martes, 20 de octubre de 2015

la mirada de Elisa




Le abrió la puerta la mujer. ¿Alejandro? Sí. ¿Qué tal? Mónica, dijo, estirando una mano en el aire. Mucho gusto. Abrió la puerta del todo y se corrió a un costado para dejarlo pasar. Alejandro vio una cocina, un comedor, un pasillo que daba a dos puertas. Por la ventana el patio, un tendedero lleno de ropa estirada al sol.
Mónica le ofreció una silla. Ahí la llamo a Eli, dijo. Debe estar paveando con el celular. Alejandro se sentó, abrió su mochila, sacó la calculadora, el cuaderno, un lápiz, una goma de borrar. Dejó todo encima de la mesa. Enseguida volvió la mujer. ¿Querés tomar algo? Agua, si puede ser. Por supuesto.
Mónica abrió la heladera y, cuando se agachó para sacar la botella, el culo se le apretó abajo de la calza. Debía andar por los cuarenta años, calculó Alejandro, pero se mantenía bien. Por teléfono él se había imaginado otra cosa. En el tono de voz de Mónica había una gravedad asexuada que lo había hecho pensar en una mujer gorda, amorfa como un sachet de leche, de ojos militares y manos callosas. Error. Mónica había resultado ser flaca, delicada, de mirada juvenil y piel saludable, con pocas arrugas, y un culo bien contorneado, como Alejandro ahora podía comprobar. Aunque la mujer no le parecía atractiva ni mucho menos; tenía las facciones desproporcionadas, con una nariz muy grande para los ojos y unas mandíbulas varoniles, demasiado cuadradas. 
Está natural el agua, ¿no querés jugo mejor?
Dale.
Elisa apareció por el pasillo. Traía su mochila, un cuaderno, miraba su celular. Tenía doce, trece años. No se parecían mucho, casi nada, madre e hija, salvo por lo flacas que eran las dos, de huesos largos y estilizados —a tal punto que podía decirse que la nena también tenía buen cuerpo, o poseía todas las condiciones para tenerlo en un futuro inmediato— y lo feas que eran, aunque cada una lo fuera a su manera. Elisa tenía los ojos muy separados, Alejandro pensó en los ojos de los caballos, y también pensó en ese animal cuando vio la sonrisa de Elisa, de dientes enormes y desparejos.
¿Así que andamos con problemas para las matemáticas? Mónica contestó en lugar de la hija: Es inteligente la nena, pero vaga. ¿Cuándo rendís? Otra vez contestó la madre: Dentro de dos meses. Y después: Eli, ponete las zapatillas.
Elisa cruzó el pasillo sin decir palabra, se metió en una de las puertas y volvió con unas zapatillas de lona blanca.
Alejandro sintió que hacía mucho calor adentro de la cocina, pero no se animó a pedir que encendieran el ventilador.


Elisa era, tal como Mónica lo había dicho, inteligente. En dos o tres clases aprendió ecuaciones con fracciones y a resolver problemas. Alejandro llegaba a las dos de la tarde después de tomarse un colectivo. Solamente cuando entraba a la casa era consciente del aura ácida que su sudor volcaba en el ambiente. Era un verano duro pero Alejandro nunca se hubiera permitido dar clases en pantalón corto o remera. Se sentía más acorde a su rol de profesor usando pantalón de vestir y camisa, a pesar de las múltiples islas de sudor que se le dibujaban en las partes en que la tela rozaba su abundante grasa corporal. Mónica sugirió la posibilidad de que viniera un poco más cómodo. Él no contestó. Después se quedó pensando si en la sugerencia de la mujer no habría algo más que una simple sugerencia. Alejandro podía notar en Mónica cierta tensión cuando se miraban a los ojos. Había casi veinticinco años de diferencia entre ellos (sorprendentemente la mujer había resultado tener cincuenta y dos, ella misma se lo había contado una de esas tardes, cuando al final de la clase se demoraban unos minutos conversando en la vereda de la casa), pero Mónica aparentaba tener muchos menos años de los que tenía mientras que con Alejandro pasaba a la inversa: a sus veintiocho parecía un enorme oso avejentado, gordo, de mirada abúlica y dos entradas anchas y penetrantes que le desnudaban el cuero cabelludo y que su flequillo peinado para un costado no alcanzaba a disimular.
Y ahora ahí estaba de nuevo esa mujer, en la vereda de la casa, hablándole de la hija y de su trabajo de vendedora en una distribuidora de cerveza y de su marido muerto y del calor soporífero de ese verano agobiante. Alejandro solamente escuchaba, haciendo aportes mínimos de vez en cuando. Se lo hacía todo más fácil, esa mujer, hablando tanto, al punto de que parecía darle lo mismo que él estuviera o no. Alejandro mientras tanto se entretenía mirando cómo cada tanto un botoncito de baba emergía en sus comisuras. Botoncito que ella succionaba con un movimiento rápido y sincronizado de los labios y la lengua. Por momentos él la miraba con rechazo. A veces con un rechazo sincero, estomacal. Otras con uno más bien impostado, que le servía para disfrazar ante sí mismo el urgente deseo de agarrar a esa mujer y de sentarla sobre la mesa de la cocina y penetrarla. En esas fantasías siempre estaban solos en la casa, lo cual en la realidad no hubiera sido posible; Elisa siempre merodeaba el pasillo, de los cuartos a la cocina, de la cocina a los cuartos. Quizás para otro hombre hubiera sido fácil concertar un encuentro afuera, en otro lugar, en otro momento, pero cualquier otro hombre no hubiera sido Alejandro, y no habría tenido que lidiar con su lentitud de reflejos característica. Gracias a Dios por las matemáticas; estudiarlas o enseñarlas siempre habían sido su refugio. Estudios. Buen plan para desestimar las urgencias.


