miércoles, 4 de enero de 2017

algo que siempre te quise preguntar





Hijo de puta, me gritó Melina, tan fuerte que algunos de los que estaban en la barra se dieron vuelta para mirar. Ella me seguía mirando como si tuviera ganas de revolearme algo y al borde de la depresión pensé que acababa de arruinar la noche. Pero no. Medio segundo después ella se dobló en la silla y se largó a reír. Hijo de puta, me decía, entre las oleadas de la risa. Sos un hijo de puta. Y se le sacudían los hombros por los espasmos y al mismo tiempo las tetas, íntimas y enormes, dos bombas de agua abajo de la musculosa.

Levanté el vaso y lo vacié tratando de apagar el temblor. Acabábamos de darle el último toque a la tercera cerveza, a esas alturas. Era raro estar ahí, tomando con Melina, después de tanto tiempo. La conocía desde la infancia, pero debía hacer como diez años que no nos veíamos. Habíamos sido muy amigos en el colegio, sobre todo. Ìbamos al mismo curso y vivíamos cerca. Pero cuando el secundario terminó dejamos de vernos. Por un malentendido, creo yo, nos distanciamos y dejamos de estar en contacto. Ella se mudó un verano; al año siguiente me mudé yo. La etapa posterior a la adolescencia fue una larga laguna sin saber nada uno del otro. Cuando nos volvimos a encontrar en una reunión de ex compañeros del colegio me dio su número de teléfono y le escribí. En la reunión me había enterado de que vivía sola en Capital, de que trabajaba en un estudio contable y de que se había separado hacía poco. Yo también vivía en Capital, a dos barrios del de ella, así que un viernes de esos le dije a mi mujer que me iba a jugar al truco con los muchachos del fútbol y me reuní con mi vieja amiga en un bar.

Melina era petisa, muy flaca, no se pintaba, tampoco usaba ropa para hacerse ver; así y todo cuando entraba a un lugar los tipos se daban vuelta para mirarla. Tenía un magnetismo difícil de explicar. Como un viento que la rodeaba, algo que despedía su cuerpo, como un olor, como una lluvia de moléculas que la perseguía, no se trataba de una atracción que surgiera de algún punto concreto de su anatomía. A esa irradiación natural se le sumaba, sobre todo en verano, la prepotencia de unas tetas soberanas, de las que ella parecía avergonzarse, usando siempre ropa suelta, caminando encorvada por la calle para que los tipos no se las miraran ni le dijeran nada. Odiaba el calor justamente porque no sabía cómo vestirse para disimular.

En ese sentido aquella noche la tenía bastante difícil. Eran las once de la noche y la temperatura seguía plantada en los mismos irrespirables treinta y seis grados que había hecho a la tarde. Melina llegó al bar con puntualidad, enroscada abajo de una musculosa gris muy holgada, pero, no, no había nada que hacerle. Incluso a mí, que sabía quién era, que sabía que no había ningún motivo para desconcentrarme de nuestra relación de amistad, me fue imposible no mirar de reojo la insinuación poderosa abajo de la musculosa y no sentir cierta amargura inconsciente y una especie de sed intensa, casi más espiritual que física.

Eze, sonrió, levantando una mano.

Me levanté para saludarla.

¿Hace mucho esperás?

Tranqui. Recién llego.

Le llené un vaso y ella lo vació a la mitad en dos o tres sorbos apurados, como si se hubiera pasado todo el día sin tomar una sola gota de agua. Pero ya con la sed saciada siguió tomando al mismo ritmo. Me sorprendió, con lo diminuta que era, que pudiera tomar tanto y que al mismo tiempo no le pegara. Antes, cuando nos juntábamos en el pool de Belgrano y Márquez, le alcanzaba con dos vasos para marearse. Veo que estuviste entrenando el hígado. Para nada, sonrió. Puro metabolismo. 

La notaba más fresca y dicharachera, después de tantos años, como si le hubiera hecho bien irse de la casa de los padres y convivir y separarse y ahora vivir sola de nuevo. Algo de la oscuridad que siempre había tenido en los ojos se le había esfumado. El bar era lindo y caro y estaba bastante lleno. Melina me hablaba de todo lo que había sido de su vida durante aquel tiempo. Siempre había sido una chica callada enfrente de otros, pero cuando estaba conmigo se soltaba. Iba de una rama a la otra sin darse un respiro y después no volvía. En un momento se interrumpió. Ya empiezo a acordarme de cómo era, dijo. Vos me tirás de la lengua para no contarme nada de vos. Me mostró los dientes fosforescentes. Después de la segunda cerveza parecía una extraña, una desconocida hermosa y apabullante, abrazada por la luz de neón.

