lunes, 23 de enero de 2017

gorda comiendo sandía en la hamaca paraguaya




Un verano hace muchos años trabajé de jardinero en San Isidro. Iba casi todos los días para allá. Mi vecino se había jubilado, sabía que estaba sin laburo y me recomendó con sus clientes. A veces lo llevaba a mi hijo para que me diera una mano. Walter tenía doce años. Pelusa en lugar de bigotes. La voz como indecisa, todavía entre de hombre y de nene. Me ayudaba bastante. Era un chico fuerte. Nunca se negaba a nada.

Habrán sido cerca de cuatro meses. Si el clima acompañaba, hacíamos dos casas por día. Salvo los sábados, cuando nos tocaba ir a una casona de la calle Los Álamos con un parque tan grande que laburarlo nos ocupaba toda la mañana y toda la tarde. La dueña era una mujer muy gorda, de la que por más esfuerzo que haga no me puedo acordar el nombre. Tenía unos ojos enormes y celestes que cuando te miraban fijo te hacían temblar, pero en general era una tipa generosa y cálida. Cuando el día estaba pesado, por ejemplo, lo invitaba a Walter a pasar a la casa para tomar chocolatada “bien fresquita” (así le decía). Walter me miraba dudando mientras la gorda nos miraba a los dos. Andá, le sonreía yo, ponete la remera y andá. Y él se ponía la remera y después iba, se alejaba con la mujer sin abrir la boca.

¿Cómo es la casa por adentro?, le preguntaba más tarde, cuando volvíamos en la chata a Podestá. Linda, contestaba él, con la cara apoyada contra la ventanilla. Está llena de cuadros.

No sé de dónde la sacaba la gorda, si la había heredado de la familia o de algún marido muerto, pero que la tenía, la tenía. Parecía un castillo, la casa. Debía tener como diez piezas. El fondo era enorme en serio, te cansabas de mirarlo, nada más. Tenía un quincho moderno y lujoso donde siempre nos cambiábamos con Walter, enfrente de una pileta gigante de agua cristalina; a veces me quedaba fumando un cigarrillo con el pibe que se la limpiaba. La señora no tiene marido, me decía el chico cuando yo, haciéndome el que no, buscaba sacarle información. Pero así y todo era ella, más que la casa, lo que te ponía a pensar. Estoy seguro de que si me la hubiera cruzado por la calle y hubiera hablado dos palabras con ella sin saber la casa que tenía igual me hubiera dado cuenta de que era gente de mucha plata. Pasaba al lado tuyo y se le sentía un perfume de los caros que después te quedaba rebotando en el estómago. Las manos llenas de joyas y esos ojos celestes de princesa extranjera que nunca había visto en ninguna de las negras de Podestá. Grandes y celestes de verdad, como el agua de la pileta, como los que tienen las reinas de los concursos de belleza. Para mí, como exagerando, debía tener cincuenta años. Era una mujer hermosa y muy educada, siempre te trataba de usted. Cuando uno le hacía un chiste, se reía de verdad. Con los hombros, con la panza. Se reía entera.

Ya eran mediados de febrero. Por esos días, después de varias entrevistas, me enteré de que había quedado en la Celkach de Pacheco, que por aquel tiempo tercerizaba para Volkswagen. Me hizo entrar un conocido; un golpe de fortuna después de varios años de malaria. Le avisé a la gorda que el otro sábado iba a ser el último que trabajaba en su casa. Qué pena, dijo. Recién cuando le expliqué los motivos sonrió. ¿Autopartes? Lo felicito. Eso parece ser lo suyo. La miré a los ojos con desconfianza pero no encontré ninguna saña. Al contrario, se acercó y me acarició un brazo: Si es para bien, Horacio, me alegro mucho por usted. Y ya se estaba yendo cuando se dio vuelta para mirarme: ¿Y Walter? ¿En qué anda? Ahí está. En cama. Por eso no vino hoy. Ella negó con la cabeza. Hermoso, su chico. Mándele saludos de mi parte.

La gorda, a diferencia de otros clientes, pagaba siempre a fin de mes. Había sido bastante generosa a la hora de arreglar los números, así que traté de que las cosas terminaran bien para todos. Ese último sábado le pedí a Walter que viniera, más que nada pensando en lo bien que se llevaba ella con él. Lo desperté a las siete. Parecía desganado. No con sueño. Más bien tirándose a chanta. Hacía varias semanas que no me acompañaba a la casona de Los Álamos. Dos veces seguidas porque estuvo enfermo (raro, él, que nunca se enfermaba, que estaba toda la semana sano, ayudándome en otras casas, y que de repente el viernes a la noche se le jorobaba la salud; ya me asustaba que me estuviera saliendo torcido, como las cucarachas de la esquina), otra porque le pidió a la madre ir a la casa de un amigo y ella le dio permiso sin consultármelo. Siempre lo consintió demasiado.

Levantate ya, le dije despacio, tranquilo, sin alzar la voz. Cambiate, lavate la cara y ponete las zapatillas. Si en cinco minutos no estás en la camioneta me vas a obligar a volver.

Walter se pasó una mano por los ojos.

Está bien.

Aquella mañana no nos abrió la puerta la gorda, sino la mucama, una misionera que se deslizaba como una sombra y que de vez en cuando se acercaba al fondo para preguntarnos si necesitábamos algo. Nosotros empezamos a trabajar. Cada tanto paraba para tomar un poco de aire, el calor era insoportable, y miraba la casa a ver si la gorda salía. Pero ya estábamos entrando en la tarde, nos faltaba hora, hora y media para terminar, y de ella todavía no había noticias. No me gustaba la idea de irnos de ahí sin verla. No me gustaba para nada. Ya la veía a la misionera diciéndonos no, la señora no me dejó nada, con cara asustadiza; ya me imaginaba que iba a tener que volver en la semana nada más que para buscar la plata. Y cuando se trata de eso, es difícil; cuando se trata de exigir lo que te corresponde, podés tocar el timbre una vez y después esperar y después volver a tocar el timbre todas las veces que quieras que igual nadie va a abrirte la puerta. Aquella mujer no parecía ese tipo de gente, pero cuántos habré conocido que no parecían ser así y que después a la hora de cerrar las cuentas se perdían.

