jueves, 25 de mayo de 2017

el loco del sexto




En mi edificio hay un loco que todos los días a las diez de la noche se pone a gritar. Uno está cenando o haciendo la sobremesa tranquilo, y de repente, sin aviso, el silencio estalla. El loco grita hasta quedarse sin aire, con la garganta en carne viva, como si lo estuvieran matando. Uno entonces tiene que cerrar las ventanas, las puertas, bajar las persianas, subir al mango el volumen de la tele; pero los alaridos igual traspasan las paredes. Gritará siempre entre cinco y diez minutos; es como una alarma de incendio que cada día a la misma hora se activa para todos los vecinos por igual.

Cuando vine a ver el departamento los de la inmobiliaria no me dijeron una palabra del asunto. Los primeros días los puteé fuerte mientras me encerraba en la pieza para escaparme de la histeria del loco y en el delirio de mi bronca hasta pensé en pedirles algún tipo de compensación. Pero resulta que no existe ningún inciso legal que obligue al locador a explicitar: “El propietario de la unidad C del piso sexto padece de esquizofrenia paranoide, lo que lo impele a efectuar ruidos molestos a partir de las 10 pm”. 

Así que tuve que acostumbrarme a ese inconveniente como a un desperfecto más del edificio.  

Pero del resto no podía decir nada. El departamento era viejo pero sólido, agradable; el alquiler relativamente barato, mismo las expensas, y la administración, toda una rareza, laburaba bien. Según me enteré más tarde, en su momento el asunto del loco fue tema de debate en el consorcio. Pero al final la mayoría se compadeció. Pusieron en la balanza todo lo que el tipo había sufrido y por votación terminaron descartando las medidas drásticas (algunas al borde de la ilegalidad) que en sucesivas reuniones fueron proponiendo distintos propietarios.

La primera vez que escuché los gritos me pegué un susto fiero. Estaba mirando un partido de fútbol cuando de la nada explotó ese torrente desquiciado y fui corriendo a la ventana para ver qué pasaba, Los aullidos venían de arriba (yo estaba en el tercero), y eran claramente los gritos de un hombre; roncos, guturales; un puro lamento animal que no decía nada. Pero de a rachas los alaridos se agudizaban y parecían los de una mujer; llegaban a un clímax de desesperación tal que por contagio también se desesperaba uno. Extrañado porque en el edificio no se movía nadie, salí al pasillo y llamé al vecino del “F”, el único que me había cruzado ese día. El tipo salió demasiado tranquilo, como si no escuchara el desastre que bajaba por las escaleras. 

Pero lo escuchaba. 

Es el loco del sexto, me explicó bostezando. Todos los días a esta hora se pone a gritar.

En dos minutos trató de contarme la historia de ese tipo, cómo era que había quedado así de rayado, pero se me hizo difícil seguirlo; interrumpía las oraciones a la mitad y después las completaba con la mitad de otras que nunca había empezado. Cuando sentí la baranda a porro que salía de adentro de la casa entendí por qué.

Ahora se le pasa, me palmeó el hombro al final. Vos quedate tranquilo.

Al mes, mes y medio de haberme mudado, lo vi. Era de noche; yo estaba charlando con el portero en la vereda cuando una sombra escuálida dobló la esquina. Se acercaba a nosotros despacio, apareciendo y desapareciendo como un espejismo según se metía o salía de los conos de luz que los postes soltaban en la vereda. El portero entonces me codeó: 

Ahí está. 

¿Quién? 

Él me miró con los ojos apretados, como si no hubiera entendido la pregunta. 

Entonces me acordé de que la semana anterior habíamos estado charlando un rato largo del pirado del sexto, y empecé a mirar con otros ojos la sombra que se acercaba. Cuando estuvo enfrente nuestro y lo alumbró la luz del zaguán, vi que debía andar por mi edad; treinta, treinta y cinco años. Rubio, flaquísimo, casi chupado; la cabeza era un cráneo sin carne, apenas cubierta por la piel. Tenía ojeras grandes y violáceas como la marca de dos trompadas. Entró al edificio sin saludar ni mirarnos, y yo esperé a que se fuera por el ascensor para comentarle al portero: 

No parece que estuviera loco. 

