viernes, 16 de septiembre de 2016

Labios chupados por encías desdentadas





Hace una semana me enfermé después de casi diez años ininterrumpidos de salud estable. Un conjunto de malas decisiones, algún que otro revés del azar, y de un día para el otro fiebre de cuarenta y pico, vómitos, asma, abulia y un entumecimiento hormonal, una debacle general de la tensión eléctrica en el cableado del cuerpo
El cuadro, por supuesto, no es agradable: un hombre adulto tiritando de fiebre en la oscuridad, sudando sal fría, soltando gemidos de angustia inaudibles, como los del sexo clandestino o los de un dolor vergonzoso, por la flema de tabaco que le cruza las náuseas, por los pulmones que le pesan como dos aspiradoras inútiles, por el estómago que chilla hinchado contra las costillas, por el hígado que sorbe el resto de las miríadas y miríadas de alcohol de tantos meses de desarraigo.
El cuerpo ahora es el enemigo y la mente, depositaria de la osamenta identitaria del Yo, ya no sabe qué mierda hacer. Los pensamientos buscan un punto de fuga. Un desagüe urgente para semejante presión.
A veces creo que puedo dominar mis ideas, indicarles tal o cual dirección, como si fueran los pasos de un perro ciego y yo el señorial amo lazarillo. Así las fui llevando a la imagen de una mujer. En momentos de biodegradable podredumbre moral, no hay nada más purificador. Una mujer bella, como una india dormida, platónicamente predispuesta, sensible al tacto de mis deseos. Así fueron apareciendo, una atrás de la otra, las mujeres más lindas que he conocido al día de hoy y con las que mantengo un trato corriente y cordial. Aquellas con las que tengo una posibilidad, aunque sea mínima, de acostarme alguna vez. También aquellas que no me gustan tanto, pero con las que las posibilidades de efectivizar un idilio aumentan. En mi mente, la conjetura de la conquista suelta endorfinas amenas, narcóticas y redentoras. Una mujer bella, contenta de ser quién es, dispuesta a tener un momento conmigo.
Pero el placebo no sirve ahora. Las emociones están bloqueadas. El miembro desnutrido ya no parece latir. Todas las mujeres me cierran la puerta antes de que ni siquiera alcance a nombrarlas. A mi alrededor, solo oscuridad. Vuelvo a enroscarme abajo de las sábanas.
No sé qué hora es. Solamente conozco que es sábado. De vez en cuando por la ventana escucho el murmullo de autos arrastrando canciones a muy alto volumen antes de que retorne a mi pieza la hegemonía de un silencio monocorde. Algún ladrido lejano, de vez en cuando. El rumor del mundo entra a mis oídos diminuto como una piedra.
Enciendo la lámpara de la mesita de luz. Hay algunos libros. Levanto uno al azar. Es La novela luminosa, de Mario Levrero. Intento concentrarme en la lectura de una hoja que doblé en un ángulo al momento de leer el libro hace algunos años. Hay un solo párrafo subrayado:
Yo entiendo muy poco de todo esto, y cuando hablo de la “dimensión ignorada”, por falta de términos más precisos, quiero hablar de algo que forma parte de la existencia natural de las cosas, pero que sólo se revela cuando sucede algo especial en nuestro ser más íntimo.
Se trata de un fragmento breve, pero desde un punto de vista físico su lectura me resulta agotadora. Las letras, cada vez que llego al borde de un renglón, se disuelven. Pierden consistencia. El salto de una línea a otra me exige reconstruir desde cero mi concentración. Es como subir una escalera de espaldas. O peor: bajarla. Trastabillo y mi atención se disgrega en mil pedazos y los símbolos alborotados se revuelven en la penumbra, y el Yo de mi cuerpo se enfrenta cara a cara con el Yo de mi mente, dos espejos enfrentados que giran y giran sobre la brea de la enfermedad: el Yo del pensamiento derretido por el dolor físico examinado por el Yo que lo piensa.
Me toco la frente. Arde. Estoy delirando. Nuevo clímax febril.
Pero tengo vagos recuerdos. Mientras mi Yo transpira, alguien o algo a sus espaldas le lame el sudor. Vagos recuerdos de por qué doblé esa hoja y de por qué marqué ese párrafo.
La “dimensión ignorada”: esas experiencias míticas y místicas, prelingüísticas y preconscientes, que dos o tres o quizás hasta cuatro veces conoce un hombre a lo largo de su vida. Instantes en los que la mente se sustrae del filtro de su Yo y vislumbra una verdad máxima, circunscripta al terreno de los sentidos, y que resulta, por ende, inasible al lenguaje.
Se trata de la misma náusea, por caso, que el Sr. Roquentin experimenta al contemplar la raíz de un castaño en la homónima novela del Sr. Sartre. El joven observa preso de un díscolo ataque de pánico espiritual la raíz incrustada en la tierra, y descubre que solo a causa del lenguaje es posible distinguir la “raíz” del castaño de la “tierra” en la que aquella está inserta, así como de la “plaza” en la que está el “banco” desde el que “él” contempla sentado la susodicha “raíz”. Es decir, solo el lenguaje, a la manera de una etiquetadora de supermercado, nos permite diferenciar una cosa de la otra, porque si no solo estaríamos frente a una enorme “masa blanda y monstruosa” a la que el propio Yo quedaría adherida. Entonces, sin la prepotencia clasificatoria del idioma, nada separaría a mis dedos de la sustancia del teclado mientras escribo estas palabras. Entonces nada me separaría de la pared, de la ventana, de la puerta. Entonces nada me separaría de los otros. Todos formaríamos parte de la misma escultura viscosa, electroquímica, compuesta de átomos y citoplasmas celulares que comporta la sustancia material de la realidad entera.
Sin embargo, el lenguaje existe, y, mal que bien, el lenguaje es la vida. Sin el lenguaje yo no sería un ser humano, y sin ser un ser humano yo no podría estar vivo. La náusea, la “dimensión ignorada”, la experiencia mítica y mística que hemos referido, precisamente sobreviene cuando el lenguaje vacila y se produce un desvelamiento de su revés. Cuando se genera un lapsus, un vacío en el sistema. Con ese mismo lapsus han flirteado incansablemente a lo largo de la historia los poetas desde la música y los filósofos desde el silogismo. Arpas y edificios que el lenguaje ha levantado en torno al pozo sísmico y sensual de esa vacilación en su centro que se lo devora todo. Ahí reside el atractivo de ambas ficciones, extensible al de las artes en general. El de rodear el epicentro del abismo, el de desplegar un circunloquio espiralado alrededor de una revelación inminente que, como diría Borges, finalmente jamás se produce. Como buitres, los artistas y los filósofos sobrevuelan el cadáver de una verdad que, a último momento, antes de ser aferrada, se levanta a la manera de Lázaro y huye en una dirección jamás sospechada.
Todo lo cual, sin embargo, no representa un perjuicio de la afirmación de Levrero: la verdad puede revelarse, pero, si lo hace, es imposible de comunicar; solo lo hará en “nuestro ser más íntimo”. Así el caso de este servidor. Durante la enfermedad, la mente, disociada del Yo, adquiere una nueva sensibilidad que se abre a ángulos generalmente solapados por la oclusiva tenacidad de la salud, emperrada en sobrellevar a ciegas durante meses, años, quizás durante toda una vida, la sorda entelequia del desastre cotidiano. Así, la nueva sensibilidad empieza a percibir aspectos que lo comunican con un Yo más hondo que su Yo, un Yo que no piensa, que no lo determina, que no lo conoce, que el propio Yo no conoce, oculto bajo las sucesivas capas del subconsciente: el conspicuo corazón de la cebolla, la furtiva mamushka primigenia; un Yo tan ubicuo, tan potente, que quizás se trate de precisamente lo contrario: una completa y siniestra erradicación del Yo.
Con el libro de Levrero abierto sobre el pecho, miro el rincón del techo más alejado, por encima de la sombra aguda que proyecta una de las aspas del ventilador a la luz de la lámpara. Entonces, por un instante, lo experimento.
La náusea. La dimensión ignorada. La experiencia mística.
Por un instante, ciego al idioma, lo comprendo todo.
Contrariamente a lo que se podría inferir, la comprensión absoluta no le depara a la mente una revelación del orden de lo pragmático, de lo útil o funcional. Acá saber no es poder. Por el contrario, su efecto inmediato es uno solo: el terror.
Por un instante se lo ve: ese abismo que hay por detrás del lenguaje, el aliento ahogado entre el blanco de las letras, y que solo contiene la locura.,
Se lo ve: lo que se ve, lo que se percibe, lo que se escucha, lo que se toca, lo que se huele, lo que se gusta: un espejismo que alcanza con penetrarlo para ser penetrado por todo.
Es difícil. No es una experiencia que pueda conocerse a manos de una operación adrede del intelecto o de una emoción arbitrariamente provocada por el intelecto. Sí es posible, sin embargo, hacer el intento. Mirar, por ejemplo, detenidamente durante el lapso de varios segundos o minutos un objeto hasta que este pierda su funcionalidad, su ser-útil-en-el-mundo (su utilidad heideggeriana), y comprobar cómo, una vez esto sucede, pierde también sentido el objeto en sí, así como todo lo que lo rodea, incluso la propia tendencia clasificatoria de la inteligencia y, con ella, la inteligencia misma: los objetos que ella cree dominar de pronto crecen hasta volverse siniestros, abstrusos y ridículos.
¿Difícil?
Por eso la lucidez solo adviene bajo el pentecostal influjo de las drogas, la anemia anímica o la enfermedad.