Walter no se daba cuenta de nada, rastrillaba fuerte, apurado. Lo notaba tenso, duro, como un perro atragantado. En un momento le chiflé para ir a tomar un poco de agua y cuando estábamos entrando al quincho vi que tenía unas gotas rojas en la base de la muñeca. Seguí el hilo de las gotas y vi que un rasguño le cruzaba el brazo izquierdo desde la muñeca hasta casi el hueco del codo. Lo agarré de ese mismo brazo. ¿Y esto? Él se miró la herida y levantó los hombros.

No sé.

Traté de contenerme.

¿Sos boludo, pendejo? Lo empujé. Walter, de verdad, ¿sos boludo?

En el baño del quincho le lavé la sangre. El rasguño en algunos tramos se volvía bastante profundo, era difícil pensar que no se hubiera dado cuenta mientras se lo hacía. ¿Con qué se lo hizo? ¿Con alguna rama? ¿Con el clavo salido del mango del rastrillo? ¿Con las espinas de las enredaderas? ¿No lo sentiste? No. ¿Nada? Él volvió a negar con la cabeza. Lo miré muy fijo a los ojos, agarrándolo fuerte de un hombro, para que me entendiera bien lo que quería explicarle: Walter, cuando trabajás tenés que prestar atención a lo que hacés. ¿Me escuchás? Sos grande. Lo último que necesitamos ahora con tu mamá es esto. Walter dijo que sí con la cabeza y después soltó un suspiro mientras yo le apretaba la herida con un pedazo de tela que me había arrancado de la remera.

Mantenelo así que ahora vuelvo.

Salí puteando del quincho, en voz baja, por las dudas de que hubiera alguien dando vueltas. El sol de lleno en los ojos era una cosa que no te dejaba ver nada. Por eso tardé en reconocer qué era lo que se movía entre dos columnas de madera, varios metros más allá, cerca de la casa. Recién cuando la sombra de un árbol me cubrió los rayos del sol pude verlo con claridad. Fue tan absurdo que por un segundo me pareció como si estuviera en un sueño, donde según mi experiencia las cosas absurdas pasan y todo sigue como si nada. Era ella, la gorda. Tirada en la hamaca paraguaya. Desnuda. Comiendo sandía abajo del sol. Las tetas inmensas se le resbalaban para los costados. El pelo negro y lacio desparramado en los hombros. Seguí caminando como si no la hubiera visto. Pero ella me vio, y vio también que la había visto. Se levantó despacio, haciendo equilibrio para no caerse de la hamaca, que se torcía abajo de su peso, y acomodó los pies en la suave felpa del pasto que yo había cortado. Horacio, dijo, sin levantar la voz aunque estuviéramos lejos, convencida de que de cualquier manera yo iba a escucharla. El sol ahora me daba directo en la nuca. A ella en la cara. Tuvo que cubrirse los ojos con una mano.

Horacio, ¿adónde va tan apurado? ¿Necesita algo?

Me animé a levantar los ojos. La gorda solamente tenía puesta una bombacha roja de encaje. Mi hijo se cortó, le dije. ¿Su hijo? ¿Walter? Se seguía acercando mientras me hablaba. Volví a levantar los ojos. Traté de concentrar mi mirada en su cara. Ella no hacía ningún esfuerzo para cubrirse. Walter, sí. ¿Qué pasó? Se cortó con unas ramas. Madre de Dios. No se preocupe. No es nada grave. Madre de Dios, repitió la gorda, ¿quiere que llame a urgencias? No, no hace falta. Es un rasguño, nada más. Con unas gasas y alcohol nos arreglamos. La gorda se pasó una mano por la frente, brillante por la transpiración.

Mandemeló, dijo. Mandemeló ahora mismo para la casa que lo vemos.

Y cerró los ojos, de repente, resoplando fuerte, como mareada. Madre de Dios, volvió a decir. Mándelo ahora.

Después se dio vuelta y empezó a caminar despacio, zigzagueante, hasta la casa.

Yo crucé el parque. Mientras me acercaba al quincho sentí un temblor fuerte en el cuello que me duró hasta que entré y encontré a Walter sentado a un costado de la parrilla. Se apretaba la tela al brazo, tal como le había pedido. No parecía haber visto nada. Vamos, le dije. Él me miró sin entender. Vamos, le repetí.

Dejamos todo así como estaba, el pasto a medio cortar en el fondo, la máquina abajo del sol, y salimos por la puerta que había al costado de la casa. Tuve que pegarle un par de palazos al candado. Los perros ya nos conocían. Mientras forzábamos la puerta nos miraban moviendo la cola, jadeantes, como si estuviéramos jugando.

Este chico está raro, había dicho mi mujer, me acuerdo, a las pocas semanas de que yo empezara a llevar a Walter a trabajar a San Isidro. Está cambiado, este chico, decía.

Yo no le había prestado atención. Era difícil seguirla. Mi mujer siempre fue de hablar demasiado. Pero en ese momento, mientras le daba al candado con la pala, esas palabras habían vuelto a mi cabeza y me golpeaban como si fueran martillos, o como si fueran los mismos palazos que yo le estaba dando al candado en la puerta. Recién ahora me lo ponía a pensar. Todos los sábados de diciembre, todos los sábados de enero. Chocolatada bien fresquita. Walter se quedaba casi una hora ahí adentro, a veces más, mientras yo terminaba de hacer el laburo. Me gustaba que mi hijo le gustara a una mujer así, de la alta sociedad; me gustaba pensar que él iba a poder aprender de ella algo que le sirviera para la vida.

El semáforo en la Rotonda estaba en rojo. Los autos se empezaban a apilar. Miré a Walter. Él se seguía apretando el pedazo de tela sobre la herida. Todavía no podía sacarme de la cabeza las tetas enormes de esa mujer, hermosas y brillantes a la luz del sol, manchadas con las gotas rojas de la sandía que masticaba tirada en la hamaca con los ojos perdidos. Walter miraba la ventanilla. Recién cuando le hablé me di cuenta de que había estado varios segundos sin respirar. Me salió la voz quebrada.

Hijo, ¿te duele?

Él se volvió a mirar el brazo, después se acomodó en el asiento y negó con la cabeza.








jueves, 12 de enero de 2017



2016: Año pobre de lecturas hasta la aparición de Jonathan Franzen



El 2016 por varios motivos fue en términos de lectura el año menos productivo de mi vida desde que leer se me convirtió en un asunto más de profesión que de placer. Entre esos motivos están el de no haber ido a la facultad, el de haberme comprado un celular moderno y por ende entregado parcialmente a la abulia contemplativa de las redes sociales, pero sobre todo el de un intento de producir algo propio con pasión, con hambre y sustanciosas ingestas de alcohol para sostener la tensión de una faena que a la larga resultaría infructuosa.

Borges, dice Alan Pauls, es el gran maestro de la literatura argentina porque, más que enseñarnos a escribir, nos enseñó a leer. De eso Borges mismo se jactaba. Así uno podría explicarse, por ejemplo, lo poco que escribió en relación con lo que escribieron otros grandes escritores. El tipo le dedicaba más tiempo a la producción ajena que a la propia.

En el 2016 debería haber aplicado su ejemplo.

Recién sobre el final lo pude salvar. Cuando ya se estaba cerrando un año definitivamente árido, me crucé en noviembre con una publicación en Facebook de la revista Anfibia, “Pretensiones literarias” (ahí quizás otro motivo de la merma de mi libido de lector de libros per se: las ojeadas aleatorias en el vasto mundo de posibilidades de lectura que ofrecen los artículos y textos literarios publicados en Internet).

El artículo resultó formar parte de un libro de ensayos rubricados por una tal Cynthia Ozick, escritora de la cual nunca antes había sentido escuchar el nombre aunque el copete afirmara que se trata de una “permanente candidata al nobel”. Fue por el mismo copete que decidí clickear y adentrarme en el texto (quizás estaba en un colectivo o en un subte o en una de esas vitales burbujas de ocio laborales), no por el prestigio del que se pretendía imbuir a la autora, sino más bien por lo que se indicaba a continuación: [Ozick] dice que Jonathan Frazen no sólo se hizo famoso por su best seller [“Las correcciones”] sino por haber rechazado la invitación de un popular programa de TV. Luego, con poca humildad, el escritor dijo sentir que estaba `sólidamente ubicado en la tradición del gran arte literario´".

Reculé. Releí. Volví a recular. A ver: un escritor, Jonathan Franzen, del que sí había sentido escuchar el nombre, dijo: “Me siento sólidamente ubicado en la tradición del gran arte literario”.

Mierda.

El texto de Chynthia Ozick, escrito con la mano tersa y sagaz que podría adjudicársele a cualquier candidato permanente al premio nobel, resultó partir de la infeliz declaración del escritor norteamericano para descomponer la cosmovisión, ridículamente anacrónica, que dicha frase presupone en un mundo donde “la diferencia entre lo alto y lo bajo es valorada por unos pocos y borrada por la mayoría”.

En otras palabras, el tal Franzen había rechazado una entrevista televisiva con nada más y nada menos que Oprah Winfrey (en los Estados Unidos, una suerte de Susana Giménez pero con inquietudes “literarias”; su recomendación de Roberto Bolaño, por caso, disparó la popularidad del escritor trasandino en el mercado editorial norteamericano a niveles que antes, en lo que concierne a escritores de estas tierras, solamente habían conocido deidades como Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez) aduciendo que los gustos “sensibleros, unidimensionales” de la conductora le producían “vergüenza ajena” y que no quería que su obra formara parte de tal conjunto, marcado por la letra de Caín de la cultura popular. “Como que me siento sólidamente ubicado en la tradición del gran arte literario”, dijo entonces, literalmente. El corolario fue que Oprah Winfrey canceló la invitación y las críticas arreciaron contra el pobre Franzen. Que un elitista, que un snob, que un retrograda. Ozick, por su parte, se abstiene de emitir un juicio que no sea formulado a través de la ironía y concluye su artículo indicando que hoy por hoy lo alto y lo bajo se retroalimentan: si alguna vez hubo una época dorada —probablemente previa al cine— en la que el “gran arte literario” existía e imponía sus dominios en el ámbito cultural, no es definitivamente la nuestra.
  
Como me pasa con cada texto que leo, sin importar su extensión, su género o su tema, del artículo de Osick solamente me terminaría quedando un gesto: el de su dedo índice, con la uña larga, esculpida y escrupulosamente esmaltada, tildando a Franzen de torpe, desafinado y pretencioso.

Un martes, varias semanas después, entré a una librería solamente para mirar, sin intenciones de llevarme nada, y en uno de esos estantes giratorios que hay alrededor de los mostradores vi una edición de bolsillo relativamente accesible de “Las correcciones”. Escrita por Jonathan Franzen. Franzen. ¿De dónde lo tenía? ¿De dónde? Medio segundo se demoró la sinapsis. Breve estallido neurológico y entonces la reminiscencia inmediata: Oprah Winfrey. Cynthia Ozick.

Gran arte literario.

Recordé con ternura la declaración del escritor, su inocencia, su espontaneidad, la inmensa timidez que una frase como esa escondía. Me intimidaron también las más de seiscientas páginas, pero pensé enseguida que la semana siguiente me iba de viaje y que la falta de tiempo no iba a ser un problema para mí, más bien todo lo contrario. Recordé que esa, “Las correcciones”, era la novela más recomendada en Internet de su autoría. Recordé que el 2016 prácticamente ya me había pasado por encima y yo había leído poco y nada. Yo, que antes a los libros me los devoraba. Yo, que me había leído el canon por placer, por obligación, por necesidad; por el simple hecho de que de algo hay que rellenar al tiempo antes de que el tiempo pase y ya no quede nada. Acaricié “Las correcciones” mientras lo pagaba en la caja.

Gran arte literario. Vamos a ver.

Lo abrí tirado en el micro. Una vez trasgredido el escepticismo que me bloquea cada vez que leo por primera vez a un escritor, una vez que me metí en su tono, en su humor, en sus volantazos temporales, una vez que dejé de lado lo que me rodeaba y me recluí en ese mundo cerrado colmado de tipos y de tipas palpables que piensan y que hablan sin parar un solo segundo, mi primera sensación fue que de las dos opciones que había conjeturado al momento de leer su declaración en el ensayo de Cynthia Ozick era hacia el final correcta la primera: Franzen no es un tierno goma más del mundo de las letras. No.

Franzen la tiene así de grande.

En dos o tres días, echado en sucesivas reposeras, avancé casi trescientas páginas sin la sensación de estar esforzándome, como si bajara en bici un declive. Haberme desconectado de todo, Internet y celular, seguramente habrá colaborado en mi empresa. Por fin pude concentrarme en la lectura sin el silbido permanente que es la sensación de que algo más interesante está pasando en otra parte. Mi hombre interior crecía mientras absorbía el extenso sueño de la verborrea de Franzen. Poco a poco nos alineamos, él y yo. El tántrico polvo verbal de dos espíritus amalgamados por la literatura.

De tanto en tanto lo cerraba al libro y me volvía a la mente lo que Franzen había dicho. Lo que se considera gran arte literario o no depende, como todo, de una cuestión de gustos. Por eso no pude evitar pensar en los míos al momento de dilucidar la pertenencia o exclusión de Franzen en torno a dicha categoría. La asociación fue espontánea y palmaria. Sí. Franzen: una especie de Faulkner filtrado por la “legilibidad” que, salvo contados anquilosados casos, propone hoy la literatura contemporánea. Un Faulkner despojado del modernismo, del barroco, del libre fluir de la conciencia. Sin embargo, a) las metáforas pletóricas de excentricidad, reuniendo dos significantes de distinta madera para crear un nuevo significado. O, por sobre todo, b) el manejo del tiempo: la alusión disimulada a algo que pasó pero que no se termina de definir bien, y que queda titilando en la memoria del lector como una piedra en el zapato hasta, que más adelante, cuando uno menos se lo espera, reaparece, con todos sus detalles sórdidos y su efervescencia. Franzen, tal como solía hacer Faulkner, impulsa la narración a la manera de un tipo que se acuerda de algo y lanza la primera línea pero después se distrae, recae en la amnesia momentánea o en el entusiasmo del circunloquio, y al final la retoma para sorprender y seguir adelante, procedimiento discernible incluso dentro del espacio de un solo párrafo (largas subordinadas que se encadenan una tras otra antes de volver a la afirmación inicial): es una ética, una forma de ver la vida manifiesta o en su defecto latente en la tesitura de la prosa: la de retroceder constantemente sobre el pasado.

Más allá de la inteligencia, de la humanidad y del oficio del narrador de "Las correcciones", como acontece con toda novela de más de seiscientas páginas uno tampoco deja de ser consciente de la naturaleza prescindible de ciertos párrafos. La impaciencia es una exigencia del intelecto y en algunos casos también una insensibilidad. Borges aborrecía ese tipo de excesos; su tensión interna le marcaba “límites espléndidos” (de ahí que jamás escribiera un texto de más de diez páginas), y gran parte de su coherencia escritural se debe a que jamás los trasgredió. Pero se trata de una cuestión de carácter; Faulkner no es Borges, de la misma manera en que Franzen no es, por caso, Munro; no es justo medir con la misma vara dos ímpetus inconmensurables: uno tendiente a la precisión y a la elipsis y otro al torrente desbocado y la pulsión. En cualquier caso, tanto los unos como los otros, celebérrimos escritores bronceados por el sol de la gran tradición, no dejan en el fondo de ser seres humanos, y sus textos plausibles de los hachazos más siniestros. ¿Cuántas censuras merecerían hoy a manos de un editor insensible “La divina comedia” o “El Don Quijote” o “Crimen y castigo”? Piglia incluso afirmaba con un dejo de autocompasión haber encontrado líneas de más en algunos de los cuentos de Borges. Si las hay en cuentos, o, todavía peor, si las hay en cuentos de Borges, mucho más debiera esperarse del vasto universo de una novela: según Faulkner, “un basurero al que va a parar todo”.