Y de hecho parecía un laburante cualquiera, de vaquero y camisa, volviendo a la casa cansado después de una larga jornada de trabajo. El portero levantó las cejas, mirándome con incomodidad. Después se pasó una mano por la boca.

La hermana le paga todo, dijo. Los servicios. La limpieza. La comida. No me extrañaría que también lo bañe.

Esa noche tuve una pesadilla y yo, que nunca me acuerdo de lo que sueño, al otro día la tenía fresca como una película. El loco me tocaba el timbre y me pedía una llave francesa. No tengo, le decía yo. ¿Y una pinza? Pinza sí, ahora te traigo. Pero yo no llegaba a irme que el tipo de repente avanzaba un paso, metiéndose en la casa, y señalaba un punto en el comedor con la boca bien abierta. ¿Vos prendiste la estufa? Entonces yo me daba vuelta y ahí, echada en el sillón, estaba mi vieja, con la bata del hospital, durmiendo a un costado de la estufa. ¿La prendiste vos?, volvía a preguntarme el tipo. No me daba a tiempo a contestar. De golpe me tiraba al piso, me cazaba del cuello y empezaba a gritarme en la cara. Tenía los ojos rojísimos. Los dientes marrones y torcidos. Su saliva me salpicaba.

            Fue un sueño de mierda.

        Por suerte ya me lo había olvidado cuando me lo volví a cruzar. Fue hará unas dos semanas, Las puertas del ascensor se abrieron y ahí estaba él. Buenas noches, le dije. El loco, apoyado contra uno de los espejos, no contestó. Me apoyé en el espejo de enfrente. El olor de su transpiración rancia, mezclada con desodorante, flotaba en la atmósfera cerrada como un vapor. En un momento levanté los ojos y pude ver mi cara, reflejada atrás de la suya, multiplicada al infinito en las mamushkas de vidrio de los dos espejos enfrentados. 

El tipo no movió un pelo hasta que estuvimos en planta baja. Salimos a la calle, él se fue para un lado, yo para el otro, y no tendría mucho más que decir si no fuera porque mientras caminaba al kiosco una nube negra de angustia me empezó a nublar el humor. Una angustia sin motivo, pero pesada, física. No me podía dar cuenta de dónde me venía esa incomodidad hasta que ya en casa, después de cambiarme, reconocí el olor a chivo del loco. Estaba pegado a mi ropa, a mis manos, a mi nariz. Me bañé. Me eché perfume. Pero nada. Era como si el olor se me hubiera metido en la cabeza. No me lo podía sacar de encima.

Y desde esa tarde, desde ese encuentro (ya no sé si fue hace dos semanas o dos días) no puedo dormir. Literalmente no puedo. Me acuesto temprano, antes de escucharlo gritar al loco, y me quedo dando vueltas en la oscuridad como hasta la una. A esa hora prendo la notebook, resignado, y me pongo a mirar escenas de películas o documentales al azar, o a leer noticias viejas de política o de personajes de la farándula. La nostalgia me abruma. Probé de todo ya; estas últimas noches descubrí unos videos de relajación en Youtube, lluvias monótonas como de quince horas o filmaciones caseras de chicas que te hablan con susurros para que te duermas. Nada sirve. Trato de encontrarle una explicación a todo esto y no puedo evitar acordarme del encuentro con el loco en el ascensor: cada vez estoy más convencido de que el tipo con su olor me trasladó su veneno. Otra cosa no se me ocurre. Cada mañana, cuando se encienden los botones de luz en la persiana y me toca levantarme para ir a trabajar, siento que esta no es mi vida, que yo no soy yo; me asusta estar perdiendo la cabeza. Tengo la sensación constante de que hay algo que se me escapa, y cuando por fin me puedo concentrar me viene a la mente de nuevo ese tipo.  

Si solamente pudiera dormir. Me siento tenso, muy tenso. Cargado de una electricidad hambrienta que no sé adónde me lleva. Esta noche, cuando vuelvo a casa, ceno más pesado que de costumbre. Quizás el esfuerzo de la digestión me provoque el sueño. Un último intento desesperado. 

