domingo, 21 de mayo de 2017




                                               Esperar un gol






Cuando faltaban un par de meses para que arrancara el mundial de Brasil Mariel me dejó. Fue mi culpa. Había seguido a mi deseo con los ojos vendados, sin importarme la pared de ladrillos que me esperaba del otro lado. Y durante varios días me quedé rumiando en la penumbra hasta que descubrí un dato de color que me sirvió de placebo: casualmente o no, para los mundiales de Alemania y Sudáfrica también me había separado (en 2006 de Laura; en 2010 de Silvina). Dos rupturas que a la larga, más allá del despelote inicial, terminaron siendo para bien. Era como si inconscientemente yo hubiera tentado esas separaciones antes de que llegara el mundial para durante un mes hacer el duelo mirando fútbol. Con amigos o solo en mi pieza, la cuestión era llenarme la cabeza de fútbol, fútbol, fútbol; no pensar, sumergido en la brea de contemplar lo que no dependía de mí, tomando alcohol hasta estallar.  

Intentaba llevarlo para ese lado, sí; pero ahora con Mariel las cosas eran distintas. Yo ya no era el pendejo que había sido. Acababa de cumplir los treinta y Mariel y yo estábamos conviviendo. Así que la separación me pegó en varios puntos a la vez: cuando junio arrancó, no solamente no sabía dónde estaba parado en un plano emocional, sino también me había endeudado hasta las pelotas. Debía varias cuotas de expensas, cable, luz y celular. Me subí a la bicicleta financiera de recargar mes a mes la tarjeta y empecé a devorar mis ahorros de los últimos años. Pensaba tanto en la guita que ya no podía pensar en cómo me sentía.

—Tano asqueroso —me terminó diciendo un pibe cuando le hablé del asunto—. Los ahorros son para gastarlos.  

Y fue así como, embobado por el mundial, yo me agarré tanto de esas palabras que el viernes 20 de junio de 2014, un día antes de que la selección jugara contra Irán, mensajeé a un pibe metido en el submundo de las apuestas de la Web y le dije que me apostara 100 dólares (los últimos que me quedaban en la cuenta) a que ganaba Argentina. El premio era escueto pero seguro: 20 dólares. Casi trescientos pesos (a esas alturas más que nobles) que me caían regalados del cielo. Si la selección perdía o empataba perdía mi colchón. Pero el rival era ese.

Irán.

A la selección, con todos los cracks que tenía, no le quedaba otra que comérselo. Yo había visto en vivo jugar a esos pibes. Apenas un año atrás, mi viejo nos había invitado a mí y a mis hermanos a ver Argentina contra Ecuador por las eliminatorias. El monumental, inflado por la corriente fresca del Río de la Plata, era una heladera. De repente el equipo salió a precalentar y vimos a pocos metros a los mismos tipos que tantas veces habíamos visto por televisión jugando en Europa.

La pulga. Di María. Agüero. Mascherano. El Pipa Higuaín. Ahora, sin pantallas de por medio, solamente nos separaba el aire. Eran petisos y desgarbados; parecían muñequitos de cotillón antes que los atletas de elite, admirados en todo el mundo, que la tele decía que eran. Más todavía cuando sonaron los himnos, con los equipos parados en una sola hilera, y uno se los ponía a comparar; de un lado, los negros hiperbólicos, hinchados y pétreos de la selección ecuatoriana; del otro, los mínimos sietemesinos de la selección local.

Hasta que el partido arrancó. Entonces la física se volvió otra cosa. Nunca más en mi vida iba a volver a ver algo así. Entendí por qué le dicen “Fideo” a Di María; no solo por su escuálida contextura de tallarín, sino también por la plasticidad de sus piernas, que se deslizaban blandas por el pasto, pero propulsadas a la vez por una inteligencia eléctrica que sabía más que él y que le metieron un pase sacrílego entre líneas al Kun Agüero intuyendo su movimiento hacia el centro del área antes de que nosotros nos empezáramos a preguntar cómo carajo había hecho para verlo. Entendí por qué Messi era Messi, elegido a esas alturas cuatro veces consecutivas el mejor jugador del planeta, cuando levantó un pase de Gago en mitad de la cancha y por espacio de unos treinta metros se largó a correr como loco, la pelota pegada al pie como si fuera uno más de sus huesos, soportando los topetazos ecuatorianos y la propia presión del aire hasta que en las inmediaciones del área se la cedió a Higuaín con un toque preciso al espacio y el Pipa, a la carrera, sin interrumpir la inercia de la jugada, la acomodó para dejarla correr unos metros y después darle duro a contrapié del arquero.

Argentina esa noche terminó ganando 4 a 0.

La sucesión de victorias como esa, en las que Argentina se daba el gusto de apabullar a media máquina, casi sin esforzarse, a rivales que en los años recientes siempre le habían resultado incómodos, me dio la pauta de que para el mundial de Brasil teníamos chances más que serias de romper la malaria.

Ya en la gran cita, sin embargo, el debut contra Bosnia me había dejado un regusto ambiguo. Messi, pese a la euforia tribal de la multitud de los hinchas argentinos revueltos en el Maracaná, había arrancado tierno, dubitativo, con más nervios que ganas. Como aplastado por las patas del elefante de las más de cuarenta millones de almas que habíamos volcado en él todas nuestras penurias cotidianas. Pero cuando en el segundo tiempo el tipo se rehízo e hizo ese golazo pegado al palo, cuando lo vi gritar en cámara lenta, las venas salientes, chorreando baba, mostrando al mundo la casaca vernácula, me empecé a sentir más calmado.

Argentina no había jugado bien, pero Messi se había desvirgado de la sequía edípica del mundial de Sudáfrica y ahora venía Irán. Irán: me sonaba a guerra. A cabras. A directores de cine. Un amigo recuperado de la rula siempre comentaba por Whatsapp lo que pagaba Argentina. 

Al borde del abismo que durante esos meses era mi vida le escribí:

—Voy con cien dólares.

Vi el partido en lo de Mauro, en Loma Hermosa, en el mismo comedor, en el mismo sillón y con los mismos pibes con que había visto el último mundial de Sudáfrica. También estaba Alberto, el padre de Mauro, un sesentón enorme y ancho de ojos bíblicos que antes de que empezara cada partido se echaba en su sillón individual. Había chupado y fumado tanto en su vida que ahora, que ya no lo dejaba la salud, no le quedaba otra que vernos chupar y fumar a nosotros. En el comedor había botellas de cervezas vacías tiradas por todas partes y una niebla de tabaco que si uno levantaba una mano casi que la podía empujar.

Antes de que empezara el partido comenté en voz alta mi empresa.

Si ganaba Argentina, ganaba veinte dólares. Si empatábamos o perdíamos, se me iban cien.

No aclaré que eran los últimos.

—Estás loco  —dijo uno. 

—Na. Ganamos seguro —dijo otro.

Y el tercero:

—Hiciste bien.

Pero, a los pocos minutos de que arrancara el partido, ya no me sentía tan seguro de haber hecho bien. Un iraní macizo de apellido viscoso le dio a Di María una patada en la tibia que sonó en el comedor de la casa de Mauro como un ruido ambiental más. La voracidad y la fricción iraníes fueron ganando en intensidad y confianza a medida que crecían los minutos del partido y la debilidad argentina. De vez en cuando Silvia, la madre de Mauro, salía de la pieza adonde el hijo la había mandado y se frenaba en el comedor. Era entrerriana y cada vez que los iraníes pegaban o se acercaban a nuestra área soltaba un gemido afligido, como un chapucay triste y bajo.

—Má —le gritaba Mauro sin dejar de mirar el televisor—. Andate. 

A nosotros nos gusta ver los partidos callados. Siempre fuimos así. El partido de un lado y nosotros del otro, soltando comentarios o ruidos guturales solamente de vez en cuando. Más todavía si se trata de mundial. Durante un mundial, el fútbol late adentro de la cabeza las veinticuatro horas del día, como una bomba en cuenta regresiva. Y hay un momento, íntimo y fugaz, en el que cada uno desde su mambo toma consciencia de que no es solamente fútbol lo que está en juego, sino algo más grande, demasiado grande como para que entre en uno; más bien es como una energía sagrada, atemporal, desparramada en el aire, que cruza las pantallas y las redes y que conecta a las millones y millones de cabezas que a todo lo largo y ancho del mundo ahora están mirando lo mismo; un rito universal, ya asentado en la Historia, que no va a cambiar nada pero que al mismo tiempo a nadie le importa que no cambie nada. Es como si la humanidad fuera un nene encerrado en el marco panóptico de un aula y cada cuatro años se le concediera un mes, uno solo, de recreo. Entonces emociones fuertes. Pertenencias. Razas. Naciones. Historias. Historias atrás de esas razas y de esas naciones que se quieren mostrar, imponer, canalizar. La guerra sublimada sobre la verde cabellera de todas las tumbas. Una ficción surrealista en vivo y en directo para todo el planeta. La batalla real de los grandes dioses posmodernos. La novel religión de las masas. Carne y sangre de un juego destinado a perdurar por los siglos de los siglos. 

