miércoles, 6 de septiembre de 2017

como una cobra



Era el fogón de reyes. Se armaba una carpa de circo enfrente de la iglesia del colegio, y después de misa la gente se desparramaba en las sillas a escuchar los grupos de folclore que tocaban hasta la medianoche en el escenario. También actuaban payasos para los chicos en los intervalos de la música, y en el descampado, a un costado de la carpa, asaban patis y choripanes en parrillas con cuatro patas que después vendían con vasos de gaseosa en unos tablones largos de madera apoyados sobre caballetes.

Desde chico yo había ido a ese fogón con mis nonos, pero después de que mi nono muriera mi nona había empezado a ir a la iglesia con la abuela de Lucifer, también viuda, y esa noche fueron las dos juntas y nos dejaron a Lucifer y a mí ir al fogón por nuestra cuenta.

Mi amigo en realidad se llamaba Gustavo, pero en el barrio le había quedado Lucifer después de una pelea que tuvo con un gordo varios años más grande que él jugando a la pelota. El gordo lo había tirado al piso y se le había sentado encima del pecho, apoyándole una rodilla en un brazo y la otra rodilla en el otro. Gustavo se puso a llorar. Parecía una lauchita, toda rubiecita y huesuda, aplastada abajo del gordo. Y uno no sabe si lo hizo porque no podía pensar o si porque en realidad no le importaba nada, pero el tema es que en vez de cerrar el pico para que el gordo lo soltara empezó a gritarle tan fuerte que se escuchó en todo el barrio lo único que todo sabíamos que nunca se le podía decir al gordo: Negro de mierda. El gordo odiaba con toda su alma que le dijeran negro. Y él, gritándole en la cara: Soltame, negro de mierda. Soltame. El gordo entonces le empezó a dar. Con los nudillos blancos de tan apretados. Y como Gustavo no dejaba de gritarle, sollozando abajo de las piñas, negro de mierda, negro de mierda, el gordo se emperraba más, se ponía todavía más jorobado y maldito. Hasta que a los pocos minutos de castigarlo se levantó trastabillando, sin mirar a nadie a los ojos, con la cara aterrada porque tenía la remera y las manos manchadas de sangre y seguía sin poder hacerlo callar al pendejo. Gustavo parecía un diablo, con los ojos salidos para afuera y los dientes llenos de sangre. Poseído, parecía. Las venas hinchadas en el cuello y en la frente, chorreando lágrimas y baba.

Es Lucifer, dijo uno de los pibes esa tarde. Y así le quedó para siempre.

Era la primera vez que íbamos al fogón solos. Cuando llegamos a la iglesia entramos a la misa y nos sentamos en uno de los últimos bancos. Ahí estaban los pibes que iban a los grupos de catequesis. Les decíamos los chetos. Eran unos pavos que solamente pisaban la calle para ir al colegio o a misa, pero eran también más altos y más inteligentes y andaban mejor vestidos que nosotros. Los saludamos de reojo, sin hacer ruido; el cura Rolando ya había empezado a parlar en el altar. Las chicas que rodeaban a los chetos, las más hermosas de todo el barrio, con las manos entrelazadas ahí abajo, miraban fijamente a Rolando. Parecían de hielo. Tocarlas debía arder. Aunque ni siquiera podía imaginarme lo que debía sentirse tocarlas. 

Apenas la misa terminó la gente salió y empezó a sentarse en las sillas de la carpa. Buscamos a nuestras nonas, que se habían acomodado cerca del escenario, y después de saludarlas fuimos a sentarnos afuera, en las escalinatas de la iglesia. Mirábamos la gente que iba y venía por la vereda. Todo eso estaba lleno de chicas. Empezaba a hacerse de noche. Enero a esas alturas era una cosa tan pegajosa que hacía desmayar a las moscas. Cuando el folclore empezó a sonar en el escenario con Lucifer aprovechamos que la mayoría se concentraba en la carpa para ir a comprar unos patis.

Fue entonces cuando la vimos a Celeste.

Era una flaquita pálida de rulos negros, linda según su humor, de ojos claros y medio estrábicos y una nariz puntiaguda de cuervo. Era un año más grande que nosotros; ese año arrancaba noveno. En los bailes de la iglesia se había apretado a varios de mis compañeros de colegio y también a varios negros del fondo todos sudados que se metían de colados en esas fiestas, y que eran los que más bailaban formando rondas para hacerse ver, y los que siempre cuando el baile se estaba a punto de acabar a eso de las doce nos empujaban o se empujaban entre ellos buscando bardo.

Tenía puesto un vaquero negro ajustado y una musculosa blanca que le apretaba las tetas diminutas. Se había pintado los ojos. Por un segundo me miró. Sus pupilas brillaron en la oscuridad como las de un gato. Estaba con una amiga, de pelo castaño, también maquillada.

Lucifer me codeó.

Estas quieren gresca.

Las chicas se fueron con sus gaseosas hasta la esquina oscura donde estaba el portón del colegio. Nosotros nos sentamos en los troncos que bordeaban el descampado y comimos nuestros patis mientras la luna crecía hacia el centro de la noche. El humo de las parrillas subía en espiral. Nenes de todas las edades pasaban corriendo al lado nuestro mientras los adultos adentro de la carpa aplaudían como rebenques al compás de los tambores y los malambos. Un perro husmeaba en el yuyal buscando restos del banquete chisporroteante que se desgrasaba en las parrillas. Miré la esquina y las chicas estaban ahí, solas, dos sombras sentadas en los bancos de la entrada del colegio. Sentí que una bola helada bajaba despacio desde mi estómago sobre el flujo de sangre hasta enfriarme los huevos.

Vamos, me dijo Lucifer. No seas cagón.

Y tiró la servilleta que le habían dado con el pati y me empujó.

Avanzamos por el camino de lajas que cruzaba el descampado hasta la esquina del colegio. Cuando las chicas vieron que nos acercábamos, se levantaron y se alejaron rápido por la vereda oscura, llena de pinos, que bordeaba el paredón carcelario del colegio. Se reían fuerte.

¿Viste? Al pedo, le dije a Lucifer.

Él me miró de reojo, negando con la cabeza.

Qué tipo infantil que sos.

Y después avanzó por la vereda siguiendo a las chicas.

Yo dudé un segundo. Miré la carpa brillante, allá al fondo del descampado, con la música estallando y los pibes corriendo por todos lados y los viejos sentados que aplaudían y cantaban y el humo, ese humo, subiendo de las parrillas hacia la noche despejada, limpia, llena de estrellas. Eso de un lado y esto del otro: Lucifer prendiendo un cigarrillo, siguiendo a las chicas en la oscuridad. De repente se dio vuelta y me miró. Dale, boludo, ¿qué esperás? Yo fui. Con cada paso que daba sentía que me alejaba un paso de casa. Me alejaba de mi nona, de la iglesia, del fogón de reyes; del único mundo que hasta ese momento había conocido. Era como si la sombra que respiraba mientras lo seguía a mi amigo se me fuera metiendo adentro del cuerpo, tapando esos recuerdos brillantes, sumergiéndolos.

Ellas se habían quedado quietas a mitad de cuadra, apoyadas contra el paredón. Lucifer pasó caminando al lado de ellas sin decirles nada y yo lo imité. De repente Celeste le dijo a la amiga en voz alta: Mirá el de amarillo. Parece un patito. Las dos se largaron a reír. Lucifer me dijo en voz baja: ¿La escuchaste? Está con vos. No dijo nada más hasta que llegamos al poste de luz que había en la otra esquina y me vio la cara.

Pancho. Te descansa porque está con vos.

A mí me parecía difícil creer que una chica como esa, más grande que yo, de la que tanto habían hablado mis compañeros de curso ese año, pudiera gustar de mí, un petiso con bigotes de pelusa, lampiño de cuerpo entero, con la voz medio de gallo. Pero Lucifer se enderezó abajo de la lágrima pálida que caía del poste: Vas a ver.

¿Quieren un cigarrillo?, gritó.

Las pibas hablaron despacio entre ellas. Soltaron unas risitas. Al final la amiga de Celeste dijo:

Dale.

Fuimos. Lucifer adelante. Decidido. Yo un poco más despacio atrás. Las piernas me pesaban. Hasta que estuvimos enfrente y mi amigo sacó otro cigarrillo y lo encendió. Por un segundo me pareció que su encendedor temblaba. ¿Cómo te llamás?, me preguntó Celeste. Te crucé varias veces en el colegio pero nunca me dijeron tu nombre. Ezequiel. ¿Vos? Celeste. Mucho gusto, me dijo, y me dio la mano. Su mano estaba ahí, flotando en la oscuridad, y a mí no me quedó otra que darle la mía. Vos pasaste a octavo, ¿no? Me sorprendió que supiera ese detalle. Sí, arranco este año. ¿Cuántos años tenés? Doce. Qué lindo, me contestó Celeste. Doce años. Es hermoso, ¿sabés? Nunca vas a volver a tener una edad mejor en la vida.

Mientras Celeste y yo hablábamos Lucifer se había alejado algunos metros con la otra piba. Se habían llevado los cigarrillos y fumaban apoyados contra la pared. De vez en cuando se veía el resplandor de las brasas. Celeste se acercó y me puso una mano en la panza. Me gusta tu remera. Me gusta el color. Yo me guardé las manos en los bolsillos. Me la regaló mi vieja. Ella sonrió.

Qué tonto que sos, dijo.

Después acercó la cara. Todo pasó muy rápido. Un segundo antes de que su boca tocara la mía, el tiempo se interrumpió. La dejó a ella frenada a punto de besarme y a mí a punto de recibir el beso. Pero no es que dejara de correr el tiempo, más bien lo que se había frenado era el tiempo lineal, ese que corre como una película, allá afuera, del otro lado de los ojos. El otro tiempo, en cambio, ese que es un embrollo, y que se tuerce y enreda adentro de la cabeza como un cable, seguía vivo. Un par de semanas atrás. Diciembre. Se había terminado el colegio y después de cenar Lucifer y yo salíamos a andar en bici por el barrio. La noche era una palma tibia en nuestras caras. De vez en cuando soplaba el viento. De repente se quedó quieto, mirándome: ¿A vos ya te saltó la leche? Yo no contesté. Me pateó la bici. ¿Qué hacés? ¿Sí o no? Mi nona salió a la vereda.

Eze, gritó, parada en la puerta de su casa.

Desde que mi nono había muerto, soltando el último aliento dormido, como solamente mueren los dioses, mi nona rezaba cada noche el rosario entero antes de irse a dormir, y cuando yo me quedaba en su casa me hacía rezarlo con ella. Me daba un rosario de plástico a mí y ella usaba uno de madera, y a medida que pasaban los ave maría yo movía mi mano de una perla a la otra, rezando a la par de ella, mientras del otro lado de la ventana del comedor se escuchaba el rumor de los autos que pasaban y los gritos de Lucifer boludeando con los otros pibes de la cuadra en la vereda. Yo me sentía cada vez más cansado, pero a veces me despabilaba y levantaba los ojos y encontraba los de mi nona cerrados, repitiendo las oraciones sin vacilar, sin ceder, como si yo no estuviera ahí, entera, suya, apasionada, con el mismo tono enérgico y concentrado con que había pronunciado la primera. Dios te salve, María, llena eres de gracia, el señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre hasta llegar después al padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el.

Entonces sus labios se pegaron a los míos y su lengua empujó mi lengua como una cobra, hurgando mis dientes, recorriendo con la punta mi paladar. Nunca había imaginado que fuera así. Incluso después de saber lo que era, incluso después de haber besado a otras mujeres y de haber perdido mi virginidad, sigo sin poder imaginar lo que es. El beso de Celeste esa noche abrió un portal. Su boca. Su lengua. Sus movimientos. No podía haber una conexión más íntima, más compleja entre dos personas que esa. Y hubiera estado un rato largo tratando de descubrirlo, pero a los pocos minutos una banda de negros del asentamiento pasó caminando por el medio de la calle y Celeste me soltó.

Evaa, amarillo, me gritó uno.

Callate, trolo, le contestó ella.

Los pibes siguieron de largo riéndose, pero al final se quedaron quietos en la otra esquina.

Ahí se terminó nuestra noche.

Otro día nos vemos, me despidió con un pico Celeste.

            Y después de buscar a su amiga fue y se acercó a los pibes.

Con Lucifer volvimos a la carpa. El administrador de la iglesia nos conocía desde que éramos chicos y cuando estábamos llegando a las parrillas nos cruzó. Era un formoseño canoso y petisito, peinado raya al costado, con cara de bonachón.

Tengan cuidado, chicos. Hay muchachas más grandes dando vueltas que se pueden aprovechar de ustedes.

Nuestras nonas seguían en la carpa, mirando el concierto folclórico. Cuando nos acercamos nos preguntaron dónde habíamos estado y nos pidieron que volviéramos a casa con ellas. Nosotros les dijimos que sí, pero después nos alejamos y fuimos a la plaza de una heladería que había a un par de cuadras, enfrente de la Ruta 8, y ahí nos terminamos un paquete de veinte en silencio, mirando los camiones y colectivos que iban y venían, pensando cada uno por su lado.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, pero para cuando nos quisimos dar cuenta el fogón ya se había desarmado y quedaba muy poca gente en la carpa.

¿Todo bien?, me dijo Lucifer, mientras volvíamos a casa.

Todo en orden, le contesté.

Mi nona, que después de cumplir los doce me había dado un juego de llaves de su casa como regalo simbólico, cuando llegué estaba durmiendo. Yo seguí de largo sin encender ninguna luz y también me acosté.

Me sentía muy cansado, pero estuve varias horas dando vueltas en la cama sin poder dormirme. A veces abría los ojos y sentía en mi boca el olor, el sabor de Celeste. Cada vez que tragaba saliva sentía que estaba tragando la suya. Y, cuando por fin volvía a dormitar, las imágenes y sensaciones del beso se mezclaban con las de la misa. La lengua. Los chetos. Las vírgenes de yeso. Mi nona sentada en el banco del frente. La hostia de la carne de Cristo alzada en las manos del cura Rolando que todos los feligreses miraban paralizados. Dios. Su ícono. El ojo espiando a través de un triángulo. Un ojo. Un triángulo. Celeste. Me toqué la frente. Ardía. La cama estaba enchastrada en sudor. Pensé que debía tener fiebre. Mi mente deliraba. Por momentos me costaba saber si estaba dormido o despierto.

En ese estado me levanté un rato después. Quería mojarme la cabeza. También tenía ganas de pillar. Crucé el pasillo medio mareado, pero antes de entrar al baño di un paso al costado y empujé la puerta de la pieza de mi nona. Ella estaba encorvada en posición fetal, abajo de las sábanas. Se escuchaban sus ronquidos en la oscuridad. El lado donde dormía mi nono vacío. En la pared un Cristo de madera clavado en la cruz, alumbrado apenas por los postes de luz de la calle. Su cara tallada hacia el infinito, con los ojos entornados y la boca abierta, siempre me había parecido una expresión de dolor. Pero esa noche, mirándolo mudo en la sombra, su gesto solamente pudo hacerme pensar en el de Celeste cuando le toqué las tetas y le puse una mano ahí abajo, entre las piernas.

Cerré la puerta de la pieza y abrí la del baño.

Pillé con un brazo apoyado en la pared y la frente apoyada en ese brazo. No podía sacarme esa imagen de la cabeza. Celeste respirando en mi boca. Su cuerpo pegado al mío. Su voz, hablándome al oído despacio. Fue entonces cuando lo sentí. Un calor interno, un reflujo de sangre corriendo en la dirección contraria. Yo ya había terminado de pillar, pero no podía moverme de ahí. El portal seguía abierto; ahora podía ver lo que había del otro lado. Era algo magnético. Me gustaba sentirlo, y al mismo tiempo me aterrorizaba. Mi mano parecía la de un extraño. Me latía muy fuerte el corazón. Quería llegar al otro lado, pero también no llegar nunca. Había escuchado lo que era. Pero nunca hasta esa noche, hasta ese baño, me había pasado.

Cuando salí me temblaba el cuerpo entero. Creí que iba a estar despierto toda la noche, aturdido por la visión. Pero apenas volví a acostarme descansé. Cerré los ojos y resbalé hacia el sueño como una hoja en el agua. Tenía la cabeza vacía de Celeste, de su sabor, de su lengua. La fiebre había bajado.







jueves, 17 de agosto de 2017



Entresueño No tengo nombre ni edad ni cuerpo. No es mío mi humor. El presente se infla como una boca que no tiene dónde escupir el aire. No abras los ojos. No. Afuera el vértigo. La ansiedad. Esa escalera que solamente puede bajarse de espaldas. Quedémonos acá por ahora. No esperes nada. No busques ser vos. Abrazá el milagro de ser el rey de este momento sin ir hacia ninguna parte.






sábado, 8 de julio de 2017




Virginidad Lo más valioso que perdí cuando dejé de ser virgen fue el asombro. Esa mirada extrañada por todo. Cada rueda. Cada luz. Podía estar horas rumiando un solo pensamiento. Aquel perro que bosteza en el escalón de la puerta. Sus ojos decían más de mí que de él. Cómo extraño esa mente, esa esperanza ciega, ese
barro. Trato de entender por qué no tenía miedo, de dónde me salía esa confianza absoluta. Era un bailarín desorientado, veía tanto cansancio en la gente, tanto revuelo y griterío avanzando hacia ninguna parte. En cambio yo me aferraba a esto; nunca nadie lo iba a conocer; era mío, mi enigma, mi cama, mi olor en la noche. Qué libre que era ahí sentado con la gramática silbando como una pava desesperada de papel en el infierno de los mudos. Cada instante se alejaba hacia el pozo sin fondo de la hora y desde ahí aullaba como un viento, como un pobre bicho empapado por la lluvia. A tal punto que me podía mezclar con los muertos y el aire a mi alrededor se volvía una broma impune. Yo creía que no podía durar demasiado. No podía ser posible. Pero un cuchillazo abría la broma en dos y me mostraba sus costuras. Entonces emergía Dios, o una de las formas de Dios; el mismo que fui antes de ser dado a luz y chocar con la intemperie. Veía su cara abierta en la penumbra; se parecía a las manchas pálidas que flotan dibujando peces en el revés de los párpados. Yo creía tantas cosas pero una vez que se está ahí se pierde toda esperanza. Él sabía cuál era mi destino, cómo no iba a saberlo, mi vida estuvo escrita en la palma de su mano mucho antes que mi nombre, que mis huesos, que mi ubicación en la pirámide de clases. Y recuerdo como si lo estuviera viendo ahora que no tuvo ninguna piedad al momento de hacerme
saber: no, esto no se acaba nunca.








martes, 6 de junio de 2017




Un lugar más compasivo






Estas semanas de malaria me puse a releer “Cien años de soledad” después de bastante tiempo sin tocarla. La habré leído por primera vez hará unos diez años, y desde ese momento volví a agarrarla para releerla entera o paladear parrafadas al azar más que nada en circunstancias personales deplorables, como si esa cosa ahí en mi biblioteca fuera un placebo para curarme de todo y contra todo, 

Pero esta vez la agarré con los tapones de punta. Así anda todo desde que te fuiste. Tan oscuro estaba que a los cinco minutos ya le había encontrado comas a contrasentido de la respiración por todas partes e incluso adjetivos repetidos hasta tres veces en el espacio de dos páginas: Asombrosa. Asombrosa. Asombrosa

García Márquez publicaría “Cien años…” dos después de empezar a escribirla, tras tortuosas correcciones de carpintería que, o bien encontraron irrelevante la asombrosa repetición, o bien no la encontraron. Disyuntiva que no va en perjuicio del hecho de que a las dos páginas ya me importaba un carajo. Porque poco a poco cedí. Como si fuera birra su prosa, enseguida empezó a cambiarme el estado de ánimo. Cuando los muchachos de Macondo salen a buscar la ruta de los grandes inventos y no la encuentran, y el mundo "se volvió triste para siempre”, yo ya estaba embrujado, indefenso, absorbido por el tuntún marino de su pulso tropical. Uno se sube a la balsa de Gabriel García Márquez y entra a una dimensión más triste, más solitaria, pero más compasiva que la de la realidad.

Y si bien la primera intuición es que la novela conecta más allá de su época y más allá también de su lengua, tampoco deja de ser cierto que solamente pudo escribirse en esa época (empujada por la respiración de nadador de Faulkner y las visiones áridas de Rulfo) y en esa lengua (en el asentamiento del ecosistema intelectual latinoamericano, que solamente entonces, con él, con Borges, supo bajar a tierra las florituras ibéricas, recortarlas, domesticarlas; en su caso, con el encanto natural de su tonalidad vernácula: alcanza con escuchar hablar a cualquier colombiano; alcanza con escuchar sus cumbias, sus vallenatos; no hay nada más literariamente violento que el encanto de un acento, que la cadencia de una música internalizada en la sangre).

Y de tal manera me magnetizó “Cien años...” cuando la leí por primera vez que después de terminarla (como nunca me había pasado antes, como más adelante solo me pasaría con muy pocos) empecé a leer todo lo que había publicado el tipo con una especie de gula homo erótica que me llevó a conocer con la pasión de un amante a fondo, si no a él, su obra.

Y uno a estas alturas podría preguntarse: ¿“Si no a él”? ¿A qué viene ese inciso? ¿Desde cuándo lo que un tipo escribe “es” el tipo que escribe?

La verdad es que durante algún tiempo estuve confundido en lo concerniente a este punto, y la culpa sin ningún lugar a dudas la tiene “Vivir para contarla”.

En la impresionante autobiografía del escritor cataquero, se desliza que la sustancia dramática de sus libros siempre estuvo imbuida del contexto en que los fraguó. Es decir, directa o lateralmente el tipo escribía sublimando lo que pasaba a su alrededor mientras escribía.

Ejemplo 1): “El coronel no tiene quien le escriba”. Mientras narra la miseria de un militar retirado que se muere de hambre esperando una pensión estatal que nunca habría de llegar, García Márquez es un veintiañero sin un peso en los bolsillos viviendo del aire en una caja de zapatos ubicada en el séptimo piso de un edificio sin ascensor en París. Tal como le pasa al coronel en su novela, él también espera una carta que nunca llegaría: la de los amigos a los que les escribe en busca de ayuda para poder ir a la mañana a comprar el pan.

Ejemplo 2): “Cien años de soledad”. Más allá de sus elementos sobrenaturales, del rubro de lo maravilloso, en "Cien años..." siempre es posible leer entre líneas alusiones al propio proceso de producción del texto (probablemente el rasgo más distintivo del género): “Cuando [José Arcadio Buendía] se hizo experto en el uso y manejo de sus instrumentos, tuvo una noción del espacio que le permitió navegar por mares incógnitos, visitar territorios deshabitados y trabar relación con seres espléndidos, sin necesidad de abandonar su gabinete”.

¿Quién es el que adquiere experticia en el uso y manejo de sus instrumentos, trabando relación con seres espléndidos, encerrado en un gabinete? ¿Qué hacen José Arcadio Buendía y Aureliano Buendía y Úrsula Iguarán con sus obsesiones respectivas y solitarias de “hacer y deshacer” sino replicar las del propio autor, encerrado en su oficina de México, dándole matraca a la escritura?

García Márquez asegura haber tenido la novela entera en su cabeza antes de empezar a escribirla. No hay motivos para no creerle. Sobre todo cuando cuenta que se deshizo de los folios del original (a pesar de ser muy consciente del potencial valor que en el futuro podrían tener) únicamente para que no quedaran expuestas las costuras de su genética.

Sin embargo, da la sensación de que la novela no es el resultado de un plan, sino que avanza empujada por lo que al escritor le pasaba en el día a día. Hay una escena elocuente en este sentido. Llueve desde hace meses, Aureliano Segundo no se mueve de la casa y Fernanda, su mujer, empieza a impacientarse: ya no tienen con qué llenar la olla.

Esta situación reproduce el contexto mismo de escritura de “Cien años de soledad”: para enfrascarse en su proyecto García Márquez había renunciado a un trabajo bien remunerado y estable en una agencia de publicidad y durante el lapso que duró la aventura fue Mercedes Barcha, su mujer, la encargada de sostener la casa.

Esta dualidad (hombre abstraído/mujer activa) se respira en toda la novela. Mientras José Arcadio se emperra hasta el delirio en sus proyectos siempre frustrados, es Úrsula la que asume el peso de los asuntos prácticos. La que brega por mantener a flote la economía doméstica y la crianza de los hijos. El propio García Márquez reconoce apenas haber frecuentado a sus hijos durante esos dieciocho meses de intenso onanismo intelectual, al punto de que uno puede imaginárselo encerrado en su estudio tal como José Arcadio se encerraba en su laboratorio de alquimia mientras del otro lado de la puerta no podía notar el crecimiento de sus hijos.

La dualidad vuelve a repetirse en las figuras de Aureliano Segundo y Fernanda, la cachaca con ínfulas de aristocrática que en un momento explota frente a la pasividad de su esposo y empieza a gritar que, “por supuesto, mientras ya no quedaban más que piedras para comer, su marido se sentaba como un sultán de Persia a contemplar la lluvia, porque no era más que eso, un mampolón, un mantenido, un bueno para nada, más flojo que el algodón de borla, acostumbrado a vivir de las mujeres”.

Aureliano Segundo destroza todo antes de salir de la casa y, sin que jamás se nos explique cómo hace en términos materiales para conseguirlo, vuelve pocas horas después con unos “tiesos colgajos de carne salada, varios sacos de arroz y maíz con gorgojo, y unos desmirriados racimos de plátanos” destinados a alimentar a la familia.

La explicación de tal prodigio, faltante en la ficción, en la vida real existe: el escritor salió de su casa del Distrito Federal mexicano y empeñó su auto.

Ejemplo 3): Blacamán el bueno vendedor de milagros. Quizás el más bello de los relatos que el colombiano haya escrito. Aunque no se refiera a él en su autobiografía (como sí se refiere, por ejemplo, a los cuentos que escribió en su más temprana juventud, a los que no duda en calificar como una “mierda”), se trata de un texto que ejemplifica de manera prepotente, probablemente desleal, la relación “contexto de escritura = escritura” que se desprende de su mística personal de la composición.

En primera instancia, es el único relato suyo en que un narrador (con la salvedad de "Memoria de mis putas tristes", muy pero muy posterior en el tiempo, cuando García Márquez ya andaba casi por los ochenta) se asume a sí mismo como artista.

"La verdad es que yo no gano nada con ser santo después de muerto, yo lo que soy es un artista, y lo único que quiero es estar vivo para seguir a pura de flor de burro con este carricoche de seis cilindros [...], durmiendo sin despertador, bailando con las reinas de la belleza y dejándolas como alucinadas con mi retórica de diccionario".

Teniendo en cuenta el hecho de que hasta el momento solamente se trataba de un texto de raigambre política (filtrado por “las astucias de la poesía"), narrado en primera persona por un “bobo”, este párrafo de autoafirmación parece caído del catre. Es lo que podría denominarse un lapsus, una incursión fugaz del ego del autor empírico.

El “lapsus” solamente cobra sentido en relación con el momento de publicación del cuento (parte del volumen “La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y de su abuela desalmada”). Gabriel García Márquez, después de varios años de vivir de prestado, acaba de publicar “Cien años de soledad”. Su novela estalla. Es un éxito inmediato, internacional y rotundo. El mundo entero reconoce su genio. El muchacho de Aracataca lo acaba de conseguir. Ahora, bendecido por los dividendos de su éxito, duerme sin despertador; venerado más allá de su tierra, baila con las reinas de la belleza; sólido en su lengua, las alucina con su retórica de diccionario.

Tal es la euforia que no le importa la crítica.

“Al principio me perseguía un congreso de sabios para investigar la legalidad de mi industria, y cuando estuvieron convencidos [...] me recomendaron una vida en penitencia para que llegara a ser santo”.

Pero él no quiere ser santo, tampoco político; no quiere que lo caguen las golondrinas como a los bustos de mármol ecuestre de los padres de la patria.

Blacaman solamente procura vender milagros.


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“De una altanería insoportable”: así describe Gabriel García Márquez en su autobiografía al pibe que él mismo fue en su juventud. Imagen que queda solapada por lo que es la coherencia estética de su obra, donde apenas en Blacaman… y en “Memoria de mis putas tristes” pueden presentirse entumecidos por la marea de su poesía los resignados manotazos de su ego.

Nadie duda de que la medida de cada persona está dada por lo que elige, y en este punto García Márquez supo explicitar con humildad y franqueza los padres artísticos que eligió, ambos acordes a su naturaleza colombiana de narrador inagotable: Faulkner y Hemingway. Los orfebres de estilos contrapuestos que lo guiaron más que nadie en el arte de contar historias.

En un texto hermoso que prologa un libro de cuentos de Hemingway dice que a Faulkner no se lo puede descifrar; en cuanto uno busca destripar su maquinaria narrativa descubre que al aparato le saltan los tornillos por todas partes y es imposible rearmarlo de nuevo; mientras que el otro expone sus rudimentos con una claridad esencial: “Tal vez por eso Faulkner es un escritor que tuvo mucho que ver con mi alma, pero Hemingway es el que más ha tenido que ver con mi oficio”.

Pese al acento siempre sencillo y generoso de su tono, es precisamente en este tipo de textos, dedicados a teorizar sobre los mecanismos de la escritura, donde más García Márquez deja aflorar su altanería juvenil. Ver a un escritor de peso tirarle tierra a otro escritor de peso puede ser vivificante, incluso enriquecedor; pero sus palos son ya demasiado flagrantes: después de arrodillarse con veneración ante Hemingway, le escupe el zapato (“a sus novelas les sobran demasiadas cosas”); mismo hace con Borges (“tiene los mismos límites”), dando por sentado en ellos los defectos de los que a sus ojos carece él.

Daniel Link trabajó y transmitió en Puán un concepto precioso que antes trabajó y transmitió Foucault: el de “archivo”. Esto es, todo lo que es condición de posibilidad de un discurso, pero que sin embargo no forma parte de él.

Después de publicar “Cien años de soledad”, después de publicar el libro de cuentos del que forma parte Blacaman el bueno vendedor de milagros, García Márquez quiso cambiar. Quiso, en sus propios términos, no repetirse a sí mismo. No hay nada más saludable. Se trata, como señala Fabián Casas, de un signo de coraje y honestidad intelectuales: el de “luchar contra la propia habilidad”.

Sin embargo los críticos se vieron gravemente defraudados cuando leyeron “El otoño del patriarca”. Esperaban algo parecido a su celebérrima novela y lo que se encontraron fue ese ladrillo; el espasmo de una prosa joyceana, sintácticamente llena de “ramificaciones y de dudas en los puntos de vista espacial, temporal y de nivel de realidad”, directamente desprendida de algunos de los experimentos del libro de cuentos que lo precedía, pero en este caso dentro de una sola narración de largo, larguísimo aliento.

Su ego, acostumbrado a bailar con las reinas de la belleza, no lo asimiló, y en el mismo texto en que venera y deshuesa por igual a Hemingway escribe:

“Cuando el libro se publicó, en 1950, la crítica fue feroz. Porque no fue certera. Hemingway se sintió herido donde más le dolía, y se defendió desde La Habana con un telegrama pasional que no pareció digno de un autor de su tamaño. No solo era su mejor novela, sino también la más suya, pues había sido escrita en los albores de un otoño incierto” (el remarcado es nuestro).

Leer entre líneas las condiciones de posibilidad de un discurso, las circunstancias en el que se emitió (¿en qué silla escribió García Márquez “Cien años de soledad”? ¿En qué escritorio? ¿En qué máquina? ¿Escuchando qué, viendo qué? ¿Zurdo, derecho? ¿De qué clase era? ¿La ponía? ¿Amaba? ¿Lo amaban?), es un vicio que se me despierta cada vez que leo a un escritor que me trastorna. Me sentí incómodo con eso durante algún tiempo. Después me di cuenta de que está en mí. Soy un chismoso de mierda. Lo único que me empuja a leer es meterme en la cabeza de otro, visualizar las escenas íntimas que narra, acceder a esa privacidad. Poder dispersarme de mí.

Por lo general cuando más leo es cuando estoy solo.




jueves, 25 de mayo de 2017

el loco del sexto




En mi edificio hay un loco que todos los días a las diez de la noche se pone a gritar. Uno está cenando o haciendo la sobremesa tranquilo, y de repente, sin aviso, el silencio estalla. El loco grita hasta quedarse sin aire, con la garganta en carne viva, como si lo estuvieran matando. Uno entonces tiene que cerrar las ventanas, las puertas, bajar las persianas, subir al mango el volumen de la tele; pero los alaridos igual traspasan las paredes. Gritará siempre entre cinco y diez minutos; es como una alarma de incendio que cada día a la misma hora se activa para todos los vecinos por igual.

Cuando vine a ver el departamento los de la inmobiliaria no me dijeron una palabra del asunto. Los primeros días los puteé fuerte mientras me encerraba en la pieza para escaparme de la histeria del loco y en el delirio de mi bronca hasta pensé en pedirles algún tipo de compensación. Pero resulta que no existe ningún inciso legal que obligue al locador a explicitar: “El propietario de la unidad C del piso sexto padece de esquizofrenia paranoide, lo que lo impele a efectuar ruidos molestos a partir de las 10 pm”. 

Así que tuve que acostumbrarme a ese inconveniente como a un desperfecto más del edificio.  

Pero del resto no podía decir nada. El departamento era viejo pero sólido, agradable; el alquiler relativamente barato, mismo las expensas, y la administración, toda una rareza, laburaba bien. Según me enteré más tarde, en su momento el asunto del loco fue tema de debate en el consorcio. Pero al final la mayoría se compadeció. Pusieron en la balanza todo lo que el tipo había sufrido y por votación terminaron descartando las medidas drásticas (algunas al borde de la ilegalidad) que en sucesivas reuniones fueron proponiendo distintos propietarios.

La primera vez que escuché los gritos me pegué un susto fiero. Estaba mirando un partido de fútbol cuando de la nada explotó ese torrente desquiciado y fui corriendo a la ventana para ver qué pasaba, Los aullidos venían de arriba (yo estaba en el tercero), y eran claramente los gritos de un hombre; roncos, guturales; un puro lamento animal que no decía nada. Pero de a rachas los alaridos se agudizaban y parecían los de una mujer; llegaban a un clímax de desesperación tal que por contagio también se desesperaba uno. Extrañado porque en el edificio no se movía nadie, salí al pasillo y llamé al vecino del “F”, el único que me había cruzado ese día. El tipo salió demasiado tranquilo, como si no escuchara el desastre que bajaba por las escaleras. 

Pero lo escuchaba. 

Es el loco del sexto, me explicó bostezando. Todos los días a esta hora se pone a gritar.

En dos minutos trató de contarme la historia de ese tipo, cómo era que había quedado así de rayado, pero se me hizo difícil seguirlo; interrumpía las oraciones a la mitad y después las completaba con la mitad de otras que nunca había empezado. Cuando sentí la baranda a porro que salía de adentro de la casa entendí por qué.

Ahora se le pasa, me palmeó el hombro al final. Vos quedate tranquilo.

Al mes, mes y medio de haberme mudado, lo vi. Era de noche; yo estaba charlando con el portero en la vereda cuando una sombra escuálida dobló la esquina. Se acercaba a nosotros despacio, apareciendo y desapareciendo como un espejismo según se metía o salía de los conos de luz que los postes soltaban en la vereda. El portero entonces me codeó: 

Ahí está. 

¿Quién? 

Él me miró con los ojos apretados, como si no hubiera entendido la pregunta. 

Entonces me acordé de que la semana anterior habíamos estado charlando un rato largo del pirado del sexto, y empecé a mirar con otros ojos la sombra que se acercaba. Cuando estuvo enfrente nuestro y lo alumbró la luz del zaguán, vi que debía andar por mi edad; treinta, treinta y cinco años. Rubio, flaquísimo, casi chupado; la cabeza era un cráneo sin carne, apenas cubierta por la piel. Tenía ojeras grandes y violáceas como la marca de dos trompadas. Entró al edificio sin saludar ni mirarnos, y yo esperé a que se fuera por el ascensor para comentarle al portero: 

No parece que estuviera loco. 

Y de hecho parecía un laburante cualquiera, de vaquero y camisa, volviendo a la casa cansado después de una larga jornada de trabajo. El portero levantó las cejas, mirándome con incomodidad. Después se pasó una mano por la boca.

La hermana le paga todo, dijo. Los servicios. La limpieza. La comida. No me extrañaría que también lo bañe.

Esa noche tuve una pesadilla y yo, que nunca me acuerdo de lo que sueño, al otro día la tenía fresca como una película. El loco me tocaba el timbre y me pedía una llave francesa. No tengo, le decía yo. ¿Y una pinza? Pinza sí, ahora te traigo. Pero yo no llegaba a irme que el tipo de repente avanzaba un paso, metiéndose en la casa, y señalaba un punto en el comedor con la boca bien abierta. ¿Vos prendiste la estufa? Entonces yo me daba vuelta y ahí, echada en el sillón, estaba mi vieja, con la bata del hospital, durmiendo a un costado de la estufa. ¿La prendiste vos?, volvía a preguntarme el tipo. No me daba a tiempo a contestar. De golpe me tiraba al piso, me cazaba del cuello y empezaba a gritarme en la cara. Tenía los ojos rojísimos. Los dientes marrones y torcidos. Su saliva me salpicaba.

            Fue un sueño de mierda.

        Por suerte ya me lo había olvidado cuando me lo volví a cruzar. Fue hará unas dos semanas, Las puertas del ascensor se abrieron y ahí estaba él. Buenas noches, le dije. El loco, apoyado contra uno de los espejos, no contestó. Me apoyé en el espejo de enfrente. El olor de su transpiración rancia, mezclada con desodorante, flotaba en la atmósfera cerrada como un vapor. En un momento levanté los ojos y pude ver mi cara, reflejada atrás de la suya, multiplicada al infinito en las mamushkas de vidrio de los dos espejos enfrentados. 

El tipo no movió un pelo hasta que estuvimos en planta baja. Salimos a la calle, él se fue para un lado, yo para el otro, y no tendría mucho más que decir si no fuera porque mientras caminaba al kiosco una nube negra de angustia me empezó a nublar el humor. Una angustia sin motivo, pero pesada, física. No me podía dar cuenta de dónde me venía esa incomodidad hasta que ya en casa, después de cambiarme, reconocí el olor a chivo del loco. Estaba pegado a mi ropa, a mis manos, a mi nariz. Me bañé. Me eché perfume. Pero nada. Era como si el olor se me hubiera metido en la cabeza. No me lo podía sacar de encima.

Y desde esa tarde, desde ese encuentro (ya no sé si fue hace dos semanas o dos días) no puedo dormir. Literalmente no puedo. Me acuesto temprano, antes de escucharlo gritar al loco, y me quedo dando vueltas en la oscuridad como hasta la una. A esa hora prendo la notebook, resignado, y me pongo a mirar escenas de películas o documentales al azar, o a leer noticias viejas de política o de personajes de la farándula. La nostalgia me abruma. Probé de todo ya; estas últimas noches descubrí unos videos de relajación en Youtube, lluvias monótonas como de quince horas o filmaciones caseras de chicas que te hablan con susurros para que te duermas. Nada sirve. Trato de encontrarle una explicación a todo esto y no puedo evitar acordarme del encuentro con el loco en el ascensor: cada vez estoy más convencido de que el tipo con su olor me trasladó su veneno. Otra cosa no se me ocurre. Cada mañana, cuando se encienden los botones de luz en la persiana y me toca levantarme para ir a trabajar, siento que esta no es mi vida, que yo no soy yo; me asusta estar perdiendo la cabeza. Tengo la sensación constante de que hay algo que se me escapa, y cuando por fin me puedo concentrar me viene a la mente de nuevo ese tipo.  

Si solamente pudiera dormir. Me siento tenso, muy tenso. Cargado de una electricidad hambrienta que no sé adónde me lleva. Esta noche, cuando vuelvo a casa, ceno más pesado que de costumbre. Quizás el esfuerzo de la digestión me provoque el sueño. Un último intento desesperado. 

Mientras espero a que baje la comida me pongo a lavar los platos. Es notable la desidia de esta semana: hay una pila mugrienta de cubiertos, platos, ollas y vasos manchados de grasa. Y estoy en eso, refregando fuerte con la esponja, cuando el tipo arranca de nuevo. 

Tengo la cabeza tan volada que no lo veo venir; la ventana está abierta y del susto se me resbala un plato. Cae al piso. Se astilla. Los pedazos saltan por todas partes. Mientras los junto de rodillas, estirando un brazo para alcanzar los pedazos que fueron a parar abajo de la mesada, con los aullidos de ese enfermo rebotando por toda la casa, comparo los buenos tiempos con este presente de mierda.

En los buenos tiempos, los buenos de verdad, yo la tenía a mi mujer y también la tenía a mi vieja. Fue hace poco, menos de un año, pero ahora siento que pasó hace siglos, en otra vida, o que le pasó a otra persona distinta. 

La debacle empezó en el verano. Mi vieja empezó a olvidarse los nombres de las cosas. Una noche se cayó de la cama. Fractura de cadera. Alzheimer, diagnosticaron en el hospital. Desconfié de los médicos hasta la tarde en que fui a visitarla y no me reconoció. Entonces algo se quebró adentro mío. De golpe yo también dejé de reconocerme. Empecé a sentir rechazo hacia mi mujer. Me puse a buscar departamento y cuando encontré esta tapera, lejos de ella, lejos también de mi vieja, agarré mis cosas y la dejé.  

El lunes en que me dieron las llaves, cuando empujé la puerta de esta casa, sentí como si mi vida se partiera en dos: apenas entrara, el pasado iba a quedar atrás, y lo que me esperaba del otro iba a ser el camino hacia un futuro más despejado y limpio.

Pero no tenía forma de preverlo. Uno se aleja buscando silencio, calma, paz interior, y lo que al final se termina encontrando es el cinismo de este llorón que se caga en todo el mundo, que grita como una nena mientras uno lo único que quiere es una noche, por lo menos una sola, lavar los platos tranquilo.

