lunes, 23 de enero de 2017

gorda comiendo sandía en la hamaca paraguaya




Un verano hace muchos años trabajé de jardinero en San Isidro. Iba casi todos los días para allá. Mi vecino se había jubilado, sabía que estaba sin laburo y me recomendó con sus clientes. A veces lo llevaba a mi hijo para que me diera una mano. Walter tenía doce años. Pelusa en lugar de bigotes. La voz como indecisa, todavía entre de hombre y de nene. Me ayudaba bastante. Era un chico fuerte. Nunca se negaba a nada.

Habrán sido cerca de cuatro meses. Si el clima acompañaba, hacíamos dos casas por día. Salvo los sábados, cuando nos tocaba ir a una casona de la calle Los Álamos con un parque tan grande que laburarlo nos ocupaba toda la mañana y toda la tarde. La dueña era una mujer muy gorda, de la que por más esfuerzo que haga no me puedo acordar el nombre. Tenía unos ojos enormes y celestes que cuando te miraban fijo te hacían temblar, pero en general era una tipa generosa y cálida. Cuando el día estaba pesado, por ejemplo, lo invitaba a Walter a pasar a la casa para tomar chocolatada “bien fresquita” (así le decía). Walter me miraba dudando mientras la gorda nos miraba a los dos. Andá, le sonreía yo, ponete la remera y andá. Y él se ponía la remera y después iba, se alejaba con la mujer sin abrir la boca.

¿Cómo es la casa por adentro?, le preguntaba más tarde, cuando volvíamos en la chata a Podestá. Linda, contestaba él, con la cara apoyada contra la ventanilla. Está llena de cuadros.

No sé de dónde la sacaba la gorda, si la había heredado de la familia o de algún marido muerto, pero que la tenía, la tenía. Parecía un castillo, la casa. Debía tener como diez piezas. El fondo era enorme en serio, te cansabas de mirarlo, nada más. Tenía un quincho moderno y lujoso donde siempre nos cambiábamos con Walter, enfrente de una pileta gigante de agua cristalina; a veces me quedaba fumando un cigarrillo con el pibe que se la limpiaba. La señora no tiene marido, me decía el chico cuando yo, haciéndome el que no, buscaba sacarle información. Pero así y todo era ella, más que la casa, lo que te ponía a pensar. Estoy seguro de que si me la hubiera cruzado por la calle y hubiera hablado dos palabras con ella sin saber la casa que tenía igual me hubiera dado cuenta de que era gente de mucha plata. Pasaba al lado tuyo y se le sentía un perfume de los caros que después te quedaba rebotando en el estómago. Las manos llenas de joyas y esos ojos celestes de princesa extranjera que nunca había visto en ninguna de las negras de Podestá. Grandes y celestes de verdad, como el agua de la pileta, como los que tienen las reinas de los concursos de belleza. Para mí, como exagerando, debía tener cincuenta años. Era una mujer hermosa y muy educada, siempre te trataba de usted. Cuando uno le hacía un chiste, se reía de verdad. Con los hombros, con la panza. Se reía entera.

Ya eran mediados de febrero. Por esos días, después de varias entrevistas, me enteré de que había quedado en la Celkach de Pacheco, que por aquel tiempo tercerizaba para Volkswagen. Me hizo entrar un conocido; un golpe de fortuna después de varios años de malaria. Le avisé a la gorda que el otro sábado iba a ser el último que trabajaba en su casa. Qué pena, dijo. Recién cuando le expliqué los motivos sonrió. ¿Autopartes? Lo felicito. Eso parece ser lo suyo. La miré a los ojos con desconfianza pero no encontré ninguna saña. Al contrario, se acercó y me acarició un brazo: Si es para bien, Horacio, me alegro mucho por usted. Y ya se estaba yendo cuando se dio vuelta para mirarme: ¿Y Walter? ¿En qué anda? Ahí está. En cama. Por eso no vino hoy. Ella negó con la cabeza. Hermoso, su chico. Mándele saludos de mi parte.