Yo tendría que haberlo previsto. Tendría que haber analizado todo más en frío antes de poner tanta guita en juego. Cuando los jugadores iraníes salieron a la cancha me acuerdo de que sonreí por el look que tenían, adecuado al estándar estético del futbolista de tipo europeo, moldeado por la figura de Cristiano Ronaldo y su entorno publicitario: todos de gimanasio, anabólicos, divinos, con peinados de estilista.

Con soberbia argento me acuerdo de que sonreí.

Y los tipos eran técnicamente inferiores, sí, varios una madera; pero lo compensaban con un despliegue físico agobiante y por sobre todo con una entereza mental que no se permitía distracciones. Jugaban inflados por la gravitación de un espíritu que ya no tenía nada que ver con el fútbol, y que parecía más bien nacido de las largas generaciones de hombres taciturnos que reverberaban en su sangre. El choque era casi abusivo: los hijos del imperio Persa, una raza milenaria, sólida y prístina, frente al infantil y enclenque mestizaje argentino.

Cuando terminó el primer tiempo estaba claro para todos que al partido psicológicamente lo gobernaba Irán.

100 dólares.

¿Quién carajo me mandó a apostar?

Antes de que arrancara el segundo tiempo mis expectativas se renovaron. Bueno, pensé, capaz en el vestuario Sabella les dijo a los jugadores algo conmovedor. O capaz los jugadores mismos se dieron cuenta: Puta. Somos Argentina. Somos fútbol. Nacemos, crecemos, sufrimos y morimos rodeados de fútbol. En todas las fábricas y en todas las oficinas y en las aulas y en las plazas hay fútbol. Pibes de seis años pateando en un descampado sin luces un atardecer frío de lluvia. 

Nuestra Historia. Nuestra cultura. Nuestra identidad.

Y por un largo trecho se la notó, a la identidad argentina, luchando mano a mano contra la iraní. Se vio el tumulto y el individualismo, pero sobre todo las ganas, el hambre de latir hacia adelante. Laterales plantados en campo rival, desbordes, centros, paredes, diagonales, gambetas; clásicos volantes por izquierda y derecha tratando, a la manera de alfiles, de hurgar el perímetro. Pero nada. Los tipos rechazaban todo. Poco a poco el impulso se volvió un desorden sin claridad ni energías ni esperanzas.

Messi había vuelto a la paja.   

Fue el "chiquito” Romero hacia el final el que durante los largos minutos de desamparo del equipo terminó salvando dos y hasta tres veces lo que hubiera podido ser un vergonzoso gol de Irán. Más cuando la multitud superficialmente amable pero esencialmente ladina de los brasileros que poblaba en grandes cantidades las plateas del Mineirão abandonó su felina cautela inicial para empezar, a medida que se consolidaba el empate, a medida que parecía que ningún argentino iba a hacer un gol jamás, a mofarse de los hinchas nacionales.

Cada vez que los iraníes rebotaban un centro se escuchaba el vitoreo de los brazucas. Cada vez que un argentino erraba un pase los abucheos caían como continentes brumosos en el audio satelital. “Irán, Irán”, coreaban los hijos de puta. No estaba en la cancha, pero así y todo en ese sillón, tomando birra a lo evangelista, escuchando el bardo de nuestros enemigos naturales, me sentía adentro de una pesadilla.

100 dólares.

Treinta minutos del segundo tiempo. Irán enfrente, con serias posibilidades de ganar en contraataque. Brasil miraba. Europa miraba. El mundo entero (sea lo que fuere que esa abstracción signifique) miraba.

100 dólares.

¿Ese empate asqueroso me manchaba a mí? ¿También sobre mi persona caía esa violenta cagada de paloma? 

100.