Mientras levanto el plato roto del piso el tipo no para. Sigue y sigue gritando. Grita tan fuerte que parece que estuviera acá. Es un dolor de huevos. Te revuelve el estómago.

Al final le tiro una patada a la mesa y salgo. Dejo los pedazos desparramados. Ya está. Cruzo el pasillo y subo al ascensor. Aprieto el botón del sexto.

Las puertas se abren. Es la primera vez que estoy en el piso del loco. A simple vista es igual al tercero, pero cuando prendo la luz veo las manchas gruesas de humedad en las paredes del pasillo. El foco pelado colgado de un cable.

Hay olor a frito.

La puerta del departamento “C”, como aislada en el tiempo, está impecable. Parece como si la acabaran de pintar esta mañana. A cada paso que doy acercándome el volumen de los gritos aumenta. Son como los sollozos histéricos de una madre borracha, como los rugidos de una leona desgraciada enfrente del cadáver del hijo. Son una cosa toda hecha de sangre y baba que te congela los huesos.

Pero cuando llego a la puerta no dudo un segundo. Toco el timbre. Lo toco varias veces, timbrazos largos, sostenidos, que levantarían de la irritación a un muerto. Pero en ningún momento el griterío ahí adentro se interrumpe o vacila; es como si el loco estuviera poseído, como si no pudiera escuchar nada.

Recién a los pocos minutos se calla, como todas las noches, vencido por una decisión misteriosa que ninguno de nosotros conoce. Entonces vuelvo a llamar. Hijo de puta, digo en voz baja. Después levanto la voz: Salí. Empiezo a golpearle la puerta al mismo tiempo que le toco el timbre. Pero el tipo no abre. Del otro lado todo silencio.

Al final el que sale es un vecino. Prende la luz.

¿Javi?, dice. ¿Todo bien?

Me sorprende que sepa mi nombre. Más todavía me aturde el diminutivo. Es un cincuentón grandote, canoso, al que estoy seguro de no haber visto nunca. Tiene puesta una musculosa sucia. Tiene una verruga con dos o tres cardos, expuestos a la luz del foco, en el mentón. Trato de pensar si hablamos alguna vez o si alguien nos presentó. Pero no puedo ubicarlo.

Se acerca unos pasos.

¿Qué andás haciendo acá?

No me gusta su tono. No me gusta para nada.

No lo soporto más.

Con los hombros duros se lo repito: No lo soporto más. El cincuentón desvía los ojos y mira la puerta del “C”. Después vuelve a mirarme. ¿Pero qué es lo que querés? Yo no termino de entender el sentido de su pregunta. Levanto la voz: Este quilombo. Perdoname, pero no tengo por qué bancarme este quilombo. 

El cincuentón asiente. Se rasca con el índice el espacio entre las cejas. Está bien. Te entiendo. Todos te entendemos. Pero son cinco minutos, nada más. Nosotros ya aprendimos a tolerarlo. 

Yo empiezo a negar con la cabeza antes de que él termine de hablar. 

Ojalá fueran cinco minutos, digo. Ojalá. 

Él entonces me mira raro. Desde que dejé de dormir, siento que todos me miran igual. Por un segundo toda la bronca que me despierta el loco se vuelca en este tipo. En esa verruga asquerosa.

Me doy vuelta. Encaro para el ascensor. El cincuentón de repente sonríe.

Pibe, ¿adónde vas?

¿Qué mierda te importa?, pienso. Pero digo:

A mi casa.

¿A tu casa?

Cuando me doy vuelta para mirarlo, él baja los ojos.

Bueno, dale, dice al final. Buenas noches.

Acaban de llamar al ascensor desde el noveno, por lo que veo en el tablero, así que apenas el cincuentón se mete en la casa pego media vuelta y bajo por las escaleras.

Me doy cuenta de que algo anda mal cuando después de bajar los tres pisos que me separan de casa me encuentro de nuevo en el sexto. Por lo menos cuando enciendo la luz veo el seis dibujado enfrente de la puerta del pasillo. Las paredes alrededor llenas de manchas de humedad.

La falta de sueño, pienso. Me pasó esta mañana en el laburo; desde hace días veo cosas que no son, siempre me siento al borde de que se me caigan los ojos. Por eso sigo de largo y cuando compruebo que la llave encaja perfecto en la cerradura respiro tranquilo.

Ahora, cuando voy a la cocina para limpiar el enchastre que antes de salir dejé en el piso, me empiezo a preocupar de verdad: no hay ningún plato roto. No hay pedazos desparramados por ningún lado. Y no solamente eso: los platos sucios siguen ahí, intactos, formando un pilón de mugre en la pileta, cuando yo estoy completamente seguro de haber estado lavándolos un rato largo antes de que el loco empezara a gritar.

Me acerco a la ventana de la cocina y asomo la cabeza. Veo el pulmón del edificio; allá, en lo hondo, el patio. Parece más alejado, más profundo que de costumbre. Entonces cuento las ventanas apiladas en la torre de enfrente, subiendo de abajo hacia arriba hasta la ventana que coincide con la mía. 

Cierro los ojos. Vuelvo a contar.

Son seis. Seis ventanas.

Seis pisos.

¿Qué carajo está pasando?

Estoy por salir de nuevo del departamento, ya tengo el picaporte de la puerta en la mano, cuando por un segundo miro para atrás y veo el inmenso reloj de madera colgado en la pared del comedor. Me quedo duro. Es un reloj italiano antiguo con incrustaciones de hierro que al principio fue de mis abuelos, después de mi vieja, y ahora está acá. La aguja del segundo avanza implacable y mientras la miro noto aturdido que están a punto de ser las diez. Las diez de la noche de nuevo. Como recién, como ayer, como antes de ayer; como cada instante desde que no puedo dormir. Entonces la puerta se abre con un golpe y veo entrar al loco del sexto, las ventanas están cerradas, hay olor a gas; mi vieja está echada en el mismo sillón donde la dejo cada mañana, antes de ir a trabajar, durmiendo con la bata del hospital, El loco se le tira encima. La aguja sigue avanzando. No se frena nunca. Y, cuando por fin se hacen las diez, mi cabeza se parte y escucho el grito, resbalando sobre mi lengua; la cascada temblorosa que vomita mi ser.