Como era de esperar, Alejandro desoyó la sugerencia de Mónica. Pantalón largo, el mismo pantalón fétido de todos los martes y jueves, en la clase siguiente. Cuando se sienta, el rebote contra la silla genera que suba desde su entrepierna un vaho agresivo. Pero no parece molestar a ninguna de las dos mujeres, o por lo menos ellas se encargan de que así lo parezca. Elisa tiene puesto un pantaloncito corto, ajustado, una especie de short. Una musculosa. Alejandro inspira fuerte. Suspira. Ahí está la jarra de jugo, como siempre. El vaso. Empieza la clase. Las manitos diminutas de Elisa se mueven en el cuaderno. Alejandro respira con la boca abierta. Poco a poco su cuerpo se aclimata a la temperatura de la casa. Deja de transpirar. Se le seca el sudor de la calle. Mónica está lavando platos. Después se sienta enfrente de la tele, encendida con el volumen muy bajo, a coser. De vez en cuando lo mira de reojo. Alejandro puede notarlo, pero no le devuelve la mirada. Solamente mira las manitos de Elisa apoyadas en el cuaderno, escribiendo, borrando, corrigiendo, la boca entreabierta de Elisa, sus labios gruesos, sus dientes enormes y torcidos, su lengua, la punta de su lengua, asomando apenas cuando reflexiona el próximo paso a seguir en la ecuación.
Terminada la clase, Mónica y el profesor salen a la vereda. Gran momento de incomodidad para él. Irse de esa casa. Soportar una vez más por cortesía la parla incesante de la vieja. Pero hoy es distinto. Mónica le acaricia un codo. Te viniste de nuevo con pantalón largo. Y con este calor. La mano de la mujer sigue en el codo de él. Palma suave. Punta de los dedos áspera. ¿Tenés algo que ocultar?, dice. ¿Tienen algo raro tus piernas? No, nada, dice Alejandro. A ver, mostramelás. En la calle no hay nadie. Ni un alma hay. Alejandro se levanta el pantalón. Le muestra la pierna derecha. ¿A ver la otra? Le muestra también la izquierda. Tenés lindas piernas. Musculosas. Pasa que camino mucho. Mónica le agarra una mano, se la acaricia. Y también tenés lindas manos. Alejandro mira de reojo la puerta de la casa. Está entornada y por el resquicio ve que la cocina está vacía. Mónica se acerca. Le da un beso en la mejilla. Me gustan los hombres como vos. ¿Como yo? Sí. Tímidos. Inteligentes. Después le da un beso en la boca. Alejandro no reacciona al beso. Los labios grises y rugosos de la mujer tocan los suyos con movimientos lentos y pausados. Alejandro tiene un principio de erección. Y también me gusta esto que tenés acá, dice sonriendo Mónica. Y le acaricia la panza. Es la primera vez que a Alejandro le dicen algo como eso sobre su panza. Después de que lo dejara su novia, había subido más de veinte kilos. Nunca había vuelto a recuperar su peso normal. ¿Qué pasa, te da cosquillas? Sí, dice Alejandro, dando un paso atrás. Pero Mónica avanza ese mismo paso y lo aprieta contra la pared. Me gusta que te dé cosquillas. Si no estuviera mi nena acá, te juro que no sé qué te haría. Y lo vuelve a besar, esta vez con lengua. No es una sensación agradable para Alejandro. La lengua es viscosa, se mete muy al fondo de su boca, no tiene rico sabor. A pesar de eso, Mónica acaricia con su muslo la pija de Alejandro y en pocos segundos la erección es completa. Te juro. Te juro que no sé qué te haría. Alejandro vuelve a mirar por el resquicio de la puerta. Sigue sin haber nadie en la cocina. ¿Por qué no pasamos a la casa? Sos loco, está la nena. ¿Y si la mandás a dormir una siesta? Mónica levanta una mano. Alejandro por un segundo piensa que la mujer le va a pegar. Al final eso es lo que hace. Lo cachetea. Un poco más fuerte de lo que él esperaba. Pero Mónica sonríe enseguida. La próxima. La próxima. No estoy depilada. No me importa eso. Sos dulce, pero no, hoy no puedo.