Tal la novela de Franzen. Desde el lenguaje y desde los temas, en “Las correcciones” hay, en efecto, de todo: conviven lo alto y lo bajo, lo progresista y lo masivo, lo íntimo y lo público, lo septentrional y lo pop. Si, como afirma Ranciere, la literatura es una ciencia social, en Franzen tenemos a un científico de primer orden: es capaz de discurrir desde los meandros arquetípicos de una familia de clase media, media alta norteamericana hasta la descripción detallada de los fenómenos macroeconómicos (el saqueo financiero, vgr., que Estados Unidos ejerce sobre el resto del mundo) que permiten las prerrogativas de dicha clase; desde el Alzheimer de un viejo hasta las turbias negociaciones de las corporaciones de salud que buscan lucrar con esa enfermedad; desde la obliteración hormonal de una chef homosexual reprimida hasta el desglose de las modas más endógenas del espectro culinario estadounidendse.

Se trata de lo que ciertos teóricos denominan “novela total”: abarcar la totalidad de los mecanismos sociales a través de la representación de personajes que los personifiquen desde distintas áreas y perspectivas. Los objetivos vertebrales: 1) la verosimilitud, respaldada por lo que se supone una férrea investigación del escritor y/o su entorno; 2) la plasticidad que el escritor es capaz de infundirle a sus personajes para que estos circulen a través de sus actos y sus voces dicha información sin incurrir jamás en el panfleto pentecostal o en la prosa de tipo Wikipedia característica de los peores momentos de los narradores de escritores como Houllebecq.

Franzen no solamente sale airoso de estos dos puntos, sino también la envergadura de su empresa lleva a pensar en la imposibilidad de que una novela como esta pudiera alguna vez surgir de la literatura nacional. Uno lee “Las correcciones” y la sensación inmediata es la de que se trata del resultado de una verdadera industria editorial; de que es una novela escrita, no por un tipo, sino por un aparato más grande que él. En este sentido, una novela de tal contextura y de tal densidad no podría haberse escrito en otro lugar que no sea los Estados Unidos: pareciera que el ecosistema cultural de un país determina el summum a alcanzar de cada uno de sus miembros. Franzen, que tardó más de diez años en escribir “Las correcciones”, eyectó su gran obra en un sistema superpoblado donde todo pasa, donde hierven todos los datos y la información: en el sistema del centro. Millones y millones de lectores y millones y millones de dólares. Una miríada de artistas y de críticos. Las universidades más exigentes del planeta. Una literatura central, globalmente hegemónica de mitad de siglo XX en adelante. "Las correcciones" es su emergente directo. En una planicie atiborrada de cúspides, el edificio Franzen emerge por sobre el resto para contemplarlos desde su mirador privilegiado.

Cuando volví a Buenos Aires me faltaban todavía cien, ciento cincuenta páginas para terminar de leer el libro. Lo dejé en la mesita de luz y levanté otro, más práctico para llevar en subtes y colectivos: “Otras inquisiciones”. Ensayos breves que se podían leer entre una parada y otra. Que podían procesarse despacio mientras se caminaba a casa. Yo, decía Borges, soy argentino. Nací en este microclima de casas bajas y zaguanes, sin industria editorial, despojada del smog de una gran tradición. Lo que me bendice es la posibilidad de leer desde el margen lo que se escribe allá, en el centro.

Pensé en lo que me había pasado en el 2016. No había necesidad de intentar algo así. No se puede. No podría. Me había enfrascado casi un año produciendo algo que estaba más allá de mis límites. Los resultados estaban a la vista: había sido feliz escribiéndolo, ambicionándolo; ahora sencillamente era incapaz de releerlo. Como una mujer a la que uno desea mucho y, después, con el agua corriendo abajo del puente, se da cuenta de que lo que más deseaba de ella era su deseo de ella. Tampoco me daban ganas de seguir leyendo Franzen. No volví a tocarlo en un par de semanas.

Pero fue raro. Como solamente me había pasado mucho tiempo atrás con Dostoievski, cuando volví a abrir "Las correcciones" y volví a meterme en la historia, tuve la sensación de que nunca había dejado de estar ahí. Me acordaba de todo. Había conocido tanto a los personajes durante la intensa lectura del viaje que se habían vuelto personas reales, como esas que uno ve cada tanto en el trabajo o jugando al fútbol o en el barrio y que, una vez que las vuelve a ver, se acuerda perfectamente de quiénes son, de qué trabajan, qué edad tienen, qué hacen en su tiempo libre, si están solos o acompañados, conocen sus aristas, son gente ya con volumen propio en la parrilla de la vida.

Entonces me di cuenta de la valía del tipo. Gran arte literario o no, este tal Franzen es bueno de verdad. Un escritor íntegro y noble en el sentido de que labura bien a sus personajes, de que se esmera, de que los escucha, los procesa y los deja ser tal como son; de otra forma no resultarían tan vívidos, no se quedarían pegados en el inconsciente de uno como si fueran personas a las que se frecuenta.

Terminé “Las correcciones” a fines de diciembre de 2016. Después de que se ventilaran los últimos ecos de la lectura y el polvo terminara de asentarse, ya podía decir que lo había olvidado, que el libro había pasado a formar parte de mis experiencias. Si por un microsegundo pensaba en Franzen, un gesto, visible también durante un microsegundo, se asomaba en mi conciencia: el de una mano sosteniendo un libro que tiembla.  

La experiencia fue tan satisfactoria en lo que concierne a la relación valor/producto que después de cobrar el aguinaldo me compré el último de sus libros. Ya voy por la mitad. Va bien. Se llama “Libertad”.  



miércoles, 4 de enero de 2017

algo que siempre te quise preguntar





Hijo de puta, me gritó Melina, tan fuerte que algunos de los que estaban en la barra se dieron vuelta para mirar. Ella me seguía mirando como si tuviera ganas de revolearme algo y al borde de la depresión pensé que acababa de arruinar la noche. Pero no. Medio segundo después ella se dobló en la silla y se largó a reír. Hijo de puta, me decía, entre las oleadas de la risa. Sos un hijo de puta. Y se le sacudían los hombros por los espasmos y al mismo tiempo las tetas, íntimas y enormes, dos bombas de agua abajo de la musculosa.