Mientras espero a que baje la comida me pongo a lavar los platos. Es notable la desidia de esta semana: hay una pila mugrienta de cubiertos, platos, ollas y vasos manchados de grasa. Y estoy en eso, refregando fuerte con la esponja, cuando el tipo arranca de nuevo. 

Tengo la cabeza tan volada que no lo veo venir; la ventana está abierta y del susto se me resbala un plato. Cae al piso. Se astilla. Los pedazos saltan por todas partes. Mientras los junto de rodillas, estirando un brazo para alcanzar los pedazos que fueron a parar abajo de la mesada, con los aullidos de ese enfermo rebotando por toda la casa, comparo los buenos tiempos con este presente de mierda.

En los buenos tiempos, los buenos de verdad, yo la tenía a mi mujer y también la tenía a mi vieja. Fue hace poco, menos de un año, pero ahora siento que pasó hace siglos, en otra vida, o que le pasó a otra persona distinta. 

La debacle empezó en el verano. Mi vieja empezó a olvidarse los nombres de las cosas. Una noche se cayó de la cama. Fractura de cadera. Alzheimer, diagnosticaron en el hospital. Desconfié de los médicos hasta la tarde en que fui a visitarla y no me reconoció. Entonces algo se quebró adentro mío. De golpe yo también dejé de reconocerme. Empecé a sentir rechazo hacia mi mujer. Me puse a buscar departamento y cuando encontré esta tapera, lejos de ella, lejos también de mi vieja, agarré mis cosas y la dejé.  

El lunes en que me dieron las llaves, cuando empujé la puerta de esta casa, sentí como si mi vida se partiera en dos: apenas entrara, el pasado iba a quedar atrás, y lo que me esperaba del otro iba a ser el camino hacia un futuro más despejado y limpio.

Pero no tenía forma de preverlo. Uno se aleja buscando silencio, calma, paz interior, y lo que al final se termina encontrando es el cinismo de este llorón que se caga en todo el mundo, que grita como una nena mientras uno lo único que quiere es una noche, por lo menos una sola, lavar los platos tranquilo.

Mientras levanto el plato roto del piso el tipo no para. Sigue y sigue gritando. Grita tan fuerte que parece que estuviera acá. Es un dolor de huevos. Te revuelve el estómago.

Al final le tiro una patada a la mesa y salgo. Dejo los pedazos desparramados. Ya está. Cruzo el pasillo y subo al ascensor. Aprieto el botón del sexto.

Las puertas se abren. Es la primera vez que estoy en el piso del loco. A simple vista es igual al tercero, pero cuando prendo la luz veo las manchas gruesas de humedad en las paredes del pasillo. El foco pelado colgado de un cable.

Hay olor a frito.

La puerta del departamento “C”, como aislada en el tiempo, está impecable. Parece como si la acabaran de pintar esta mañana. A cada paso que doy acercándome el volumen de los gritos aumenta. Son como los sollozos histéricos de una madre borracha, como los rugidos de una leona desgraciada enfrente del cadáver del hijo. Son una cosa toda hecha de sangre y baba que te congela los huesos.

Pero cuando llego a la puerta no dudo un segundo. Toco el timbre. Lo toco varias veces, timbrazos largos, sostenidos, que levantarían de la irritación a un muerto. Pero en ningún momento el griterío ahí adentro se interrumpe o vacila; es como si el loco estuviera poseído, como si no pudiera escuchar nada.

Recién a los pocos minutos se calla, como todas las noches, vencido por una decisión misteriosa que ninguno de nosotros conoce. Entonces vuelvo a llamar. Hijo de puta, digo en voz baja. Después levanto la voz: Salí. Empiezo a golpearle la puerta al mismo tiempo que le toco el timbre. Pero el tipo no abre. Del otro lado todo silencio.

Al final el que sale es un vecino. Prende la luz.

¿Javi?, dice. ¿Todo bien?

Me sorprende que sepa mi nombre. Más todavía me aturde el diminutivo. Es un cincuentón grandote, canoso, al que estoy seguro de no haber visto nunca. Tiene puesta una musculosa sucia. Tiene una verruga con dos o tres cardos, expuestos a la luz del foco, en el mentón. Trato de pensar si hablamos alguna vez o si alguien nos presentó. Pero no puedo ubicarlo.

