jueves, 7 de abril de 2016




Bafici, Tabú, las medias rosas de Sarlo




En el Bafici del 2012 fuimos a ver la película Tabú, de Miguel Gomes. No sabíamos absolutamente nada del director hasta antes del festival, no habíamos visto ni una sola de sus películas. Pero a Tabú la recomendaban distintos críticos de distintos ámbitos críticos, así que decidimos asistir aun con el conocimiento de a qué nos estábamos exponiendo.

Ir al Bafici, en efecto, desde el punto de vista probabilístico es lo más parecido a jugar a la ruleta rusa con cinco balas en el tambor en lugar de una: hemos comprobado que apenas una de cada seis películas quizás no se trate de un adoquín duro de roer, hecho por y únicamente para el nicho de los estudiantes de cine porteños, o de un recuento de origen nórdico u oriental de situaciones extravagantes y pintorescas que podrían trasladarnos a un estado del espíritu próximo al nirvana si y solo si supiéramos meditar y no nos halláramos sentados en unas butacas después de una larga jornada de trabajo.

A Dios gracias, Tabú resultó ser el impacto de la recámara vacía. Una película conmovedora, fluida, con un gran concepto de fondo (“la memoria de los hombres es limitada, la del mundo es eterna y nadie puede escapar”) haciendo de marco a la historia de un amor prohibido, en el contexto de la expoliación colonial portuguesa sobre las tierras de África. Pero por lo pronto se trataba tan solo de eso, elemental, refrescante e imprescindible: una historia. La rúbrica “Bafici” descansaba en este caso en el hecho de que el director había decidido filmar la película, no solo en blanco y negro, sino también gran parte de ella a la manera del cine mudo de principios del siglo XX.

La idea puede resultar intimidante, en primera instancia; sin embargo, la narración “muda” (apoyada en lecturas en off de cartas entre los amantes) discurre con estoicismo y generosidad, al punto de que uno se sobrepone a esa decisión estética casi sin ser consciente de estar haciéndolo. Decisión que desde el vamos no es gratuita: el pasado colonial, cargado de intensidad y épica, de la protagonista (Aurora) es el que precisamente se narra en un silencio romántico y epistolar, mientras que su presente (su gradual deterioro físico, su agonía en un hospital, su recalcitrante racismo hereditario; las acuciantes avispas de sus recuerdos de juventud) es el que podemos observar bajo el trivial influjo del sonido.

La frutilla del postre de semejante banquete que nos brindó el Bafici fue la presencia del mismísimo director de la película tras la función para un debate a micrófono abierto. Nos quedamos, como la gran mayoría de los espectadores. El portugués, de unos cuarenta años de edad, era alto y delgado y hablaba español con una simpleza trabada pero clara, en el volumen justo de decibeles, y con la soltura afable de quien estuviera conversando con un buen amigo en un bar y no enfrente de casi cien extraños en la actitud de juzgarlo. Respondió con humildad y humor algunas preguntas sobre la “factura técnica” de la película hasta que finalmente pidió el micrófono un muchacho de cabello castaño ubicado en las primeras filas de la sala.

El muchacho, según nos quedó en claro a todos después de sus primeras palabras, era chileno, muy educado, correcto y, a la luz de su última acotación, de espíritu honesto. No hizo ninguna pregunta, se limitó a decir lo que pensaba: primero celebró el recurso de narrar el pasado de la protagonista con elementos propios del cine mudo, y acto seguido, con una inocencia absoluta, relacionó la obra de arte que acabábamos de ver con la película El artista, también filmada al estilo del cine mudo, y que apenas dos meses atrás se había convertido en un fenómeno mundial al quedarse con el Oscar a mejor película del año 2012. 

Como era previsible, apenas mencionó El artista, una catarata de silbidos y chasqueos despectivos de lenguas inundó a coletazos la sala. El joven chileno, desarmado ante la reacción provocada en el auditorio, matizó su comentario con algunos balbuceos conmovidos y finalizó agradeciéndole al director portugués “la sensibilidad” que transmitía la película.

Los silbidos aún se dejaban oír entre los púberes cinéfilos porteños. Es de hacer notar, sin embargo, que, con toda evidencia (al menos para nosotros que estábamos ahí), el comentario del joven chileno no se había tratado de otra cosa que de una simple catarsis, un mero desahogo instigado por las intensas emociones que la película le había producido y que él, desconocedor del talante del ecosistema que lo rodeaba, no había logrado contener.

Es decir, el joven chileno, mientras decía “B” (su comentario), estaba diciendo en realidad “A” (tu película me partió el alma). Miguel Gomes, como era de prever en un hombre capaz de contar una historia como la de Tabú, recaló inmediatamente en este aspecto, le agradeció al joven chileno la dadivosa observación, y siempre con ese tono cálido y centrado profirió algunas pocas palabras más diferenciando al proyecto de El artista del suyo, en el sentido de que la película francesa repetía las formas del cine mudo, mientras que él había tratado de “dialogar con ese cine, generar las mismas sensaciones pero a través de la memoria y no de la imitación”.

Un breve espasmo de aplausos reemplazó a los silbidos, y fue entonces, pocos segundos después, agrietando el silencio generado, cuando pidió el micrófono ella.

Hasta ese momento nosotros no la habíamos visto, no teníamos la menor idea de su presencia en la sala. Su voz grave, perentoria y fibrosa sacudió la mansedumbre sensual con aroma a siesta de verano que la voz de Miguel Gomes había desparramado en la atmósfera. Nos dimos vuelta, repentinamente abrumados por una ansiosa intuición, y entonces corroboramos nuestras tímidas sospechas: la voz, esa voz, se trataba ni más ni menos que la de la excelsa Beatriz Sarlo.

