jueves, 5 de mayo de 2016

una millonésima de segundo varado en la fosa del subconsciente


No sé de dónde vienen los gritos. Pero me arrancan de este sueño largo y entiendo que dentro de un instante mis ojos se van a abrir y ya no voy a pertenecer a este mundo. O no es que yo entienda, no es que yo lo sepa, más bien es mi cuerpo el que lo sabe, antes de que la realidad pueda asomar a mi conciencia es mi cuerpo, sus células, sus átomos, sus uñas, el que sabe de qué se trata esto: yo todavía no soy yo, no tengo nombre, no tengo edad, no tengo una ubicación precisa en la pirámide de clases. De ahí en adelante todo pasa en una millonésima de segundo. Estoy en el fondo de la fosa del subconsciente, este fondo embarrado por milenios y milenios de sedimentos lingüísticos que no tienen nada que ver conmigo ni con los gritos que se escuchan allá afuera. Estoy desparramado en ese barro, digo, cuando se escuchan los gritos y una fuerza me empieza a absorber, es un poder de succión carnívoro, me arranca del barro como a través de un túnel o del tubo de un esófago monumental. Pero dentro de ese lapso de huida todavía me queda alma como para resistir la inercia. Me agarro a las paredes de la fosa. Entonces es cuando empieza a desplegarse a mi alrededor el tiempo, pero en un plano lateral, vuelto materia. Así es como veo a mi prima antes de saber que es mi prima. A mi prima levantándose la remera abajo de la parra. Veo la mitad de una moneda sobresaliendo por sobre la arena de un arenero y con mi hermano que nos empezamos a pelear a ver quién la agarra primero. Escucho un ladrido. Aplasto una mosca contra la ventanilla. Tomo un sorbo de jugo. La mano de mi abuelo en mi mano mientras entramos a la carpa de un circo con olor a chivo y a meo de león. Mi prima mostrándome su espalda. Mi hermano gritando mi nombre... ¿qué nombre? Todavía no lo puedo escuchar. Soy anónimo flotando entre perros y baldes con canciones de cumbia, agarrado a las paredes de esta fosa para evitar que la succión me devore. La mosca ahora cae al piso. ¿Piso de qué? ¿De madera? ¿De barro? Mis papilas gustativas absorben el jugo del vaso de plástico. Contracción del estómago. Es un jugo amargo. Con gas. No es jugo. El primer sorbo de cerveza de mi vida. Pero mi abuelo me sienta en sus rodillas porque lloro como un nene. Soy un nene. A la luz de los años que se vienen. Porque acá adentro, ahora que me agarro bien, está todo. Todo ya cifrado, acontecido, narrado. Qué te pasa, dice mi abuelo. La espalda de mi prima tiene el color de la arena del arenero en la moneda o el color de la moneda o el color del jugo que no es jugo y tomé por accidente. Hay una pileta enorme de cerveza y me zambullo y abro los ojos. Estoy ciego. Ahora puedo entender ese sueño recurrente. Esa arena en los ojos, como el que te queda después de soldar si no usás protección. ¿Soldaste alguna vez en tu vida? Hay un león inmenso como mi hermano, me muestra los dientes en la oscuridad. Hay rugidos. Gritos. Pero no pertenecen a este mundo. Están afuera de este reducto. Mi prima se da vuelta sin bajarse la remera. No sé si alcanza a darse cuenta de eso. La mosca aletea en el piso. Sus últimos espasmos. El abuelo tiene los ojos de un extraño. El primer sorbo de alcohol, el primer contacto con la sangre. Veo los pezones. Botones oscuros y heridos en la sal de la siesta. Contracción. ¿Por qué llorás? No te va a hacer nada. El león era una sola bola de vapor pelos dientes baba explotando por el aire. Mi hermano tiene la moneda y me pega. Un perro ladra a lo lejos. ¿O del otro lado de la ventana? ¿O de este lado de la ventana? ¿Soy un nene? ¿Cómo me llamo? ¿Crecí? No te va a hacer nada. Mi prima no se baja la remera. La mosca no deja de aletear en el piso. Escucho música. ¿Es el circo? ¿Es la pieza? ¿Es el cumpleaños de mi amigo del jardín donde levanto el vaso de plástico? Escupo. El sabor amargo. El color de la espalda de mi prima. Siento el viento que me toca la cara. Que le mueve el pelo. También se mueve el sol entre las hojas de la parra. Las sombras como islas en el suelo del patio de su casa. Mi prima dice: Es un león. Mi abuelo me sube a sus rodillas. Un perro ladra atrás de mi prima. Mi prima se da vuelta otra vez. Callate. Y dice un nombre. El nombre del perro. ¿Así me llamo? ¿Así se llama mi hermano? Y unos rugidos. O unos gritos. Sigo escuchando los gritos. Pero no me voy a mover de este lugar. El olor a cigarrillo en la camisa sudorosa de mi abuelo. En el olor a cigarrillo el vaso de plástico que suelto en la mesa del cumpleaños de mi amigo. Me agarro a las paredes, no quiero salir. No quiero saber mi nombre, ni mi edad, ni dónde estoy, ni dónde voy a estar cuando esta millonésima de segundo acabe. Pero tengo la sensación de que si me quedo otra millonésima más acá, puede ser que nunca vaya a… El aliento. No te va a hacer nada. Entonces todo se acaba. El perro se calla. La mosca se queda quieta. Mi hermano me suelta. La amargura en mi boca se alivia. Mi prima de espaldas a mí se baja la remera. Esta oscuridad. Cada instante que me quedo envejezco. Envejezco a una velocidad. A esta velocidad. Voy a despertar más viejo. Después ya no va a haber vuelta atrás. Es ahora. Sí. Afuera hay gritos. Es ahora. Me libero. Me dejo ir. Me dejan ir. Ya no puedo aguantar más tiempo. Los gritos crecen. Ensordecen. La succión ya me traga. Vuelo. Estoy a punto de salir. Ahora... ahora salgo. Por fin. Salgo. Ahora ya estoy afuera. Ahora ya estoy acá. Pero ¿y los gritos? ¿Y mi abuelo? ¿Y mi prima? ¿Y mi hermano? ¿Y mi nombre? Nada. Afuera solamente hay nada. Ni siquiera esto: mi pensamiento. Se calla la voz que únicamente podía escuchar allá adentro.