sábado, 13 de febrero de 2016


La octava de Tarantino



Es la gran dualidad teórica del arte: fondo y forma. A veces, como cuando somos felices, solo a veces, el fondo y la forma alcanzan a ser una sola entidad. Tal vez esa sea siempre la aspiración. Tal vez solo cuando ambos espectros se amalgaman de tal manera que conciben una sola materia indisoluble podamos asegurar que nos hallamos frente a una obra maestra.
Octavio Paz imploraba dicha coincidencia al momento de escribir. "¡Chillen, putas!", les gritaba a sus palabras. Tal vez cuando el fondo y la forma aparecen remedados, atados a cintazos, podamos reparar en las costuras que nos distancian de la experiencia estética, y hablar, por ende, de un intento fallido, de una esfera tijereteada, de unas putas desabridas, agotadas por el esfuerzo de simular la inspiración.
“Tal vez”. Es hora ya de abandonar las movedizas arenas subjuntivas para pisar la potente losa de esta certeza: Tarantino es uno de esos artistas que como pocos atacan directo al corazón de la dualidad entre fondo y forma, entre contenido y apariencia, entre concepto y signo. Sus películas son cajas bellas, adornadas con ímpetu barroco, pero alcanza con abrirlas con atención para notar que no tienen absolutamente nada adentro.
La belleza de estas cajas se apoya, por sobre todo, en la caracterización de los personajes. Los personajes de Tarantino son como él: elocuentes, grandilocuentes, más bien, soberbios; hablan con el aplomo de quien no conoce la duda; dejan mientras lo hacen un reguero chispeante de observaciones filosóficas y mundanas; pero, a su vez, son decididamente planos; su construcción es más genérica que psicológica, impresionista que naturalista, es el arte de experimentar con las posibilidades del arte, punteadas, comas, reduciendo la perspectiva al impacto fugaz de lo que absorbe el ojo, en este caso el aparato espectacular de la muerte, de la violencia y de la sangre, y la gracia que las subvierte a través del humor, es decir, en Tarantino no hay más fondo que la plana y excelsa forma que se nos expone sobre la superficie de la pantalla: una violencia "graciosa".
Los ocho más odiados. La película termina y no creemos que sea posible extrapolar alguna corriente subterránea de sentido. No hay fondo. No hay un magma simbólico capaz de subyugarnos desde la historia particular de los seres tarantinescos a la historia de los seres humanos en general. Sin embargo, la intensidad y el solaz que procuran lo vivido, lo interiorizado y experimentado durante el transcurso del film inoculan en nuestros pobres espíritus la venenosa sensación de que hay algo más, algo que se nos escapa. En este preciso instante nos hallamos (no lo sabemos aún, apenas podremos intuirlo mañana) apabullados por la prepotente singularidad de la forma.






No hay comentarios: