domingo, 11 de octubre de 2015

compatibles




Desde hacía seis meses, cuando Julia había entrado a la oficina, que él soñaba con esa posibilidad. Tenerla desnuda en una cama. Y ahora, por fin, después de tantos reveses, ella estaba ahí.
Desnuda para él.
Al principio no lo hubiera creído posible. Julia era hermosa, rica, y por sobre todo sociable, lo que hacía que tuviera una agenda agitada, por lo general ocupada por sus salidas con tipos tan ricos y hermosos como ella. Pero Gonzalo primero se ganó su simpatía, después su confianza, y así empezó a tener fe en sus chances; lo único que tenía que hacer era mantenerse cerca de esa mendocina bajita, morocha y delgadísima, de ojos verdes, para estar bien ubicado cuando ella tuviera un momento de debilidad.
No fue nada fácil la espera. En el ínterin dejó a su novia para dedicarle más tiempo a Julia, y durante algunos meses tuvo que simular que lo único que le interesaba de ella era su amistad. Pero al final en un bar no pudo contenerse y dio el primer paso. Julia sonrió mirando el suelo y le contestó que prefería que las cosas siguieran igual que siempre, pero que no por eso él dejaba de parecerle interesante.
Después de esa noche el cántaro de deseos de Gonzalo se desbordó. Empezó a buscarla todo el tiempo. En el trabajo y también cuando iban a bares con sus compañeros de oficina. Pero Julia nunca cedía. Cuando se emborrachaban juntos y él le acercaba la boca ella corría la cara. Y si se dejaba besar, se dejaba besar apenas, una fracción de segundo, para que él no la molestara más. Eso por lo menos es lo que Julia siempre decía al otro día, cuando volvían a verse en la oficina y Gonzalo le pedía disculpas por lo que había pasado la noche anterior. Te pido que no vuelvas a hacerlo. Él prometía no insistir más. Pero apenas se emborrachaban de nuevo se repetían las dos escenas: él intentando besarla, ella negándose; él pidiéndole disculpas al otro día, Julia aceptándolas.
Lo único que a esas alturas mantenía vivas las esperanzas de Gonzalo era que Julia no se alejaba de él. Seguían almorzando juntos en la oficina, volviendo juntos a sus casas; ella seguía mandándole chistes al celular y llamándolo por teléfono (Julia era la única mujer que lo llamaba por teléfono). Aunque ella no lo necesitara de la forma que él quería, estaba claro que lo necesitaba, así que él todavía podía tener su oportunidad.
Y esa oportunidad llegó a fines de enero. El mes más caluroso en la historia de Buenos Aires, y el más difícil para Gonzalo en el plano personal. El día de reyes, después de haber luchado varios meses contra su enfermedad, su madre murió. La internaron de urgencia un lunes; al día siguiente lo llamaron de madrugada desde el hospital para darle la noticia. Gonzalo no lloró cuando se lo comunicaron, no lloró en el velorio ni tampoco lloró después, cuando le tocó volver a su casa y quedarse encerrado en su departamento cuatro días enteros con sus noches, los que le correspondían de licencia laboral, con todo el peso del recuerdo de su madre sobre los hombros.
Recién cuando volvió a la oficina el lunes siguiente se encontró de nuevo con Julia. Ella se le acercó, hablaron, en ningún momento tocaron el tema de la muerte de su madre. Julia solamente le preguntó en el ascensor: ¿Cómo estás? Estoy. Ni mal ni bien. Salieron a fumar un cigarrillo. Cuando estaba por terminar el suyo, Gonzalo le preguntó si había salido con algún pibe en esos días. ¿Por qué me lo preguntás? Quiero saber. No, no salí con nadie. Gonzalo la miró a los ojos. Ella los desvió. Él entonces se levantó del banco sin decir nada y volvió al edificio fumando la última hilacha de tabaco que quedaba en el filtro.
Después de ese día le dejó de hablar. Dejó de contestar sus mensajes y llamados. En la oficina, cuando se la cruzaba, seguía de largo como si ella se hubiera vuelto invisible. Podía notar el desconcierto de Julia cuando quedaban cara a cara en el pasillo y él ni siquiera la saludaba. Varios de los amigos que tenían en común le preguntaban qué había pasado. Le comentaban que Julia estaba muy mal por cómo él la trataba. Pero a Gonzalo lo que ella pudiera sentir ya no le provocaba nada. Era como si la muerte de su madre también se la hubiera tragado a su amiga. A ella y a todas las mujeres que formaban parte de su entorno y que él deseaba o alguna vez había deseado. Decidió volcar todas las energías que antes le dedicaba a Julia a intentar arreglar las cosas con su ex. La vio. Se encontraron en una plaza. Después fueron a su departamento. Al parecer ella estaba dispuesta a perdonarlo. Gonzalo no sabía a qué adjudicar ese repentino cambio en la forma de pensar de su ex, cuando hasta antes de la muerte de su madre no le respondía ningún mensaje. Pero en el fondo sospechaba que algo de todo eso tenía que ver con que él estaba pasando, por lo menos a los ojos de los demás, no un mal momento, sino un momento trágico. Era evidente la tensión, la inseguridad que mostraban algunas personas cuando se acercaban a él. Como si le tuvieran miedo a su sufrimiento, pero al mismo tiempo les generara atracción la atmósfera de tragedia que lo envolvía.