Se acerca unos pasos.

¿Qué andás haciendo acá?

No me gusta su tono. No me gusta para nada.

No lo soporto más.

Con los hombros duros se lo repito: No lo soporto más. El cincuentón desvía los ojos y mira la puerta del “C”. Después vuelve a mirarme. ¿Pero qué es lo que querés? Yo no termino de entender el sentido de su pregunta. Levanto la voz: Este quilombo. Perdoname, pero no tengo por qué bancarme este quilombo. 

El cincuentón asiente. Se rasca con el índice el espacio entre las cejas. Está bien. Te entiendo. Todos te entendemos. Pero son cinco minutos, nada más. Nosotros ya aprendimos a tolerarlo. 

Yo empiezo a negar con la cabeza antes de que él termine de hablar. 

Ojalá fueran cinco minutos, digo. Ojalá. 

Él entonces me mira raro. Desde que dejé de dormir, siento que todos me miran igual. Por un segundo toda la bronca que me despierta el loco se vuelca en este tipo. En esa verruga asquerosa.

Me doy vuelta. Encaro para el ascensor. El cincuentón de repente sonríe.

Pibe, ¿adónde vas?

¿Qué mierda te importa?, pienso. Pero digo:

A mi casa.

¿A tu casa?

Cuando me doy vuelta para mirarlo, él baja los ojos.

Bueno, dale, dice al final. Buenas noches.

Acaban de llamar al ascensor desde el noveno, por lo que veo en el tablero, así que apenas el cincuentón se mete en la casa pego media vuelta y bajo por las escaleras.

Me doy cuenta de que algo anda mal cuando después de bajar los tres pisos que me separan de casa me encuentro de nuevo en el sexto. Por lo menos cuando enciendo la luz veo el seis dibujado enfrente de la puerta del pasillo. Las paredes alrededor llenas de manchas de humedad.

La falta de sueño, pienso. Me pasó esta mañana en el laburo; desde hace días veo cosas que no son, siempre me siento al borde de que se me caigan los ojos. Por eso sigo de largo y cuando compruebo que la llave encaja perfecto en la cerradura respiro tranquilo.

Ahora, cuando voy a la cocina para limpiar el enchastre que antes de salir dejé en el piso, me empiezo a preocupar de verdad: no hay ningún plato roto. No hay pedazos desparramados por ningún lado. Y no solamente eso: los platos sucios siguen ahí, intactos, formando un pilón de mugre en la pileta, cuando yo estoy completamente seguro de haber estado lavándolos un rato largo antes de que el loco empezara a gritar.

Me acerco a la ventana de la cocina y asomo la cabeza. Veo el pulmón del edificio; allá, en lo hondo, el patio. Parece más alejado, más profundo que de costumbre. Entonces cuento las ventanas apiladas en la torre de enfrente, subiendo de abajo hacia arriba hasta la ventana que coincide con la mía. 

Cierro los ojos. Vuelvo a contar.

Son seis. Seis ventanas.

Seis pisos.

¿Qué carajo está pasando?

Estoy por salir de nuevo del departamento, ya tengo el picaporte de la puerta en la mano, cuando por un segundo miro para atrás y veo el inmenso reloj de madera colgado en la pared del comedor. Me quedo duro. Es un reloj italiano antiguo con incrustaciones de hierro que al principio fue de mis abuelos, después de mi vieja, y ahora está acá. La aguja del segundo avanza implacable y mientras la miro noto aturdido que están a punto de ser las diez. Las diez de la noche de nuevo. Como recién, como ayer, como antes de ayer; como cada instante desde que no puedo dormir. Entonces la puerta se abre con un golpe y veo entrar al loco del sexto, las ventanas están cerradas, hay olor a gas; mi vieja está echada en el mismo sillón donde la dejo cada mañana, antes de ir a trabajar, durmiendo con la bata del hospital, El loco se le tira encima. La aguja sigue avanzando. No se frena nunca. Y, cuando por fin se hacen las diez, mi cabeza se parte y escucho el grito, resbalando sobre mi lengua; la cascada temblorosa que vomita mi ser.









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