Levanté el vaso y lo vacié tratando de apagar el temblor. Acabábamos de darle el último toque a la tercera cerveza, a esas alturas. Era raro estar ahí, tomando con Melina, después de tanto tiempo. La conocía desde la infancia, pero debía hacer como diez años que no nos veíamos. Habíamos sido muy amigos en el colegio, sobre todo. Ìbamos al mismo curso y vivíamos cerca. Pero cuando el secundario terminó dejamos de vernos. Por un malentendido, creo yo, nos distanciamos y dejamos de estar en contacto. Ella se mudó un verano; al año siguiente me mudé yo. La etapa posterior a la adolescencia fue una larga laguna sin saber nada uno del otro. Cuando nos volvimos a encontrar en una reunión de ex compañeros del colegio me dio su número de teléfono y le escribí. En la reunión me había enterado de que vivía sola en Capital, de que trabajaba en un estudio contable y de que se había separado hacía poco. Yo también vivía en Capital, a dos barrios del de ella, así que un viernes de esos le dije a mi mujer que me iba a jugar al truco con los muchachos del fútbol y me reuní con mi vieja amiga en un bar.

Melina era petisa, muy flaca, no se pintaba, tampoco usaba ropa para hacerse ver; así y todo cuando entraba a un lugar los tipos se daban vuelta para mirarla. Tenía un magnetismo difícil de explicar. Como un viento que la rodeaba, algo que despedía su cuerpo, como un olor, como una lluvia de moléculas que la perseguía, no se trataba de una atracción que surgiera de algún punto concreto de su anatomía. A esa irradiación natural se le sumaba, sobre todo en verano, la prepotencia de unas tetas soberanas, de las que ella parecía avergonzarse, usando siempre ropa suelta, caminando encorvada por la calle para que los tipos no se las miraran ni le dijeran nada. Odiaba el calor justamente porque no sabía cómo vestirse para disimular.

En ese sentido aquella noche la tenía bastante difícil. Eran las once de la noche y la temperatura seguía plantada en los mismos irrespirables treinta y seis grados que había hecho a la tarde. Melina llegó al bar con puntualidad, enroscada abajo de una musculosa gris muy holgada, pero, no, no había nada que hacerle. Incluso a mí, que sabía quién era, que sabía que no había ningún motivo para desconcentrarme de nuestra relación de amistad, me fue imposible no mirar de reojo la insinuación poderosa abajo de la musculosa y no sentir cierta amargura inconsciente y una especie de sed intensa, casi más espiritual que física.

Eze, sonrió, levantando una mano.

Me levanté para saludarla.

¿Hace mucho esperás?

Tranqui. Recién llego.

Le llené un vaso y ella lo vació a la mitad en dos o tres sorbos apurados, como si se hubiera pasado todo el día sin tomar una sola gota de agua. Pero ya con la sed saciada siguió tomando al mismo ritmo. Me sorprendió, con lo diminuta que era, que pudiera tomar tanto y que al mismo tiempo no le pegara. Antes, cuando nos juntábamos en el pool de Belgrano y Márquez, le alcanzaba con dos vasos para marearse. Veo que estuviste entrenando el hígado. Para nada, sonrió. Puro metabolismo. 

La notaba más fresca y dicharachera, después de tantos años, como si le hubiera hecho bien irse de la casa de los padres y convivir y separarse y ahora vivir sola de nuevo. Algo de la oscuridad que siempre había tenido en los ojos se le había esfumado. El bar era lindo y caro y estaba bastante lleno. Melina me hablaba de todo lo que había sido de su vida durante aquel tiempo. Siempre había sido una chica callada enfrente de otros, pero cuando estaba conmigo se soltaba. Iba de una rama a la otra sin darse un respiro y después no volvía. En un momento se interrumpió. Ya empiezo a acordarme de cómo era, dijo. Vos me tirás de la lengua para no contarme nada de vos. Me mostró los dientes fosforescentes. Después de la segunda cerveza parecía una extraña, una desconocida hermosa y apabullante, abrazada por la luz de neón.

Quiero saber qué fue de tu vida.

Estudié Derecho, me recibí, después conocí a Celeste y me junté. ¿Hace cuánto? Dos años. ¿Y cómo va? Levanté mi vaso: Va.

En el baño había un espejo con forma de triángulo. Me revisé la cara; tenía algunas venas en los bordes de los ojos. Las huellas de haber dormido mal la noche anterior. El cansancio después de toda una semana de laburo. Y ese calor espeso que empastaba todas las cosas. Saqué el celular mientras pillaba. Tenía dos mensajes de Celeste. Le puse: En un rato voy. Y le pifié al emoticón: en vez de una carita romántica mandando un beso me salió el de una carita de hartazgo, con una raya horizontal en la boca y en los ojos. Había un par de tipos esperando para entrar así que guardé el celular sin corregir el mensaje y salí.

Melina también había aprovechado el parate para revisar el celular. Por lo menos ahora lo tenía ahí, arriba de la mesa. El otro día en la reunión no me di cuenta, dijo, pero estás más panzón. Me recliné en la silla. Y qué querés. Veintinueve pirulos ya. Veintinueve pirulos, ¿y? Somos nenes todavía. Hablás como si todo se hubiera acabado y esto recién empieza. La cerveza parecía haberle aflojado los hombros. Sonreía mirando a su alrededor. ¿Hace cuánto no nos veíamos? Como diez años, creo. Diez. Cómo pasa el tiempo. En silencio pasa. Sí, pero a veces siento como si no pasara, ¿no?, ¿no te parece como si nos hubiéramos visto ayer?, dijo. Para mí es como si todavía fueras el mismo, por más que ahora seas abogado, estés juntado y estés más gordo. Terminé la cerveza apurando la espuma del fondo. ¿Pedimos otra? Dale, pero antes acompañame un cachito al patio.