No había pasado todavía un mes del día de reyes cuando le llegó un mail. Era Julia, desde la otra punta de la oficina.
Sé que no debería escribirte. Pero la semana que viene vuelvo a Mendoza. Conseguí trabajo allá. Necesito que hablemos.
Gonzalo, a pesar de que no le dirigía la palabra desde hacía varias semanas, esta vez no dudó un segundo.
Solamente voy a hablar con vos si me tranzás.
La respuesta tardó varios minutos en llegar. Durante esos minutos las manos de Gonzalo se llenaron de un sudor frío.
Al final se activó el aviso de un nuevo correo.
Está bien. A la salida nos volvemos juntos.
Se encontraron en Avenida Córdoba y empezaron a caminar. Gonzalo sabía que por fin se iba a dar lo que tanto había soñado, pero no se sentía ansioso. Avanzaron unas cuantas cuadras y recién entonces él preguntó dónde iba a cobrarse el beso.
En mi casa. Mi hermano se fue todo el finde a Mendoza. ¿Está bien?
Dale.
Faltaban un par de cuadras más. En ese trayecto Julia le habló del trabajo en un estudio contable que el padre le había conseguido. Que estaba cansada de Buenos Aires. Que acá no se podía concentrar. Que extrañaba a sus amigos y también a su familia. Cuando los dos se quedaban parados enfrente de un semáforo, Gonzalo la miraba de reojo. La boca, el cuello, las tetas. Le miraba la cintura. Las piernas. Intuía de refilón su culo, el mismo culo que él se había cansado de codiciar tantas tardes en la oficina. De golpe, la sola idea de que en breves minutos iba a poder abrazar ese cuerpo le hizo retumbar el corazón. Intentó concentrarse en lo que ella le contaba para no pensar más en eso.
Ahora ya estaban cruzando el umbral del edificio. En el ascensor Gonzalo se abalanzó sobre Julia pero ella forcejeó sonriendo, que ahí no, que espere. Recién cuando entraron al departamento y Julia cerró con llave se miraron. Los dos sonrieron a la vez. Él la esperó apoyado en la mesa, ella se acercó y ahí fue. El beso. Gonzalo sintió que le temblaban las piernas. Hasta que se dio cuenta de que el temblor era producto de toda la tensión que estaba reprimiendo, y soltó un buen gemido, resoplando en el cuello de la chica, y después la abrazó fuerte y se sentaron en el sillón.
Todo fue vencer barreras de a poco. Primero Julia no quería que le toque las tetas. Después, cuando ya estaban en las manos de él, que no quería que se las bese. Gonzalo le dijo en tono de broma: Quiero escuchar cómo te late el corazón. Eran suaves. Tenían aroma a jabón. Después volvió a besarle el cuello y sintió un tenue regusto a sal.
Nunca hice algo tan raro en mi vida, le decía la chica.
Se acostaron. Julia no terminaba de sentirse segura. Estuvieron un rato acariciándose en la oscuridad, él bajando hasta donde ella lo dejaba, que nunca era hasta donde él quería llegar. Cuando por fin pudo desnudarla ella le pidió que se pusiera un forro. Dejame entrar así, dijo Gonzalo. Dejame así y después me pongo. Julia se negó, pero tal como estaban las cosas Gonzalo entendió que era nada más cuestión de tiempo convencerla. Se agachó, la besó hasta que Julia dejó de negarse, pero cuando se inclinó y se acomodó encima de ella sintió algo que no esperaba sentir. Un dolor intenso. Tirante. No podía entrar. El dolor era demasiado. Como si se le rasgara el prepucio. Julia lo abrazaba, él podía sentir sus manos heladas, los pies también helados cuando se enroscaba en la cama para acomodarse mejor y abrirse más a él. Se dio cuenta de que también le estaba doliendo a ella. Se corrió a un costado y siguió besándola y acariciándola, pero no se trataba de un problema de excitación, porque ella estaba tan mojada como al principio. En la oscuridad solamente se escuchaba el ruido de las lenguas y las salivas y las respiraciones agitadas, y el de los autos que pasaban por la avenida, del otro lado de la persiana cerrada. Ninguno de los dos se animaba a hablar, a decir algo sobre lo que les estaba pasando. Volvió a probar una vez más. Se sorprendió al notar la aspereza en el centro de Julia. Ahora estaba seca. Ella lo abrazó. Me duele. No te preocupes. Esto es lo que pasa cuando se fuerzan las cosas, dijo Julia. No somos compatibles. No digas boludeces ahora, contestó Gonzalo.