La gorda, a diferencia de otros clientes, pagaba siempre a fin de mes. Había sido bastante generosa a la hora de arreglar los números, así que traté de que las cosas terminaran bien para todos. Ese último sábado le pedí a Walter que viniera, más que nada pensando en lo bien que se llevaba ella con él. Lo desperté a las siete. Parecía desganado. No con sueño. Más bien tirándose a chanta. Hacía varias semanas que no me acompañaba a la casona de Los Álamos. Dos veces seguidas porque estuvo enfermo (raro, él, que nunca se enfermaba, que estaba toda la semana sano, ayudándome en otras casas, y que de repente el viernes a la noche se le jorobaba la salud; ya me asustaba que me estuviera saliendo torcido, como las cucarachas de la esquina), otra porque le pidió a la madre ir a la casa de un amigo y ella le dio permiso sin consultármelo. Siempre lo consintió demasiado.

Levantate ya, le dije despacio, tranquilo, sin alzar la voz. Cambiate, lavate la cara y ponete las zapatillas. Si en cinco minutos no estás en la camioneta me vas a obligar a volver.

Walter se pasó una mano por los ojos.

Está bien.

Aquella mañana no nos abrió la puerta la gorda, sino la mucama, una misionera que se deslizaba como una sombra y que de vez en cuando se acercaba al fondo para preguntarnos si necesitábamos algo. Nosotros empezamos a trabajar. Cada tanto paraba para tomar un poco de aire, el calor era insoportable, y miraba la casa a ver si la gorda salía. Pero ya estábamos entrando en la tarde, nos faltaba hora, hora y media para terminar, y de ella todavía no había noticias. No me gustaba la idea de irnos de ahí sin verla. No me gustaba para nada. Ya la veía a la misionera diciéndonos no, la señora no me dejó nada, con cara asustadiza; ya me imaginaba que iba a tener que volver en la semana nada más que para buscar la plata. Y cuando se trata de eso, es difícil; cuando se trata de exigir lo que te corresponde, podés tocar el timbre una vez y después esperar y después volver a tocar el timbre todas las veces que quieras que igual nadie va a abrirte la puerta. Aquella mujer no parecía ese tipo de gente, pero cuántos habré conocido que no parecían ser así y que después a la hora de cerrar las cuentas se perdían.

Walter no se daba cuenta de nada, rastrillaba fuerte, apurado. Lo notaba tenso, duro, como un perro atragantado. En un momento le chiflé para ir a tomar un poco de agua y cuando estábamos entrando al quincho vi que tenía unas gotas rojas en la base de la muñeca. Seguí el hilo de las gotas y vi que un rasguño le cruzaba el brazo izquierdo desde la muñeca hasta casi el hueco del codo. Lo agarré de ese mismo brazo. ¿Y esto? Él se miró la herida y levantó los hombros.

No sé.

Traté de contenerme.

¿Sos boludo, pendejo? Lo empujé. Walter, de verdad, ¿sos boludo?

En el baño del quincho le lavé la sangre. El rasguño en algunos tramos se volvía bastante profundo, era difícil pensar que no se hubiera dado cuenta mientras se lo hacía. ¿Con qué se lo hizo? ¿Con alguna rama? ¿Con el clavo salido del mango del rastrillo? ¿Con las espinas de las enredaderas? ¿No lo sentiste? No. ¿Nada? Él volvió a negar con la cabeza. Lo miré muy fijo a los ojos, agarrándolo fuerte de un hombro, para que me entendiera bien lo que quería explicarle: Walter, cuando trabajás tenés que prestar atención a lo que hacés. ¿Me escuchás? Sos grande. Lo último que necesitamos ahora con tu mamá es esto. Walter dijo que sí con la cabeza y después soltó un suspiro mientras yo le apretaba la herida con un pedazo de tela que me había arrancado de la remera.

Mantenelo así que ahora vuelvo.

Salí puteando del quincho, en voz baja, por las dudas de que hubiera alguien dando vueltas. El sol de lleno en los ojos era una cosa que no te dejaba ver nada. Por eso tardé en reconocer qué era lo que se movía entre dos columnas de madera, varios metros más allá, cerca de la casa. Recién cuando la sombra de un árbol me cubrió los rayos del sol pude verlo con claridad. Fue tan absurdo que por un segundo me pareció como si estuviera en un sueño, donde según mi experiencia las cosas absurdas pasan y todo sigue como si nada. Era ella, la gorda. Tirada en la hamaca paraguaya. Desnuda. Comiendo sandía abajo del sol. Las tetas inmensas se le resbalaban para los costados. El pelo negro y lacio desparramado en los hombros. Seguí caminando como si no la hubiera visto. Pero ella me vio, y vio también que la había visto. Se levantó despacio, haciendo equilibrio para no caerse de la hamaca, que se torcía abajo de su peso, y acomodó los pies en la suave felpa del pasto que yo había cortado. Horacio, dijo, sin levantar la voz aunque estuviéramos lejos, convencida de que de cualquier manera yo iba a escucharla. El sol ahora me daba directo en la nuca. A ella en la cara. Tuvo que cubrirse los ojos con una mano.

