jueves, 30 de marzo de 2017


Escribiéndote una carta amanecido


Hoy me gasté los últimos cien pesos del fondo común.
Una china de hielo al alba me vendió una cerveza.
Las gotas de birra son besos calientes ahora
sudando sobre las etiquetas que raspo
mientras te escribo:

“Un primer pensamiento mi hermano dirigió hacia vos
cuando todavía no sabíamos quién eras
y nos tirábamos
a estar solos
con el recuerdo de algo que no habíamos vivido.
Eras la reina de todas mis lenguas.
Hoy el pasado entra en cinco minutos”.

Acaricio el espejo cansado, ebrio de estar ebrio.
Tengo unos ojos orgullosos todavía.
La procesión que me camina la boca
está llena de los sabores de tu cuerpo.
Un día, que no va a ser este, voy a recordar
este escribir por escribir
una carta para vos que nunca termina.







viernes, 17 de marzo de 2017

tres o cuatro segundos de esperanza



En el tren sentía retorcijones, las manos frías, como solamente me pasaba cuando estaba yendo a encontrarme con una extraña. Después de seis meses sin dirigirme la palabra Estefanía había decidido romper el hielo y me había mandado un mail. Me saludaba con una formalidad distante para después terminar citándome en un bar de Ballester (La Perla) ese mismo jueves a las seis de la tarde.

Yo traté de contestarle con el mismo tono y después le puse: Dale. A las seis nos vemos allá.

Cuando salí del trabajo pasé por casa, me pegué una ducha y salí a la calle con un jean y una camisa. No había hecho media cuadra cuando me pareció que la camisa era demasiado y volví a casa y me la cambié por una remera. Pero en la esquina me volví a arrepentir; me vi con la remera puesta en el reflejo de una vidriera y pensé que me convenía más confiar en mi primer impulso; no hizo ni un solo gesto el portero del edificio vecino cuando me vio pasar por quinta vez en cinco minutos, ahora con la misma camisa del principio.

Hacía tiempo que no me sentía tan nervioso, con ese ácido frío en el estómago. No esperaba una reconciliación, ni tampoco la pretendía; la verdad es que solamente después de perder toda esperanza de arreglarme con Estefanía había empezado a recuperar mi autoestima. Trataba de no pensar en lo que estaba por venir, mientras el tren avanzaba una estación atrás de la otra acercándose a Ballester. Mis nervios estaban claramente orientados por el temor: el temor a una discusión, el temor a que ella todavía no hubiera superado el asunto; el temor a que aquel reencuentro reavivara las inseguridades que tantos insomnios me había costado aplacar.

Llegué a La Perla un rato antes de las seis; el bar quedaba a dos cuadras de la estación, me senté y le dije a la mesera que no, que todavía no necesitaba nada. No sabía cómo esperar a Estefanía, cómo me convenía que ella me encontrara; si distraído, mirando el celular; si reconcentrado, en pose melancólica, mirando el atardecer en la ventana; o si así, tal como estaba: inquieto, asustado, vigilando todo, cambiando cada dos por tres de posición en la silla.

Estefanía llegó veinte minutos tarde; demasiado para una chica que siempre había renegado de la gente impuntual. Me dio un beso en la mejilla; se había perfumado bien, con un perfume de los caros; no supe qué pensar de eso.

¿Cómo estás?, sonrió.

Ver que estaba tan nerviosa como yo me hizo sentir más tranquilo. Se sentó del otro lado, vigiló el panorama del bar. A pesar del nombre, era un bar lindo, con onda; estaban pasando rock nacional, había espejos, luces de colores; Estefanía le pidió a la mesera la carta y después me miró: ¿Querés una cerveza o un trago? Un jugo. Dale, se largó a reír. En serio, dejé el alcohol. Ella me estudió con los ojos entornados, como si no me creyera o como si tratara de averiguar qué había atrás de esa revelación sorpresiva. La mesera volvió. Una cerveza, dijo Estefanía. Cuando la miré ella levantó las cejas. Vamos a tomar una cerveza, Javier. Está bien. Antes de que la trajeran ella se levantó y fue al baño. Recién en ese momento aflojé los hombros, moví el cuello y me permití respirar. Respiré fuerte. Fue como si largara en una sola bocanada todo el estrés acumulado en el tren.

Estefanía volvió con el pelo suelto. Me habló de su trabajo. De su familia. Del nuevo departamento adonde se había mudado. A medida que me actualizaba de lo que había sido de su vida durante aquellos meses su imagen, su cara, sus ojos, sus manos, su cuerpo, su voz; sus anillos, sus aros; sus inmensos y cadenciosos rulos desparramados; todo de repente me volvió a parecer familiar, reconocible, cercano. Como volver a una vieja casa en la que uno vivió muchos años y encontrarla oscura, y después, de a poco, una a una, ir prendiendo todas las luces.

¿Y vos?, me dijo al final. ¿Vos cómo estás?

Acá estoy. Bien. Todo como siempre. Nada nuevo que contar desde que te fuiste de casa. Esto último no se lo dije. Nada más le describí en voz baja la misma rutina plácida pero desestimulante en que había consistido mi vida durante los últimos años y que ella ya conocía de memoria. Al final cerré con un “ninguna novedad”, y en el silencio que sobrevino a esa frase fui consciente de que ya tenía treinta y seis años y de que sin darme cuenta el futuro, ese gran futuro del que siempre me había agarrado para justificar la chatura insustancial de mi presente, ya estaba ahí, ya había llegado, y mirando hacia atrás no había nada real en mi vida, nada de lo que pudiera enorgullecerme o me hiciera sentir bien salvo ella, Estefanía, los viajes que habíamos hecho, los polvos que habíamos tenido, el tiempo que habíamos pasado juntos en dirección a ese gran futuro que ahora nos encontraba separados, con una botella de cerveza en el medio.

Voy al baño.

Vaya, nomás.

El baño era diminuto. Solamente cuando me paré enfrente del inodoro me di cuenta de las ganas que tenía de mear. Me miré en el espejo mientras me lavaba las manos. Tenía los ojos rojos, secos. Quizás la de esa tarde era mi última oportunidad. Quizás nunca más Estefanía iba a darme una chance así, los dos solos, en un bar tranquilo, con la noche cayendo en la ventana.

Cómo empezar. Qué decirle. Cómo acercarme a ella. Seis meses me parecían mucho tiempo, pero quizás me equivocaba. Quizás mis seis meses no habían sido tanto tiempo para ella como lo habían sido para mí. Quizás nada de lo que yo hiciera o dijera iba a servir de algo.

Ella estaba revisando su teléfono cuando volví a la mesa. Apenas me senté guardó el celular y me miró a los ojos: Nos debíamos esta charla. Yo asentí sin abrir la boca. Quizás hubiera tenido que hablar antes con vos, me dijo, pero creeme que no podía. Está bien, no te preocupes. Ella se acarició las manos con nerviosismo antes de volver a mirarme.

Ahora que ya pasó el tiempo, quiero saber.

Decime.

¿Por qué lo hiciste?

Yo me recliné en la silla. Sabía que me lo iba a preguntar. En el fondo sabía que todo el encuentro iba a girar alrededor de esa pregunta. Pero mientras estaba en el tren traté de no pensar en eso, me forcé a mí mismo a no pensar, porque cuando llegara el momento quería que saliera de mí lo primero que me viniera a la cabeza; ser franco, no calcular, tener por fin un gesto humano, aunque sea uno solo, con ella.

Estuve yendo al psicólogo estos meses, ¿sabés?

Estefanía volvió a entornar los ojos. Parecía más sorprendida todavía que cuando le dije que quería jugo. Sabía que mi aversión por la psicología era proporcional a mi compulsión cotidiana por tomar alcohol.

¿Y? ¿Te ayudó? Me contuvo, le contesté. Solamente en ese sentido me ayudó. Y pude descubrir algunas cosas, charlando con el tipo, nada distinto a lo que había resuelto charlando con mis amigos, pero creo que de alguna manera cuando me lo dijo el psicólogo me sirvió para corroborarlo. ¿Qué cosas? Que tengo serios problemas de autoestima. De ahí que chupaba tanto. Y que necesitaba tanto gustarles a otras mujeres. ¿Que me gustaras a mí no te alcanzaba? No. Necesitaba sentirme querido por otras. Deseado por otras mujeres. Cuando estaba con otras me sentía orgulloso. Me hacía sentir más hombre. Pero así y todo nunca dejé de estar seguro de que te quería a vos. Nunca se me pasó por la cabeza dejarte. Está bien, dijo Estefanía, pasándole un dedo al vidrio transpirado de la botella. Por eso fui al psicólogo, le dije. Más por mí, por mis problemas, que por vos. Necesitaba un cambio. Sabés que mis viejos no tenían una relación sana. Solamente después de que pasara todo esto me di cuenta de que había absorbido ese vínculo, de que lo tenía demasiado incorporado, y ahora estoy tratando de correrme de ese lugar. Lamento muchísimo no haberlo hecho antes. Lamento muchísimo haberte lastimado. No fueron unos meses fáciles. Decimelo a mí, dijo Estefanía, sonriendo con lástima. Fue un trastorno para mí todo lo que pasó. Fue un cachetazo inesperado. De un día para el otro estaba sin nada, en la calle, sin mi ropa, sin todas mis cosas. De un día para el otro tuve que empezar de cero. Te mandé mails, le contesté. Muchos mails pidiéndote que te quedes vos en casa, o que vuelvas a buscar tus cosas, que me iba yo. No podía volver, Javier, me contestó Estefanía mirándose las rodillas. No a esa casa. No a ese lugar. Creeme que no podía. Todavía todas tus cosas están ahí. ¿No las tiraste?, me preguntó en broma. Yo sonreí. ¿Cómo las iba a tirar? Por eso quería que nos viéramos, dijo Estefanía, y después hizo una pausa, mirando el piso.

Su pausa habrá durado unos tres o cuatro segundos, demasiado para el ritmo de una conversación en la que teníamos tanto para decirnos que casi hablábamos pisándonos. O quizás solamente fui yo el que lo percibió así. Quizás solamente en mi cabeza esos pocos segundos se expandieron, se ensancharon, lo suficiente como para que en su dimensión entraran todo tipo de especulaciones.

“Por eso quería que nos viéramos”, acababa de decirme ella. Por sus cosas. Por las cosas que todavía estaban en mi casa. ¿Qué me quería decir con eso?

Ahora todo empezaba a encajar. Me citaba en un bar, me hablaba de su vida, después me preguntaba por la mía; me pedía explicaciones, las mismas que antes nunca había querido escuchar, sobre lo que había pasado. 

¿Estefanía estaba dejando todo atrás? ¿Estaba tratando de perdonarme? ¿Todavía había chances de que volviera a casa?

Los primeros meses después de la separación yo la había pasado tan mal que ni siquiera podía ponerme a pensar en lo mal que la podía estar pasando ella. Volvía del trabajo y ahí estaban todas sus cosas, sus galletas de arroz en la alacena, su mate sucio en la mesada, sus cremas para el pelo y la piel en la repisa del baño, las tazas de café heredadas de su abuela en los estantes del comedor; nuestras fotos juntos pegadas en la heladera. Y su ropa, en el armario de la pieza; cada vez que me cambiaba veía su ropa ahí, tal como ella la había dejado, doblada con orden y prolijidad en su sector del ropero. Yo no me animaba a tocar nada; ni siquiera pude descolgar el toallón celeste que después de bañarse había dejado tendido en el lavadero.

Así fueron esos meses, con sus cosas como suspendidas en el tiempo, flotando en el instante previo a que lo descubriera todo y se fuera de la casa apurada y me bloqueara en el Facebook y el Whatsapp y el teléfono y no me volviera a hablar. De alguna manera, me di cuenta después, ese mismo temor reverencial que no me había dejado tocar ninguna de sus cosas también me había suspendido en el tiempo a mí; de alguna manera seguía creyendo que Estefanía en cualquier momento iba a volver para descolgar su toallón celeste como si nada hubiera pasado.

Hasta que un buen día mi duelo terminó. Se acercaba el verano; el cambio de estación llegaba para confirmar que una etapa se había acabado; irremediablemente el pasado se alejaba. Entonces en varios bolsones guardé su ropa y sus adornos y su mate y sus cremas y sus fotos y sus útiles y sus toallas y sus zapatos y tiré las galletas de arroz y todas las cosas que siempre comía ella, algunas vencidas desde hacía rato, y entonces me reconforté con la tranquilidad de saber que ya no tenía ninguna esperanza. Ninguna. Yo no iba a ver a Estefanía de nuevo.