Cuando salieron de la pieza ya era de noche. Por la ventana del comedor se veían encendidas las luces de los edificios de enfrente. ¿Querés algo de tomar? Dale. Gonzalo todavía tenía esperanzas de encontrar una solución. Julia preparó Fernet en un jarrito de los que se usan para calentar el agua. Puso música. Se sentaron en el sillón, de cara al paisaje de la ciudad desde ese octavo piso. Se sentían cansados, había como una nube negra de agotamiento sobrevolando el ambiente, pero ninguno hubiera podido decir si era consecuencia de la dura semana de trabajo o si tenía que ver con lo que recién les había pasado en el dormitorio. ¿Te gusta este tema?, dijo Julia. Sí, de quién es. Cohen. No lo conozco. A mí me encanta, escuchá la voz. Escuchá qué alma que tiene la voz. Está bueno. Yo no soy de cojer con cualquiera, ¿sabés? Ya sé. Pero vos me gustás, dijo Julia, si antes no tuve nada con vos es porque no valía la pena. Sabía que iba a irme. Mendoza es mi casa. Te entiendo. Se quedaron callados un rato más, ella con la cabeza en el pecho de él. Después Julia se levantó, revisó su cartera y sacó el teléfono.
Al principio Gonzalo no entendió qué pasaba. Miró a un costado y Julia estaba leyendo un mensaje en su teléfono con una mano en la boca. Después le empezaron a saltar las lágrimas, que caían y se le escurrían entre los dedos. Se enderezó, soltó el jarrito en el piso. ¿Qué pasa? Julia no contestó. De repente cerró los ojos. Entonces empezó a llorar de verdad. Con hipo. Como una nena. Le temblaban la panza y los hombros. Gonzalo la abrazó. Juli, decime qué te pasa. Ella se encorvó entre sus brazos. No podía dejar de llorar. Pero en un momento, como si le clavaran un cuchillazo, se enderezó. Levantó su notebook y activó el skype. Estaba seria, parecía más contenida, pero era como si todo lo que estuviera a su alrededor, incluso Gonzalo, hubiera dejado de existir. Una cara apareció en la pantalla. Era la del hermano de Julia. ¿Por qué no me avisaste antes?, le dijo ella. Hace varias horas que te estoy llamando, le contestó su hermano. Cuando llegué, Ricky ya estaba mal.
En una fracción de segundo Gonzalo entendió. Alguien del entorno de Julia había muerto. Alguien al que ella amaba demasiado. Pocas veces en su vida había visto llorar con tanta angustia a una persona como en ese momento terminaba de ver llorar a su amiga. Pero también en esa fracción de segundo entendió algo peor. Después de ese día, Julia iba a asociar para siempre el encuentro de ellos dos a la muerte de ese tal “Ricky”. Para siempre la chica de sus sueños, cuando se pusiera a pensar en él, en lo que ese día habían tenido, iba a recordar la muerte de Ricky.
Tragó saliva.
Enseguida el hermano de Julia siguió: Te estuvimos llamando para que te despidas, Juli. Pero no hubo tiempo. Lo tuvimos que sacrificar porque…
Julia volvió a llorar. Se recostó en el sillón, como un bicho bolita. Gonzalo se pasó una mano por la boca. Después por la frente. Miró el paisaje en la ventana. Le dolía la espalda de tanto tenerla tensa, inmóvil en esa posición. Su amiga ya había cortado el llamado, pero apretaba la computadora contra su panza como si fuera su hermano, como si quisiera abrazarlo a su hermano abrazando la notebook, o como si la notebook fuera ese Ricky… Ahora Gonzalo se empezaba a acordar; Ricky; uno de los perros que ella tenía en Mendoza, de los que Julia siempre le hablaba cuando se ponía a hablar de su casa y de lo mucho que extrañaba vivir allá, cerca de su familia y sus amigos.
Mientras Julia lloraba así, Gonzalo pensó en su madre.
Abrazó a su amiga, le besó las lágrimas.
Pero le pareció que ella no se daba cuenta.
Era como si él no estuviera ahí.






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