. Alguien del entorno de Julia había muerto. Alguien al que ella amaba demasiado. Pocas veces en su vida había visto llorar con tanta angustia a una persona como en ese momento terminaba de ver llorar a su amiga. Pero también en esa fracción de segundo entendió algo peor. Después de ese día, Julia iba a asociar para siempre el encuentro de ellos dos a la muerte de ese tal “Ricky”. Para siempre la chica de sus sueños, cuando se pusiera a pensar en él, en lo que ese día habían tenido, iba a recordar la muerte de Ricky.
Tragó saliva.
Enseguida el hermano de Julia siguió: Te estuvimos llamando para que te despidas, Juli. Pero no hubo tiempo. Lo tuvimos que sacrificar porque…
Julia volvió a llorar. Se recostó en el sillón, como un bicho bolita. Gonzalo se pasó una mano por la boca. Después por la frente. Miró el paisaje en la ventana. Le dolía la espalda de tanto tenerla tensa, inmóvil en esa posición. Su amiga ya había cortado el llamado, pero apretaba la computadora contra su panza como si fuera su hermano, como si quisiera abrazarlo a su hermano abrazando la notebook, o como si la notebook fuera ese Ricky… Ahora Gonzalo se empezaba a acordar; Ricky; uno de los perros que ella tenía en Mendoza, de los que Julia siempre le hablaba cuando se ponía a hablar de su casa y de lo mucho que extrañaba vivir allá, cerca de su familia y sus amigos.
Mientras Julia lloraba así, Gonzalo pensó en su madre.
Abrazó a su amiga, le besó las lágrimas.
Pero le pareció que ella no se daba cuenta.
Era como si él no estuviera ahí.