viernes, 22 de abril de 2016

la esfera de vidrio que latía adentro tuyo




La chica estaba tomando un café, leyendo un libro, sentada en una mesa en la vereda. Yo no podía dejar de mirarla. Al principio me acerqué para estar seguro; después retrocedí y volví a sentarme en el banco de la esquina de enfrente. Encendí el segundo cigarrillo. Nunca fumaba más de uno después de almorzar. Pero ahí estaba esa chica, ese enigma, esa incomprensión. No, no podía ser Carla. No había chances. Pero era igual a ella. Igual. Tan parecida que en realidad tenía que ser Carla. Los mismos rulos. Los mismos ojos marrones y claros. El mismo cuerpo, los mismos movimientos, la misma distracción. Pero en ese lugar, con esa ropa y ese café, no había chances de que esa chica fuera la misma que yo conocía. Por un segundo pensé en acercarme, saludarla; preguntarle el nombre con amabilidad. Pero para cuando me quise dar cuenta la chica ya se había levantado. Le pagó al mozo y vi que empezaba a caminar en dirección a la avenida. Yo tenía tiempo. Siempre lo había tenido. Siempre lo voy a tener. Esa duda me ahogaba. Empecé a seguir a la chica. Avanzaba a una distancia lo suficientemente prudente como para poder verla sin que ella me viera. Era Carla. Sí. Su espalda. Su forma de caminar. Hasta la manera en que en cada esquina, de cara al semáforo en rojo, se acomodaba el pelo, se enrulaba un mechón con el índice, después se lo volvía a soltar. Vi tus manos, esa noche; tu mano soltando la mía en la mesa de ese bar. La chica cruzó la avenida. Pensé: Hasta acá llego. Pero mis pensamientos se habían vuelto un rumor más de la calle, como el de los colectivos y los pasos en las baldosas, y ya no tenían ninguna influencia en mi persona. Apenas se puso en verde el semáforo crucé la senda peatonal y volví a encontrar a la chica, caminando por la vereda entre una marea de gente, y apuré el paso hasta estar a unos pocos metros. No sabía qué iba a hacer. No sabía qué quería. ¿Hablarle? ¿Saludarla? ¿Preguntarle qué? Carla, perdoname, ¿sos vos? Poco a poco una nube empezó a oscurecerme el humor. Yo tenía puestos los auriculares apagados. En una esquina me di cuenta de eso. Las mujeres que avanzaban en sentido contrario me partían el alma. Las miraba un solo segundo para no perder de vista a la otra. Algunas me devolvían la mirada, otras sonreían escribiendo en su celular, otras eran un espejismo tan suave que se disolvía en el aire con un bocinazo o una ráfaga de viento fresco. El misterio de esa chica que se alejaba las empapaba a todas. A todas. Y todas podían ser ella en cuanto uno se distraía. Pero más me convenía andar concentrado si no quería perderla. Me concentré. Fue entonces cuando Carla empezó a crecer en mi interior. A ensancharse. No podía frenarla. Cuadra a cuadra, cada vez más, mientras seguía a esa chica que tanto se le parecía. Era como un globo a punto de estallar. Hasta que de golpe estalló. Sentí el pinchazo. Una sangría interna. Como algo que se aflojaba. Ahora... Ahora no podía escapar. Las cosas siempre me habían rozado de costado. Pero ahora tenía esa nube en los ojos. Quieto, en medio de la vereda, como un ciego al borde del abismo palpando con su bastón el vacío. El flujo y reflujo de la multitud que discurría por la vereda me arrastraba y empujaba como a un pedazo de madera en el mar. Y yo podía recordarlo todo, a medida que se me aflojaban los huesos. Todo lo podía recordar. Carla era una estatua tierna, abajo de la luz de unos postes. Caminábamos de la mano y de repente sentí que todas las piezas se acomodaban y el mundo era un sistema de engranajes perfecto cuyo motor secreto estaba ahí, en el silencio de la voz que latía adentro suyo. Cuando la conocí por primera y última vez. Sentí cómo se me contraían los órganos bajo el peso del espíritu, cómo algo crecía adentro mío, una materia transparente que nunca me había creído capaz de entrever. En aquellos años, en aquella vida. El tiempo estaba dividido por el misterio, cada momento, cada segundo, atravesado por un enigma. Si pudiera explicarlo. El misterio era una esfera de vidrio de colores luminosos y fosforescentes que flotaba oculta en el interior de una caja herméticamente cerrada. Su poder era tan grande que los dos estuvimos de acuerdo en sacrificarnos más allá de las consecuencias que implicara pagar tal precio siempre y cuando pudiéramos conocer qué era lo que había del otro lado. Y lo hicimos. Y no estoy seguro de hasta qué punto nos quemó el sacrificio, pero sí no me quedan dudas de que conocer el misterio fue lo mismo que destruirlo y que al otro día las cosas habían perdido su textura original y la vida se había achatado tanto que podíamos caminar por las paredes sin movernos de donde estábamos y tocar el techo con la punta de los dedos, y así y todo seguimos convencidos de que había valido la pena. Y me acuerdo de tu mano en ese bar. Y de la ventana escarchada. Y de tus ojos derritiéndose sobre el vaso tibio en la mesa. Perdoname. Miraste la ventana, apenas abriendo la boca. Perdoname. Y algo adentro mío que se cerraba, un puño apretándose contra la desmesura de los huesos, sólido, sobre el que tu voz resbalaba como un agua o como una sombra o como la sombra de un agua. Pero ahora ya está. Ahora el puño se abre, los dedos se extienden, y solamente cae vidrio. El enigma que tu cuerpo era me aturde. Me aturde. Y levanto los ojos y todos estos extraños que me empujan y arrastran como una marea, y yo demasiado cansado como para presentar oposición después de haber caminado tanto tiempo sin ir a ninguna parte.   








2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy pero muy lindo! Un abrazo Elli

Un desvarío por jueves dijo...

grazieee elli