Salimos. El patio no daba abasto de gente. Había árboles con luces de colores en las ramas y antorchas en jarrones de cerámica y murales abstractos en las medianeras. En uno de esos murales se apoyó Melina. Sacó un porro. Le dio varias secas sin respirar y después me lo pasó. No había alcanzado a sentirle el gusto cuando un rubio altísimo apareció de la nada para pedirme un poco. Le dije: No es mío. Melina sonrió: No pasa nada. Se lo pasé al pibe después de toser. El rubio empezó a fumar. Era tan alto como flaco, medio alemanito, vestido bien a la moda, onda hippie extranjero, como improvisado. Nos sacó charla a los dos. Que qué estábamos haciendo ahí, que de dónde éramos, era hábil, cálido y gracioso; tan hábil que en cuestión de seis o siete frases se las había arreglado para borrarme y Melina lo miraba fascinada. De a poco empecé a sentir la misma amargura intensa, inconsciente, que había sentido cuando la había visto llegar al bar. De vez en cuando Melina trataba de incluirme en la conversación, el rubio, llevado por las buenas intenciones de ella, también; pero yo no sabía cómo manejarme. ¿Querrá que la deje sola? ¿Se habrá terminado acá nuestra noche? Estaba dispuesto a irme, con cualquier indirecta me alcanzaba. Pero apenas terminó de fumar Melina me miró a los ojos, me agarró una mano mientras el pibe todavía le seguía hablando y se apretó contra mí. ¿Vamos adentro?, dijo. Está pesadísimo acá. El rubio la miró desconcertado. Un gusto, le dijo ella, y después sin soltarme la mano me llevó entre la gente, esquivando codos, carteras y miradas, hasta la puerta del bar.

En la barra pedimos otra cerveza y nos sentamos en una mesa solitaria, apartada del resto. La cerveza estaba helada, una delicia, la espuma y las burbujas cruzaron la sequedad pedregosa de mi boca en una correntada de frescura. No me cansaba nunca de esa sensación, en aquel tiempo. Quizás le había agarrado demasiado el gusto a esa sensación. O quizás Celeste cuando me lo recriminaba solamente exageraba, se agarraba del más mínimo desliz para echármelo en cara.

Melina también tomaba, sentada enfrente mío. De repente se enderezó.

Hay algo que yo siempre te quise preguntar, dijo.

Preguntá, nomás. Soy todo oídos.

Entonces yo también me enderecé en la silla, tratando de demostrar una tranquilidad que cuando la miré a los ojos y encontré esas dos piedras verdes prendidas fuego había empezado a faltarme.

¿Te acordás de la fiesta de Pablo? ¿De la fiesta de quién? (La música sonaba a todo volumen,  pero yo había escuchado perfectamente su pregunta.) De la fiesta de Pablo, repitió.

La fiesta de Pablo. Sí. Cómo olvidarla. Había sido la última antes de que se terminara el colegio. Verano. José León Suárez. Cumbia a explotar. Quilmes y Brahmas y jarras de vino desparramadas por toda la casa. Melina acababa de ponerse de novia con Damián, un pibe del curso que en el microclima social del colegio ya era lo que después iba a ser en la vida real: un triunfador, un tipo de esos que no tienen drama en imponerse sobre los demás y que a la larga siempre consiguen lo que quieren. Y así la consiguió a ella. Y después de eso Melina dejó de prestarme atención. Dejó de ir al pool conmigo. Dejó de pedirme que la acompañara hasta la casa. Damián era un pibe mujeriego pero al mismo tiempo posesivo. Aunque ella nunca me lo dijo, yo sabía que estaba en contra de nuestra amistad.

Aquella noche los vi entrar a la casa de Pablo de la mano, los vi besarse, los vi reírse, mientras yo tomaba vino como un enfermo. A eso de las cuatro abrí un ojo y estaba vomitando en la bañadera. De a ratos escuchaba risas; Eze quebró, Eze quebró; más risas; pero en un momento fue todo silencio. Solamente sentía una mano tibia mojándome la nuca y escuchaba una voz: Tranquilo. Ya va a pasar. Era Melina. Su mano me acariciaba el pelo despacio. Levanté la cabeza y traté de mirarla a los ojos. Entonces se lo dije: Estoy enamorado de vos. En algún momento me puse a llorar. No sé si ahí, mientras estábamos hablando, o después, cuando ella ya no estaba. Al otro día me desperté con ganas de no existir. Cuando entré al MSN Melina estaba conectada. Fue ella la que me saludó. Me preguntó cómo estaba, si me sentía mejor. Le dije que no me acordaba de nada de lo que había pasado la noche anterior. ¿De nada? Habré dudado solamente medio segundo: De nada.

Así que cuando esa noche en el bar de Palermo, casi diez años después, Melina me dijo que tenía una pregunta para hacerme sobre la fiesta de Pablo, lo primero que pensé fue que iba a preguntarme sobre lo que había pasado en el baño. Sobre lo que yo le había dicho. Pero me equivocaba. La chica ya había apoyado los codos en la mesa, con una media sonrisa turbia, los ojos llameantes en la oscuridad.

¿Vos le dijiste a Pablo que nosotros tranzamos en el baño?

Aunque había tomado y fumado lo suficiente, sentí que el corazón se me subía al cuello. Pablo. Baño. Tranza. Damián. Era increíble. Me había olvidado de todo eso. Como si mi memoria le hubiera puesto una tapia encima a esa parte vergonzosa de mi vida, y ahora la pregunta de Melina la destrozara a mazazos.