A los treinta y cinco minutos, aprovechando una falta en campo nuestro, me levanté apurado y fui al baño. Dibujé eles en el inodoro. Eran casi las tres de la tarde. Había desayunado cerveza y todavía no tenía un pedazo de pan en el estómago. Cuando apreté el botón sentí que lo que se iba por el desagüe era mi vida. Chau ahorros. Chau Messi. Chau fútbol. Chau.

Miré mis ojos torcidos en el espejo, con la cabeza dando vueltas:

—Tu culpa.

Cuando volví a sentarme ya casi era el minuto cuarenta. Había estado en el baño más tiempo del que había creído. Prendí un pucho. De ahí en adelante dejé de ver jugadores. Dejé de ver fútbol. Empecé a sentirme bien, muy bien, devastado por uno de esos momentos de lucidez metafísica que solamente se alcanzan en los apogeos de la borrachera. También dejaron de estar al lado mis amigos y Alberto. Eran sombras, nada más, animales vestidos que respiraban a mi alrededor, mirando como embobados esa tarde de ese sábado de ese año perdido en la inmensidad de la muerte una lámpara inmensa y plana de colores que brillaba apoyada contra una pared del comedor.

En ese estado miré a Zavaleta sacar el lateral. Miré a Lavezzi bordeando el área. Miré a Messi agarrando la pelota, cerrándose hacia el centro, buscando el claro hacia el arco. Miré cómo le daba con la zurda. Un golpe combado, exquisito. Miré cómo la pelota golpeaba la red.

Miré todo eso sin verlo. Pero cuando la pelota entró, y el relator en la tele y los pibes al lado y Alberto en su sillón empezaron a gritar, lo vi. Por una fracción de segundo lo vi todo.

Vi las manos de Mariel, cebando el mate a la tarde, cuando volvía a casa después de trabajar. Vi su espalda, envuelta en una toalla, los hombros salpicados de gotas de la ducha. Vi sus labios de perfil, sus ojos cerrándose de a poco, mientras el día en la ventana se apagaba despacio.

Entonces sentí como si adentro mío hubiera una explosión. Algo que caía en cascada desde mi cabeza y rebotaba en mi estómago, y después, desde ahí, empujado por la explosión, llegaba a mis amígdalas.

—Gol.

Mientras los pibes saltaban, empujándose entre ellos, empujándome a mí; mientras Alberto también gritaba, echado en el sillón; mientras Silvia entraba al comedor, arrastrada por el magnetismo de nuestra euforia; mientras todo eso pasaba, yo me acerqué a la tele gigante en HD y con un índice casi apoyado en la pantalla apunté al tipo que del otro lado del vidrio, tranquilo, como si solamente fichara después de haber cumplido con la jornada laboral, trotaba atrás del arco, asumiendo la titularidad de su gol.

—Sos Dios —empecé a gritarle—. Hijo de puta. Sos Dios.

Se lo grité tantas veces que hubo un momento en que me quedé gritando solo, repitiendo las mismas palabras como un autómata.  

—Sos Dios. Hijo de puta. Sos Dios.

Y enseguida saqué el celular.

Cuando al otro día me desperté, después de un sábado entero con la tele mental apagada, los remordimientos del borracho me apabullaron como un balde lleno de piedras. Tenía varios mensajes en el Whatsapp. Los pibes se reían. Les comentaban a otros cómo yo había gritado, lo doblado que estaba; cómo le había empezado a gritar a Messi apuntando el televisor, puteando como un drogui, adelante de los padres de Mauro. Leí los mensajes con un humor famélico, drenado por la penumbra árida de la resaca. Aunque la selección había ganado, aunque Messi lo había vuelto a hacer y mis ahorros se habían salvado, no podía sacarme de la boca un regusto agrio.

Hasta que a las seis de la tarde el celular vibró en mi mesita de luz. Yo me estaba echando una siesta encerrado en la oscuridad vaporosa de la pieza, con las persianas bajas. Pero cuando leí el mensaje fue como si ahí adentro explotara el sol y las ventanas se abrieran y un viento fresco de mar revolviera el ámbito. 

Era Mariel, respondiéndome el mensaje que yo le había escrito el día anterior, en la casa de Mauro, pocos minutos después de que Messi hiciera el gol.

Su respuesta me cambió la tarde, la noche que le seguía a la tarde, los días, la semana, la vida.

"Yo también", decía.







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