Sí. Ella. El mismo monstruo académico a cuyos textos tantas horas de lectura habíamos dedicado durante nuestras pausadas carreras universitarias; la misma ejemplar militante de la brega feminista que en sus clases de antaño solía por ejemplo denostar el patético rol de la Maga en la novela de Cortázar calificándola de sumisa y estúpida (“yo le hubiera dado varios cachetazos”); la valiente mujer que casi un año atrás se había hecho célebre incluso en círculos alejados del tupper de la Facultad de Filosofía y Letras al desgarrador canto de “conmigo no, Barone, conmigo no” en un programa televisivo de alcance nacional; sí, ella, ella misma en persona, con su perfil romano, estaba ahí entre nosotros.

“En primer lugar”, dijo, una vez el micrófono en su poder, “la película no tiene nada que ver con el cine mudo, hay narración diegética y no se manejan materiales como los rollos de 35 mm con 16 a 20 cuadros por segundo”.

Nuestra primera reacción, como el del noventa y nueve por ciento de la sala, fue mirar al joven chileno, quien, herido por el intenso ardor del resto de las miradas volviéndose a posar sobre su nuca, procedió a rascarse reiteradamente la parte posterior de la cabeza.

“En segundo lugar”, siguió Beatriz, “la película está basada en las novelas rosas y epistolares que durante el siglo XIX, en plena época colonial, estuvieron en boga en Europa”.

Punto. Fin de la participación de Beatriz Sarlo. Silencio. Ninguna pregunta. Ningún pie. Solo esa desconsolada afirmación. Todos permanecimos ensimismados, rebotando contra esa afirmación. El silencio que había sobrevivido en la sala tras su aporte irradiaba cierta vibración de campana, como cuando en un salón vacío un elemento contundente se estampa contra el suelo generando un estruendo considerable y luego el eco del impacto persiste durante algunos segundos gravitando en el aire desnudo.

Obviamente todas nuestras miradas ahora se posaban en Miguel. El hombre, consciente del cambio de clima que aquella señora (de la que él no tenía noción alguna) había de repente predispuesto en el auditorio, tomó sin embargo la palabra con la ternura con la que un abuelo podría dirigirse a un nieto. Su tacto discursivo era y había sido evidente desde el momento mismo en que se había iniciado el debate: a la hora de responder, jamás utilizaba el “pero”, así como tampoco ninguna otra forma adversativa. Era apenas una pausa y después el “y”, adjuntando, en vez de oponer, su propia visión de las cosas. No negó ni admitió la postura de la mujer que le había explicado en qué se basaba su propia película, simplemente la aceptó con timidez, con indulgencia, y enseguida se dedicó a hablar de la memoria, de la memoria eterna del mundo, encarnada en la figura prehistórica del cocodrilo que recorre como un leit motiv simbólico la narración entera.

Hubo algunas pocas preguntas más, que nosotros desoímos de manera involuntaria, más preocupados a esas alturas en juzgar ferozmente en nuestro interior el aporte de la académica más importante de nuestras letras nacionales. Pensábamos, en el grado en que la emoción violenta de la que éramos víctimas lo permitía, que innecesariamente había depositado sobre la persona amena y amable de Miguel Gomes la responsabilidad de devolverle al debate su carácter de “buen momento”. Como esos alumnos recién iniciados en el arte de aprender que, durante una clase, hacen cuestionamientos del todo prescindibles solo con el fin de poner en evidencia la ignorancia del profesor o de algún compañero, a la vez que su propia agudeza. No era tanto lo que había dicho, sino el tono que había empleado para decirlo. El debate, mientras tanto, continuaba avanzando.

Hasta que vimos que la mujer se levantaba. Antes incluso de que Miguel terminara de responder la última pregunta, vimos cómo Beatriz Sarlo abandonaba su butaca y comenzaba a subir las escaleras en dirección a la salida. 

Fue entonces cuando aparecieron frente a nuestros ojos alucinados las impolutas medias rosas. Casi fosforescentes, abrazadas a sus piernas contorneadas, resplandecientes en la oscuridad. Eran unas preciosas medias de adolescente ajustadas a sus también preciosas piernas sexagenarias, casi tocando el borde de la falda, por encima de sus muslos. Nos quedamos absortos y maravillados, atestiguando el milagro que era esa mujer en esas medias, esa inteligencia en esa desesperación, ese corazón puro vibrando en el aire.

Entonces nos fue obligado hacer un mea culpa y poner en tela de juicio todo aquello que hasta el momento habíamos considerado una certeza.

¿Cabía la posibilidad —nos preguntamos— de que el comentario de la mujer hubiera estado tan cargado de subjetividad como lo había estado el comentario del joven chileno? Decir “B” mientras se está diciendo “A”. ¿Es posible que en ciertos casos los comentarios que una obra de arte genera funcionen a simple modo de placebo o desahogo, sin apego alguno a la realidad material de dicha obra, incluso cuando quien los pronuncia sea un ser humano de una pericia analítica y verbal intimidante como Beatriz Sarlo?

Aurora, la protagonista de Tabú, la mujer que por amor, por pasión y entrega se había apartado de las convenciones preestablecidas de su época, la mujer que, pasados varios minutos del final de la película, todavía nos vibraba en el alma.

“La película está basada en las novelas rosas”.

Mientras veíamos esas conmovedoras medias ascender en la oscuridad del cine ya no teníamos duda alguna de la elocuente propiedad de su comentario.






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