A la clase siguiente Alejandro se presentó con bermudas. Pidió permiso para ir al baño. En las llaves de la ducha había dos bombachas colgadas. Por el tamaño y los motivos pudo distinguir que una era de Mónica y la otra de Elisa. Cuando apretó el botón sintió que lo que se iba por el desagüe era su vida. La nena lo estaba esperando, como siempre, sentada del lado de la mesa que daba al comedor. Del otro estaba la mesada y Mónica, lavando los platos usados durante el almuerzo. Ella le tocó el culo antes de que él se pudiera sentar. Su primera reacción fue mirar a Elisa. Falsa alarma. La nena corregía un ejercicio y no se había dado cuenta.
La clase terminó sin mayores sobresaltos. A esas alturas Mónica ya se había sentado en el sillón y miraba la tele. Sacó la billetera de su bolso. Le pagó los cien pesos habituales. Elisa terminó de guardar sus útiles y encaró directo para la pieza sin despedirse. Alejandro la miró extrañado. Mónica le dijo: Sentate. Se escuchó un pum. La puerta de un cuarto que se cerraba. Alejandro se sentó. En la pantalla se veía un avión. De golpe una explosión. No, no sabía qué película era. La mano de Mónica estaba en su rodilla y se movía en forma circular, arrimándose despacio hacia su entrepierna. Hoy viniste en bermudas. Sí. Me gustaba más tu pantalón. Tenés las piernas muy blancas. No es sano. Parecés enfermo. De repente silencio. En la pantalla ya había otra escena. Era un hombre discutiendo con otro. Alejandro conocía a uno de los actores. Sentía su panza oprimida por el cinturón. Un desborde de grasa se asomaba vergonzosamente por abajo de la remera. ¿Y esta remera? ¿De qué año es? ¿No te convendría comprarte una nueva? Después le bajó el cierre. Metió la mano y la pija de Alejandro emergió erecta y temblorosa, con la punta roja. Alejandro miró el pasillo. Esperá. ¿Esperá? Elisa. No te preocupes por Elisa, está durmiendo. Después Mónica se la besó. Despacio. Como si besara la frente de un bebé profundamente dormido y no quisiera arrancarlo de su sueño. Alejandro no podía dejar de mirar el pasillo. Mónica subió el volumen de la tele. Después se levantó la pollera y Alejandro sintió un anillo de fuego bajando y subiendo, subiendo y bajando, pero no podía dejar de mirar a un costado y los minutos pasaban, y el anillo seguía moviéndose mientras Mónica gemía por abajo de los ruidos de la tele, hasta que al final se levantó con evidentes signos de agotamiento. ¿No te caliento? Alejandro la miró a los ojos. Sí. ¿Entonces? Estoy nervioso. Yo también: hace ocho años que no me acuesto con nadie. Desde que murió mi marido. Yo hace cinco. Entonces estamos igual. Sí. Será cuestión de confianza. Siempre es cuestión de confianza. Nos tenemos que conocer. ¿De verdad no te gusta mi remera?, dijo Alejandro. Ella se largó a reír. Él por primera vez notó que le faltaba una muela y que tenía negros varios arreglos dentales. Desvió la vista.
Entonces vio que la puerta del cuarto estaba entreabierta.