Yo no tenía excusas. Pablo era uno de los mejores amigos de Damián. Otro triunfador, otro hijo de clase media tirando para arriba, con su castillo de dos plantas y pileta. Más o menos un mes después de egresarnos me lo encontré al azar en la calle y nos metimos a jugar al pool. En un momento, después de la segunda cerveza, le dije que en la fiesta que había hecho en su casa Melina y yo nos habíamos besado. En el baño, mientras todos boludeaban afuera. A los pocos días Melina me llamó, me preguntó si era verdad que yo le había dicho eso a Pablo, yo se lo negué una y otra vez. Una semana después me enteré de que Damián la había dejado. Melina después de eso no volvió a hablarme. No volvió a escribirme. Yo, por mi parte, tampoco volví a escribirle a ella. Ahora empezaba otro mundo, sin Melina, sin Damián, sin Pablo, sin toda esa gente del secundario. Nunca más volví a pensar en el asunto.

Hasta esa noche. Palermo. Treinta y seis grados. De repente el pasado estaba ahí, como una bola de hierro en medio de la mesa, mientras Melina me miraba del otro lado.

¿Se lo dijiste? ¿Sí o no?

Estaba prendido el aire, pero unas gotas de transpiración helada se deslizaron desde mis axilas. Me rasqué una pierna, después el cuello. Al final levanté los ojos para mirarla.

Sí, le contesté. Se lo dije.

            Su primera reacción fue apretar los párpados.

            Sos un hijo de puta, gritó.

Me quedé duro. Por un segundo creí que iba a tirarme la botella encima. Por eso lo que hizo después me dejó descolocado: abrió la boca y se largó a reír. Se largó a reír fuerte, de verdad, sin malicia, sin cálculo. Se reía como si la confesión de mi patetismo fuera lo más gracioso que le hubiera pasado en la vida. ¿Entonces era verdad?, me decía entre los hipos de la risa. Hijo de puta. ¿De verdad dijiste eso? Yo sonreía, nada más, tratando de reírme con ella. Pero no podía entrar en su euforia.

¿Quién es esta piba?, pensé. ¿De dónde salió? ¿Con qué necesidad me expongo a todo esto?

Ey, me dijo Melina, calmándose, notando que no la seguía, ¿estás bien? Yo saqué el celular, quería disimular el mareo, la palidez que me enfriaba la cara. Había dos mensajes de Celeste: “Q te pasa? Porq me pones esa cara? Solam quería saber dnd estabas”.

Más o menos, le dije, me siento más o menos. ¿Querés que te pida un agua? No, con cerveza estoy bien. En dos minutos se me pasa. Melina repartió lo poco que quedaba en la botella entre su vaso y el mío.

Era un chiste, ¿sabés? Pasó hace mucho. Éramos unos chicos. Ya sé. No es eso. Debe ser el aire. Me cae mal el contraste.

Tengo difuso lo que siguió después. Sé que pedimos la cuenta y que de alguna manera nos las arreglamos para dejar de lado lo que acababa de pasar. Ella me empezó a hablar de su proyecto de abrirse un local de ropa. Hablaba con tanto entusiasmo que me entregué a su inercia confiando en que todavía podíamos tener una buena noche. La oscuridad en mi humor se disipó. Cuando nos terminamos de conversar y salimos, el momento incómodo parecía haber pasado varios años atrás.

Voy a tomarme el 152, ¿me acompañás? Dale.

Avanzamos por la vereda haciendo eses. En un momento Melina me agarró del brazo y caminamos pegados, como cuando salíamos del colegio y yo la acompañaba hasta la casa. A veces zigzagueaba ella, arrastrándome con su peso. Otras veces yo.

Nos reíamos.

Qué bueno volver a verte, me dijo en una esquina, en voz baja, con la mirada perdida en un semáforo en rojo.

Había empezado a correr un viento fresco, piadoso. En la parada Melina volvió a evocar recuerdos del colegio, pero esta vez con el cuidado de no tocar ninguno que tuviera que ver con Damián o con Pablo o con lo que había pasado en la fiesta. Me hablaba de tal profesor, de tal compañero, de tal anécdota. De vez en cuando yo me distraía y le miraba las tetas, y sentía el deseo subiendo por encima de mi cansancio, y también volvía a sentir una punzada de amargura.

No sé cómo, pero mientras Melina seguía luchando contra mi silencio, hermosa, brillante abajo de los postes de luz, tuve la certeza de que ya no iba a volver a verla. De que ya no iba a haber otro encuentro como ese. Al mismo tiempo supe también que mi confesión de que yo había arruinado su relación con Damían había sido lo más fuerte que había pasado en la noche, lo que después iba a quedar en el recuerdo de los dos, y me sentí culpable pensando que esa era la última imagen que ella iba a llevarse de mí.

Pensé en qué decirle, algo a modo de disculpas, o de justificación, algo que me hiciera sentir mejor al otro día.

Pero no tuve tiempo. El 152 apareció en la esquina.

Bueno, me dijo Melina, dándome la mano: Me encantó. Ojalá se repita. Claro, le dije. Y estaba por darle un beso de despedida cuando ella avanzó medio paso y me abrazó. Me abrazó fuerte. Sentí sus tetas rebalsando en mi pecho. Su perfume. Su pelo apretado en mi boca. Me miró sonriendo, de repente: Yo siempre estuve enamorada de vos. Durante todo el colegio. Siempre. Me dio una piña en el hombro: Cobarde. Después se dio vuelta. Levantó la mano y el colectivo frenó a pocos metros. Me acerqué. Melina ya se estaba subiendo. ¿Qué decís?, alcancé a decirle. Pero las puertas en ese momento se cerraron. El colectivo volvió a arrancar. Lo seguí con la vista, mientras se iba. Ella no se dio vuelta para mirarme.