miércoles, 30 de marzo de 2016




Penumbra de la fiesta

A veces sueño con ella. 
Pienso: Debería conocerla.
Pero abro los ojos
con el calor de su lengua
y ya no está.
No está su verano. 
No están las manchas vírgenes 
de las hojas de los árboles
latiendo en las cortinas 
de la ventana de mi pieza.
No está el ruido de la fiesta y de la sidra.
No está la mansedumbre aciaga de mi abuelo provinciano.
No.
Su chispa encendida de alcohol y de desvelo.
Su bronca brotando de la lava de la tierra.
No está la mujer que perdió para siempre
y que derivó de su sangre y de sus sueños
hacia la resaca en penumbras de mi siesta.





lunes, 21 de marzo de 2016




A la historia la escriben los asesinos







Hay una frase dura en La historia oficial (1985), de Luis Puenzo, que parafrasea, acentuando su agudeza, la célebre de Walter Benjamin: “A la historia la escriben los asesinos”. Es lo que dice en la película uno de los alumnos de la protagonista dentro del marco de una clase de Historia en un colegio progre de la ciudad de Buenos Aires, poco antes de que finalizara la dictadura militar.

Hoy por hoy, sin embargo, a casi cuarenta años del golpe, los testimonios de los sobrevivientes (sumados a los de los implicados en las cúpulas y columnas militares, a la postre procesados judicialmente) permitieron reescribir la Historia, dar cuenta del lado B, alumbrar lo que durante el proceso de reorganización nacional había tapado la sombra.

No fue el primer genocidio en la Argentina, ni tampoco el más cruento, pero sí el más reciente, y cuyos efectos persisten sombríamente en el imaginario colectivo bajo la forma de la endogámica tensión entre derecha/izquierda, facho/zurdo, como persisten por ejemplo otras dicotomías en un sentido análogo (civilización/barbarie, oligarquía/pueblo, River/Boca). 

Las oposiciones binarias funcionan siempre que se las considere como hipótesis de trabajo dentro de un estrato teórico, pero son de compleja aplicación al terreno de la praxis (un obrero con notebook y aire acondicionado en su pieza, por ejemplo, ¿forma parte de la misma clase social que un colega suyo que viva sin estas comodidades, por más que los dos solo dependan de sí y laburen en la misma fabrica y presten la misma fuerza de trabajo?).

Más aún es arbitraria la disección panfletaria en un contexto como este, el del fragmentado mundo posmoderno, donde las ideologías en la mayoría de los casos atraviesan las bombardeadas mentes contemporáneas con la levedad de un soplo o de un estornudo o de un clic, incapaces de asentarse en todos aquellos seres humanos que, preocupados solo en despertarse cada mañana para ir a trabajar, le practican a los intereses gregarios la más completa indiferencia.

Sin embargo, las tensiones culturales de un país, de una determinada nación afirmada con su propia idiosincrasia dentro de una determinada extensión de territorio, forman un cúmulo simbólico de restos lingüísticos, de míticas migas en la caverna de la subjetividad que constituyen o influyen la perspectiva cotidiana que incluso el más distraído de los hombres posee respecto de la realidad.

Tal como acontece con el "espíritu de la tierra” del que habla Marechal en Adán Buenosayres, algo exhala el suelo del ecosistema patrio que sobrevive a través de las generaciones para quedar pendulando en la arquitectura identitaria de cada uno de sus miembros. 

Así, frente a este estado de cosas, el mito de origen nacional sarmientino no resulta otra cosa que un mito propiamente dicho: una operación del idioma de carácter ficticio que pretende dar cuenta de una realidad cuyos espasmos medulares permanecen al mismo tiempo ocultos, sedimentando de filiación a filiación, en el Ello social.

Y es dentro de este oscuro Ello social argentino que aún mana la sangre de grandes heridas históricas tapadas a cintazos por la “Historia oficial”. Es de relevancia cuestionarnos por ejemplo cómo en un país conformado hacia inicios del siglo XIX por un entre 30 y 60 por ciento de población de origen afroamericana, se haya visto el mismo porcentaje reducido, a inicios del siglo XX —apenas cien años después— a un 2 o un 3 por ciento.

Las hipótesis acerca de la misteriosa desaparición de la raza negra en Argentina resultan tan variadas como sorprendente resulta el silencio de la Historia en los aparatos estatales respecto de semejante exterminio: a pesar de ser padre del tango, el “negro” hoy solo sobrevive bajo el uso peyorativo del término que heredaron de sus antepasados las clases altas y medias para referirse a los sectores marginales de la sociedad… pobres, inmigrantes legales o ilegales, gente inadaptada e inculta o de rasgos aindiados.

Se dice que el hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra; en un plano histórico, Argentina adolece de las herramientas necesarias para pergeñar la reparación de su gran pecado original, pecado que blande sobre ella el “espíritu de la tierra”, y que facilita su tropiezo una y otra vez contra el mismo escollo.

La de la Argentina es, en este sentido, una sociedad ciega y aciaga, perpetuamente inconclusa, en la medida en que arrastra la verborrea de una ficción inoculada por capitales intelectuales y económicos extranjeros, y en la medida en que jamás podrá por lo mismo asumir su esencia específica: la de ser hija de una tierra manchada por la sangre de los negros. 

Nadie podrá dar cuenta jamás de la desaparición del orbe local del ancestro negro. Seremos inconclusos de forma perenne en tanto y en cuanto ni siquiera existe una historia oficial al respecto, así como tampoco testimonios directos que nos permitan aprehender el lado B de esa escandalosa merma demográfica, cercenada por los prepotentes ramalazos de los siglos.

Como argentinos por ende tendremos que lidiar indefinidamente con nuestro espurio mito de origen, con nuestra impuesta condición de pequeños arios sudamericanos, pero empeorados —si se puede ser algo peor que esto: una sociedad de turbia cepa racista— por el hecho de que aquello que es objeto de nuestra marginación forma parte de nuestra propia constitución simbólica.