Era la anteúltima clase antes de que Elisa rindiera el examen. Parecía desconcentrada. Alejandro le explicaba tal o cual fórmula, ella la repetía, la aplicaba en el ejercicio, pero cinco minutos después él tenía que volver a recordársela. Mónica por momentos tenía distracciones semejantes. Le pagaba dos veces la misma clase o le preguntaba si iba a venir el próximo jueves cuando él unos pocos segundos antes se lo terminaba de confirmar. Alejandro empezaba a dudar de la salud mental de la mujer. A esas alturas ya se habían acostado tres o cuatro veces; él todavía no había podido acabar. ¿Qué te pasa?, le preguntaba siempre Mónica. Alejandro desviaba los ojos. Se sentía incómodo cada vez que ella lo miraba de esa manera. Como si acabar fuera su deber y él estuviera en deuda con ella por eso.
Elisa, mientras tanto, solamente estaba. Poco, pero ese poco alcanzaba para ensanchar la vida espiritual de Alejandro. Por lo menos él estimaba cada minuto que pasaba con ella. Los estimaba casi desde un punto de vista científico. Elisa era una de las personas más raras que había conocido en su vida. A la vez que demostraba una facilidad innata para las matemáticas, signo de un pensamiento ordenado y coherente, también tenía lamentables gestos de torpeza social. Como el de mover la mano de un lado al otro, cerca de la nariz, cada vez que Alejandro llegaba a la casa. O el de ignorar los piropos que él le decía cuando Mónica se iba de la cocina. Pero esa contradicción, que de alguna manera espejaba la suya, su propia vida a lo largo de los años, no hubiera alcanzado para sostener semejante juicio: no, era otra la cualidad, la desmesura en el carácter de Elisa. Alejandro solamente pudo comprenderlo durante un instante que por una cuestión de pudor personal hubiera deseado experimentar en circunstancias diferentes.
Se masturbaba una noche en la soledad de su departamento, pensando en lo que esa misma tarde había tocado, sentido y percibido mientras tenía sexo con Mónica, pero mirándolo desde un punto de vista ajeno, como si fuera un tercero filmando o atestiguando a escondidas la escena pornográfica, cuando se le ocurrió que ese tercero desde el que se veía a sí mismo era, en realidad, ella: Elisa. Entonces descubrió que, tal como sucedía ahora en su fantasía, lo que más le inquietaba de esa chica era su invisibilidad. Elisa estaba en las clases, estaba cada vez que él llegaba a la casa, cada vez que se iba, pero algo la inflaba de ausencia, él la miraba y ella no estaba ahí, mirarla era como ver un vacío, como ver el amor, un silencio largo y compacto, sin matices.
Durante un solo segundo Alejandro tomó conciencia de esto. Interrumpió, amargado, el movimiento de su mano. Después, todavía sofocado por el impulso previo, borró esa perspectiva de su imaginación y recobró el ritmo consagrándose nuevamente a la imagen de Mónica apoyada en cuatro en el sillón.


Última clase. Termina la lección y Elisa se va. Se desvanece como una espuma por el pasillo. Ahora solo queda Mónica. Están de nuevo en el sillón. Otra película en la pantalla. Mónica empieza a tocarlo con movimientos torpes. Él la anima. Mónica llora. La puerta del cuarto de Elisa sigue cerrada. Suben el volumen de la tele. Pero Alejandro no se inspira. No vas a volver, dice Mónica. Yo quiero volver. No, no es una pregunta, es una afirmación. No vas a volver. ¿Por qué? Mónica tiene los ojos empapados.
Porque mi hija ya no te necesita.
Y se ríe. Alejandro no soporta su mirada. Ve en la pantalla a un mono saltando de una rama a otra. Le gustaría ser un mono. Tanto le gustaría. Pero no. Es un hombre. Sobre los hombros siente la terrible carga de pertenecer a la especie. Nada más que por abajo de su pantalón azul de vestir y de su camisa blanca está la desnudez, su desnudez de mamífero lampiño, pálido y oloroso y sexual. Siente cómo esa desnudez se encoje ahora que ve el llanto de Mónica enfrente. Ella le da los cien pesos. Lo despide con un beso en la mejilla.
No me llames más. No quiero que formes parte de mi vida.
Alejandro se va por la vereda abajo del sol terrible. Cruza la calle. Camina dos cuadras más hasta la parada del colectivo.

No hay nadie. Se sienta. Pocos autos pasan. Quiere reflexionar sobre lo que fueron estos últimos dos meses. Es un movimiento adrede de su intelecto, la búsqueda de alguna conclusión o idea o escena superadora sobre lo que significó para su experiencia vital coexistir y vincularse con una mujer como Mónica. Pero, cuando pretende compenetrarse en la tarea, tiene la sensación de que alguien lo mira. Se da vuelta. Mira para todos lados. No hay nadie, ni en la calle ni en la vereda. ¿Será desde alguna ventana? No. Las ventanas están cerradas en las casas de enfrente y en las que hay a sus espaldas. Parece no haber nadie en toda la manzana, pero es un hecho: alguien sin lugar a dudas lo está mirando. Alejandro se enrosca en el asiento, quiere distraerse de esa sensación, focalizarse en los autos que pasan o en sus recuerdos de lo que tuvo con Mónica. Pero la mirada sigue ahí, vigilándolo desde algún lugar que él no alcanza a distinguir.



2 comentarios:

Anónimo dijo...

Llegué acá por un comentario de Mairal en su twt. Entretenidos relatos. Gracias por compartir.

Un desvarío por jueves dijo...

què bueno che, se agradece !!