Horacio, ¿adónde va tan apurado? ¿Necesita algo?

Me animé a levantar los ojos. La gorda solamente tenía puesta una bombacha roja de encaje. Mi hijo se cortó, le dije. ¿Su hijo? ¿Walter? Se seguía acercando mientras me hablaba. Volví a levantar los ojos. Traté de concentrar mi mirada en su cara. Ella no hacía ningún esfuerzo para cubrirse. Walter, sí. ¿Qué pasó? Se cortó con unas ramas. Madre de Dios. No se preocupe. No es nada grave. Madre de Dios, repitió la gorda, ¿quiere que llame a urgencias? No, no hace falta. Es un rasguño, nada más. Con unas gasas y alcohol nos arreglamos. La gorda se pasó una mano por la frente, brillante por la transpiración.

Mandemeló, dijo. Mandemeló ahora mismo para la casa que lo vemos.

Y cerró los ojos, de repente, resoplando fuerte, como mareada. Madre de Dios, volvió a decir. Mándelo ahora.

Después se dio vuelta y empezó a caminar despacio, zigzagueante, hasta la casa.

Yo crucé el parque. Mientras me acercaba al quincho sentí un temblor fuerte en el cuello que me duró hasta que entré y encontré a Walter sentado a un costado de la parrilla. Se apretaba la tela al brazo, tal como le había pedido. No parecía haber visto nada. Vamos, le dije. Él me miró sin entender. Vamos, le repetí.

Dejamos todo así como estaba, el pasto a medio cortar en el fondo, la máquina abajo del sol, y salimos por la puerta que había al costado de la casa. Tuve que pegarle un par de palazos al candado. Los perros ya nos conocían. Mientras forzábamos la puerta nos miraban moviendo la cola, jadeantes, como si estuviéramos jugando.

Este chico está raro, había dicho mi mujer, me acuerdo, a las pocas semanas de que yo empezara a llevar a Walter a trabajar a San Isidro. Está cambiado, este chico, decía.

Yo no le había prestado atención. Era difícil seguirla. Mi mujer siempre fue de hablar demasiado. Pero en ese momento, mientras le daba al candado con la pala, esas palabras habían vuelto a mi cabeza y me golpeaban como si fueran martillos, o como si fueran los mismos palazos que yo le estaba dando al candado en la puerta. Recién ahora me lo ponía a pensar. Todos los sábados de diciembre, todos los sábados de enero. Chocolatada bien fresquita. Walter se quedaba casi una hora ahí adentro, a veces más, mientras yo terminaba de hacer el laburo. Me gustaba que mi hijo le gustara a una mujer así, de la alta sociedad; me gustaba pensar que él iba a poder aprender de ella algo que le sirviera para la vida.

El semáforo en la Rotonda estaba en rojo. Los autos se empezaban a apilar. Miré a Walter. Él se seguía apretando el pedazo de tela sobre la herida. Todavía no podía sacarme de la cabeza las tetas enormes de esa mujer, hermosas y brillantes a la luz del sol, manchadas con las gotas rojas de la sandía que masticaba tirada en la hamaca con los ojos perdidos. Walter miraba la ventanilla. Recién cuando le hablé me di cuenta de que había estado varios segundos sin respirar. Me salió la voz quebrada.

Hijo, ¿te duele?

Él se volvió a mirar el brazo, después se acomodó en el asiento y negó con la cabeza.








6 comentarios:

na dijo...

Che me encanta lo que escribís. Me parece genial.
Un abrazo.

A girl called María dijo...

me gusta mucho. me gusta poder seguir leyéndote acà

Anónimo dijo...

Tu cuento me encanta. Te felicito! Elli

Un desvarío por jueves dijo...

gracias che !

oh nikita dijo...

uy, genial como siempre. La veo a la gorda con la sandía en su parque, muy fuerte. Muy bueno mzti

Un desvarío por jueves dijo...

gracias por el aguante vero