miércoles, 8 de febrero de 2017

Italia es un pájaro azul





Traté de ser lo más directo posible. La miré a Carolina y después de un preámbulo para romper el hielo le dije que ya no estaba enamorado de ella y que no tenía ningún proyecto que la involucrara. Carolina se acomodó en la silla y se quedó mirando con ojos perdidos el ventanal del balcón. Las macetas. La ropa tendida. Ya empezaba a hacerse de noche. ¿Qué te pasa? ¿No decís nada? Ella se tomó su tiempo para levantar los ojos. No me lo esperaba, dijo. No me esperaba todo esto. Ahora necesito tiempo para pensar. Tengo que ver qué voy a hacer de mi vida. Y me miró de reojo: Y voy a buscar departamento. No hay problema con eso, le contesté. Puedo irme un tiempo a lo de mi hermano y bancarte hasta que encuentres algo. Ella negó con la cabeza, tajante. No. Bancame esta semana, nada más. Estos días me pongo a buscar y si no cualquier cosa me voy yo. ¿A lo de tus viejos? No, a lo de mis viejos no. Sería un retroceso. ¿Entonces? Por eso no te preocupes, dijo, mientras se levantaba y caminaba hasta la pieza. Yo me las voy a arreglar.

Cuando se fue me encerré en el baño y me di una de las duchas más largas de mi vida. Estaba bastante sorprendido por la tranquilidad con que Carolina se había tomado el asunto. Antes de hablar con ella mi mayor temor era que se pusiera a llorar o me hiciera alguna escena y que la culpa me ablandara. Pura neurosis, pensé, mientras el agua caía encima de mi frente. Ahora que podía poner en perspectiva las cosas, me quedaba claro lo poco que la conocía. 

No me gustaba cómo se había dado todo, pero aquel era un camino de una sola salida. Aunque hacía solamente tres meses que estábamos viviendo juntos, a mí se me había hecho una eternidad. Al principio no sonaba tan mal, la idea de vivir con Carolina. Nos habíamos conocido un año atrás, trabajando en una empaquetadora en Nueva Zelanda. Éramos parte de un mismo grupo de amigos, de esos grupos maleables, distorsionados, que se forman en los viajes. Aunque tardamos un par de meses en conectar, cuando lo hicimos hubo buena onda, nos llevamos bien y terminamos cortándonos solos. Durante dos meses nos separamos del resto y fuimos a recorrer Asia, cargando una mochila cada uno, parando en distintas casas y pensiones. Cada día había un lugar nuevo para conocer, gente nueva a nuestro alrededor, tantas experiencias juntas hacían que el tiempo se ensanchara. A veces íbamos de la mano y pensaba: Esta chica es otra cosa. Había piel, una química sexual que me transformó en alguien que nunca había imaginado que podía llegar a ser. Era una morocha hermosa de veintitrés años de ojos indígenas y labios prepotentes y tetas bien puestas y suavemente agresivas. Un día tomando birra en una playa vietnamita le dije que cuando volviéramos a Buenos Aires estaría bueno irnos a vivir juntos. Se lo dije en chiste, nos reíamos, creía estar seguro de que ella también se lo había tomado en broma.

Pero me equivocaba.

Dos semanas después, cuando yo ni me acordaba de lo que le había dicho en la playa, pasábamos enfrente de una vidriera en Tailandia y Carolina me apretó una mano: Mirá qué lindo tapiz. Ideal para que pongamos en casa.

Sonrió mirándome y yo también sonreí, sin alma para enfriar la intimidad cálida de su mano en mi mano. Pero ese comentario fue solamente el primero de varios del mismo estilo, y yo nunca les puse un freno pensando que todavía faltaba para volver a Buenos Aires, que en todo caso ya iba a haber tiempo para aclarar las cosas, si es que no eran también en broma los comentarios de ella.

Pero a medida que se acercaba el momento de volver al país las bromas crecieron tanto en intensidad que hubo un punto en que ella ya hablaba de la convivencia como si fuera un hecho. Tendría que haber sabido frenar la pelota de nieve a tiempo, pero era difícil. Te amo, me decía ella, mordiéndome el mentón, con su cuerpo caliente pegado al mío. 

Allá, a miles y miles de kilómetros de casa, donde nadie sabía mi nombre y donde era demasiado fácil sentirse flotando en el vacío, Carolina era mi único cable a tierra.

Y en esa sintonía volvimos a Buenos Aires. A los dos o tres días de llegar, mientras se nos reacomodoban los relojes biológicos y saludábamos a familiares y amigos, Carolina me mandó un mensaje preguntando cuándo se iba a mudar a mi departamento (no preguntando si lo iba a hacer, sino sencillamente cuándo) y a mí, tal como me había pasado en Asia, me faltaron huevos para apedrear su entusiasmo.

Antes de irme de viaje, después de romperme el alma laburando ocho años en el peaje de la autopista y pedirles cooperación a mis viejos, había podido comprar mi propio departamento. Quedaba en Ballester, dos ambientes, bien ubicado, durante los años que me borré viajando se lo había prestado a mi hermano. Carolina trajo sus cosas en la camioneta del padre un sábado y, mientras la ayudaba a cargar los bolsones en el ascensor, con el viejo mirándonos de atrás, fui por primera vez consciente de que me estaba metiendo en algo que no iba a poder manejar.

Nunca antes había convivido en mi vida, y por eso el primer mes tuvo algo de aventura y experimentación, una intensidad parecida a la que habíamos conocido viajando por Asia, en el sentido de que tenía todas las ventajas de la novedad y te distraía de las imperfecciones. Pero un mes, nada más, habrá sido. Después volví a ser yo, con todas las desventajas del caso; volví a sentir los mismos quiebres y la misma inconstancia anímica que un par de años atrás me habían llevado a viajar. 

Así que a las pocas semanas empecé a soltar señales de ese cansancio en la casa, a ver si ella las agarraba. Cuando Carolina me empezaba a hablar de tener hijos, por ejemplo (yo todavía no podía creer que la piba me hablara de hijos cuando estábamos juntos desde hacía nada), le decía que no quería ser padre, que lo único que quería era viajar. Se lo decía plenamente consciente de que no estaba en sus planes volver a irse. ¿Y cuándo querés viajar? El año que viene, junto un par de mangos laburando con mi hermano y me voy. ¿Solo? Solo o con vos, por supuesto que estás invitada. Pero acabo de conseguir laburo. Bueno, entonces renunciá y viajá conmigo.

Ella me miraba de reojo y no decía nada.    

Y otras veces, cuando el calor era tan espeso que ninguno de los dos podía pegar un ojo, y Carolina volvía con la idea de traer el aire que tenía en la casa de los padres, yo me daba cuenta de que era capaz de soportar cualquier cosa con tal de que ella no hiciera una inversión que la atara a la casa.

Con el ventilador estamos bien. No todos los días va a hacer el calor que hizo hoy.

Ella resoplaba en la oscuridad y seguía dando vueltas en la cama hasta que de pura resignación se quedaba dormida.

Yo ya empezaba a notar mi impaciencia. Cada vez que Carolina ensuciaba un plato que yo terminaba de lavar o que barría con la mano las migas que había encima de la mesa para tirarlas al piso o que subía de más el volumen de la tele mientras yo escuchaba música en la pieza, tenía que hacer un esfuerzo consciente, premeditado, para no decirle nada. Por momentos me irritaba el solo hecho de verla llegar al departamento, de escuchar cómo masticaba, de que me quisiera tocar.

A medida que pasaban los días me sentía cada vez más encerrado en mi propia frustración y no siempre podía contenerme. Apenas empezaba a tratarla mal, agarraba mis cosas y salía. Me fumaba un cigarrillo en la plaza. Abajo de los postes de luz las alemanas más dulces de Ballester pasaban como un viento. Poco a poco la idea de volver a viajar al año siguiente, la ilusión de hacer efectiva esa posibilidad que únicamente se me había ocurrido para que Carolina entendiera que lo nuestro era temporal, se me fue convirtiendo en un proyecto concreto, en una isla lejana pero real a la que viajaba mentalmente todo el tiempo para sentirme mejor. Imaginarme en otro país, tratando con otra gente, laburando de otras cosas, fue la única manera que encontré durante esas semanas de sostener sin quemarme tanta tensión interna.

Italia fue la primera opción que me planteé. Haciendo averiguaciones supe que mi viejo ya tenía la ciudadanía y que por ende la carpeta en la embajada ya estaba abierta. Estaba a un trámite y medio, nada más, de tener mi propio pasaporte de ciudadano europeo. Una noche después de cenar tragué un sorbo de vino que me dolió como si fuera de vidrio y le comenté mis planes a Carolina. ¿Italia? Pero si vos no sabés italiano. Yo levanté los hombros. Cuando me fui a Nueva Zelanda tampoco sabía inglés. Las piernas se me sacudían con un tic inconsciente, abajo de la mesa. Ella me miró de reojo y soltó los platos en la pileta. Está bien que quieras seguir viajando, ¿pero yo? Vos te podés venir conmigo. Y, viendo que no decía nada, agregué: O también te podés quedar acá, en el departamento.

Carolina se largó a reír, se dio vuelta y empezó a caminar al baño.

Nunca sé cuándo hablás en serio, dijo.

Esa noche me fui a dormir con la sensación de que ella había malinterpretado el mensaje, pero al otro día, cuando llegó a casa, me di cuenta de que lo había entendido perfectamente. En vez de abrazarme y besarme con su humor luminoso de costumbre, Carolina fue todo frialdad. Me saludó tocándome apenas, como apurada, como si yo solamente fuera un obstáculo entre ella y el resto de las cosas que tenía que hacer. Durante los días siguientes su trato fue el mismo. Me hablaba poco y nada. Miraba la tele tomando mate sola o se la pasaba chateando en Internet. Descubrí que su indiferencia me irritaba tanto como antes sus demostraciones de afecto, y ya no necesitaba discutir con ella o gritarle algo para sentir que no podía estar un segundo más en esa casa. Agarraba mis llaves, mi celular y mis cigarrillos y salía a caminar por ahí sin decirle nada.

El sexo, si lo teníamos, era su forma de confesarme todo. Se estiraba en la cama y se quedaba quieta, muda, con las piernas y los brazos abiertos; parecía solamente esperar con impaciencia a que yo por fin acabara. De vez en cuando me acordaba de lo que habíamos sido en Asia, todos transpirados y hambrientos cojiendo en los bulos de madera más calurosos del mundo, mientras del otro lado de la puerta se escuchaban los alaridos aturdidos de los que volvían de juerga, y una espuma triste se me desparramaba en el pecho. 

Me di cuenta de que el viaje a Italia estaba lejos, muy lejos todavía, como para seguir prolongando una relación que me agotaba. Fueran seis meses, nueve o un año, no podía seguir rebotando contra las paredes de durloc de esa situación indeseada. Yo me había metido en ese quilombo, ahora me tocaba hacerme cargo y salir. Contra todo lo que esperaba, Carolina no se puso a llorar ni me hizo ningún escándalo cuando una tarde, apenas llegó del trabajo, le pedí que se sentara y la miré a los ojos y le dije que ya no estaba enamorado y que no tenía ningún proyecto con ella. Al contrario, sentí como si la aliviara escuchar de mi boca lo que los dos sabíamos pero que hasta ese momento ninguno se había animado a explicitar.

Bancame esta semana. Me voy a poner a buscar departamento, dijo.

Estaba sorprendido por la calma con que se lo había tomado. Apenas terminamos de hablar fui a darme una ducha, y me expliqué su tranquilidad pensando que probablemente ella también había dejado de estar enamorada de mí. 

Por eso me agarró tan desarmado lo que pasó después. Durante toda esa semana Carolina, en lugar de moverse para conseguir dónde vivir, en lugar de enfriar las cosas en vistas de que estábamos por separarnos, volvió a ser la de antes. Volvió a ser la misma que había sido antes de que yo le dijera que me iba a Italia. La implacable morocha de Asia. La india adolescente que se llevaba por delante todo. Cuando llegaba del trabajo me abrazaba de atrás. Me besaba el cuello. Me hacía chistes. Me decía, mordiéndome el mentón: ¿Me amás? En Internet veía un sillón que le gustaba y me miraba con una sonrisa maligna: Cuando vos y yo nos casemos me gustaría que nos regalen uno como este. 

Yo le sonreía porque ella sonreía; ya no sabía cómo manejarme. A veces estaba a punto de decirle: Pero lo que hablamos la semana pasada, ¿lo escuchaste? ¿No tenés nada que decirme de eso? Pero su sentido del humor era una cosa avasallante que envolvía la tarde y a mí me daba lástima ensuciarlo pensando que después todavía nos esperaba la noche, y después de la noche la mañana. Por momentos ella parecía reconocer mi hermetismo, mi cabeza prendida fuego en la oscuridad, y me decía: Estamos entrando en una nueva etapa de la relación, mi amor. ¿Sabés? Nada más que eso.

En la cama también se había vuelto otra. Hacía cosas que nunca le había visto hacer. Cosas que ninguna otra que hubiera conocido antes me había hecho o había dejado que le hiciera. Apenas acababa me daban ganas de que me tragara la tierra. Ella me besaba los ojos cerrados. ¿Estás bien?, me decía mi hermano, cuando me veía llegar al galpón de su empresa con el humor destruido. Todo normal. Él me dejaba un paquete de cigarrillos a la mitad y se iba. A veces en el colectivo me pasaba varias paradas a propósito solamente para volver caminando despacio a casa. Miraba los árboles. La gente. Los perros. Miraba todo con una especie de nostalgia anticipada, acordándomelo como si ya estuviera en el futuro, viviendo en Italia.

Una tarde de esas entré al departamento y Carolina todavía no había llegado. Salí al balcón a fumar. Entonces lo vi. Un pájaro azul, con largas aureolas rojas y verdes alrededor de los ojos, enorme como una paloma, tirado encima de una de las macetas con cactus y flores que Carolina había traído de su casa. Estaba quieto, pero vivo; de vez en cuando le vibraban las alas. Nunca había visto un pájaro así en mi vida. Me daba mucha impresión, el bicho, agonizando encima de la maceta, en ese espacio cerrado en ángulo recto de la baranda. Me alejé y terminé el cigarrillo en la otra punta del balcón, tratando de no prestarle atención. Después volví a entrar a la cocina.

Cuando Carolina llegó, mientras se acercaba a saludarme, miré de reojo la maceta; el pájaro ya no estaba. Ella me abrazó, me besó la boca; tenía la piel de la cara pegoteada por la transpiración. Yo seguí navegando por Internet mientras ella entraba al baño y se lavaba las manos y se refrescaba la cara. Mientras después salía y sacaba de la heladera algo de tomar y se preparaba la merienda. Nunca antes fui tan consciente de cada uno de sus movimientos. Nunca percibí con tanta claridad las cosas que hacía, cómo se movía en la casa, los eslabones que cada día formaban la larga cadena de sus hábitos.

Uno de estos movimientos, como siempre, fue, varios minutos después, abrir el ventanal para ir a regar, con una jarra de plástico, sus plantas.

De repente el grito. 

Ay.

Y la vi entrar a la cocina dando unos saltos angustiados.

Tenía la jarra apretada entre los brazos temblorosos, como si envolviera a un bebé muy hambriento, hinchado por la histeria.

Dios mío, dijo. ¿Qué? Dios mío, volvió a decir. ¿Qué? ¿Qué pasa? Ella cerró los ojos. Afuera, gritó, en el balcón. ¿En el balcón qué? Ahí, dijo. Ahí. Y abrió los ojos por un segundo y me señaló la maceta. Atrás de esa maceta. Hay un pájaro. Y yo miré lo que ella señalaba y ahí estaba el enorme pájaro azul, de colores vivos y fosforescentes, las alas extendidas.

Ya está muerto, le dije.

No, me contestó Carolina. Está vivo. Recién lo vi moverse. Dios. Dios.

Estaba muy nerviosa. La jarra en las manos se le sacudía. Por momentos temblaba tanto como el pájaro allá afuera, abajo del sol.

Yo negué con la cabeza.

Está muerto, le dije, mirando la computadora. Es el calor. Los pájaros se mueren cuando está tan pesado.

Realmente hacía mucho calor. Dos pasos que uno daba y empezaba a transpirarte todo.

No. Recién lo vi moverse. Por favor, Emiliano. Por Dios. Levantalo. Todavía se puede salvar. Sacalo de ahí.

La miré sonriendo. Cuando vivía en Suárez me había tocado levantar bichos mucho más repugnantes que ese. Ratas, sapos, hasta murciélagos. Era una hermosura, ese bicho, en comparación con otros. Pero solamente quería estar ahí. Carolina parecía muy nerviosa y yo solamente quería seguir donde estaba, mirando mi computadora.

¿Por qué no lo levantás vos?, le pregunté. Si está vivo, ¿por qué no lo levantás vos y si tanto te interesa salvarlo lo llevás a la veterinaria?

Ella me contestó a los gritos, no pude entender bien qué me decía, pero gritaba tanto que me acerqué solamente para que se callara.

Emiliano, por favor. Está vivo. No quiero que se muera en mi balcón, con mis plantas. Por favor. De verdad.

Y casi parecía que imploraba, soltó la jarra en la mesa y tenía las dos manos juntas, los dedos entrelazados, y me miraba.

Por un segundo pensé en que ella nunca me decía así, “Emiliano”. Siempre había sido “Emi” para ella. Pero no pude pensar mucho más porque de repente se puso a llorar. La voz se le agrietó y le empezó a temblar la boca y se le empaparon los ojos y en cuestión de segundos le rodaban las lágrimas por la cara, una atrás de la otra, mientras me pedía que por favor sacara a ese pájaro de su balcón. 

Era la primera vez que la veía llorar. El corazón me empezó a latir fuerte, casi lo podía sentir en el cuello. Era como si tuviera al pájaro azul ahí, adentro de la garganta, tratando de salir a los picotazos.  

La puta madre, dije en voz baja. Después grité: La puta madre.

Carolina estaba llorando como una nena, con hipo. Entré, busqué la pala y la escoba, gritando la puta madre, la puta madre, por qué no lo hacés vos, y después salí y me paré enfrente del pájaro de plumas azules. Estaba quieto, pero apenas lo rocé con el cepillo de la escoba las alas se le empezaron a mover de nuevo. Lo barrí para subirlo a la pala, lo mantuve apretado con la escoba para que no se moviera mientras entraba a la casa, y después salí al pasillo y llamé al ascensor. Carolina seguía llorando, compungida, la voz rota.

¿Qué vas a hacer? Está vivo todavía, me decía. ¿Qué vas a hacer?

¿Qué querés hacer vos?, le grité con el estómago, en pleno pasillo, a pesar de los vecinos. ¿Qué querés hacer vos?

El ascensor ya había subido hasta el sexto y ella todavía no había contestado.  

¿Qué querés hacer?, volví a gritar.

Bajé solo en el ascensor, con el pájaro todavía vivo, vibrante, abajo de la presión de la escoba.

Me miré en el espejo. Tenía los ojos rojos. La boca seca. Durante varios segundos me miré, presionando cada vez más fuerte con la escoba, hasta que las puertas del ascensor se abrieron en planta baja.

Salí a la calle. Corría un viento fresco a la sombra. Una mujer que baldeaba la vereda en la casa de al lado me miró un segundo antes de seguir haciendo lo suyo. Un viejo de boina, en la vereda de enfrente, avanzaba apoyado en un bastón. Un auto doblaba rápido, allá en la esquina; enseguida atrás aparecía una bicicleta.

Recién cuando me acerqué al canasto de basura bajé los ojos. Las alas ya no se movían.