Yo estaba enfermo después de diez años. Por un instante el idioma se corrió de su eje y las cosas frente a mis ojos perdieron su nombre y quedaron expuestas a la monstruosidad de su forma inútil, pegajosa, viscosa, adheridas a mis ojos y a la penumbra de la sustancia deforme que es la vida cuando el lenguaje ya no la contiene. El zoom se aceleró hasta lo hiperbólico, los píxeles rectangulares y difusos de la imagen de todo aquello que me rodeaba tenían efectos secundarios de una inmediatez alarmante; aquella silla, del otro lado de la pieza, por ejemplo, era una forma tan creciente y amenazante que yo casi no podía respirar. En cualquier momento esa silla iba a ocupar mi lugar, el lugar que Yo ocupaba en mi cuerpo, y una vez que este movimiento se hiciera efectivo mi existencia se vería comprometida para siempre. El Yo corrompido por la materia circundante. El Yo entrando en relación de ósmosis con la materia blanda y monstruosa del mundo hasta perder definitivamente su marco. La disolución era posible. 
De ahí el terror.
Sin embargo, dentro lo que ese instante dura, hay un momento sublime de gloria, de espontánea y solipsista reafirmación umbilical: antes de su disolución definitiva, el Yo alcanza una expansión que pone a la historia de su pobre subjetividad por encima de la Historia de la humanidad entera. Aunque solo fuere por una fracción de segundo, el Yo se hincha como un globo a punto de estallar. Entonces toda la información acumulada y sedimentada a lo largo de los años en mi psiquis, las ciudades, los personajes históricos, las naciones y los imperios, todas las miserias y epopeyas humanas, con los contemporáneos y los ancestros, con los animales y los astros; toda esa data, ahora, se vuelve diminuta como una piedra, como unos minutos atrás se había vuelto diminuto el rumor del mundo a través de la ventana de mi pieza: algo que puedo apretar en una mano, algo que no existe más que en mi mano. Después el globo estalla. Sin embargo, en lo que este instante de revelación dura, tanto Jesús como Napoleón, tanto Roma como el Líbano, fueron solamente míos. Migajas al fondo de mi subjetividad: si yo me pierdo, todo eso se pierde conmigo.
Abro los ojos. Encuentro a una vieja sentada en la silla de mi pieza. Tiene puesta una pollera. Un chaleco. Tiene los ojos rojos, arados de sangre, saltones, casi salidos de las órbitas. Me mira en silencio. Los labios chupados por las encías desdentadas. Me mira. Es mi abuela a punto de morirse, a punto de morirse desde hace años, sostenida con alfileres científicos, cínicos y caros, en un geriátrico a varias estaciones de tren. Hace casi un año que no la voy a visitar. No hay un solo día en que una cosa no me haga acordar de ella.
La tortura de vivir en una dimensión ignorada a todo horario. El terror a morir. Y el deseo, confabulado con el terror: desear exactamente lo mismo que se teme. ¿Cuánto puede prolongarse el sufrimiento de un alma suspendida en esa terrible paradoja?
La silla crece tanto que siento que me va a comer, que me va a usurpar, que ya nunca voy a poder ser el mismo de nuevo.
Se me revuelven las tripas.
Pero justo entonces, al borde del paroxismo del delirio, ella entra a la pieza. Ve al hombre encorvado en posición fetal, cubierto hasta la frente abajo de las sábanas. Ve el libro tirado en el piso. Se acerca. Se sienta en el borde de la cama.
Mi amor. Cómo estás.
Inclino la cabeza. La miro. De a poco vuelvo, asciendo, retorno de la desgracia química y prístina. Todavía debo tener los ojos estragados. No es la primera vez que accedo a la dimensión ignorada, a la náusea; no es la primera vez que conozco el terror.
Cada hombre lo conoce algún par de veces a lo largo de su vida. Yo recuerdo dos: una en mi infancia, mirando la luna una madrugada de insomnio a los cuatro años. Las sábanas estaban tibias. Podía escuchar cómo respiraba a un lado mi hermano menor. Otra en mi adolescencia, a los dieciocho, bajo el efecto de drogas varias y la depresión. Sentí que moría. La muerte era hundirme en ese colchón. 
Esta es la primera experiencia de ese tipo que me toca enfrentar siendo un hombre adulto. Y es también la primera que me genera un pánico espiritual como este. Nunca antes me había sentido, teniendo la vida relativamente ordenada, de esta manera.
Mirando cómo mi mujer levanta suavemente el trapo con agua y vinagre de mi frente, escuchando con los ojos cerrados cómo ella lo moja en el recipiente a un costado de la cama, creo entender por qué el instante de lucidez en esta oportunidad fue tan carnívoro, tan impiadoso con la contextura de mi Yo.
Antes, morir era penetrar en un silencio oscuro que me tocaba enfrentar solo.
Pero antes yo estaba solo.
Ahora morir involucra la posibilidad de que ya no pueda estar con ella.