miércoles, 13 de abril de 2016

primera vez



Y después hacía frío y llovía a cántaros. Y Marilina y yo caminábamos pegados abajo de un solo paraguas, como siameses haciendo eses por el borde de la calle. Y empezaba a hacerse de noche y no se veía un alma en ese barrio, lleno de casonas inmensas que parecían abandonadas a esa hora de esa tarde de ese día. Y uno miraba para adelante y el hilo de la calle que se achicaba a lo lejos dibujaba un punto de fuga perfecto abajo de los pinos que se apilaban sobre las veredas desde acá hasta el horizonte que veíamos huyendo en esa dirección. Pero avanzábamos chocando el viento y la lluvia y la perspectiva era una farsa que a cada cuadra renacía con un vigor decreciente. Y encendí un cigarrillo y me lo puse en la boca y me guardé la mano en el bolsillo enseguida porque quemaba el frío, quemaba. Y vos ibas tarareando una canción para calentarte el cuello, mirando con atención el piso, para no llevarte por delante los charcos. Y el humo se me metía tanto en los ojos que en un momento pensé basta para mí por hoy de esto y fumé una seca larga y densa que me hizo colar ese frío de hospital en los pulmones y tosí y después tiré el cigarrillo en la esquina y vos sonreíste como un padre, menos mal, me gusta que fumes, pero solo cuando lo disfrutás. Y después te apretaste más contra mí y sentí cómo te vibraba el cuerpo, herido como el de un gato por el filo del viento. Y entonces pasó un auto y las luces nos alumbraron por un segundo en la oscuridad submarina de ese atardecer cayendo sobre las calles empedradas y las casonas irreales y sobre los pocos, pero muy pocos, postes de luz, y sobre las dos filas de pinos enfrentadas que se agudizaban en la perspectiva. Y sabíamos que del otro lado de esa perspectiva de ese martes de ese julio estaba no solamente tu casa sino también lo más parecido a un final que habíamos conocido juntos hasta ese momento. Llegamos a la plazoleta. Ya estaba todo oscuro. Había un foco de luz colgando de un poste de madera. Se veía la lluvia caer en diagonal sobre el foco como agujas. Y no me acuerdo si frenaste vos o si fui yo el que frenó o si los dos nos frenamos al mismo tiempo en la esquina chupados por ese magnetismo secreto de la tierra que había abrazado nuestros cuerpos desde el momento en que habíamos empezado a caminar. Y el frío era una cosa toda hecha de cuchillazos volando por el aire. Y fue entonces cuando lo hiciste: acariciaste la mano con la que yo sostenía el paraguas, y después agarraste la otra, la que yo tenía en mi bolsillo, y la apretaste contra tu mano y la guardaste en un bolsillo tuyo. Poco a poco el espacio de ese bolsillo se colmó de humedad y calor. Yo temblaba. Pero no era el frío. Era como si mi cuerpo hubiera dejado de tener consistencia. Era como si todo yo me hubiera vuelto esa mano, y ahora era el calor lo que me hacía temblar, temblé como nunca, con los dedos de mi mano entrelazados con los dedos de la tuya. Y vos sonreías, ya no vibrabas, tu cuerpo parecía haber ganado firmeza, acariciando despacio mi mano, la humedad de los dedos dándose calor en ese secreto del mundo que era el bolsillo de tu campera de lana mientras pegada a mí me mirabas. Y cómo me mirabas. Tus ojos eran lo más triste de la lluvia. Y después abriste mi mochila y sacaste tu carpeta, tu cartuchera, y seguiste revolviendo hasta encontrar tu monedero, y después lo apretaste todo abajo de un brazo. Y si yo hubiera sabido que en el colegio. Lo que después en el colegio. Pero si hubiera sabido yo no habría sido el mismo que era en ese instante, esa noche, apretado a tu cuerpo en la esquina de ese barrio. Y después miraste la plazoleta vacía, los bancos vacíos, los juegos sin pibes, apenas discernibles en la oscuridad, como las agujas fosforescentes de un despertador de plástico a las tres y cuarto de la madrugada. Y el viento que de vez en cuando te soltaba un mechón empapado encima de la frente. Y tu mirada de perfil, a contraluz de ese foco débil en la esquina, ese foco en ese poste de madera, y esa lluvia oblicua. El agua que palpitaba en la sangre del barro debía saber más que nosotros, y todavía debe saberlo, me niego a pensarlo de otra manera. Porque si a los dieciséis años pude aprender algo, y después a los treinta o a los cuarenta pude redescubrirlo otra vez, es que voy a conocer cosas hasta el final, pero en el fondo nunca voy a aprender nada, nada, que no haya aprendido esa noche cuando tenía dieciséis. Cinco minutos y vigilo a través del insomnio y no sé dónde están mis hijos y escucho la respiración de mi mujer, y veo que ya no está abrazada a mí Marilina, como la sombra de un sueño del otro lado de la cortina de la ducha, mi mano ya no está en el calor y en la humedad de la suya, y un auto pasa de repente por la calle y nos alumbra como una barrida. La pasé bien, me decís, ¿sabés? La pasé bien. Y después un beso en la mejilla, ese beso que dabas vos, ese que nunca, como cada tarde, cada mañana, ya nunca, nunca. Y te ofrecí el paraguas, llueve mucho, estás desabrigada, pero no, no te preocupes, así estoy bien. Y te fuiste trotando, con tus cosas abajo de la campera, vi que te alejabas de la plazoleta saltando charcos y cruzabas la calle y doblabas la esquina. Entonces empecé a sentirme muy cansado. Empezó a dolerme todo lo que habíamos caminado juntos hasta llegar a ese lugar, y me senté en uno de los bancos de madera de la plazoleta y ahí me quedé un buen rato, fumando abajo de los relámpagos, escuchando cómo rebotaba contra el paraguas la lluvia.













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