Quiero saber qué fue de tu vida.

Estudié Derecho, me recibí, después conocí a Celeste y me junté. ¿Hace cuánto? Dos años. ¿Y cómo va? Levanté mi vaso: Va.

En el baño había un espejo con forma de triángulo. Me revisé la cara; tenía algunas venas en los bordes de los ojos. Las huellas de haber dormido mal la noche anterior. El cansancio después de toda una semana de laburo. Y ese calor espeso que empastaba todas las cosas. Saqué el celular mientras pillaba. Tenía dos mensajes de Celeste. Le puse: En un rato voy. Y le pifié al emoticón: en vez de una carita romántica mandando un beso me salió el de una carita de hartazgo, con una raya horizontal en la boca y en los ojos. Había un par de tipos esperando para entrar así que guardé el celular sin corregir el mensaje y salí.

Melina también había aprovechado el parate para revisar el celular. Por lo menos ahora lo tenía ahí, arriba de la mesa. El otro día en la reunión no me di cuenta, dijo, pero estás más panzón. Me recliné en la silla. Y qué querés. Veintinueve pirulos ya. Veintinueve pirulos, ¿y? Somos nenes todavía. Hablás como si todo se hubiera acabado y esto recién empieza. La cerveza parecía haberle aflojado los hombros. Sonreía mirando a su alrededor. ¿Hace cuánto no nos veíamos? Como diez años, creo. Diez. Cómo pasa el tiempo. En silencio pasa. Sí, pero a veces siento como si no pasara, ¿no?, ¿no te parece como si nos hubiéramos visto ayer?, dijo. Para mí es como si todavía fueras el mismo, por más que ahora seas abogado, estés juntado y estés más gordo. Terminé la cerveza apurando la espuma del fondo. ¿Pedimos otra? Dale, pero antes acompañame un cachito al patio.

Salimos. El patio no daba abasto de gente. Había árboles con luces de colores en las ramas y antorchas en jarrones de cerámica y murales abstractos en las medianeras. En uno de esos murales se apoyó Melina. Sacó un porro. Le dio varias secas sin respirar y después me lo pasó. No había alcanzado a sentirle el gusto cuando un rubio altísimo apareció de la nada para pedirme un poco. Le dije: No es mío. Melina sonrió: No pasa nada. Se lo pasé al pibe después de toser. El rubio empezó a fumar. Era tan alto como flaco, medio alemanito, vestido bien a la moda, onda hippie extranjero, como improvisado. Nos sacó charla a los dos. Que qué estábamos haciendo ahí, que de dónde éramos, era hábil, cálido y gracioso; tan hábil que en cuestión de seis o siete frases se las había arreglado para borrarme y Melina lo miraba fascinada. De a poco empecé a sentir la misma amargura intensa, inconsciente, que había sentido cuando la había visto llegar al bar. De vez en cuando Melina trataba de incluirme en la conversación, el rubio, llevado por las buenas intenciones de ella, también; pero yo no sabía cómo manejarme. ¿Querrá que la deje sola? ¿Se habrá terminado acá nuestra noche? Estaba dispuesto a irme, con cualquier indirecta me alcanzaba. Pero apenas terminó de fumar Melina me miró a los ojos, me agarró una mano mientras el pibe todavía le seguía hablando y se apretó contra mí. ¿Vamos adentro?, dijo. Está pesadísimo acá. El rubio la miró desconcertado. Un gusto, le dijo ella, y después sin soltarme la mano me llevó entre la gente, esquivando codos, carteras y miradas, hasta la puerta del bar.

En la barra pedimos otra cerveza y nos sentamos en una mesa solitaria, apartada del resto. La cerveza estaba helada, una delicia, la espuma y las burbujas cruzaron la sequedad pedregosa de mi boca en una correntada de frescura. No me cansaba nunca de esa sensación, en aquel tiempo. Quizás le había agarrado demasiado el gusto a esa sensación. O quizás Celeste cuando me lo recriminaba solamente exageraba, se agarraba del más mínimo desliz para echármelo en cara.

Melina también tomaba, sentada enfrente mío. De repente se enderezó.

Hay algo que yo siempre te quise preguntar, dijo.

Preguntá, nomás. Soy todo oídos.

Entonces yo también me enderecé en la silla, tratando de demostrar una tranquilidad que cuando la miré a los ojos y encontré esas dos piedras verdes prendidas fuego había empezado a faltarme.

¿Te acordás de la fiesta de Pablo? ¿De la fiesta de quién? (La música sonaba a todo volumen,  pero yo había escuchado perfectamente su pregunta.) De la fiesta de Pablo, repitió.

La fiesta de Pablo. Sí. Cómo olvidarla. Había sido la última antes de que se terminara el colegio. Verano. José León Suárez. Cumbia a explotar. Quilmes y Brahmas y jarras de vino desparramadas por toda la casa. Melina acababa de ponerse de novia con Damián, un pibe del curso que en el microclima social del colegio ya era lo que después iba a ser en la vida real: un triunfador, un tipo de esos que no tienen drama en imponerse sobre los demás y que a la larga siempre consiguen lo que quieren. Y así la consiguió a ella. Y después de eso Melina dejó de prestarme atención. Dejó de ir al pool conmigo. Dejó de pedirme que la acompañara hasta la casa. Damián era un pibe mujeriego pero al mismo tiempo posesivo. Aunque ella nunca me lo dijo, yo sabía que estaba en contra de nuestra amistad.

Aquella noche los vi entrar a la casa de Pablo de la mano, los vi besarse, los vi reírse, mientras yo tomaba vino como un enfermo. A eso de las cuatro abrí un ojo y estaba vomitando en la bañadera. De a ratos escuchaba risas; Eze quebró, Eze quebró; más risas; pero en un momento fue todo silencio. Solamente sentía una mano tibia mojándome la nuca y escuchaba una voz: Tranquilo. Ya va a pasar. Era Melina. Su mano me acariciaba el pelo despacio. Levanté la cabeza y traté de mirarla a los ojos. Entonces se lo dije: Estoy enamorado de vos. En algún momento me puse a llorar. No sé si ahí, mientras estábamos hablando, o después, cuando ella ya no estaba. Al otro día me desperté con ganas de no existir. Cuando entré al MSN Melina estaba conectada. Fue ella la que me saludó. Me preguntó cómo estaba, si me sentía mejor. Le dije que no me acordaba de nada de lo que había pasado la noche anterior. ¿De nada? Habré dudado solamente medio segundo: De nada.

Así que cuando esa noche en el bar de Palermo, casi diez años después, Melina me dijo que tenía una pregunta para hacerme sobre la fiesta de Pablo, lo primero que pensé fue que iba a preguntarme sobre lo que había pasado en el baño. Sobre lo que yo le había dicho. Pero me equivocaba. La chica ya había apoyado los codos en la mesa, con una media sonrisa turbia, los ojos llameantes en la oscuridad.

¿Vos le dijiste a Pablo que nosotros tranzamos en el baño?

Aunque había tomado y fumado lo suficiente, sentí que el corazón se me subía al cuello. Pablo. Baño. Tranza. Damián. Era increíble. Me había olvidado de todo eso. Como si mi memoria le hubiera puesto una tapia encima a esa parte vergonzosa de mi vida, y ahora la pregunta de Melina la destrozara a mazazos.

Yo no tenía excusas. Pablo era uno de los mejores amigos de Damián. Otro triunfador, otro hijo de clase media tirando para arriba, con su castillo de dos plantas y pileta. Más o menos un mes después de egresarnos me lo encontré al azar en la calle y nos metimos a jugar al pool. En un momento, después de la segunda cerveza, le dije que en la fiesta que había hecho en su casa Melina y yo nos habíamos besado. En el baño, mientras todos boludeaban afuera. A los pocos días Melina me llamó, me preguntó si era verdad que yo le había dicho eso a Pablo, yo se lo negué una y otra vez. Una semana después me enteré de que Damián la había dejado. Melina después de eso no volvió a hablarme. No volvió a escribirme. Yo, por mi parte, tampoco volví a escribirle a ella. Ahora empezaba otro mundo, sin Melina, sin Damián, sin Pablo, sin toda esa gente del secundario. Nunca más volví a pensar en el asunto.

Hasta esa noche. Palermo. Treinta y seis grados. De repente el pasado estaba ahí, como una bola de hierro en medio de la mesa, mientras Melina me miraba del otro lado.

¿Se lo dijiste? ¿Sí o no?

Estaba prendido el aire, pero unas gotas de transpiración helada se deslizaron desde mis axilas. Me rasqué una pierna, después el cuello. Al final levanté los ojos para mirarla.