¿Pero realmente había perdido toda esperanza? Recién sentado en aquel bar, durante ese silencio de tres o cuatro segundos en el que Estefanía miraba el piso como pensando, me entraron dudas acerca de eso. Ya no me sentía tan convencido de haber olvidado a Estefanía. Ya no podía poner las manos en el fuego por eso. Me vinieron a la cabeza algunas fotos mentales de lo que había sido mi rutina en esos últimos meses sin ella; cada vez que me echaba en el sillón del comedor a mirar fútbol o alguna película no era raro que en el reflejo de la pantalla momentáneamente oscurecida se vieran los bolsones llenos de todas sus cosas amontonados del otro lado de la puerta, en el lavadero. No era raro que por un segundo los mirara fijamente. O cuando volvía borracho de algún bar, por ejemplo (no había sido del todo honesto con Estefanía; todavía no había podido renunciar al alcohol social), ¿no me quedaba a veces mirando como en estado de autismo o de levitación, descuajeringado por el escabio, la mesita de luz que ella había traído de su casa? Una mesita de luz, en un rincón de la pieza, con los cajones vacíos. ¿Me estaba engañando? ¿De verdad había perdido toda esperanza?

La pausa de Estefanía en el bar terminó de repente. Levantó los ojos y me miró un segundo antes de concentrarse en vigilar cómo una de sus manos rasguñaba la madera de la mesa. Necesito mis cosas, Javier, dijo. Hay muchas cosas ahí que no son mías. Y otras que las quiero volver a tener. Estefanía, tus cosas están ahí para lo que necesites. Pero no hace falta que te las lleves. Sentí un ardor intenso en la cara: Podés volver, le dije. Estaba pensando eso. Podés volver a casa y quedarte. A mí me gustaría. Es lo que quiero.

Ella se enderezó contra el respaldo de la silla. Cuando vi que rasguñaba más fuerte la mesa, que intensificaba el movimiento sin despegar la mirada de ahí, entendí. Entendí todo antes de que me lo dijera.

Javier.

¿Qué pasa? ¿Te parece una mala idea?

No es eso.

¿Entonces?

Javier… No estoy sola yo.

Qué bueno, sonreí. ¿Conociste a alguien? ¿De verdad?

Ella se quedó quieta mirándome. Los ojos de repente se le habían puesto brillantes. Javier, dijo, y se interrumpió para tragar saliva: Javier, perdoname. Yo volví a sonreír: Está bien, no hace falta que me pidas perdón. Al contrario, te felicito. El ardor se había quedado flotando en mi cara, no se movía de ahí. Como ella me miraba sin abrir la boca le dije: En serio, no te preocupes. Fue algo que se me ocurrió recién; una posibilidad, nada más. Javier, perdóname, pensé que... No me pidas más perdón porque me vas a hacer enojar en serio, la interrumpí en tono de broma. Pero ella apenas sonrió un segundo y después empezó a moverse muy despacio en la silla, haciendo círculos muy lentos con el cuerpo, como si tratara de reprimir un dolor.

¿Y cómo se llama? ¿Dónde lo conociste?

Ella no contestó. Yo no dejaba de sonreír.

Dale. Solamente quiero saber eso.

Javier. Yo te amaba mucho.

¿No me vas a decir el nombre? Solamente quiero saber cómo se llama.

Hubiera seguido insistiendo, hubiera podido seguir un rato largo así, pero en ese momento Estefanía bajó la cabeza y empezó a lagrimear. Empezó a lagrimear con angustia, sin hacer ruido, con el cuello hundido entre los hombros. Me sentí desarmado. Nunca había compartido tantas cosas con una mujer como lo había hecho con ella. No había ninguna necesidad de seguir lastimándola. Ninguna de dejarle esa imagen de mí.

Estefi, podés pasar a buscar tus cosas cuando quieras. Ella seguía lagrimeando, de cara al piso, como si le diera vergüenza que la mirara. Yo también te amaba, ¿sabés?, le dije, acariciándole una mano. Nunca te lo dije. No sé por qué. Pero te amaba. Y todavía te amo. Javier, dijo Estefanía, alejando la mano. Se puso a revisar su cartera. Sacó unas carilinas. Yo aproveché que se limpiaba para mirar la ventana. Solté el aire apretado contra las costillas. Ya era de noche. Un tipo de gorra pasaba con su bolso por la vereda. Seguramente venía de laburar. Después miré la hora. En veinte minutos pasaba el último tren. Ya me convenía ir yendo a la estación, pensé. Después no había nada directo que me llevara a casa.