lunes, 4 de abril de 2016



El escritor y el hombre

Jason Segal, un actor del que solo conocíamos su vertiente cómica, se luce en su interpretación de David Foster Wallace en The end of the tour (2015). David Foster Wallace es una de esas rarezas que la cultura engendra solo muy de vez en cuando; sus crónicas, ensayos y obras narrativas ostentan una capacidad de observación casi sacrílega a la hora de hacer foco en los pliegues de la idiosincrasia occidental contemporánea, pero siempre (y esto está en la película) desde la perspectiva de cualquier ser humano corriente.
Como suele suceder con los grandes escritores, sin embargo, el siniestro magnetismo de su escritura se apoya menos en el fondo de sus objetos de estudio que en la prepotente solidez de su forma. La prosa de Foster Wallace, su cadenciosa y estructurada sintaxis (armada sobre la base de construcciones largas que suelen repetirse en bloque, como la respiración de un nadador experimentado que estira al extremo los marcos de un solo aliento), transmite la tensión del hombre que escribe impulsado por la idea de que después del próximo punto quizás lo que aguarde sea la muerte.
Este impulso tanático detrás de cada uno de sus sintagmas habla de la braceada de una sensualidad urgente cuyo efecto en el lector jamás podría descomponerse por medio de un análisis lógico-textual, sino solo a secas percibirse como podría percibirse, por ejemplo, la sensualidad de una mujer que no es hermosa pero que sin embargo en un plano molecular despide un clima, una savia, un aroma irresistible.
Así que, con la consideración de estos factores de su escritura, nos resultó inquietante, al menos en una primera instancia, la debilidad y la frugalidad y la timidez solemnes que Jason Segal adopta como propios en su trabajo a la hora de encarnar la figura del aclamado escritor. En la película Foster Wallace —expuesto al juicio de un periodista de la revista Rolling Stones— no es el hombre lúcido y en todos casos genial y elocuente o más bien grandilocuente que esperábamos hallar, sino más bien un pobre pibe de treinta y cuatro años ameno pero ensimismado, torpe y parco de palabras, adicto a la pantalla chica y a la comida basura, reconcentrado dentro de la esfera de su propia burbuja (una casa solitaria de provincia en el interior gélido de los Estados Unidos, sin otra compañía que la de varios perros).
No dudamos del aspecto biográfico, sí de la caracterización. Entonces empezamos a bucear por Internet buscando algún contraejemplo que nos permitiera inferir un deliberado equívoco o una sesgada lectura del personaje por parte de Segal y James Ponsoldt (el director de la película). Así que grande fue nuestra sorpresa al corroborar en una entrevista televisiva que, en efecto, a la hora de hablar de sí mismo frente a la prensa, en la oratoria de Foster Wallace proliferaban los carraspeos del tímido, los incisos prescindibles del inseguro, los erráticos arranques del torpe, las falsas modestias del vanidoso.
¿Un escritor de prosa tan persuasiva y vigorosa podía al mismo tiempo ser un hombre tan dubitativo, aprensivo y —hasta cierto punto— enternecedor?
Es misterioso el orbe de los grandes escritores. José Saramago, por caso. El escritor portugués comenzó la vasta obra que habría de llevarlo a ganar el premio Nobel a los cincuenta y ocho años de edad. Cuando lo ganó, a la edad de setenta y seis, la prensa se acercaba a él —según lo dejó asentado en una entrevista— para “averiguar cómo era su carácter”.
Porque, claro: casi sesenta años descansando en la mansedumbre del anonimato para después, en plena senectud (a una edad en la que la mayoría de los escritores comienzan a avizorar el debilitamiento definitivo de su libido o —lo que es peor— a repetirse a sí mismos), irrumpir en el mundo con veinte años intensos de una producción literaria exhaustiva y cumbre... ¿Cómo es el carácter de semejante anomalía? ¿Cómo es el hombre que vivió durante la mayor parte de su vida en silencio, amaestrando el ego apabullante de su genio, antes de parir al mundo una implosión verbal de esos alcances?
Sin embargo, tal como podemos atestiguar en The end of the tour, esta clase de preguntas que los fans nos hacemos resulta equívoca. Entre el carácter del hombre y el carácter del escritor, por más que los dos emerjan de la misma madera, hay a los ojos del público una distancia insalvable: el primero es lo que es; el segundo solo lo que muestra. Y es en este sentido que el afán biográfico de conocer qué de todo lo que se leyó forma parte o encontró inspiración en las propias vivencias o en el carácter del autor es un movimiento destinado al fracaso. Las vidas personales de los escritores pueden humanizar su literatura, pero la literatura es divina más allá de los hombres. Ese esotérico agujero negro que instala la literatura dentro de los marcos del idioma poco tiene que ver, por ejemplo, con la descripción imperturbable, impertérrita y patética que realiza Foster Wallace en The end of the tour de su tarea de escritor: “Vengo de conocer a veinte personas. Tendré que alejarme de toda esta atención porque es como que te inyecten heroína en la corteza. Y voy a necesitar mucho coraje para sentarme y asimilar eso y recordarme a mí mismo cuál es la realidad: que tengo 34 años y estoy solo en una habitación con un trozo de papel”.


1 comentario:

Anónimo dijo...

uffff, muyyyy bueno! (soy La Merce)