Sí, le contesté. Se lo dije.

            Su primera reacción fue apretar los párpados.

            Sos un hijo de puta, gritó.

Me quedé duro. Por un segundo creí que iba a tirarme la botella encima. Por eso lo que hizo después me dejó descolocado: abrió la boca y se largó a reír. Se largó a reír fuerte, de verdad, sin malicia, sin cálculo. Se reía como si la confesión de mi patetismo fuera lo más gracioso que le hubiera pasado en la vida. ¿Entonces era verdad?, me decía entre los hipos de la risa. Hijo de puta. ¿De verdad dijiste eso? Yo sonreía, nada más, tratando de reírme con ella. Pero no podía entrar en su euforia.

¿Quién es esta piba?, pensé. ¿De dónde salió? ¿Con qué necesidad me expongo a todo esto?

Ey, me dijo Melina, calmándose, notando que no la seguía, ¿estás bien? Yo saqué el celular, quería disimular el mareo, la palidez que me enfriaba la cara. Había dos mensajes de Celeste: “Q te pasa? Porq me pones esa cara? Solam quería saber dnd estabas”.

Más o menos, le dije, me siento más o menos. ¿Querés que te pida un agua? No, con cerveza estoy bien. En dos minutos se me pasa. Melina repartió lo poco que quedaba en la botella entre su vaso y el mío.

Era un chiste, ¿sabés? Pasó hace mucho. Éramos unos chicos. Ya sé. No es eso. Debe ser el aire. Me cae mal el contraste.

Tengo difuso lo que siguió después. Sé que pedimos la cuenta y que de alguna manera nos las arreglamos para dejar de lado lo que acababa de pasar. Ella me empezó a hablar de su proyecto de abrirse un local de ropa. Hablaba con tanto entusiasmo que me entregué a su inercia confiando en que todavía podíamos tener una buena noche. La oscuridad en mi humor se disipó. Cuando nos terminamos de conversar y salimos, el momento incómodo parecía haber pasado varios años atrás.

Voy a tomarme el 152, ¿me acompañás? Dale.

Avanzamos por la vereda haciendo eses. En un momento Melina me agarró del brazo y caminamos pegados, como cuando salíamos del colegio y yo la acompañaba hasta la casa. A veces zigzagueaba ella, arrastrándome con su peso. Otras veces yo.

Nos reíamos.

Qué bueno volver a verte, me dijo en una esquina, en voz baja, con la mirada perdida en un semáforo en rojo.

Había empezado a correr un viento fresco, piadoso. En la parada Melina volvió a evocar recuerdos del colegio, pero esta vez con el cuidado de no tocar ninguno que tuviera que ver con Damián o con Pablo o con lo que había pasado en la fiesta. Me hablaba de tal profesor, de tal compañero, de tal anécdota. De vez en cuando yo me distraía y le miraba las tetas, y sentía el deseo subiendo por encima de mi cansancio, y también volvía a sentir una punzada de amargura.

No sé cómo, pero mientras Melina seguía luchando contra mi silencio, hermosa, brillante abajo de los postes de luz, tuve la certeza de que ya no iba a volver a verla. De que ya no iba a haber otro encuentro como ese. Al mismo tiempo supe también que mi confesión de que yo había arruinado su relación con Damían había sido lo más fuerte que había pasado en la noche, lo que después iba a quedar en el recuerdo de los dos, y me sentí culpable pensando que esa era la última imagen que ella iba a llevarse de mí.

Pensé en qué decirle, algo a modo de disculpas, o de justificación, algo que me hiciera sentir mejor al otro día.

Pero no tuve tiempo. El 152 apareció en la esquina.

Bueno, me dijo Melina, dándome la mano: Me encantó. Ojalá se repita. Claro, le dije. Y estaba por darle un beso de despedida cuando ella avanzó medio paso y me abrazó. Me abrazó fuerte. Sentí sus tetas rebalsando en mi pecho. Su perfume. Su pelo apretado en mi boca. Me miró sonriendo, de repente: Yo siempre estuve enamorada de vos. Durante todo el colegio. Siempre. Me dio una piña en el hombro: Cobarde. Después se dio vuelta. Levantó la mano y el colectivo frenó a pocos metros. Me acerqué. Melina ya se estaba subiendo. ¿Qué decís?, alcancé a decirle. Pero las puertas en ese momento se cerraron. El colectivo volvió a arrancar. Lo seguí con la vista, mientras se iba. Ella no se dio vuelta para mirarme.










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